Todo aquello que soñamos ser Capítulo 40
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Capítulo 40

Gala

Esas cuatro palabras me hieren más de lo que lo han hecho los cientos de comentarios de las redes o incluso las acusaciones de Rebecca.

Me duelen porque son ciertas, porque me he convertido en lo que más odiaba.

Porque, por primera vez en la vida, me da más miedo saltar al vacío que quedarme por siempre en tierra.

Con los ojos anegados en lágrimas, sacudo la cabeza para evitar la mirada de Kyle.

—Entonces está decidido.

—Gala…

—No, está decidido. Volveré a Madrid, estudiaré unas oposiciones o lo que sea, tendré un trabajo «digno» —escupo la última palabra con toda la fiereza que me es posible—. Es lo que debería haber hecho hace mucho tiempo.

Alejo mis manos de las de Kyle y, aunque solo lo miro por el rabillo del ojo, distingo su expresión desolada. Una grieta más se suma a mi corazón.

—Es lo que debería haber hecho hace dos años. —Le lanzo una última flecha y sé que con esta lo derribaré.

«Tengo miedo de que me quieran», mi propia confesión reverbera en mi cabeza. He jugado tanto a este juego, y conozco tan bien a Kyle, que preveo su respuesta. Como un ajedrecista que pronostica las siguientes jugadas, adivino que así haré jaque mate a nuestra amistad.

Y entonces…

—No.

Me vuelvo hacia Kyle. Sus ojos son un torbellino de rabia incontenible.

—¿No? —repito incrédula.

—No deberías haberlo hecho hace dos años y no deberías hacerlo ahora. —Me desarma al completo—. Quiero seguir adelante con esto. Quiero ganar el concurso contigo.

Suelto todo el aire de golpe. Mi mente solo puede repetir una palabra, la misma que él ha utilizado: «no».

No puedo hacerlo. ¿Quién me he creído para desafiar las leyes del universo, los consejos de mi madre?

«No llegarás a ninguna parte», sus palabras resuenan en mi cabeza, día y noche. Parece que por fin han calado en mí.

Recuerdo lo que me dijo ese día lluvioso en el que aparecí con el cabello empapado, pegado a la frente, y los ojos rojos.

—¿Dónde has estado? —La mirada de mi madre era de piedra.

Ella ya lo sabía, ¿a quién pretendía engañar? Eché mi mochila sobre la mesa de la cocina, donde ella apuraba un café antes de salir a trabajar en su turno de noche en el hospital.

—Londres —afirmó mi madre porque, en efecto, lo sabía.

Me limité a asentir—. ¿Se puede saber por qué me he enterado de que has faltado a clase por Miriam?

—Parpadeé sin comprender. Miriam era nuestra vecina de hace años, con quien daba la casualidad de que compartía grupo en la carrera—.

Me la encontré cuando ella volvía a casa y yo iba a la compra, preguntó si estabas enferma.

¡Imagínate mi cara al descubrir que mi hija estaba en paradero desconocido!

Rodé los ojos, dispuesta a abandonar la estancia. Había ido a Londres y había vuelto en el mismo día, era una tontería mayúscula, pero mi tontería. No en vano, quería celebrar el cumpleaños de mi mejor amigo con él. Recuerdo que, entonces, el «mejor amigo» escocía como una herida recién abierta.

—¿Es por él? —insistió mi madre—. Gala… Ay, mi niña, ¿no ves que te llena la cabeza de pájaros? ¿No ves que te camela, como lo hizo tu padre conmigo?

La chispa, Gala, la chispa… Si las miradas matasen, la habría calcinado ahí mismo.

—Soy mayorcita para hacer lo que considere.

—Pues si tan mayorcita eres podrías empezar por buscarte un trabajo, uno de verdad, con el que mantenerte. Algo más digno.

Rechiné los dientes. Las clases particulares que les daba a algunos niños del barrio apenas me daban para pagarme las ChocoBom en las pausas de la universidad, pero me daba igual.

Todo me daba igual porque acababa de perder a la única persona que me entendía, a la pieza de un puzle indispensable.

A esa parte que todavía me ataba a la cordura.

—Voy a escribir —sentencié, aunque mis letras habían perdido la mitad de su tinta.

Mi madre dio un golpe en la mesa.

—¡Deja de ser tan ingenua!

Las lágrimas se agolpaban en mis ojos, así que apreté los puños para contenerlas. Fuego y agua, las dos caras de una misma moneda, convergían en mí.

—No soy ingenua —susurré. Eran tres palabras que repetía demasiado en su presencia—. Solo tengo un sueño.

—Uno infantil y absurdo.

Solté todo el aire de golpe, me vibraban las aletas de la nariz.

—Pues ya me llevaré la hostia.

Y aquí, años después, era el momento de recibir esa hostia.

—Presenta el libro tú solo al concurso, es lo mejor —respondo con la cabeza gacha.

—Tenemos que hacerlo juntos. La última vez que cada uno actuó por su cuenta…

Se me aprieta un poco más el corazón a punto de desangrarse. Aunque sutil, es una acusación. Un recuerdo de que no paro de cagarla. Este espacio liminal en el que vivíamos no iba a durar, tan solo era un lugar de paso. El preludio de nuestro final, el verdadero.

—No voy a participar.

