Todo bajo control, menos tú Epílogo
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Epílogo

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El fiestón por nuestra boda está siendo impresionante.

Mientras veo a mi guapo misil reír con sus amigos y me recreo en lo guapísimo que está con su traje oscuro de pingüino, bebo de mi cerveza junto a Kaory, y podría decir que mi felicidad es completa.

Miro mi dedo. En él vuelve a estar mi precioso Cartier y soy feliz, feliz, feliz.

Todas las personas a las que quiero y me quieren están aquí.

Mamá llegó acompañada por Araceli, su cuidadora, y durante la ceremonia estuvo sentada entre Ágata y Sabina.

En varios momentos de la ceremonia la busqué con la mirada, pero ella, como siempre, estaba perdida.

Aun así, me hacía mucha ilusión que ella estuviera allí y, entonces, en una de aquellas miradas, el vello del cuerpo se me erizó al percibir que me miraba con una orgullosa y feliz sonrisa.

El momento duró apenas unos instantes. Unos segundos.

Los suficientes para hacerme saber lo feliz que estaba, y yo, emocionada, sonreí. Mamá estaba feliz.

Cuando acabó la ceremonia, Lucas y Lara, que actuaron como padrinos, avisaron a todos de nuestra salida y los pétalos de rosa blanca y el arroz volaron por los aires.

Eso sí, echaron tanto arroz que, cuando llegamos a la finca donde se iba a celebrar la cena, tuve que ir al baño y sacármelo hasta de las bragas. Increíble.

Al poquito de llegar al lugar de la celebración, Araceli se acercó y me indicó que mamá estaba cansada y que era mejor regresar a la residencia.

Entendiendo la situación, Oliver y yo la acompañamos hasta el taxi de la residencia y, tras besarla y dejar mi ramo de rosas blancas en sus manos, mamá se marchó, y los dos regresamos al salón. Los invitados nos esperaban.

Durante el banquete y dispuesta a que aquel maravilloso recuerdo se quedara para siempre en mi retina, observé a todos con atención y al primero a mi marido. A mi guapo e impresionante misil.

Tras la bonita declaración que Oliver me hizo meses atrás en la exposición, esa misma noche ya no me dejó regresar a mi casa. Bueno, digo «dejó» por decir, porque la que estaba encantada de irse a vivir a la casa de La Moraleja era yo. Y esta vez, cuando llegué, por fin deshice la maleta.

A la mañana siguiente, cuando Ágata nos vio entrar en la cocina se quedó sin palabras. Y la verdad, conseguir eso en Ágata es tremendamente difícil. Emocionada, se puso a llorar y Oliver, también emocionado, se le unió.

¿En serio?

Divertida, conseguí tranquilizarlos a los dos, y le aseguré a Ágata que en esta ocasión la boda sería como a ella le gustaba.

Una boda por todo lo alto. Ágata, encantada, pero sin dejar de llorar, asintió y nos dijo que lo importante para ella ya no era la boda, sino que volviéramos a estar juntos. Eso le tocó la fibra a Oliver.

Y venga, abuela y nieto a llorar.

¡Qué llorones!

Lara, al enterarse de la noticia de mi regreso, acudió rauda y veloz a La Moraleja para volver loco a Oliver.

No paró de besarlo, increparlo y pellizcarlo indicándole que esta vez nuestra boda no se la perdería por nada del mundo.

Incluso quería implicarse en la organización.

Algo que a Oliver le cortó todo el llanto.

¡Qué tremendo es mi patatita!

Cuando días después lo hablé con Lucas se alegró por las noticias.

Su relación con Oliver es increíble y ver su felicidad y complicidad me emocionó.

Pero mi emoción se desbordó cuando, una semana después, una tarde en la que estábamos los tres saliendo del cine, Oliver le preguntó si daba su consentimiento para que iniciáramos los trámites de acogida para finalizarla en adopción.

De entrada, Lucas se quedó parado, como me quedé yo.

Dios mío, ¿Oliver había propuesto aquello?

El gesto de Lucas y cómo nos miró era de pura incredulidad, tanta que Oliver al ver aquello se agobió pensando en lo peor. E indicó que a él le gustaría formar parte de su vida y de la adopción, y cuando mi bichito, abrazándolo, se puso a llorar, Oliver, emocionado, se le unió.

Boquiabierta y tremendamente enternecida, yo los miraba a los dos. Ante mí tenía a Lucas y a Oliver, un adolescente duro y un hombretón implacable, llorando como bebés emocionados, y yo solo podía sonreír.

¡Pero qué llorones eran!

Al día siguiente, Rafael, desde el despacho de abogados en el que trabajaba, comenzó a mover papeles para la acogida y posterior adopción de un adolescente de catorce años. Lucas, por su parte, al tener esa edad, tuvo que firmar un consentimiento y el proceso empezó.

Oliver y yo tuvimos varias entrevistas con los asistentes sociales.

En casa y fuera de casa. Querían ver la idoneidad de Lucas con nosotros y lo tuvieron rápidamente claro.

Por lo que, el 17 de marzo de 2027, oficialmente, Lucas comenzó a vivir en La Moraleja para felicidad de todos, y el 9 de junio su nombre pasó a ser Lucas Pérez Dávila.

Él lo eligió así y a Oliver le pareció bien.

Entre medias de todo aquel caos emocional, Oliver y yo, junto con Lucas y todo el que quiso colaborar, organizamos la boda.

La primera había sido un frío e impersonal acto ante el notario, pero en esta ocasión todo es diferente. Ceremonia en los Jerónimos, vestidazo de novia, que me compré en la tienda de novias Diva y Radiante, y cena y fiestón en una preciosa finca a las afueras de Madrid.

Esta vez, Oliver y yo le hemos puesto todas las ganas del mundo, y aquí están nuestros familiares y amigos bailando, bebiendo y disfrutando del momento.

Divertida, estoy terminando mi cerveza junto con Kaory cuando Lara pasa por nuestro lado corriendo con su precioso vestido celeste.

—Cuñiiii, Kalesy, ¡vamos! —grita—. Va a comenzar lo mejor de la noche.

—Las veces que le he dicho que es Kaory —se mofa mi amiga.

—Y las que te quedan —me mofo yo.

Nos levantamos riéndonos. Van a actuar Piero y su grupo Distorsión Cerebral y la fiesta sé que se va a venir arriba con sus canciones.

Estoy caminando con Kaory hacia la pista cuando noto que unas manos me agarran por la cintura.

Es Oliver. Con amor nos miramos. Y mientras Kaory sigue su camino hacia Toni, nosotros nos besamos.

Los primeros acordes de una conocida canción suenan y, deseosa de estar a solas con mi patatita gruñona, musito:

—¿Qué te parece si me acompañas un momento a la habitación?

Oliver, con gesto cómplice, se quita las gafas. Esta noche nos vamos a quedar a dormir en la suite de la finca.

—Señorita Pérez, ¿qué me está usted proponiendo? —susurra, sonriendo.

Divertida, lo beso.

—Sígame, señor Dávila, y se lo explico.

Y la verdad, me siguió. Y el resto lo dejo a tu imaginación.