Capítulo 41
Kyle
Lo siento.
Lo siento. Lo siento. Lo siento.
Gala se ha ido y lo único en lo que puedo pensar es en esas dos palabras que me han hecho sentir como hace un par de años.
Siento que me ahogan, que me aprietan el cuello hasta dejarme sin aire.
¿En qué momento hemos vuelto a ser los que éramos?
No los amigos, ni siquiera esto en lo que nos hemos convertido ahora.
Me refiero a esos dos chiquillos que, en vez de esconderse del mundo, se esconden el uno del otro.
Y lo peor es que no solo me he peleado con ella, sino también con una parte de mí mismo.
Una que aún necesita comprensión, que quiere lanzarse al abismo pero que sigue temblando al pensarlo.
Contar hasta tres, cerrar los ojos y avanzar.
No quiero tener miedo, pero ¿no es eso lo que nos hace humanos?
¿Y si la he empujado demasiado pronto? ¿Y si me he comportado justo como ella lo hizo conmigo cuando nos distanciamos? ¿No me convierte eso en lo mismo?
Presión. La he presionado y esto es lo que he recibido.
Mis compañeros cuchichean a mis espaldas.
No entiendo lo que dicen, pero puedo oírlos e imaginarlo.
Sé que algunos están tan mal como yo. Candy, Maude…
Y espero que otros se sientan culpables, tanto como para no volver a dormir las noches que nos quedan aquí.
El retiro ya no tiene sentido para mí. Solo me apetece hacer la maleta y largarme.
Irme lejos, muy lejos de aquí. Buscar a Gala por cielo y tierra y evitar cometer los mismos errores que en el pasado.
Sin ella el concurso no tiene ningún sentido. Sin ella no hay premio que valga.
Me quedo petrificado observando mi armario.
La ropa me pide a gritos que nos marchemos de aquí.
Cojo una camiseta y la tiro a la cama, después hago lo mismo con otra.
Y otra. Y otra… Estoy fuera de sí. Lo único que me detiene es una mano agarrándome la muñeca.
Candy me observa con ojos preocupados. No sonríe.
Es la primera vez que no se esfuerza en hacerlo.
—¿Estás bien?
Cierro los ojos y me obligo a tomar aire.
—No.
—Ya, yo tampoco. —La miro y sé que está diciendo la verdad—. Supongo que a ti también te habrá mandado un mensaje.
Asiento.
—No debería haberse ido —murmura. Le tiembla la voz—. No es justo. ¿Pudiste hablar con ella? ¿Te dijo algo antes de que…?
Si supiera que empeoré las cosas, que en cierto modo lo ha hecho por mi culpa.
—Estaba mal —susurro—. Muy mal. Y yo…
Cierro los ojos con fuerza.
—Intenté consolarla, pero… —Me quema la garganta, es casi insoportable—. Pero no lo conseguí. Y ahora… Ahora se ha ido y…
—Oh, Kyle…
Candy hace el amago de darme un abrazo, pero niego con la cabeza lentamente y me obligo a tragar saliva para retener el sinfín de lágrimas que están amenazando con ver la luz.
—Me pidió que me presentara al concurso yo solo —le explico sin saber cómo estoy siendo capaz de hablar a pesar del nudo en mi garganta—. ¿Sabes cuántas veces me repitió que no era lo suficientemente buena escritora?
Candy arruga los labios.
—Pobre Gala… —se lamenta.
—No pude soportar que siguiera hablando así de sí misma.
Me estaba haciendo daño a mí también. Porque escribir…
—La voz de Kevin se cuela en mi cabeza—.
Escribir puedo hacerlo yo solo, pero no quiero hacerlo sin ella.
Hace que todo sea mejor, le da sentido a las historias.
Entonces empecé a presionarla para que siguiera intentándolo.
Me enfadé mucho, Candy. Muchísimo. Y creo…
—Bajo la voz, como si estuviera a punto de contarle un secreto cuando la realidad es que me da pavor admitirlo en voz alta—.
Creo que en realidad se ha ido por mi culpa.
Posa una mano en mi hombro y esta vez permito que me reconforte. Luego asiente para hacerme saber que lo entiende. Que me entiende.
—A veces, cuando nos enfadamos, decimos cosas que no sentimos en realidad. A Gala le ocurre mucho, ¿verdad? Estoy segura de que nada de lo que te confesó anoche lo piensa en serio.
