Todo aquello que soñamos ser Capítulo 30
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Capítulo 30

Gala

Por raro que me resulte, Naisha no ha hecho ni una sola mención a mi noche de desenfreno con Kyle en la entrevista.

Sé que ha visto el chupetón, no me cabe ninguna duda, pero sus preguntas han sido de lo más profesionales.

Que si mis pasiones, que si me inspira esto o lo otro…

Todo de lo más banal. No se muestra distante, pero tampoco amigable. Es tan extraño que no sé cómo sentirme.

Si eso me sorprende, lo de Rebecca aún más. Se ha pasado la mañana de aquí para allá, charlando con el resto de compañeros, y no me ha dedicado ni una mirada, ni siquiera cuando Naisha ha dicho que nos hagamos una fotografía grupal. Que alguien me pinche, porque no me lo creo.

Naisha se va a la hora de comer, negándose a nuestra oferta de almorzar con nosotros.

Me imagino el porqué, pero he de admitir que me da pena.

Que no me guste Naisha más allá de lo físico no significa que no pueda llevarme bien con ella; que no desee repetir esa noche en la que la música de Ateez parecía infinita y solo existíamos las tres. Tiempo al tiempo, supongo .

—Hola, guapa.

Doy un respingo al oír la voz de Kyle en mi oído.

A pesar de que estamos solos en el porche, me tenso ante la posibilidad de que alguien nos descubra.

Técnicamente esto no tendría por qué ser un secreto, pero todos nos ahorraremos mucho sufrimiento si de momento lo mantenemos así. ¿Todos o tú misma?

—Eh, oye… —Me rasco la nuca, indecisa—. Antes escuché lo que le comentaste a Naisha, lo de… eh, los condones.

Kyle carraspea, igual de nervioso que yo. Se ha puesto colorado hasta las cejas, lo cual es entrañable.

—Sí, yo… —Sacude la cabeza—. Bueno, no sé en qué estaba pensando.

Esbozo una sonrisa ladeada.

—Pues en el calentón. —Los dos reímos, aligerando un poco el ambiente.

El silencio que lo prosigue es casi físico, un ente más entre nosotros—.

Es un poco raro, ¿no? Esto… nosotros… Raro, pero bueno —clarifico—.

¿Crees que Rebecca dirá algo del chupetón?

Porque créeme que lo ha visto. Me pone de los nervios que se haya callado, eso es porque está esperando el momento perfecto para atacar.

—¿Seguro que se ha fijado en el chupetón? —Asiento—. Pues ya son dos, porque Naisha también lo sabe.

Abro mucho los ojos, no porque la becaria lo sepa, de lo cual ya estaba al tanto, sino por el miedo a lo que le haya podido contar a Kyle.

—¿Habéis hablado de ello?

—Tranquila, no se lo dirá a nadie. —Suspiro aliviada—. Es lo mejor por ahora, aunque no sé en qué lugar nos deja eso a ti y a mí.

Lo dice despreocupado, pero su mirada me indica lo contrario. Hay una pregunta que pende sobre nuestras cabezas: «¿Qué somos ahora?». Hemos pasado de ser mejores amigos a completos desconocidos a… esto. Un nudo. Un laberinto. Una maraña de sentimientos.

—No tenemos que ser nada. —Me encojo de hombros tratando de restarle importancia.

Mi corazón parece gritar algo muy diferente: ¡Podemos serlo todo!

—Te refieres a… ¿amigos con derechos? —Él hace una mueca, dubitativo.

Noto que mis mejillas se enrojecen. Una parte de mí se alegra de que hayamos recuperado el título de «amigos», pero sé que el vuelco al corazón significa otra cosa muy diferente. Una cosa que le confesé a Naisha en su día: estoy enamorada de Kyle, siempre lo he estado.

No nos da tiempo a decidirlo, pues Tom se instala en el porche junto a nosotros, seguido de Dennis. Supongo que nos queda una conversación pendiente, al menos eso me hace ver Kyle con su mirada de disculpa.

—Tíos, estoy en racha —suelta el último con una alegría contagiosa—. Más de setenta mil palabras, no hay quien me pare.

Ojalá pudiera decir lo mismo . Va a empezar nuestra tercera semana en Bibury y lo único que tengo son párrafos inconexos.

Mis opciones son la novela que escribí con Kyle hace años —descartada, ya he machacado bastante ese manuscrito— o lo que empecé el otro día antes de que Candy me interrumpiera.

En busca de cualquier excusa para distraerme de lo de anoche, abro el Word y releo lo que tengo.

—¿Habéis visto a Candy? —pregunta Tom tras un rato.

—Se fue a dar un paseo después de comer —contesta Kyle, receloso.

