Todo aquello que soñamos ser Capítulo 33
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Capítulo 33

Kyle

Tom se ha convertido en mi fiel aliado estos últimos días.

Deja que Gala y yo estemos solos en la habitación que compartimos casi todas las tardes.

Aunque me dijo que lo hacía para disculparse después de haberse ido de la lengua con Candy aquella vez, sé que lo hace porque somos amigos y, al final, los amigos están para ayudarse.

Desde que le confesé mis sentimientos hacia Gala, no ha dejado de preguntarme día sí y día también cómo va esta extraña situación en la que ambos nos hemos zambullido sin pensarlo.

Sigue siendo un cotilla, pero al menos no va soltándolo por ahí.

Puedo confiar en él, al igual que él también se fía de mí.

Me deja leer partes de su libro de vez en cuando y me pide opinión incluso para ponerse un pijama u otro.

Hace que me sienta especial. Visto, en cierto modo.

Me recuerda a la relación que tengo con Kevin, lo que también hace que me acuerde de que debería dar señales de vida y hacerle una llamada.

Aunque él ni me ha mandado un mensaje. Nadie de mi familia, en realidad.

Tampoco quiero que la burbuja estalle. No ahora.

Sobre mi cama, Gala lee el capítulo que he escrito con una cara de concentración que me resulta más adorable de lo que estoy dispuesto a admitir en voz alta.

Es preciosa, tanto que a veces me es imposible dejar de mirarla.

Sus pupilas se mueven de un lado a otro mientras se muerde esos labios que saben a miel y me traen loco.

Me gusta que me lea. Mucho. Es íntimo de una forma muy distinta al sexo, como si fuera capaz de ver mi desnudez pero no en un sentido corpóreo, sino mucho más allá.

Con cada frase que se queda grabada en su mente va quitando capas de mi alma, que acabará expuesta si no hago nada para evitarlo y, siendo franco, no creo que ni lo intente.

Escribir con ella está siendo fácil, incluso más que respirar o dormir cuando te estás muriendo de sueño.

No es solo que estemos plasmando nuestra historia en papel, es que estamos destinados a seguir escribiéndola en la vida real.

Escribo solo porque Gala va a leerlo, solo para ella.

Todos mis puntos y todas mis comas van dedicados a la chica a cuyo rostro lo ilumina una pantalla que ya no tiene nada de vacía.

A mí me brillan los ojos por una razón muy distinta.

Todo sigue justo como lo dejamos. Intacto.

—Dios, Gala.

Ella aparta la mirada del portátil para posar sus ojos sobre los míos.

—¿Qué?

—¿Tú sabes lo guapa que eres? —Sus mejillas se ruborizan y yo quiero rendirles pleitesía—. ¿Sabes lo que me estás haciendo?

Se le escapa una risita.

—Estoy leyendo.

—Lo sé. Me da igual.

—Kyle. —Vuelve a reír—. Deja que termine el capítulo y después me dices todas esas cosas bonitas que tanto me gusta escuchar, ¿sí? A este paso no vamos a terminar nunca.

Y es que, aunque hemos avanzado a pasos agigantados con respecto a los primeros días en el retiro, últimamente nos entretenemos demasiado.

Nada ha vuelto a ser igual desde lo que ocurrió en el baño, justo antes de ducharnos juntos.

Nos hemos convertido en dos adictos incapaces de dejar lo que les acelera el corazón y enciende por dentro.

Obligarnos a avanzar con la historia para después caer en las garras del otro ya se ha convertido en rutina.

Estamos atravesando una especie de luna de miel que desearía alargar para siempre.

Esto es lo que siempre he querido, incluso cuando era tan solo un crío y solo necesitaba darle un abrazo para saber que Gala es y jamás dejará de ser mi hogar.

Le aparto el ordenador de las piernas y la tomo de la cintura para atraerla hacia mí.

