Capítulo 36
Gala
Está claro que no es así como quería que se enteraran de que Gabriel es mi primo.
Es más, habría preferido guardarlo en secreto.
Como todo últimamente… Me revuelvo en mi asiento, incómoda, con todos los ojos de los presentes fijos en mí.
Kyle me da un leve apretón en la mano para demostrarme su apoyo.
—Es cierto —admito—. Gabriel y yo somos primos.
—¡Lo sabía! —Rebecca me apunta de forma acusatoria con el dedo—. Eres una enchufada.
—¿Qué…?
—Rebecca, eso son palabras mayores —interviene Maude, siempre con calma.
—¡Por eso estás tan en contra de mi novela! —suelta Frank—. Aunque estés enchufada, tenías miedo porque mi obra es claramente superior y es la única que puede hacerte la competencia.
Apenas tengo tiempo de responder a Frank, pues la influencer vuelve a arremeter contra mí. Ahí está: el volcán en erupción. Esto es mucho más jugoso que mi relación con Kyle y no me cabe duda de que Rebecca va a saber usarlo a su favor. Desde luego, sabe jugar sus cartas.
—¿Por qué si no iba a entrar al concurso una persona que se ha dedicado dos semanas a no escribir nada cuando se supone que esto es un retiro de escritores?
Me pongo en pie, ahora más enfadada que avergonzada.
—¡De la misma manera que entra una famosa de pacotilla que le debe todo a la fama de su hermanita! —exclamo.
Rebecca da un paso atrás, asimilando mis palabras.
Pareciera que alguien le ha metido un tiro entre ceja y ceja, está a punto de derrumbarse.
He dado justo en el clavo. No me ha hecho falta más que una rápida búsqueda en redes sociales.
Aria Johnson: dos millones y medio de seguidores.
Rebecca Johnson: medio millón, bajando a cada día que pasa del retiro.
Y, si eso no era suficiente, la llamada que escuché fue una sentencia lapidante.
Rebecca vive a la sombra de su hermana, ya no sabe a qué aferrarse para seguir siendo relevante.
Quizá el contrato para un segundo libro con Blissbridge es lo último que le quede.
—¿Qué está pasando? —Naisha hace acto de presencia con los brazos cruzados y una expresión de todo menos bonita—. Cada vez que vengo aquí me encuentro con un numerito de párvulos.
Me limito a observar a Rebecca con rencor. En cambio, esta me señala, demostrando que en efecto es una cría.
—¡Es ella!
—Yo no… —empiezo a defenderme.
—¿Qué se supone que son todos estos gritos? —Gabriel entra a la estancia, seguido de Noelle y Candy.
Rebecca se echa la melena hacia atrás con aires teatrales y camina hacia mi primo. A continuación, coloca el índice sobre su pecho.
—Hemos descubierto tu pequeño secreto —le dice—. Has enchufado a tu querida primita en el concurso.
El rostro de Gabriel se contrae en una mueca. Kyle da un paso al frente, pero lo retengo por la muñeca. Tanto Noelle como Candy, las dos personas más alegres que conozco, observan a Rebecca con cierta antipatía.
—Eso no es verdad. ¿Por qué haría algo así cuando está claro que Gala tiene talento por sí misma? —se justifica Gabriel.
—Además, Gala no permitiría algo así —me apoya Candy.
—La conoces desde hace solo un par de semanas —recrimina Rebecca con los brazos en jarras.
—Pero yo la conozco perfectamente y no lo permitiría —sentencia Kyle con voz grave—. Gala tiene el talento suficiente como para estar en este concurso. —Su mirada podría calcinar a todos los presentes—. Y ganarlo.
—En cualquier caso —interrumpe Naisha—, la elección de Noelle como ilustradora sucedió después de escoger a los candidatos para el retiro.
Si tienes algo que decir, dímelo a mí, que fui yo quien se puso en contacto con ella.
—Rebecca bufa, insatisfecha—. ¿Podemos dejar de comportarnos como críos por un segundo? Hay cosas más importantes que hacer.
La influencer gruñe por última vez antes de irse al piso superior, lo que no me da buena espina.
Con lo poco que conozco a Rebecca, puedo deducir que se pasará el resto del día maquinando algo, usando las redes sociales a su favor.
El resto de personas se me quedan mirando en un silencio inquietante.
Naisha es la primera en tomar las riendas de la situación.
Ojalá ser tan resolutiva como esta chica .
—Noelle, ¿necesitas algo más?
—Tengo toda la información necesaria. —Alza su libreta como prueba de ello.
Naisha asiente, complacida.
—Bien, entonces podemos irnos cuando queráis.
—¿Ya? —Intento no demostrar mucho mi decepción.
—Nos esperan casi tres horas hasta Londres y me imagino que Noelle querrá descansar antes de su exposición de mañana —explica Naisha—. Y yo también quiero descansar, que me pego este viaje cada semana y esta aún encima por partida doble, ¡todo para veros discutir o que me pidáis condones!
Tom se pone a toser de forma descontrolada, ocultando una risa evidente. Frank le da un codazo a Kyle, quien se ve obligado a apoyarse en la pared. Su cara es todo un poema, y no precisamente de los de Candy; se deja leer a kilómetros.
