Capítulo 42
Gala
La Gala de veintidós años se creía la reina del mundo. Rompía promesas con la barbilla bien alta, pisaba con fuerza allá por donde pasaba. Por eso, la Gala joven e inexperta, no dudó ni un ápice de segundo en autopublicar una novela que no era solo suya.
Por eso, cuando Kyle me dijo que aquello no era lo que quería, reaccioné como si me hubieran disparado directamente al corazón.
—No puedo publicarlo solo con mi nombre —razoné ante su argumento—. Es nuestro. Es algo que quiero compartir contigo. Piensa en la oportunidad que…
—No has escuchado nada de lo que te he dicho.
—¿Y tú me has escuchado a mí?
Sabía que en realidad Kyle quería esto tanto como yo, tan solo se estaba ocultando tras el miedo.
Habíamos trabajado durante años para terminar el borrador.
Lo teníamos todo pensado al milímetro: cada personaje, cada trama…
Cuando le pusimos punto y final, mi primera idea fue enviarlo a todas las editoriales que fuera posible.
Kyle la descartó enseguida, así que le propuse la autopublicación.
—Ya tuvimos esta conversación al terminar la novela, ¿recuerdas? —preguntó él—. Hay que ser prácticos, Gala. Tengo que centrarme, ayudar a mi familia en el restaurante, ganarme un sueldo…
Eso me dejó helada. Las palabras de mi madre resonaban en mi cabeza como un tambor.
Ganarme la vida, dejar de tener la cabeza llena de pájaros, centrarme, buscar algo que me dé de comer de verdad…
Éramos Kyle y yo contra el mundo. Contra las expectativas que los adultos tenían de nosotros.
Él era el único que nunca me iba a dejar sola frente a ese lobo de fauces enormes.
—Dijimos que les íbamos a demostrar a todos que podíamos vivir de esto —insistí—. Esta es la forma de hacerlo, es el empujón que necesitábamos.
—No, no lo es.
—¿Por qué vas a renunciar a nuestro sueño por… por…?
—¿Por estabilidad? ¿Por el orgullo de mis padres? Mira a Kevin, que acaba de entrar al doctorado. ¿Cómo voy a competir con eso?
Estabilidad . La palabra me azotó como un látigo.
Tomé su mano por encima de la mesa, pero él la apartó.
Un gesto tan simple rompió todos mis esquemas.
No podía estar haciéndome esto, no cuando toda mi vida pendía de un hilo.
Tic tac, tic tac . Mi madre me había dejado muy claro que, en cuanto terminara la universidad, tendría que dejarme de chiquilladas y buscar un empleo serio.
Estábamos a tan solo unos meses de la graduación, del punto y final que eso suponía.
Si no nos lanzábamos ahora al vacío, ¿cuándo?
—No es una competición.
—Quizá no lo es para ti —replicó con seriedad—. La vida no es tan fácil, Gala. No puedo permitirme tirar el dinero.
Intenté hablar, pero me dolía tanto la garganta que no podía. Apreté la mandíbula con una mezcla de rabia, tristeza, decepción; un cóctel de todas las emociones negativas.
—¿Publicar nuestro libro es tirar el dinero? —pregunté, temiendo la respuesta.
Kyle me miró muy fijamente, tanto que daba miedo.
—No vamos a triunfar, reconócelo.
No lloré. Luego, al abandonar la cafetería, sí lo hice. En el metro, en el avión, en casa de mi madre. Lloré durante meses. Pero en aquel preciso instante no lloré, porque la Gala de veintidós años estaba por encima de eso.
—No lo sabes —murmuré desalentada—. Si te olvidases por un momento del miedo…
—¡No tengo miedo!
Pero su mirada me decía todo lo contrario. Los dos éramos unos críos y estábamos tan asustados que no veíamos nada más.
—¡Lo tienes todo el rato! —espeté—. Eres un cobarde, Kyle.
Esta podría ser nuestra oportunidad y la vas a desperdiciar por miedo.
Como cuando entraste a una carrera en España y no les dijiste nada a tus padres o como cuando te ofrecieron ese trabajo de verano en Southampton y lo rechazaste para ayudar a tus padres en el restaurante.
¡Deja de tenerles tanto miedo! ¡Deja de temerle tanto a la vida!
No le confesé que la que en realidad temía a la vida —a la vida sin él, sin esa magia que poseíamos en el teclado— era yo.
El rostro de Kyle se volvió rojo como el fuego.
Contuve la respiración, a la espera de su respuesta.
Quería que me dijera que todo iría bien si publicábamos el libro juntos, que lo mandara todo a la mierda por mí.
Si Kyle aceptaba esto, entonces el futuro no sería tan gris.
—Madura un poco. El mundo real no es tan sencillo —dijo en su lugar.
—Eres tan cobarde —repetí, cegada por el enfado.
—Y tú tan poco realista.
—¿Cómo puedes ser así? ¡No ves más allá de ti mismo!
En realidad, sabía que me estaba hablando a mí y no a él. Retíralo, aún estás a tiempo . La mirada de Kyle me heló el corazón.
—Si soy todo lo que no quieres que sea, entonces será mejor que te vayas.
Me hundió con un par de palabras. Dejé el libro sobre la mesa, cogí mi abrigo y le dirigí una última mirada antes de salir de la cafetería. Los siguientes dos años esos ojos bañados en lágrimas me perseguirían cada noche. Fue lo último que vi de Kyle.