—¿Es que no quieres que siga o…? ¿Has tenido faltas de ortografía que no debo leer? —Sonríe, tan cerca de mis labios que hace que me sienta un hombre nuevo—. Porque, de ser así, debería darte vergüenza, Kyle Walker.

Imito su gesto y escondo un mechón de pelo rebelde tras su oreja.

—Vergüenza me daría no hacer esto ahora mismo.

Entonces la beso, ya he dejado de pensar con claridad. No han pasado ni cinco minutos desde la última vez que lo hice, pero ¿qué más da? ¿Acaso no he nacido para esto?

—Eres insaciable.

—¿De quién será la culpa, eh? —Trazo círculos sobre su espalda, ahí donde su camiseta me separa del calor de su piel. Gala entrelaza sus brazos tras mi nuca y, sentándose a horcajadas sobre mí, se remueve como quien no quiere la cosa—. Y tú eres perversa.

—Puedo ser peor.

—¿Ah, sí? —Dibujo una sonrisa maliciosa solo para ella—. ¿Cuánto?

—Mucho peor. El mismísimo demonio.

Me relamo los labios en cuanto se propone demostrarlo.

No hace calor ahí fuera, pero la habitación se prende en llamas nada más verla quitarse la camiseta.

No lleva nada debajo y, joder, si esto es el infierno se parece demasiado al cielo.

Temo que esto se acabe algún día, que el retiro concluya y lo nuestro desaparezca a la par.

Por eso no puedo parar, por eso nada me es suficiente.

Porque la quiero. La quiero, Dios mío. La quiero tanto desde el primer día en que la vi que olvidaría todas las demás palabras del diccionario para que lo único que salga de mi boca sean esas dos que se quedan cortas al explicar esto que siento por ella.

Repetiría esto sin parar, hasta quedarme seco.

Hasta que mis labios pierdan su forma y se parezcan demasiado a los suyos.

Cualquiera diría que he vuelto a perderme en ella, en esto.

En nosotros. Pero lo único que he hecho ha sido encontrarme de nuevo.

Vuelvo a saber quién es Kyle Walker solo porque Gala Hughes lo está besando.

Cierro los ojos cuando sus manos, juraría que expertas, empiezan a desabrochar el botón de mi pantalón con una premura que nada tiene que ver con la eternidad en la que estoy pensando.

Lo más irónico es que yo tampoco puedo esperar a sabiendas de que esto acabará más rápido si no tenemos paciencia.

Es agonía, un grito al cielo que maldice a lo efímero del tiempo.

Y las nubes son rencorosas, vaya si lo son.

Tan vengativas que claman de vuelta. Un trueno, después otro.

Los rayos iluminan la estancia con burla.

Se ríen de nosotros porque ningún ser humano debería quejarse acerca de cómo funciona el mundo.

Gala vuelve a tener seis años en cuanto su expresión se ensombrece y pega un brinco que la aleja de mi cuerpo demasiado rápido.

Su rostro podría hacerle competencia al famoso cuadro de Edvard Munch, no porque esté gritando de verdad, sino porque, a pesar de no hacerlo, soy capaz de escuchar sus súplicas.

La lluvia repiquetea contra el cristal de la ventana a un ritmo desordenado.

La soledad se ha convertido en director de orquesta y hace de una tormenta su obra.

No ha llovido tanto como aquel verano en el que Gala llegó a Londres siendo tan solo una cría.

Noche tras noche, semana tras semana. Las nubes le daban la espalda y no permitían que el sol le hiciera compañía.

Con los años me confesó que los truenos le recuerdan a lo sola que se sintió y los rayos, amenazantes, le auguran un futuro mucho peor.

Menos mal que en el presente estoy yo.

Me acerco a ella con cuidado y, al cerciorarme de que no se aleja, la envuelvo entre mis brazos con la delicadeza de una pluma.

