Todo aquello que soñamos ser Capítulo 34
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Capítulo 34

Gala

Madre mía. Madre. Mía. No me puede estar pasando esto. Me niego a que Frank nos haya visto en una situación tan comprometida. Me niego a que Frank —me estremezco solo de pensarlo— me haya visto las tetas. Justo cuando creía que había esquivado la bala al ocultar el chupetón… Simplemente me niego .

—¡Vete de mi habitación, pervertido! —grito agitando los brazos.

En cuanto el bigotudo abandona el dormitorio me cubro la cara con las manos, avergonzada hasta la médula.

—Ya está —clamo—. Ya lo va a saber todo el mundo.

Kyle me aparta las manos del rostro con delicadeza, mirándome con esa sonrisa tan suya.

—Yo creo que era más bien un secreto a voces —comenta él—. Rebecca, Candy, Tom y Naisha lo sabían fijo. Maude no dice nada, pero estoy seguro de que está al tanto. Dennis quizá no, porque vive en su propio mundo, pero… En fin, que tampoco es tan complicado imaginárselo.

Sacudo la cabeza, desesperada. Quería que fuera nuestro secreto un poco más, al menos hasta acabar el retiro.

—Será mejor que nos terminemos de vestir antes de que llegue Candy.

Allá fuera la tormenta ha disminuido, pero la lluvia todavía repiquetea contra las ventanas. Es el domingo más domingo que he visto en mi vida. Un día gris, el final de una semana llena de intensas emociones.

Ayer vino Naisha a traernos nuestras provisiones para que no nos muramos de inanición y esas cosas.

La vi alegre, más de lo que había estado desde que empezó toda esta locura.

Nos sacó algunas fotos publicitarias, se bebió una copa de vino durante la comida —una solo, nada de desenfreno esta vez— y jugó al Mario Party con nosotros gracias a la videoconsola de Tom.

Fue casi como si no hubiera pasado nada, como si tuviera una amiga más.

Pienso en ese «más» y una sensación reconfortante me inunda.

Hace poco no había nadie, estaba sola. Ahora ya no puedo decir lo mismo, y no es únicamente por Kyle.

Bajamos al salón justo a tiempo para la cena. Maude ha preparado una crema de calabacín deliciosa, acompañada de un pollo con verduras cocinado por Dennis. Este último se ha acercado a mí con un plato aparte.

—Y para esta reina tenemos tofu en vez de pollo.

—Te amo —suelto, pues se me hace la boca agua al ver la buena pinta que tiene.

—Estuve mirando el blog de recetas de tu padre —explica con orgullo.

Pruebo un bocado y levanto el pulgar mientras mastico.

—Si no triunfas en la escritura, ponte en contacto con mi padre, porque ¡vaya maravilla!

Él tan solo se ríe, pero no he dicho ninguna mentira.

Comemos entre charlas amenas y comentarios acerca de nuestros proyectos de escritura.

De vez en cuando miro a Frank de reojo, el cual está mucho más callado de lo normal.

Le rezo a todos los santos en los que nunca he creído para que no suelte nada.

Por suerte, se mantiene en silencio e incluso se ofrece a lavar los platos de todos los presentes.

A todos nos sorprende, pero aceptamos gustosos.

Eso es que está a punto de soltar la bomba…

—Ya que estamos en la recta final, ¿qué os parece leer un fragmento de nuestras obras en voz alta? —propone Maude, animada después de varias copas de vino—. Yo estoy acabando, me gustaría saber qué os parece.

—No es mala idea, a mí me vendrían genial un par de consejos —coincide Tom.

Nos sentamos alrededor de la mesita de café del salón, cada uno con su respectivo ordenador o libreta. Kyle y yo compartimos, aunque no desconcierta a nadie después de nuestra semana de escritura intensiva.

—¡Empiezo yo! —exclama Dennis.

Nos lee una mezcla de Los Juegos del Hambre, Divergente y todas las distopías del mundo, a lo cual le volvemos a comentar por vigésima vez que tenga cuidado con el plagio.

Dennis no parece alarmado. Luego le sigue Tom, que lee con ánimo el principio de su novela de thriller .

Para lo joven que es, hay que ver lo bien que plasma el terror con apenas un puñado de letras.

—¡Me toca! —Maude alza la mano con gran entusiasmo.

Se aclara la garganta y procede a relatar su historia—: La señorita Attaway tan solo tenía una cosa en claro.

Si bien las atenciones del señor Puttock eran gratamente sorprendentes, su corazón estaba puesto en otro hombre.

Si latía, latía por él. Si dejaba de hacerlo, también sería por él.

No había persona sobre la faz de este mundo que consiguiera despegar los ojos de la muchacha de lord Cavendish .

A medida que Maude narra, me giro hacia Kyle.

Se me acelera el corazón y pienso, tonta de mí, que si late, late por él.

Que si deja de hacerlo, también será por él.

Los dos lo sabemos y, si nos esforzamos en negarlo, es única y exclusivamente por mi cabezonería.

Y no, no tiene nada que ver con la chispa que otras veces se apodera de mí.

Al contrario, es la tormenta la que me aprisiona.

