Todo aquello que soñamos ser Capítulo 32
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Capítulo 32

Gala

Esa es la primera noche que oigo llorar a Candy.

Lo hace casi en silencio, cubriéndose con las sábanas, pero la escucho.

Cuando llegó, lo hizo con la misma sonrisa de siempre, mas en ella no brillaba el sol.

Sus labios eran una medialuna triste, opacada, sus ojos, dos pozos hondos.

No era la Candy que me recibió hace semanas, y se me parte el corazón de pensar en que parte de mí puede haberla herido.

No, no puede . La he herido. Con mis constantes ojos en blanco, gruñidos por la mañana, comentarios sarcásticos. Con Kyle y lo que sea que tenemos.

Y, aunque hoy el poema que ha compartido Rebecca es la manzana de la discordia, sé que solo ha sido una naipe más en la carrera por destrozarla.

No puedo dejarla en este estado, no si está en mi mano ayudarla a levantarse, como tanto ella ha luchado por animarme incluso cuando yo le respondía de malas maneras.

Inspiro profundamente antes de ir a su cama como hice hace un par de noches. Los llantos se detienen al instante.

—¿Candy?

Silencio. Una respiración que trata de acompasarse. El sonido de los grillos en el campo.

—¿Quieres hablar de algo? —pruebo otra vez.

—Estoy bien.

Me muerdo el labio. ¿Cuántas veces se empeñan las personas en decir esa frase vacía? Estoy segura de que pocos realmente la usan en serio, sin significados ocultos. Yo, de hecho, tampoco soy una de esas personas.

—Es una estupidez —susurra entonces, tan bajo que creo no haberla oído. Se sorbe la nariz y su cabeza se asoma de debajo de las sábanas—. Es solo un poema, ¿no?

—¿Lo es?

Tras el manto de la oscuridad, Candy se fuerza a sonreír. Incluso aquí siente que tiene que aparentar.

—No debería haberlo compartido.

—¿Por qué no? —inquiero—. Lo he leído, es bueno.

Ella bufa a la vez que se yergue.

—Es una basura, no sé ni por qué me dejé convencer para subirlo. Rebecca dijo que le encantaba.

Ruedo los ojos.

—Rebecca dice muchas cosas, ninguna buena —replico—. Es más, lo único bueno está en lo que calla.

Candy suelta una risita.

—Debería haberlo retocado antes de subir la foto —insiste.

—Estabas ilusionada.

—No. Ingenua es lo que era.

—Candy…

Busco su mano a tientas en la oscuridad. Es como un témpano de hielo, así que la froto para atraer el calor.

—Mi madre me instó a presentarme al concurso —explica. Su tono está teñido de amor y recuerdo—. Siempre me ha dicho que tengo un don, pero a veces no sé si es verdad o es más por compensar… —Sacude la cabeza—. En fin, da igual. Los comentarios me han dejado bien claro que no tengo ese don.

—Candy, tú lo has dicho, es solo un poema. Uno de tantos que vas a escribir en la vida. Tú no eres así, no… —Pero ¿realmente sé cómo es o solo reconozco las sombras que dejan sus rayos de sol? Tomo aire—. Es por el poema o… ¿o hay algo más?

De nuevo, el silencio, pero esta vez el de quien sabe perfectamente lo que va a decir a continuación.

—Es de Kyle, ¿verdad? —A pesar de la negrura, arrugo la frente—. El chupetón.

Por un momento, estoy a punto de maldecir a Rebecca, pero no lo hago. Es evidente que la influencer ha tenido otros quehaceres hoy. Además, en esto me he metido yo solita y debo salir también por mi propio pie.

—Sí. —Una palabra pesa tanto como la que será la lápida de nuestra recién nacida amistad.

Contengo el aliento. Y entonces…

—Escuché a Kyle hablando con Naisha. Sobre ti —aclara, para mi sorpresa.

Me muerdo el interior de la mejilla para no preguntar de qué hablaban en concreto.

—Lo siento —es lo mejor que puedo ofrecerle.

—No lo sientas, boba, estoy bien. Solo es un poema, ¿no? —No me da tiempo a contestar—. Solo es un chico, ¿no?

Solo, solo, solo . Buceo entre las huecos sordos de las palabras, pero Candy es una fosa demasiado profunda.

—Y yo pensando que te gustaba Naisha. —Ríe.

—Bueno, no es del todo mentira. Me parece guapa y eso.

—¡No paraba de intentar juntaros!

—Si las circunstancias fueran distintas, probablemente habría funcionado.

—Quiero que sepas que me alegro por Kyle y por ti. No estoy enfadada ni nada, te lo juro. —Parece sincera, pero, una vez más, hay una pieza en ella que no encaja—. No hay malos rollos, de verdad.

No esperaba hacer amigos en este viaje y ahora lo que no quiero es perderlos por cometer una estupidez. Claro que Kyle no es una estupidez ni mucho menos, pero… Suspiro. Tengo la cabeza hecha un lío.

—¿Cómo era? —Piensa unos instantes—. Soy el frutero entero.

Sonrío.

—Eso es, el frutero entero.

—¿Las naranjas? —pregunta divertida.

—Y las manzanas, los plátanos…

—¿Y las ciruelas?

—¡Todo! ¡Y la frutería, si me apuras!

Reímos al compás, casi olvidándonos de todo, casi temiendo por nada. Desearía que me dejase ver un poco más entre las grietas pero ¿quién soy yo para exigir lo que me niego a dar? La persona más hermética poco sabe de abrirse a los demás y que ellos se abran de vuelta.

