Capítulo 40 #2
La lluvia repiquetea contra el cristal. El tiempo parece reflejar mis emociones con su tono gris plomizo y las lágrimas en forma de tormenta.
Me abrazo a mí misma para transmitirme un calor que no voy a encontrar.
Lejos quedan los campos de abundante verde, que pronto son reemplazados por el asfalto infinito.
Apoyo la cabeza contra la ventana y cierro los ojos.
Las palabras de Kyle, que me merezco, se me clavan en el corazón.
«Esto es lo correcto», me repito una y otra vez, pero hay algo en mí que se revuelve, desafiante.
—No tenías por qué llevarme hasta Londres —digo una vez más—. Con acercarme a la estación habría sido más que suficiente.
—No te preocupes, así me despejo un poco.
Los ojos de Bart se apartan momentáneamente de la carretera para escanearme. Le he dicho que no haga preguntas, cosa que hasta ahora está cumpliendo a rajatabla.
Son las ocho de la mañana y llevamos cerca de una hora en la carretera.
Anoche le escribí para preguntarle si podía llevarme a la estación más cercana, pero me dijo que no tendría problema en acercarme hasta la capital.
No quería abusar tanto de él, ya que aún encima le estaba pidiendo que fuera temprano para que nadie me viera marcharme.
Sin embargo, Bart parece más que contento de convertirse en mi chófer de nuevo.
—¿Seguro que no les molestará a tus abuelos que te vayas tanto tiempo? —insisto.
—No creo.
—¿Y seguro que no nos perderemos?
—¡Ahora ya me sé el camino!
—Vale, vale. —Levanto las manos en son de paz.
Por lo menos me río un poco. Más o menos.
La opresión en mi pecho es tal que me cuesta respirar.
Supongo que en algún momento tendré que enfrentarme a la realidad, por lo que saco el móvil de mi bolsillo y tecleo un mensaje para Naisha: «Creo que las dos estaremos de acuerdo en que lo mejor es irme.
Si Kyle te pregunta, dile que presente nuestro libro él solo.
Insístele. Gracias por todo». Ya me estoy imaginando su expresión de enfado al leerlo.
Suspiro, preparada para escribir un segundo mensaje, esta vez para Candy.
Este es mucho más largo: «Lo siento por irme sin decir nada, prefería no armar mucho jaleo.
Quería agradecerte todo lo que has hecho por mí estas semanas.
A pesar de lo pesada y gruñona que fui al principio, que sepas que aquí tienes una amiga para lo que sea.
Espero de corazón que ganes el concurso y, si no es así, sé que brillarás por tu cuenta.
El mundo necesita tu poesía, naranjita».
Se me hace un nudo en la garganta al enviarlo.
El tercer mensaje es para Maude. Como ella no se aclara mucho con el móvil, le mando uno más escueto: «Perdón por no despedirme, espero que lo entiendas. Te llamaré en cuanto pueda».
El cuarto mensaje debería ser para Kyle.
Tecleo y borro. Tecleo y borro. Le pido disculpas de mil formas, pero ninguna me convence.
Ninguna está a la altura. Destino o no, debe de haber un dios caprichoso pidiéndonos a gritos que dejemos de intentarlo.
Si lo nuestro no funcionó en su momento, no va a funcionar ahora, ya sea la escritura o la relación romántica.
La más cobarde siempre fuiste tú misma .
Al final, me decanto por un simple «lo siento» y apago el móvil.
Londres nos recibe con su vivacidad habitual. Calles atestadas de gente, vehículos siempre en movimiento, el Támesis siguiendo su curso. Es como si no hubiera pasado nada, el mundo sigue girando. Sin embargo, yo ya no me siento la misma persona.
—Déjame donde puedas y ya pillo el metro.
—¿Seguro? —contesta Bart—. No me importa acercarte a casa.
—Me vendrá bien estar sola.
Bart no me pone pegas y estaciona en doble fila. Creo que está a punto de decir algo, pero no se lo permito.
—¿Cuánto te debo de gasolina?
—Nada.
—En serio. —Comienzo a sacar la cartera—. No voy a dejar que me traigas hasta aquí sin pagarte.
—No quiero nada, de verdad.
Me doy por vencida y lo abrazo como agradecimiento antes de apearme del coche. Saco mi equipaje del maletero y me acerco a la ventanilla.
—Espero que no te pierdas de vuelta a Bibury —trato de bromear, pero no surte efecto porque se me corta la voz. Carraspeo—. Cuando estés otra vez por Londres quedamos a tomar algo.
El chico asiente, complacido, y concluyo la conversación. Me doy media vuelta en busca de la primera boca de metro que vea. Siento una punzada en el pecho y me giro otra vez, pero Bart ya se ha ido. Vuelves a estar sola .
Hago el trayecto hasta casa acompañada únicamente por el traqueteo del tren y las conversaciones lejanas de los pasajeros.
La vida pasa por delante de mis ojos sin que me dé cuenta.
Me bajo en la estación de forma automática, dejando que sea mi memoria muscular la que me guíe.
Londres cobra vida entre nubarrones oscuros y paraguas coloridos.
Los habitantes de la ciudad no permiten que el mal tiempo les corte las alas.