—¿Y ya está? —Kyle alza la voz—. ¿Se acabó aquí?

—No…

—¿Tanto esfuerzo para nada? ¿Después de recuperar lo que perdimos…?

Le dedico una mirada de desdén. No me puedo creer que él, de entre todas las personas, me esté diciendo eso.

La chispa… Pero estoy tan cansada de contenerme, tan harta de recibir comentarios y no responder de vuelta, tan exhausta de correr hasta caer de rodillas ¿para qué?

¿Para volver a levantarme y repetirlo todo de nuevo?

—Cuidado con lo que dices —escupo—. Yo no seguiría por ese camino, porque creo que tienes las de perder.

Se masajea las sienes, intentando no perder la cordura que siempre ha mostrado frente a mí. De los dos, él siempre ha sido la voz de la razón, hasta que yo conseguí ponerlo contra las cuerdas.

—No digas eso —susurra dolido—. No vuelvas por ahí.

Quiero gritar, patalear como una niña pequeña. Quiero… Quizá quiero un abrazo, no lo sé. Tan solo veo un rojo cegador que lo eclipsa todo.

—¿Quién dice que no la volveremos a cagar como antes? —pregunto, cuando lo que quiero decir es que yo la volveré a cagar como antes.

—Yo lo digo. —Se pone una mano en el pecho, justo sobre el corazón—. Porque sé que podemos funcionar.

—¿Como escritores o como amigos? ¿Como pareja?

Su respiración se acelera y le lleva unos minutos reunir el valor para contestar. Todo es rojo, rojo, rojo.

—Si no lo intentamos… —prueba de nuevo.

—No quiero intentarlo.

Una rabieta de niña pequeña, eso es lo que me pasa. Nunca tendré remedio, nunca me mereceré su amor.

—Gala, por favor, déjame hablar. —Aguanto lo suficiente como para permitirle pronunciar las siguientes palabras—.

Sé que estás dolida, pero no es mi culpa.

Quiero estar aquí para ti como escritor, como amigo, como…

como lo que tú quieras. Ni siquiera tenemos que presentar el manuscrito al concurso, nunca se ha tratado de eso.

—Se pasa una mano por el cabello—. Solo danos una oportunidad.

Danos la oportunidad que tú me pediste hace dos años.

Dos años . Es lo único que escucho. Ese día de lluvia, los labios de Kyle curvados en una mueca, mis lágrimas. Rojo, rojo, rojo. Entro en combustión.

—¿Y quién rechazó esa oportunidad? —grazno.

Veo cómo el chico intenta mantener la compostura por mucho que le cueste.

—No estaba preparado.

—Y yo no lo estoy ahora —zanjo, cruzándome de brazos—. ¿Me vas a juzgar por ello?

Kyle suelta un bufido.

—Claro que no. Lo que tenía es miedo. Estaba aterrado, Gala. No confíaba en mí como tú no lo haces ahora, pero lo que tendría que haber hecho es escucharte. Por eso te pido que tú lo hagas ahora conmigo. —Trata de acercarse, pero doy varios pasos hacia atrás—. Escúchame.

—¡No!

Eso debe de ser la gota que colma el vaso. Jaque mate. Antes de que pronuncie sus siguientes palabras, yo ya sé lo que va a decir.

—Fuiste tú la que quiso publicar nuestra novela sin permiso —lo dice entre dientes, mordaz. Empuña sus palabras como un arma—. ¿Cómo querías que reaccionara?

Debería pedir perdón. Debería decirle que me arrepiento, porque verdaderamente lo hago. Sin embargo, estoy tan devastada que permito que mis emociones tomen las riendas.

—¡Era un regalo de cumpleaños! —exclamo, agitando las manos para darle énfasis—. ¡Ni siquiera era tan importante! Estuvo un día a la venta. ¡Uno! No hubo tiempo de que nadie lo comprara, ¡por el amor de Dios!

—Y yo te dije que no lo hicieras —dice con voz grave, aunque calmado. Él siempre ha sido un mar sereno, yo las llamas.

—Lo sé, pero…

—Gala —me corta, tenaz—. No pienso volver a tener esta discusión otra vez. Si no quieres escucharme, no sé qué estamos haciendo aquí.

Siento que estoy ardiendo por dentro, cada una de mis células bullen como el cráter de un volcán.

Pienso en la conversación que tuve con Candy —ese «Tengo miedo de que me quieran» que llevo sobre la piel como un tatuaje— y acepto mi destino.

Rebecca tenía razón en una cosa: estoy cavando mi propia tumba.

Porque soy así, porque no conozco otra manera de enfrentarme a la vida si no es huyendo.

Kyle se levanta, dispuesto a irse, pero lo intercepto antes de que llegue a la puerta.

—El que huye ahora eres tú —siseo para hundir más la pala en la tierra.

—No es lo mismo.

Extiende una mano hacia el pomo, pero se la aparto. Al ver que no puede salir, se cruza de brazos.

—En realidad, Gala, siempre eres tú la que huyes, pero no estás dispuesta a verlo —suelta y no tengo contestación ninguna para eso.

Caigo al sepulcro, toda la tierra sobre mí. El peso de la lápida —el peso de la maldita roca de Sísifo que subo una y otra vez— me oculta de la luz del sol. Kyle se abre paso hacia la puerta y sale de la habitación, dejándome completamente sola.

…