Noelle, bendita sea, decide intervenir entonces.
—Ahora que lo dices, creo que podría tomar un par de ideas más de Candy.
—¿Y de mí no? —protesta Frank.
Todos hacemos caso omiso de su comentario, como es habitual.
Naisha no parece muy contenta, aunque no objeta nada.
Así pues, Noelle y Candy regresan al porche con los brazos entrelazados, pero en esta ocasión Gabriel no se separa de mi lado.
Sé que Noelle me está dando una oportunidad para aclarar las cosas.
—¿Quieres que demos un paseo? —sugiere mi primo.
Asiento. Los demás se quedan en el salón, incluido Kyle, del que me despido con la mirada.
—Tengo la sensación de que no es solo por eso. —Gabriel me saca de mis pensamientos.
—¿Qué? —replico, despistada.
—Noto que te pasa algo y sé que no es por la acusación de esa tal Rebecca. Estás rara desde el momento en que entraste al retiro. Desde antes incluso, diría yo.
Suelto un largo suspiro. Es bastante evidente. Ser seleccionada para este concurso me permitió alejarme de Madrid, del ambiente asfixiante en el que convivía con mi madre, de los amigos que en realidad no lo eran. Del vacío. Llevo años sin saber cuál es mi lugar.
—Cosas de veinteañera que no sabe qué hacer con su vida —me excuso.
—Yo creo que sí sabes qué hacer con tu vida —rebate él—. Quieres escribir, siempre lo has querido.
Aprieto los labios. «Escribir es un pasatiempo —eso me dice mi madre—, muchos no llegan a vivir de ello».
He escrito fanfics , relatos, novelas enteras…
He sangrado tantas palabras que hasta creí que me había quedado seca.
Y, sin embargo, todo eso no me ha servido para nada.
Sé que con Kyle las frases adquieren otro significado, el ritmo se vuelve trepidante, los personajes cobran vida.
Él transforma mis escritos. Por eso trabajamos bien en compañía.
Hubo un tiempo en el que pensé que eso era suficiente y fue Kyle quien me demostró que no, pero ¿ahora? Ahora ya no sé qué pensar.
—No sé, Gabriel…
—No me vengas con esas. ¿No ganaste ese concurso de la universidad?
—Se presentaron cuatro gatos, tampoco era para tanto —contesto a desgana.
—Bueno, ¿y qué me dices de tu fanfic que casi tenía un millón de lecturas?
Chasqueo la lengua.
—Hace siglos que no escribo fanfics .
Gabriel se detiene en mitad del camino. La naturaleza nos envuelve por completo, con las copas de los árboles cerniéndose sobre nosotros. El aroma a hierba mojada impregna el ambiente. A continuación, mi primo posa su mano sobre mi hombro con semblante serio.
—Deja de ponerte trabas, Gala. Eres más que una mala racha. —Sus ojos parecen leer todo lo que pasa por mi cabeza—. Háblame. Cuéntamelo todo. ¿Qué te pasa?
Giro la cabeza para que no vea las lágrimas que amenazan con salir. Me cruzo de brazos a forma de escudo, buscando lo que siempre he anhelado en realidad: un refugio.
—Estoy enamorada de Kyle —confieso con la voz trémula—.
Llevo queriéndolo desde… desde siempre. De una forma u otra, sé que es así.
Y la cagué, Gabriel, la cagué muchísimo.
Ahora no sé qué somos, qué quiere de mí…
Estoy tan aterrada. De la vida, de lo que será de mí después del retiro, de que Kyle se vuelva a ir, de regresar con mi madre.
—Mi respiración acelerada apenas me permite hablar con claridad, me atraganto con las palabras—.
En el fondo se trata de eso: soy una cobarde.
Acuso a Kyle de serlo cuando todo este tiempo yo soy la que ha huido de todo lo que le daba miedo.
En lugar de responder, Gabriel me abraza.
No lo aguanto más y me echo a llorar. Es uno de esos llantos patéticos, con la nariz congestionada y una presión arrolladora en el pecho, de esos en los que tus sollozos van in crescendo sin que puedas evitarlo.
Me siento como la niña pequeña que viajó a Londres de la mano de su padre con una única frase que daba por resuelta la situación: «Ahora vas a tener dos casas».
Gabriel acaricia mi cabello con ternura. Apenas me saca seis años, pero siento que hay una distancia muy amplia entre nosotros y, a la vez, una cercanía inexistente hasta ahora.
—Suéltalo todo —murmura con tono afable—. Como Elsa de Frozen .
Entre llanto y llanto, me enjugo una lágrima y miro a Gabriel a los ojos.
Mi primo tarda menos de una milésima de segundo en entonar la canción de la película, lo que me saca una risa sincera.
Pronto está gesticulando, añadiéndole cada vez más teatralidad a la situación.
Las carcajadas hacen que me duela la tripa y me olvide por completo de que estaba llorando hace unos instantes.
—No eres un payaso —le digo—. Eres el circo entero.
Me guiña un ojo. Después, tomo una profunda bocanada de aire. Intento relajar mis músculos, sintiéndome más ligera. Gabriel me deja todo el espacio que necesito.
—Lo siento por el numerito de antes.