Todo aquello que soñamos ser Capítulo 31
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Capítulo 31

Kyle

Candy no aparece. No lo hace antes de que el sol se ponga ni tampoco lo hace después.

Las estrellas no recuerdan su nombre y la luna no sabe decirme por qué.

El porche me parece más claustrofóbico que ayer y, aunque Tom acaba de pedirme que entre a cenar y me ha asegurado que la chica estará a punto de volver, soy incapaz de hacer como si nada.

Candy se ha ido. Candy. Se. Ha. Ido. ¿Es que acaso eso no suena lo suficientemente preocupante?

¡Candy se ha ido! Y es mi culpa. Es mi maldita culpa porque, a pesar de que todo el mundo piensa que el detonante ha sido el poema, estoy convencido de que no es así.

Ellos no han visto la cara que ha puesto al escucharme confesar lo mucho que me gusta Gala.

Ellos no estuvieron presentes en aquella conversación cerca del lago.

Le mentí a Tom, eso le hizo ilusiones y jamás llegué a decirle el motivo por el que no siento nada por ella.

Una vez más, no fui sincero del todo. Prometí hacerlo cuando llegara el momento, pero ¿cuándo?

¿Cuándo si el tiempo empieza a pasar tan rápido que mi mente es incapaz de seguirle el ritmo?

Lo dejé estar, como todo lo demás. Fue escurrir el bulto y fingir que jamás existió.

Pensé que pasaría, pero la gente no pasa.

Los sentimientos no se esfuman así porque sí. Yo lo sé mejor que nadie.

Así que espero fuera. Dan las nueve, después las diez.

Me vuelvo loco a las y media y creo perder la cabeza a menos cuarto.

Pero entonces se hace el milagro y, a lo lejos, diviso una silueta que bien podría ser el demonio dispuesto a guiarme a los infiernos por los pecados cometidos o la chica con cara de ángel y corazón frágil.

Descubro que es la segunda opción cuando veo el naranja, ahora más apagado por la negrura de la noche, acercarse a mí con paso vacilante.

—Kyle… —Carraspea, pero rápido sacude la cabeza.

Maldigo a la luna nueva porque apenas puedo verle la cara.

No sé si tiene las mejillas sonrojadas o si sus ojos se han dejado llevar por fin.

Después sonríe. Joder, sonríe y a mí me da rabia que lo haga porque sé que no es real—.

¡Buenas noches! ¿Qué haces aquí fuera? ¿Cogiendo algo de inspiración o… ?

La interrumpo.

—¿Dónde estabas?

—¿Cómo?

—¿Dónde estabas, Candy? —Trago saliva y enciendo la pantalla de mi teléfono para ver la hora. Tengo mil notificaciones de Instagram y un sinfín de mensajes de gente que ni conozco sin leer, pero eso no importa ahora. Parezco un padre enfadado cuando continúo—: Nos tenías muy preocupados.

Mira hacia los lados en busca de una excusa que la salve, pero no hay nada. Solo estamos nosotros dos.

—Perdón. —Percibo la congoja en su voz. Sin embargo, su sonrisa se ensancha tanto que llego a verle los dientes—.

He salido a escribir. Necesitaba… —Carraspea otra vez—.

Necesitaba tomar el aire. Ya sabes, salir de la casa y ver un poco del pueblo.

He ido al lago, me he sentado en la hierba y no me ha hecho falta más para rellenar esto de aquí.

—Señala su cuaderno, incapaz de mantener el contacto visual.

—¿A ver?

—¿Perdón? —grazna.

—¿Puedo ver algo de lo que has escrito?

Ella finge un bostezo.

—Uf, mejor mañana, que tengo un sueño… Encima me duele la mano. —La sacude—. Apenas la siento. Creo que ya va siendo hora de irme a dormir.

Hace el amago de entrar en la casa, pero no tardo en impedirle el paso. Me interpongo entre la puerta y ella y, a pesar de que mi mirada está puesta en el azul de sus ojos, la suya yace perdida en un punto que no logro encontrar.

—Candy…

—¿Pasa algo?

—¿Estás bien?

Ambos tomamos aire al mismo tiempo. A Candy le sorprende que alguien le pregunte algo así, a mí haber tardado tanto en hacerlo.

—¿Aparte de la mano? —inquiere.

—Aparte de la mano.

Me recuerda tanto a mí que escuece. Está intentando brillar, pero ya no se acuerda de cómo se hace sin esfuerzo.

Su sonrisa le flaquea por momentos y juraría atisbar la muerte de una estrella en sus pupilas.

No sé qué hacer, así como no sabía qué hacer cuando yo estaba así.

¿Me acerco? ¿Me quedo quieto? ¿Sigo presionando o respeto su silencio? ¿Qué me habría gustado a mí?

