Capítulo 39
Kyle
—Me encantaría saber en qué momento habéis decidido llegar hasta este punto.
Naisha camina por el salón mirándonos uno por uno. Tiene los brazos cruzados y los ojos cansados. Se nota que está enfadada, aunque me da la sensación de que hay algo más. No sé si será cansancio u otra cosa, pero lo que sí es evidente es que hemos metido la pata hasta el fondo.
—¿Permitir que la gente se crea que Gala es una enchufada?
¿En serio? —prosigue. A la que menos mira es a la susodicha, cuya atención está puesta en el suelo.
A su lado, le acaricio el dedo meñique con el mío.
No creo que sirva de mucho, pero quiero que sepa que estoy aquí con ella.
Que sigo sin irme, da igual lo que ocurra—.
¿Pensáis ganar echando por tierra el trabajo de los demás?
—Sus pupilas se posan en Rebecca en esta ocasión—.
¿Usando las redes sociales como arma? Eso no fue lo que la editorial os pidió.
—¿No estáis ganando seguidores con todo esto? —inquiere Rebecca. No me puedo creer que tenga el valor de contestar, mucho menos con lo que está pasando—. La última vez que me metí en vuestro perfil habíais subido mil.
Naisha se muerde la lengua.
—Además, no es nuestra culpa que la gente no sepa diferenciar entre lo que hay a través de una pantalla y la vida real. Así es como funciona el mundillo. Y tú, después de habernos animado a usar nuestras redes, deberías haberlo previsto.
—Y tú, sabiendo lo que hay mejor que nadie, haberlo prevenido —grazna la becaria.
Todos nos quedamos en silencio. El ambiente que se respira es más tenso que nunca.
—Podríamos… —Candy habla con cautela. Su voz es apenas un murmuro—.
Podríamos grabar una disculpa colectiva por el revuelo que hemos causado y defender a Gala de lo que se está diciendo.
Hemos estado aquí con ella y la hemos visto trabajar duro en su historia, ¿quién mejor que nosotros para dar fe de que está aquí por sus propios méritos?
—Me parece una idea increíble. —Asiento con la cabeza y le sonrío a Candy. Después entrelazo mi dedo con el de Gala. La chica sigue sin mover un músculo, pero ya estamos nosotros para luchar por ella—. ¿Te has traído la cámara, Naisha? Si no, con un móvil servirá.
Una carcajada masculina me sobresalta.
—¡Sí, hombre! —exclama Frank—. No pienso hacerle una limpieza de imagen a una muchacha que se ha pasado la mayor parte del retiro sin dar un palo al agua. ¡Es una enchufada y punto!
Naisha abre la boca para replicar, pero soy yo el que se separa de Gala y se pone frente al bigotudo.
Llevo aguantando comentarios hacia la persona a la que más admiro en el mundo demasiado tiempo como para seguir callado.
Soy un poco más alto que Frank y aún así no me permito agachar la cabeza.
Lo miro fijamente desde arriba, a ver si así se atreve a seguir soltando esas gilipolleces por la boca.
—Dilo otra vez.
—Kyle —me advierte Naisha.
—No, no. —Me cruzo de brazos, guardando las distancias—. Me encantaría oírlo de nuevo. Venga, hombretón, dilo otra vez.
—Kyle… —Ahora es Frank el que pronuncia mi nombre—. Es evidente. No hay más que ver que es incapaz de escribir sola. Te necesita a ti. Si no, nunca se habría puesto frente al ordenador. Deja de defenderla porque os acostáis. Eso no es excusa.
Aprieto la mandíbula y me veo obligado a cerrar los ojos para no montar un numerito aún mayor.
Respiro hondo una, dos, tres veces. Como no consigo calmarme, lo repito unas cuantas más.
Luego los abro y, cuando vuelvo a mirarlo a la cara, me doy cuenta de que no me ha servido de nada controlar la respiración.
—No te debo ninguna explicación, pero que te quede bien claro que Gala es la persona más talentosa que conozco y no le hace falta escribir conmigo para demostrarlo. Si lo hacemos es porque lo disfrutamos, ¿entendido?
—Ni siquiera la conoces bien.
—La conozco desde que éramos críos —suelto, impaciente.
Ya no pienso con claridad. Ni siquiera soy consciente de que acabo de soltar una bomba a pesar de que mis compañeros han ahogado una exclamación.
Tom y Candy sonríen, a Maude se le iluminan los ojos.
A los demás no me atrevo a mirarlos—. La he visto escribir cientos de veces.
—¿Qué acabas de decir? —Rebecca se une a la conversación.
Me giro hacia ella.
—Gala lleva siendo mi mejor amiga incluso antes de que supiera leer sin trabarme. Sé de lo que hablo cuando digo que merece estar aquí. Y ni tú, ni él. —Señalo a Frank—. Ni nadie tiene derecho a decir lo contrario. Si no queréis tener problemas conmigo, entonces…
—Vaya, otro enchufado —afirma entre dientes.
—¿Perdón?
Naisha da un par de palmadas para recuperar nuestra atención.
—¡Vale, vale! ¡Se acabó la historia! Kyle, un paso atrás. Aquí nadie va a tener problemas con nadie. Queda una semana, ¿sí? Hacedme un favor y seguid a lo vuestro. Después no tendréis que veros las caras nunca más.
Solo me doy cuenta de lo que acabo de hacer cuando la becaria se da la vuelta para marcharse.