—No lo sé, Candy. A estas alturas…
—Tú la conoces —asegura—. Es solo un escudo, una manera de protegerse.
—¿De mí? —inquiero. Los ojos me arden.
Niega con la cabeza.
—De sus propios miedos.
—Pero es que sonaba tan convencida…
—Porque es mejor engañarse a sufrir. —Empieza a acariciarme el hombro en cuanto se percata de que estoy al borde del llanto—.
Hay mentiras que duelen menos que lo que piensas que es verdad.
Entonces huyes, te escondes detrás de la rabia y desapareces.
Pero tampoco podemos culparla por ello, solo darle tiempo.
Es su forma de funcionar y estoy convencida de que, en cuanto todo esto pase, va a trabajar duro para cambiarla.
—¿Y si no pasa? —Una lágrima solitaria me recorre la mejilla—. ¿Y si no vuelve?
Ya no estoy hablando del retiro.
—No puedo presentarme yo solo —digo, casi suplicante—. No sin Gala.
Y no puedo volver a echarla de menos.
A mi lágrima la acompañan otras. Me convierto en esa lluvia que nos separó, en las tormentas que siempre le han dado miedo.
Mis sollozos retumban como los truenos y mis ojos brillan con la luz de mil rayos.
Si tan solo la hubiera entendido, si la hubiera escuchado un poco más…
Quizá seguiría aquí. Quizá seguiría conmigo.
Dejo caer la cabeza sobre el hombro de Candy, que me abraza por fin mientras me dejo hacer. Mi pecho se mueve de forma incontrolable y siento que nunca voy a poder dejar de llorar.
—Ya está. —Noto cómo me acaricia la espalda—. Suéltalo. Así, muy bien.
—La he… —Suelto un hipido—. La he… —Se me escapa otro—. La he vuelto a dejar marchar.
—Kyle, cariño… —Candy me aprieta aún más entre sus brazos—. Solo se ha ido del retiro. No es que vayamos a dejar de verla para siempre. De hecho, siento que estás a punto de hacerlo.
Se separa para mirarme y apoya ambas manos sobre mis hombros. Siento que está intentando infundirme fuerzas.
—Vas a irte tú también, ¿verdad? —Señala la ropa sobre la cama y mi armario medio vacío.
—¿Es una locura?
Ella niega con la cabeza.
—No, no. En absoluto. El concurso da igual, lo importante sois vosotros. Quieres a Gala y ella te quiere a ti. La gente que se quiere lucha por estar ahí.
—Pero hace dos años…
—Eso ya pasó. El mundo os volvió a juntar.
—¿Y si no me perdona? —insisto.
—¿Y si sí? —Por fin sonríe. No sabe cuánta falta me hacía que lo hiciera—. Solo hay una manera de comprobarlo.
…
Me remonto de nuevo al día de mi cumpleaños. Gala me observaba con ilusión. Sus ojos nunca habían brillado tanto. Una sensación de plenitud nos envolvía a los dos y, a pesar de estar en una cafetería rodeados de personas y ruido, parecía que solo estábamos ella y yo.
—El que hoy esté aquí no es tu único regalo —confesó, tan emocionada que parecía estar a punto de ponerse a dar brincos.
—¿Ah, no? —Sonreí ampliamente—. ¿Me has hecho una tarta?
Ella negó con la cabeza. Estaba encantada de que no fuera capaz de adivinar lo que se escondía detrás de la curvatura en sus labios.
—¿Y arriesgarme a que no me dejen subir al avión con ella?
—Pues también es verdad.
Sin dejar de clavar sus pupilas en las mías, Gala comenzó a buscar algo en su bolso. Un paquete envuelto en papel azul eléctrico se posó ante mis ojos, casi tan brillante como el sol.
—Es un poco llamativo, pero es que no tenía otro —admitió—. ¡Feliz cumpleaños de nuevo!
Ensanché mi sonrisa antes de romper el papel con cuidado. Según la forma cuadrada del objeto, todo apuntaba a que se trataba de un libro. Lo que no supe hasta que lo desenvolví fue que no se trataba de uno cualquiera.
Dejé de sonreír poco a poco y, justo después, tragué saliva.