Estoy dispuesto a defenderla de toda tormenta, a hacer lo que esté en mi mano para conseguir que deje de temblar.

Mientras yo viva no volverá a estar sola.

Porque, vale, hubo un tiempo en el que dejamos de hablar, pero mi mente siempre estaba con ella.

Cada pensamiento, cada latido era suyo y la acompañaba aunque no lo supiera.

—Shh… —Acaricio su pelo al tiempo que la mezo—. Estoy contigo. ¿Me oyes, Gala? Estoy contigo. No estás sola, cariño. Ya no.

No contesta, tampoco necesito que lo haga.

Esconde la cabeza en el hueco de mi cuello y se protege a sí misma con el calor que desprende mi cuerpo.

Su cercanía me dispara el pulso al mismo tiempo que me proporciona paz.

Pobre de la chica que le teme a las tormentas siendo una en sí misma, tan bella y devastadora.

Quiero decirle que subiría a cualquier nube, que volaría con ella, con tal de protegerla de cualquier tormenta y vivir siempre por encima de las lluvias.

Por encima del dolor, de esto que la bloquea.

Pero no verbalizo nada de eso, en su lugar me limito a pedirle:

—Mírame.

Tarda mucho en hacerlo, pero permito que se tome su tiempo. No dudo en colocar las manos sobre sus mejillas en cuanto me observa con esos ojos enrojecidos. No sé si tiemblan más sus labios o sus manos.

—Estoy contigo —repito.

—Lo sé.

—No, Gala —insisto—. Estoy contigo de verdad. No solo aquí y ahora. Siempre. Siempre he estado contigo. —Escondo un mechón de pelo detrás de su oreja y me inclino hacia ella—. No dejes de mirarme.

Acaricio su piel con los pulgares y, acto seguido, guío mis manos hacia sus oídos. Los tapo con cuidado ante su atenta mirada.

—Ahí fuera no hay nada —le aseguro—. Solo estamos tú y yo.

Un rayo vuelve a iluminar la estancia. Ella pega un respingo en respuesta.

—¿Y eso qué ha sido?

—Eso ha sido una estrella fugaz. —Sonrío—. Cierra los ojos y pide un deseo.

—¿Cualquier cosa?

—La que quieras.

Lo sopesa durante unos instantes.

—Bésame.

Me convierto en un genio encerrado en una lámpara porque sus deseos son órdenes para mí.

Trazo una línea invisible por su espalda, aún desnuda, al tiempo que mis labios se unen a los suyos en un beso dulce, casi frágil.

Suelto un gruñido para que me escuche solo a mí.

No me separo de ella para que siga sin ver nada.

Solo quiero que me sienta. Solo quiero anclarla a un presente en el que ya no está sola.

Uno en el que estoy aquí, besándola, donde podría derretirme entre suspiros y caricias.

Por cada trueno, un beso. Por cada rayo, un beso más intenso.

Todos sus miedos desaparecen al ignorar que existe una tormenta ahí fuera.

Todos salvo uno, claro. En este retiro nunca se puede bajar la guardia.

—¡Hay una puta gotera en mi habitación! —exclama Frank, sin siquiera llamar a la puerta antes de entrar—. ¿Vosotros tenéis…?

Su cara es un poema que no querría haber leído jamás.

Gala encima de mí. Sin camiseta. Esto tiene que ser una broma.

La chica pega un grito que debe de haber escuchado toda la casa antes de taparse con las sábanas con una rapidez que ni la luz.

Mientras tanto, yo me quedo tan paralizado como el señor al que el bigote se le ha puesto de punta.

Padre nuestro que estás en el cielo, ¿qué te he hecho para que me odies tanto?

—No es lo que parece —digo como si fuera imbécil. Esa frase siempre obtiene el efecto contrario

—Buena postura. Podríais haberme contestado cuando os lo pregunté, pero supongo que no me viene mal un ejemplo gráfico. Muchas gracias.

Me quiero morir.