Capítulo 36 #2
—No te disculpes. Te entiendo, ¿vale? A veces necesitamos huir de todo.
Solo quiero que sepas que por mucho que corras no vas a poder esquivar la realidad.
Es difícil de aceptar, pero es necesario.
—Asiento—. Además, puedes contar conmigo para desahogarte siempre que lo necesites, ¿cuántas veces te lo tengo que repetir?
La próxima vez, a ser posible, sin que tenga que viajar hasta Reino Unido para arrancarte las palabras a la fuerza.
—Sí, señor.
Me río y sé que Gabriel tiene razón. Desde que he empezado a apoyarme en los demás —Candy, Maude, Naisha e incluso Kyle de nuevo—, me noto más fuerte. Más humana. Quizá no consiga hacerlo de golpe, pero esto ya es un gran paso.
—Una cosa más —añade él—. Espero no tener que partirle las piernas a Kyle.
—Y yo espero que él no te dé motivos para hacerlo.
Aunque eso es lo que digo, lo que pienso es muy diferente. Espero no estropearlo todo otra vez .
Cuando volvemos, Noelle nos recibe con una sonrisa enorme y Naisha con malos humos, para variar.
No la culpo, pues yo también querría volver a mi casa cuanto antes, sobre todo teniendo en cuenta que le espera un largo trayecto en coche.
Así pues, le agradezco que haya traído a Gabriel y Noelle hasta aquí, lo que consigue sacarle una pequeña sonrisa seguida de un «menos mal que alguien lo aprecia».
Me despido de los tres a la salida. Envuelvo a mi primo en un largo abrazo, disfrutando de su compañía tan solo unos segundos más. A continuación, hago lo mismo con Noelle. Antes de separarse de mí, la chica acerca sus labios a mi oído para decir:
—Se nota lo muchísimo que te quiere, por si no te habías dado cuenta. Aunque creo que eso ya lo sabías.
No me hace falta más que eso para comprender que se refiere a Kyle. Como no sé qué responder, simplemente permito que rompa el abrazo y entre al coche de Naisha. Los despido con la mano hasta que el vehículo se pierde de vista.
Entro a la casa no esperando toparme con Kyle, sino con otra persona. Candy todavía sigue en el porche. A su lado yace una libreta garabateada hasta los márgenes y una taza de té a medio acabar. Ocupo el asiento contiguo al suyo, lo que logra captar su atención.
—Tengo miedo de que me quieran.
Candy no pronuncia ni una sola palabra, sino que acaricia mi mano. Sus ojos me invitan a seguir.
—Tengo miedo porque toda mi vida he estado persiguiendo al amor y cuando lo he tenido delante de mis narices, lo he estropeado.
Esta vez no hay llantos, no hay lágrimas, tan solo una verdad absoluta.
—He buscado el amor en mi madre, para la que nunca he sido suficiente.
Hiciera lo que hiciera, siempre podía intentar ir más lejos —explico como si mi discurso hubiera estado ensayado—.
He buscado el amor en mi padre, al que apenas veía un par de veces al año porque vivía en otro país.
—Los ojos de Candy se oscurecen. Hay en ellos una tinta de reconocimiento, de hermandad.
Sus labios, en cambio, permanecen sellados—.
He buscado el amor en todo aquel con el que me cruzaba, pero al mismo tiempo estaba deseando que no me quisieran porque sabía que se olvidarían de mí con el tiempo.
Y he… —Inspiro, preparándome para lo que va a venir—. He buscado el amor en…
Me detengo al instante. Candy me observa con una mezcla de tristeza y sorpresa, y comprendo que hay una pieza del puzle de la que no dispone.
Me muerdo el labio inferior. Sé que ella no va a preguntar, por lo que tengo que animarme yo misma a hacerlo.
Tengo que abrirme al mundo, como me han aconsejado Gabriel y Maude, y como mi corazón lleva deseando desde hace mucho tiempo.
—Hay algo que no te he contado. —Candy contiene el aliento, lo percibo en sus hombros rígidos y labios apretados. Sabe lo que va a venir—. Kyle y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Somos… éramos… mejores amigos. Era mi único amigo.
Ella me toma la mano, así que continúo. Le relato el principio de todo.
El Londres lluvioso de ese primer verano, Alitas, la libreta de Kyle…
A medida que hablo, las palabras me salen a borbotones, al igual que lo hacen en una página en blanco.
Cada sílaba ocupa su lugar con una certeza abrumadora.
Repaso nuestra historia hasta llegar a ese día, nuevamente lluvioso, que lo cambió todo.
—He buscado el amor en Kyle y, cuando destrocé lo que teníamos, sentí que me lo merecía. Que mi destino era estar sola —finalizo.
Quiero que Candy me odie. Que me grite que le he mentido, que he jugado con sus sentimientos, que no quiere volver a verme en la vida. Me lo merezco. Es lo que siempre he buscado, ¿no? Se lo acabo de confesar y espero que haga justamente lo mismo que los demás.
Sin embargo, un destello ilumina su mirada y sé que algo ha cambiado en la forma en la que me ve. Sus manos cubren las mías con caricias. Creo que ese es el preciso momento en el que me doy cuenta de que, por mucho miedo que tenga, mi amistad con Candy ya está sellada y no hay vuelta atrás.
—¿Sabes? —comienza a decir—. Una persona muy sabia me dijo una vez: «Eres el frutero entero». ¿Y qué hice con eso? Escribí un poema. —Pasa las páginas de su libreta hasta dar con una en concreto—. A mí me ayudó mucho en su día.
Le pido permiso con la mirada, solo por si acaso, y ella hace un gesto afirmativo.
Me sumerjo entre las palabras cargadas de emoción y alguna lágrima se acumula en mis ojos, pero en esta ocasión se debe a la belleza de lo que estoy leyendo.
Candy no suelta mi mano en ningún momento y sé que tampoco lo hará en el futuro.