…
Gala lleva encerrada en su habitación desde esta mañana.
He intentado volver a dejarle su tiempo, pero ya no puedo más.
Por primera vez no es por mí y ese miedo irracional que le tengo a la soledad.
Solo necesito que ella esté bien o, por lo menos, conseguir que entienda que no tiene por qué sufrir en silencio y a escondidas.
Llamo a su puerta y no obtengo respuesta.
Tardo unos segundos hasta que decido entrar.
Me escuece la garganta nada más verla ahí, hecha un ovillo bajo la manta, encima de un colchón que más que protegerla parece engullirla.
No dudo en tumbarme a su lado y colocar un mechón de pelo detrás de su oreja.
—Eres preciosa.
No es capaz de mirarme.
—Soy un desastre.
—Eres mi escritora favorita —respondo, haciendo caso omiso de su comentario.
—No valgo para nada.
Le acaricio la mejilla.
—¿Acabo de escucharte decir que no vales para nada? —Chasqueo la lengua—. ¡Pero si es una pasada ser Gala Hughes!
Ella suelta una risa triste.
—No lo es.
—Claro que lo es.
—¿Es que no has escuchado a los demás?
—¿A quiénes? ¿A Frank y Rebecca? Porque la verdad…
Me interrumpe antes de que pueda continuar hablando.
—A todo el mundo, Kyle. A todo el maldito mundo. Y si todos coinciden, lo lógico es que tengan razón. No merezco estar aquí. ¿Y si me han enchufado de verdad y Gabriel me lo está ocultando? Tendría sentido, ¿no? Nunca he sido lo suficientemente buena para esto.
Se me parte el alma al darme cuenta de que se lo cree de verdad.
—Eres mucho más.
—No.
—Gala —pronuncio su nombre con seriedad—. Sé cómo te sientes, ¿vale? Llevo sintiéndome así toda la vida.
—¿Cómo?
—Insuficiente. Menos que los demás. —Mis caricias se transportan a su nuca—. Y lo peor es que siempre he pensado que todos a mi alrededor también lo pensaban cuando solo estaba en mi cabeza.
Me acuerdo de la conversación que tuve con Kevin el otro día, lo que me da fuerzas.
—A veces, uno mismo es el peor crítico que se puede tener.
—Pero a mí sí me lo ha dicho la gente. No es un producto de mi imaginación, es la realidad.
—No tienen ni puta idea —le aseguro—. Ni siquiera te han leído. No te conocen.
No como yo.
—¿Y para qué? ¿Para reafirmar sus teorías?
No estoy preparada para darles la razón.
Ni a ellos ni a… Ni a mi madre, Kyle. ¿Sabes lo que es volver a escuchar lo que te han estado diciendo durante tantos años?
Que no soy digna de estar aquí, de dedicarme a lo que me gusta.
Como si el mundo tuviera planes muy distintos para mí y yo estuviera nadando a contracorriente por testaruda…
Y creo… —Veo que se atraganta con sus propias palabras—.
Creo que ya me he cansado de demostrar lo contrario porque es evidente que no tengo lo que hay que tener para hacer esto.
—¿Hacer el qué?
—Escribir, Kyle. Perseguir mis sueños.
Se me forma un nudo justo en el centro del pecho.
Me recuerda a esa versión de mí de no hace mucho tiempo.
A ese Kyle que prefería quedarse quieto por miedo a fallar.
A ese que no corría detrás de lo que quería por temor a caer.
Jamás me raspé las rodillas, pero ¿de qué me sirvió?
Vivir en una burbuja no es vivir. Vivir es arriesgar, volar sin miedo al cielo y al suelo.
Prefiero llenarme la piel de tiritas a volver al estado en el que estaba antes.
Algunos me llamarían valiente, yo solo pienso que he empezado a existir.
No porque me vean, sino porque estoy empezando a verme.
El retiro me está enseñando tantas cosas que necesitaría vivir mil vidas para enumerarlas todas.
Lo que no quiero es que Gala pase por lo mismo.
Ella nunca ha dudado de su talento, ¿cómo va a hacerlo ahora?
—Deberías terminar el libro tú solo, entregarlo después y…
—¿Qué estás diciendo?
—No me hagas repetirlo.
Tomo aire por la nariz.
—Porque duele, ¿verdad? Duele muchísimo. Eso no es lo que quieres, lo sabes.
—Lo que quiero es centrarme. Tener estabilidad.
—¿Y después? —inquiero.
—Después ya veré. —Suspira—. Pero, por primera vez, creo que debería hacerles caso a las críticas.
Esto es una tontería, lo fue entonces y lo será siempre.
¿No has visto el odio que hay ahí fuera?
¿Cómo voy a soportar que la gente critique lo que hago o no gustar en absoluto?
¿Y si no triunfamos nunca? ¿Cómo podría seguir con mi vida?
—Niega con la cabeza en repetidas ocasiones.
Está intentando convencerse a sí misma, lo sé—. No quiero ser infeliz.
Me incorporo sobre la cama y la animo a hacer lo mismo. Luego la tomo de ambas manos. Infelices seríamos dejando de escribir.
—¿Por qué tendría que pasar eso?
—Porque no soy buena en lo que hago —repite. Una y otra vez—. Porque soñar es infantil. Es absurdo.
Me mareo. Que Gala, mi Gala, diga esto es demencial.
—Suenas como tu madre.
Suena como tú.
Eso es lo que me da más rabia.
—Ya iba siendo hora de que lo hiciera.