—Recuerdo la canción que me enseñaste de Ateez: «THANK U». Gracias. —Me aprieta la mano como si temiera caerse al vacío—. Gracias de corazón por estar ahí. Ya sé que al principio me odiabas, pero ahora lo entiendo todo. Estaba entre Kyle y tú, debí haberlo supuesto.

—Eso sí que es una estupidez. Olvídate de eso, nunca te he odiado más de lo que me odio a mí misma por haberme portado como una imbécil. Y ya sabes lo que dicen: una amistad vale más que cualquier hombre. Porque… ¿somos amigas?

—Claro que somos amigas.

Respiro tranquila. Voy a por mi móvil y entro en la aplicación de música, donde busco hasta dar con la canción adecuada —también de Ateez, qué le voy a hacer— y le doy al botón de reproducción.

—A ver qué te parece esta otra canción.

—«Sunrise» —lee ella en la pantalla.

—Exacto. Siempre sale el sol, solo tienes que seguir adelante.

La luz del móvil ilumina la sonrisa de Candy. Me recuesto a su lado, hombro con hombro, y cerramos los ojos para deleitarnos con la música. Cuando esta termina, salta la reproducción automática.

—Eso no es coreano —Candy señala lo obvio—. Creía que no había nada en tu playlist que no fuera en coreano.

—Y casi no lo hay. Es un grupo que está empezando, conozco al cantante —explico—. En realidad, es el hermano de un amigo de mi primo. A veces coincidíamos en el pueblo.

—Son buenos.

—Bueno, no son One Direction. —Le doy un codazo y estallamos en carcajadas—. Pero sí, ojalá lleguen lejos.

La canción se titula «Truly, Madly in Love». The Reverie, como se llama el grupo, mezcla una lírica profunda con una melodía que, si bien al principio es apagada, se va animando poco a poco.

—Tengo la sensación de que lo harán —dice Candy.

Dejo que mi playlist siga sonando durante al menos una hora. Nos limitamos a escuchar, a veces comentando, otras en silencio. Dicen que la música lo cura todo y creo firmemente en ello. Al cabo de un rato, Candy se duerme.

…

Recuperar la felicidad es más difícil que perderla.

Cuando la pierdes es tan sencillo como un soplo apagando una vela, se esfuma sin que puedas evitarlo.

Para recuperarla, en cambio, tienes que escalar montañas, cruzar todo tipo de obstáculos, y aún así siempre habrá algo más en el camino que te retrasará el viaje.

No obstante, esta vez empiezo a pensar que mi mala racha ha terminado.

Kyle y yo escribimos más de lo que hemos hecho nunca.

Nos turnamos el ordenador y en cuestión de horas tenemos varios capítulos completos.

Pasamos las mañanas, tardes y algunas madrugadas dedicándonos en cuerpo y alma a nuestro manuscrito.

Escribo como si fuera lo único que me mantiene con vida.

Todos nuestros compañeros se sorprenden de vernos trabajar tanto después de dos semanas sin ideas.

El jueves, cuando vuelvo de mi carrera matutina, Kyle ya me está esperando en el porche con un zumo de naranja y unas tostadas de aguacate. Maude, quien se encuentra a su lado, me guiña el ojo con descaro.

—Igualito que las miradas de mi Edmund —me dice solo para mí, a lo que aprieto los labios para contener una sonrisa.

—Voy a darme una ducha y ahora vuelvo —les informo.

Subo las escaleras trotando. Frank me dedica una mirada curiosa y yo le regalo una sonrisa, lo que hace que tuerza el gesto de forma exagerada.

Soy feliz, ¿y qué? A esta Gala no la habían visto nunca.

Paso al lado de la habitación de Tom, donde la puerta abierta me deja ver que el chico está jugando a su Nintendo Switch muy concentrado.

—Buenos días, Tommy. ¿Ese es el nuevo de The Legend of Zelda ? Tiene buena pinta.

Él también se queda tan anonadado como Frank, pero me devuelve el saludo.

A continuación, recojo un par de prendas de mi dormitorio y me dirijo al cuarto de baño.

Pongo el agua a calentar mientras me marco un baile al ritmo de una canción que probablemente escandalizaría a cualquier coreano por mi terrible pronunciación.

No quiero ni saber qué cosas estoy diciendo, tal vez estoy invocando a un demonio. Yo lo intento, que es lo importante.

Pego un brinco en cuanto la puerta se abre, mano en pecho, pero me relajo al darme cuenta de que se trata de Kyle. No dice nada, tan solo saca algo del bolsillo de sus vaqueros. Lo cierto es que me esperaba cualquier cosa menos condones.

—¿Cómo has…?

—Resulta que Bart es muy majo y me ha dado una vuelta en su coche.

Parpadeo muy lentamente, dejando que la información cale en mí.

—¿Bart? Pero… ¿cuándo? Llevamos toda la semana pegados como lapas.

Kyle esboza una sonrisa ladina.

—Sorpresa —es lo único que responde.

El agua todavía sigue corriendo cuando Kyle me besa contra la pared.

Pierdo toda la cordura en cuanto sus labios se unen a los míos, ignorando que estoy destruyendo el planeta por no cerrar el grifo o que cualquiera podría pillarnos.

Ignorando todas las dudas de mi cabeza. Lo agarro del cuello de la camisa y profundizo el beso. Prefiero mandarlo todo a la mierda.

Poco a poco nos vamos deshaciendo de nuestra ropa, que queda esparcida por el suelo del baño.

—Creo que me debías algo —gruñe contra mis labios.

—¿Crees?