—Hoy he publicado un poema por primera vez.

Así que quiere ir por ahí. Bien. Es un avance. Ya dejaremos lo de mi conversación con Naisha para más adelante.

—Ni siquiera sé por qué lo he hecho. Rebecca lo leyó esta mañana y me animó a publicarlo.

¡Incluso lo ha resubido en su cuenta para ayudarme!

Pero a la gente no le ha gustado nada. Nada de nada.

Era un primer borrador y tenía un par de erratas de las que no me he dado ni cuenta, así que no sé qué me esperaba.

—Lo he visto.

—Oh… —Su sonrisa se tambalea otra vez. Casi consigo que me muestre lo que está sintiendo de verdad—. Lo siento. Ha debido de parecerte horrible.

—No me ha parecido horrible.

Su mirada se agranda.

—¿No?

—Qué va —le aseguro, asintiendo con la cabeza para darle más peso a mis palabras—. En realidad, me ha gustado mucho.

—Pero tiene errores.

—Eso es lo que lo hace real.

Candy traga saliva y ahí es cuando me doy cuenta de que, a pesar de que no era mi intención, he metido la pata hasta el fondo.

Juega con sus dedos, entrelazándolos entre sí como si fueran un rompecabezas que solo ella sabe desarmar.

Se muerde el labio con fuerza, lo veo en cómo aprieta el rostro y se obliga a sí misma a continuar impasible, tan risueña que parece que nada puede hacerle daño.

Tan sol que parece que está a años luz de distancia.

—Tus poemas son reales —prosigo—. Salen de ti, de aquí.

—Señalo el centro de su pecho, justo donde se encuentra su corazón.

Me pregunto si le duele tanto como imagino, si grita por salir al exterior y mostrarse tal cual es—.

¿No es eso lo importante, exponerte al mundo sin miedo y con todo lo que tienes?

—Creo que ese es el problema —replica en tan solo un susurro.

—Candy…

—Por eso a nadie le ha gustado.

No dice todo lo que piensa, pero puedo leer entre líneas.

Su poema es solo una forma más de esconderse, la manera perfecta de hablar sobre lo que siente sin vaciarse en el intento.

No está hablando de su último escrito, sino de sí misma.

Porque he usado la palabra real y le ha cambiado la cara.

Porque ha mostrado una parte de ella, una que no es perfecta, ni sonriente, ni celestial, y lo único que ha recibido han sido críticas.

¿Cómo no iba a querer esconderse para seguir protegiéndose?

—A mí sí.

Se le escapa una risa.

—Pero hay poemas mejores, ¿no? —Sonríe de manera distinta esta vez. Es triste, casi resignada—. Siempre habrá poemas mejores.

—Solo hay poemas distintos.

La dejo sin palabras. Abre la boca para volver a contradecirme, pero no se le ocurre nada. Las luces de la casa se van apagando una a una y el sonido de los grillos nos envuelve en un silencio incómodo del que ninguno sabe cómo escapar. No me cree, ni siquiera sopesa lo que le digo.

—¿Y no es genial? —la animo—. Poder leer cientos, ¡miles!

—Eso reduce las posibilidades de que el mío destaque —murmura. Agradezco que una parte de ella me esté siendo sincera aunque todavía siga reticente—. De que lo escojan. En fin, yo…

—Eso no lo sabes.

—Kyle…

—No, Candy. No lo sabes —insisto—. Estoy convencido de que algún día alguien te leerá y no podrá dejar de hacerlo.

Que sentirá el vértigo de tus palabras y se verá reflejado en ellas.

Te convertirás en su autora favorita, irá a todas tus firmas y tendrá sus estanterías llenas de tus poemarios.

Te elegirá día sí y día también porque no habrá poema que le haga sentir lo mismo.

A pesar de las erratas, a pesar de que no rimen. Y todo eso porque son tuyos. Reales.

Sus cimientos se tambalean y yo contengo el aliento.

Noto el terremoto en su interior, la sacudida que la pone en alerta.

Sabe que no hablo solo de su poesía, sino de ella.

Porque estoy convencido de que eso ocurrirá, no hay más que verla.

Creo que no hay persona en el mundo que merezca más que la quieran.

Pero entonces ocurre lo inevitable y la chica sonríe otra vez.

Joder.

—Gracias por hablar conmigo, pero estoy bien.

¡De verdad! Intentaré no leer más comentarios a partir de ahora, te lo prometo.

En unos días se les olvidará, al igual que a mí.

Ahora, si me disculpas… —Se hace un lado para poder pasar y entrar en la casa—.

Buenas noches. Intenta descansar, ¿sí? Y no te preocupes tanto por mí. Estoy bien. Todo está bien.