—Venga, Candy, ahora tú —dice la mujer al terminar.

La susodicha se coloca un mechón tras la oreja y abre su libreta decorada con motivos florales. Pasa las páginas, indecisa, mientras se muerde el labio.

—No tengo ninguno listo, será mejor dejarlo para otro día.

Arqueo una ceja. Rebecca suelta una risita por lo bajo y Candy cierra la libreta de golpe.

—¿Quieres que lea uno yo? —Le tiendo la mano—. Da menos miedo si no eres tú la que lo pronuncia en voz alta, ¿no crees?

Candy me escudriña con curiosidad. Intento regalarle mi mejor sonrisa, que poco tiene que ver con las suyas de ánimo. Aún así, ella sacude la cabeza.

—Es mejor que no, de verdad. Hacen falta muchos retoques y…

Los puntos suspensivos parecen flotar en el aire entre nosotros.

He visto los comentarios de su publicación, ahora borrada.

Ese «y» viene seguido de los «si has entrado en el retiro es para que tengas una carpeta con Kyle, está claro» o «no vas a ganar el concurso con esto» o «deberías dedicarte a otra cosa mejor».

Aprieto los puños, porque sobre lo último sé bastante.

—Pero ¿tú quieres leerlo? —insisto—. Con retoques, sin ellos…, ¿quieres leerlo?

En un instante de duda, Candy entreabre los labios. Creo que va a aceptar, por un momento, lo sé .

—Me conformo con escribirlo.

Me vuelvo hacia Rebecca, que apura su copa de vino con los labios curvados. La chispa, Gala, la chispa… Estoy a punto de levantarme y agarrarla del pelo para usarlo a modo de fregona —cosa que les hace bastante falta en Reino Unido— cuando es Frank el que se pone en pie.

—¡Preparaos para la literatura de verdad!

Todos nos miramos entre sí, pero no nos atrevemos a replicar. Si no fuera por mi incidente con el alcohol a principios del retiro, ya estaría corriendo a por otra botella de vino, porque la voy a necesitar para aguantar este suplicio.

— Entonces, con su miembro de potente envergadura… —lee el hombre, entusiasmado.

—¡Para! —le corto—. No quiero saber qué ocurre luego. Seguro que le mide 47 centímetros.

Mi comentario cae en saco roto ya que, por desgracia, ninguno de los presentes habla español y conoce la existencia del meme que se generó con un fanfic de BTS. Si supieran lo graciosa que soy en mi lengua materna…

—No te pongas ahora pudorosa, bonita —se queja—. Que yo sepa antes no…

—¡Antes nada! No ha pasado nada de nada. Y, desde luego, nada como lo que tú escribes.

Se me suben los colores. Los ojos de todos mis compañeros están posados en mí, pero, sobre todo, los ojos de quien más me importa.

«Vamos, dilo —parece suplicar su mirada—.

Admite que lo que tenemos es importante».

Pero no puedo. Simplemente no puedo. Se me cierra la garganta y ya no existen ni el español ni el inglés para mí.

Frank suelta un bufido.

—Lo mío es mejor, eso ya lo sé.

—Quién me diera tener la autoestima de este señor —comenta Dennis por lo bajo.

—A ver, dejemos las cosas claras —Rebecca alza la voz—. Todos sabemos que Kyle y Gala están liados, ¿no?

En efecto, todos asienten. Sin embargo, no son ellos los que me interesan.

Llevo días excusándome con mis compañeros, porque la realidad es mucho más difícil de afrontar.

En el fondo, me da igual que descubran que nos hemos acostado.

El problema es que, una vez lo hagan, debemos ponerle nombre a esto.

Debemos aceptar que podemos serlo todo o que podemos volver a perderlo todo.

—Pues ya está, no es el fin del mundo —resuelve la influencer .

A continuación, saca su móvil y busca algo en Tik Tok.

Me inclino hacia la pantalla, mi estómago es un agujero negro.

Enseguida aparecen decenas de resultados con mi cara y la de Kyle.

Son vídeos. Vídeos nuestros . Imágenes que ha sacado Naisha para los estúpidos reportajes que luego la editorial ha subido a redes sociales y a su página web.

—Hace tiempo que han dejado de odiarte, si es eso lo que te preocupa —añade Rebecca, rodando los ojos—. La fiebre de Candy y Kyle pasó hace siglos.

Cojo su móvil y veo vídeo tras vídeo. Comentarios como: «La mejor pareja del retiro» o «No los entendéis como yo lo hago» es todo lo que veo.

Hay alguno negativo, como me esperaba, pero muchos menos que antes.

Entro al Instagram de Blissbridge y veo las publicaciones, en las que la mayoría de comentarios piden que suban más contenido de Kyle y mío.

—¿Qué…? —murmuro anonadada—. Pero ¿cómo…?

Rebecca se encoge de hombros. Está intentando fingir que no le importa en absoluto, pero la tensión de su mandíbula me indica todo lo contrario. Le importa y mucho, tanto como para arrasar con todo a su paso. Rebecca es un volcán en reposo. De momento.

—La gente cambia de opinión. Lo que es popular puede dejar de serlo en cuestión de segundos.