Capítulo 42 #2
Pero él está aquí, en Londres, y no ha perdido la fe en mí. Dejo de verlo todo en rojo para, a través de la lluvia, distinguir el dorado del sol.
—Estaba en el restaurante, ¿dices?
—Sí, me imagino que…
No le doy tiempo a terminar, pues he salido disparada a calzarme y coger el abrigo.
Me arden los pulmones mientras corro a la parada de metro y, sin siquiera haber tenido tiempo a recuperarme, echo a correr otra vez nada más salir del transporte público.
La voz de Maude se me clava en las costillas. Solo tú escribes tu historia .
Por suerte, el restaurante de los padres de Kyle no queda demasiado lejos. Me planto frente a la puerta con el corazón en un puño, pero, en esta ocasión, dispuesta a enfrentarme a lo que sea con tal de conservar a mi mejor amigo. Incluso si eso supone enfrentarme a mí misma.
—Lo siento, estamos cerrando. —Kevin se queda momentáneamente callado en cuanto repara en mí—. ¿Gala?
Intento calmarme con la mano en el pecho. Tomo respiraciones profundas hasta que por fin se acompasan.
—¿Está Kyle?
—Se acaba de ir. No esperaba…
—¿A casa? —le corto—. ¿Hace cuánto que se fue?
Kevin mira su reloj de pulsera.
—Hará cinco minutos. Estás a tiempo de alcanzarle.
—¡Genial, nos vemos!
No oigo su respuesta, tan solo el tintineo de la campanita de la puerta al abrirla. Si todo sale bien, ya habrá más ocasiones de conversar con el hermano mayor de Kyle.
La casa de los Walker se encuentra bastante cerca del restaurante, por lo que si acelero el paso podré interceptar a Kyle por el camino. No hay tiempo que perder, necesito que sepa lo que siento antes de que sea demasiado tarde. De repente, un par de gotas comienzan a caer.
—¿Puede dejar de llover en este dichoso país? —protesto sin dejar de correr.
A lo lejos distingo el cabello de Kyle. Hago un último esfuerzo, a punto del colapso, y lo agarro del brazo para detenerlo. El chico abre los ojos con asombro, aunque no se atreve a hablar. Creo que, después de todo, me toca a mí.
—Lo siento.
Dos palabras tan sencillas, pero que encierran un mundo.
—Me equivoqué, sé que lo hice mal. En el pasado y en el presente —digo, acelerada—.
Nunca debí autopublicar el libro sin tu permiso, ni aunque fuera un regalo.
Tuve que escucharte desde el principio. Solo pensé en mí, fui una auténtica egoísta.
Quería demostrarle a mi madre que podíamos vivir de nuestros sueños.
La mano de Kyle se posa en mi hombro.
—Yo también lo siento.
—No, déjame terminar —le interrumpo—. Entiendo que en su día quisieras priorizar otras cosas y también entiendo que ahora sí te veas preparado para presentarte al concurso.
Todos tenemos nuestros tiempos. A mí también me da miedo, mucho más que hace dos años, pero ahora estoy segura de que quiero estar contigo, con novela o sin ella.
Quiero ser tu mejor amiga. —Un «y algo más» se me queda atorado en la garganta—.
Quiero escribir de madrugada a tu lado y que me cuentes la historia de cada constelación.
Quiero volver a recorrer Londres contigo y enseñarte Madrid o cualquier sitio que queramos descubrir.
Quiero leer en el callejón detrás del restaurante porque «estáis siempre en el medio».
—Imito la voz de su padre—. O poner kpop y cantarlo como gatos atropellados.
Quiero un millón de años contigo, Kyle, y quiero empezarlos ahora mismo.
La intensidad de la lluvia es cada vez mayor, pero ninguno nos movemos ni un ápice. Permito que las gotas me empapen la piel con un efecto purificador. Di algo. Di que me perdonas. Dímelo .
—Yo también lo siento —repite—. Me arrepiento de cosas que dije, pero sobre todo me arrepiento de no haber ido detrás de ti ese día.
—Fue mi culpa —rebato.
—Fue de ambos. Los dos podríamos haber actuado mejor, pero, como tú dices, teníamos miedo. Eso tan solo nos hace humanos.
En sus ojos veo una intensidad abrumadora, una demostración de que no se va a ir a ningún lado.
El pelo comienza a pegarse a mi cara debido a la lluvia y Kyle me coloca un mechón tras la oreja.
Entonces, no se me queda ningún «y algo más» atorado en la garganta, porque lo veo clarísimo. En verdad, siempre lo he visto.
—Te quiero, Kyle. Debería habértelo dicho mucho antes, porque te quiero desde el primer instante en el que te vi, cuando me regalaste a Alitas.
—Me doy cuenta de que estoy llorando cuando se me escapa un sollozo—.
Te quiero tanto que, a pesar de ser escritora, no encuentro las palabras para definirlo.
Tendríamos que escribir una infinidad de novelas hasta conseguir captar una milésima de lo que siento por ti.
Quiero hacer las cosas bien a partir de ahora, si me lo permites. Nada de huir.
—Nada de huir —coincide con una media sonrisa—. Yo también te quiero, Gala, más de lo que me cabe en el pecho.
Se inclina con una lentitud desesperante mientras entreabre sus labios. Veo las gotas resbalar por su rostro a cámara lenta, el vuelo de sus pestañas cuando cierra los ojos. Tiro de él para terminar con esta tortura cuanto antes. Al besarlo, todos mis miedos desaparecen.