Tenía en mis manos lo que había soñado todas y cada una de las noches desde que empezamos a escribirlo.
La profecía de los cinco reinos. Nuestro libro hecho papel, nuestra historia tan tangible que podía acariciarla con la yema de los dedos.
¿Por qué entonces se me formó un nudo en la garganta y no sentí ni un ápice de felicidad?
Es como si me hubieran tirado un balde de agua fría.
Como si estuviera viendo la escena en tercera persona y aquella ilusión le perteneciera a otro.
El regalo se me hizo envenenado. Un recordatorio de mis responsabilidades y de lo mucho que las dejaba a un lado.
Un miedo atroz a no ser suficiente, a estar perdiendo un tiempo que corría en mi contra.
La vida comenzó a ir más rápido que cuando era pequeño.
Los días parecían horas y las semanas duraban lo mismo que un pestañeo.
Estaba creciendo y, junto a eso, la sensación de ir a contrarreloj.
Quería escribir mil libros al día, publicarlos y conseguir que la gente me leyera cuanto antes.
También quería dedicarle tiempo a los míos, recordarles que estaba ahí para ellos y, quizá, conseguir así que no se olvidaran de mí.
Quería hacer un sinfín de cosas al mismo tiempo, estar aquí y allí.
Esforzarme para que cada ámbito de mi vida fuese perfecto.
Pero había que ser realista y lo más probable es que la escritura solo fuera eso: un sueño.
En cambio, el restaurante, mi familia, la vida adulta…
Eso sí que no podía esperar a que yo decidiera dejar de ser un niño.
—Gala… —murmuré, sin saber muy bien cómo decírselo.
—Sabía que te quedarías sin palabras —apuntó, orgullosa—. Llevo meses preparándolo y no sabes lo difícil que ha sido mantenerlo en secreto.
—Gala… —repetí, aún abrumado—. ¿Te has encargado tú sola de esto?
—A ver, no lo he editado yo ni nada por el estilo.
—Su sonrisa me estaba matando y haciéndome sentir culpable a partes iguales—.
Hablé con nuestra ilustradora favorita para que nos hiciera la portada y contacté con un maquetador bastante famoso en redes.
Además, contraté servicios de corrección y me aseguré de que todo fuera perfecto.
¿A que no adivinas cuándo se publica? —Se hizo el silencio—.
¡Hoy! ¡Tu cumpleaños es el día en el que nuestro libro va a ver la luz!
No.
No. No. No. Por favor.
Alcé la cabeza con el rostro tan rojo como la sangre.
No podía ser, no me podía estar pasando esto.
Juro que me obligué a sentirme feliz, pero todos mis intentos fueron en vano.
La presión se apoderó de mí y no me dejó disfrutar del momento.
Y sufrí. Sufrí tanto que jamás podría describirlo con palabras.
Con todo el dolor de mi corazón, respondí:
—Esto no es lo que hablamos.
—Ya, bueno. —Gala sacudió la cabeza—. ¿Sorpresa?
Su expresión se me quedó grabada en la retina.
—Sabes que no estaba preparado para publicar este libro.
Y ahí empezaron a saltar chispas.
—Entonces ¿por qué lo escribimos? Vamos, Kyle. Nunca habrías estado preparado si no te hubiera dado este empujoncito. Míralo. —Señaló el libro—. Es lo que siempre hemos soñado.
—No así —murmuré—. No sin contar conmigo.
—Por eso es un regalo.
Intenté morderme la lengua. De nuevo, fracasé.
—Los regalos se hacen pensando en quien va a recibirlos. Esto… Esto no, Gala. Sabes lo agobiado que estoy con el restaurante y lo perdido que estoy con la vida en general. ¡Lo hemos hablado mil veces! Y claro que quiero publicar contigo, pero no ahora. No así —repito.
—Es que no lo habrías hecho nunca —replica. Menudo dardo directo al corazón—. Y este libro también es mío, Kyle. Estás siendo injusto.
—Solo quería que me escucharas —contesté con un hilo de voz.
—Por una vez quería escucharme a mí también.
Asentí, no porque lo comprendiera, sino porque entendí que no habría forma de hacerla cambiar de idea.
—Entonces publícalo —la animé, pero ni mis ojos ni mi voz decían lo mismo—. Pero solo con tu nombre.