…
—No puedes seguir así.
Aparto la vista del fanfic que estoy leyendo para observar a mi padre. Acaba de llegar a casa después de su jornada en el restaurante, por lo que aún está quitándose el abrigo. Lo apoya sobre el reposabrazos del sillón orejero y se sienta en él, justo frente a mí. Cruza las manos sobre el regazo.
—Sabes que te quiero y me encanta que estés aquí —continúa—, pero no puedes pasar día tras día en el sofá sin hacer nada.
Mi primer instinto es defenderme. No he hecho nada malo.
Al contrario, he abandonado un concurso en el que nadie me quería.
Cualquiera, y por cualquiera me refiero a mi madre, diría que estoy madurando.
Tan solo llevo dos días en Londres, ¡dos!
¿He estado encerrada en mi habitación releyendo Percy Jackson como lo hacía para olvidarme del divorcio de mis padres?
Sí, pero es un método sanísimo para lidiar con mis emociones, que le pregunten a cualquier terapeuta.
Al que hayas sobornado, porque otra cosa .
Lo reconozco, he hecho gala de mi mayor virtud: rehuir de todo el mundo.
Cuando por fin me he enfrentado al móvil, ha sido de forma penosa.
Candy respondió a mi mensaje de despedida, tan preocupada que casi podía escuchar su voz a través de la pantalla, y yo me limité a responder con un sticker de gatitos.
Cuando Kyle, después de varias horas, trató de llamarme, puse el teléfono en modo avión.
Mi madre ha intentado contactar conmigo también en vano.
Incluso Rebecca ha insistido, rogándome que hablemos para aclarar las cosas, quién sabe por qué.
Mi mensaje, un «No tengo nada que hablar contigo, dejaste muy clara tu opinión hacia mí», trató de cortar de raíz. Por el momento, no me ha contestado.
Mi padre enarca una ceja y se inclina hacia mí.
—Gala, he hablado con tu madre.
Las palabras lapidarias. Aquí yace Gala Hughes Rodríguez. Sus padres divorciados hablaron y no lo pudo soportar. Que descanse en paz .
—¿Por qué? —replico, agitada.
—Porque si tu sueño es la escritura, adelante, te apoyaremos.
—Bueno, mamá lo dudo mucho… —gruño por lo bajo.
—Pues yo te apoyaré, me da igual lo que opine. —La dureza de su voz me pone en alerta. Mi padre es una persona serena, de sonrisas eternas—. Le he dejado bien claro que tu pasión no está en la enseñanza o lo que a ella se le ocurra, sino en escribir.
—Como si le fuera a parecer bien.
Él resopla.
—¿Y qué más da? —Frunzo el ceño—. Tienes veinticuatro años y toda la vida por delante. Lo que diga tu madre no es más que eso: palabras, y creo que tú de palabras sabes bastante. —Se ríe por lo bajo—. Se pueden tachar o borrar o modificar, como también puede hacerlo el rumbo que tomes en la vida.
Por un segundo, mi corazón deja de latir.
Mi padre jamás me había hablado con tanta franqueza.
A lo largo de mi vida, he tenido claro que me apoyaba en mi sueño, pero lo ha demostrado más con pequeños gestos: una libreta de regalo, acompañarme a ojear bibliotecas o librerías, interesarse por mis escritos con Kyle.
Y, sin embargo, lo que siempre me ha pesado han sido las crudas palabras de mi madre.
—No deberías desperdiciar una oportunidad como el retiro.
Hay otras palabras que mi padre no menciona.
Unas que tienen nombre y apellido. No deberías desperdiciar la oportunidad de estar con Kyle .
Vuelvo a la conversación que mantuve con Maude por teléfono, a sus ideas locas de que siempre ha sido nuestro momento.
Regreso al miedo, porque es lo que me ha perseguido eternamente, pero esta vez lo miro a la cara.
Esa sombra que hasta ahora no tenía forma se parece demasiado a mi propia cara.
—¿Es por los…? ¿Cómo lo llamáis vosotros? ¿ Haters ? ¿ Trolls ? —continúa papá—. Kyle me lo ha contado.
Me quedo inmóvil, incapaz de procesar lo que ha dicho.
—¿Kyle?
—Se ha pasado hoy por el restaurante —explica—. Me ha dicho que no quería forzarte a nada, pero que le gustaría hablar contigo. No sé qué ha pasado entre vosotros, pero… —Suspira—. Ese chico te quiere de veras.
Se me encoge el corazón. Kyle también se ha ido del retiro a pesar de que le insistí en que no lo hiciera. Sus palabras resuenan en mi cabeza: «En realidad, Gala, siempre eres tú la que huyes, pero no estás dispuesta a verlo». De repente, se me olvida cómo respirar.
—¿Kyle ha vuelto? —repito, solo por asegurarme.
Mi padre asiente. El miedo, más que nunca, es lo que veo al otro lado del espejo.
Hui una primera vez porque Kyle se negó a enfrentarse a sus miedos, que no eran si no un eco de los míos.
Hui una segunda porque yo tampoco quise enfrentarme a todo aquello que me asustaba.
Siempre estoy huyendo, dejando a Kyle atrás por temor a que él me abandone primero.
Eso me hizo perderlo en el pasado, lo que podría hacerme perderlo de nuevo, si es que no es demasiado tarde ya.