Entro en el chalet adosado como lo he hecho durante tantos años: sacándome los zapatos y colocando las llaves en la consola del recibidor. Los olores provenientes de la cocina —huevos fritos y panceta— me indican que mi padre está en casa. Hago acopio de todo mi valor y acudo a su encuentro.
— Hey Jude, don’t be afraid, you were made to go out and get her … —canturrea, ajeno a mi presencia.
—Esto es probablemente lo más británico que hayas hecho nunca.
Las entradas triunfales nunca han sido lo mío. Papá se gira, espátula en mano, y forma una «o» con la boca. Enseguida suelta los utensilios de cocina y apaga el fuego para correr a abrazarme.
—¿Qué haces aquí? —me pregunta rompiendo el contacto—. ¿El retiro no terminaba dentro de una semana?
Me encojo de hombros.
—Sorpresa —musito, apagada.
—¿Es porque ya has ganado? ¿Es eso? ¡No me dejes en ascuas!
Otra punzada en el corazón. Intento encontrar las palabras adecuadas, pero ninguna parece encajar con la situación.
—No estaba hecha para ello —termino diciendo.
Mi padre frunce el ceño.
—¿Cómo que no?
—Simplemente había gente muy buena.
—Y tú también lo eres —responde con desconcierto—. ¿Ha pasado algo?
—Me duele un poco la cabeza, voy a echarme un rato.
Conozco bien a mi padre y sé que eso no le basta como excusa, pero también sé que me permitirá descansar todo lo que necesite.
Le doy un beso en la mejilla antes de subir a mi cuarto.
Por primera vez lo siento extraño. Me falta mi compañera de habitación, con su cabello pelirrojo y energía incansable.
Y no solo ella; me faltan las sonrisas amables de Maude, las preguntas incómodas de Frank, las bromas con Tom y Dennis…
Casi diría que me falta hasta Rebecca. Pero, por encima de todo, me falta Kyle.
Me tumbo sobre la cama, cierro los ojos y rezo por quedarme dormida pronto.
…
El sonido del móvil me despierta de mi letargo.
No consigo dormir, tan solo vivir en una especie de trance entre la realidad y los sueños.
Me desperezo, frotándome los ojos. Es el nombre en la pantalla el que me hace reaccionar de inmediato.
Porque, aunque me esperaba cientos de llamadas de Kyle, no es eso lo que obtengo.
Ignoro los mensajes —de Candy, de Naisha y sí, de Kyle— y contesto.
—¿Maude?
—¡Niña! Pero ¿cómo se te ocurre? ¿Dónde estás, anda? Te vamos a buscar.
Me yergo y, a pesar de que no me ve, sacudo la cabeza efusivamente.
—No, no, no. Maude, tranquila, estoy en mi casa. En Londres, en el chalet de mi padre —puntualizo—. Estoy bien, Bart me ha traído hasta aquí. No salgáis a ningún lado, tiene que estar haciendo un día de perros.
Me asomo a la ventana, donde sigue lloviendo. Irónicamente, todo me recuerda a ese día en Piccadilly Circus. A la mirada de Kyle, igual de llameante que anoche. A sus labios, pronunciando frases que se me astillarían en el corazón hasta el día de hoy. Tiemblo.
—¿Por qué te has ido? —insiste Maude—. ¿Es por Rebecca?
—No…
Porque veía la oportunidad de ser feliz demasiado cerca y me aterraba . No tengo sentido, mi madre siempre ha estado en lo cierto. No sé lo que quiero, no tengo un rumbo en la vida. Soy un vendaval de incoherencias. Apoyo la cabeza sobre el cristal, viendo las gotas caer.
—Es por él —dice entonces Maude, y no necesita especificar a quién se refiere.
Suspiro.
—Es complicado.
—¿Complicado? —Chasquea la lengua—. Complicadas son las matemáticas, que nunca me he apañado. Lo vuestro no es complicado, mi niña, no hay más que veros.
Aprieto los párpados por si así pudiera ahuyentar todos los miedos. Los de la Gala de seis años que llegó a Londres, los de la de veintidós que huyó de su mejor amigo y los de la de veinticuatro que volvió a rechazar todo aquello que pudimos ser.
—Fíjate en Edmund y tú —musito—. Tantas veces que tuviste que rechazarlo para luego ser felices.
Para mi sorpresa, Maude bufa.
—Lo rechacé porque no era el momento, lo que tú estás haciendo es huir. —Su voz es más cortante que la bofetada que le di a Rebecca—. Sí es vuestro momento, solo tienes que abrir los ojos. Abrir el corazón.
Mis respiraciones se hacen más pesadas, casi insoportables.
—¿Cómo puedes saber que es nuestro momento?
—No te conozco mucho, pero soy muy observadora —explica—. Y creo que, en realidad, siempre ha sido vuestro momento. Recuerda, Gala, solo tú escribes tu historia.
Un escalofrío me recorre de arriba abajo.
Le doy las gracias a Maude, excusándome en que estoy muy ocupada, y cuelgo.
De entre todos los mensajes, que son decenas, solo uno parece relucir en mi pantalla al cortar la llamada.
Un nombre que no esperaba ver. Rebecca Johnson me escribe: «¿Podemos hablar?
». Ni siquiera tengo fuerzas para responderle con un comentario rencoroso, así que apago el móvil y vuelvo a dormir, o a intentarlo.