Me muerdo el labio. La cabeza no me para de dar vueltas, cientos de por qués entrelazándose como las enredaderas de la casa, cientos de respuestas evaporándose como el humo.

No sé si es la desaparición de Candy o ese nombre que Kyle y yo parecemos esquivar; ese más que «amigos» que pende sobre nosotros como la espada de Damocles.

En cualquier caso, inspiro y comienzo a teclear, forzándome a pensar en otra cosa.

Tenía muchas ganas de verlo. Siempre me había parecido sumamente atractivo, con esa belleza particular de la que solo un puñado de personas puede presumir. Sus hoyuelos se marcaron en cuanto me vio. Me saludó a través del cristal, más allá de la lluvia…

—Mm, no sé yo…

Kyle lee por encima de mi hombro. Tiene los brazos cruzados y el ceño fruncido, signo de su gran concentración. Lo recuerdo con diez, quince, veinte años haciendo lo mismo. Yo escribía, él leía. Él escribía, yo leía. Un ciclo sin fin.

—¿En serio? ¿Cómo lo harías tú?

Hace un gesto en dirección al ordenador para pedirme permiso y yo me limito a asentir.

No se me pasa por alto cómo Dennis y Tom nos observan descaradamente.

Ni siquiera el cotilla del chavalín tiene nada que decir al respecto.

Los dedos de Kyle se deslizan por el teclado, pero no me deja ver nada hasta que da por concluido su trabajo.

Recuerdo que llovía. Londres siempre ha sido un cúmulo de grises y no me importó hasta ese día.

Me había puesto mi mejor vestido, el negro ceñido que él alabó en una ocasión hace tanto tiempo que ya no me acuerdo.

O no quiero acordarme. Tenía muchas ganas de verlo.

Siempre me había parecido sumamente atractivo, con esa belleza particular de la que solo un puñado de personas puede presumir.

Sus hoyuelos se marcaron en cuanto me vio.

Me saludó a través del cristal, más allá de la lluvia. Ahí comenzó la función.

Todo se remonta a ese día. En la actualidad, cuando pienso en ello, sangro tinta. Escribo y escribo con el único objetivo de dejar de pensar en él, pero no puedo. Escribo, pero nada tiene sentido, como si me hubiera olvidado de hablar. Como si él se hubiera llevado todas las palabras.

Pero, cuando lo conocí, eran otros tiempos…

Kyle ha escrito una página entera en la que ha sabido capturar mis sentimientos al perderlo. Ninguno tiene que dar explicaciones, sabemos de qué trata esta historia: de nosotros. Le tiendo el ordenador de vuelta.

—Sigue.

Él no necesita más. Se sumerge en la tarea con una decisión abrumadora y a mí no me queda más opción que contemplarlo.

Antes, cuando escribíamos juntos, las letras salían de mí como si tuvieran vida propia, ya fuera durante una clase, de madrugada o en el metro.

A veces lo hacíamos en Londres, otras tenía que ser a distancia, pero era sencillo a pesar de ello, porque encajábamos.

Verlo escribir frente a mí ahora me causa una sensación muy distinta.

Es una mezcla de orgullo, admiración y, sobre todo, una emoción a la que no me atrevo a ponerle nombre.

Tom y Dennis vienen y van. Yo me levanto a prepararme un té.

Maude se une un rato, hablándome de cómo lord Cavendish y la señorita Attaway, los protagonistas de su novela, se han rozado la mano.

Rebecca toma el sol en el jardín. Frank se asoma para asegurarse de que no nos hemos ido.

Candy no aparece. En el transcurso de dos horas pasan muchas cosas, pero la más importante es que Kyle termina el capítulo.

Me pongo a leerlo al instante. Cuenta la historia de cómo nos conocimos —con aires más novelescos y ciertas licencias, claro— y surgió nuestra amistad.

Y, de repente, es como si el tiempo no hubiera pasado.

—Déjame a mí —le pido.

Tecleo: «Capítulo 2» y enseguida fluyen las palabras.

Los dos años que pasamos sin hablarnos se esfuman, porque nos entendemos a través de la escritura, lo que siempre hemos sabido hacer.

Nos entendemos incluso mejor que anoche, sudorosos en la más absoluta intimidad.

Las escurridizas palabras por fin vuelven a mí con una fuerza imparable.

No me doy cuenta de que ha oscurecido hasta que levanto la vista de la pantalla. Kyle no se ha movido de mi lado.

—Veamos —dice mientras voltea el portátil hacia sí y lee con detenimiento—. Gala, esto es bueno. —Se me hincha el pecho de alegría—. ¿Deberíamos presentarnos al concurso con esto? Es mejor de lo que he conseguido escribir en meses.

—¿Nos dejarán escribir un libro a cuatro manos?

—Es cuestión de preguntarle a Naisha. En cualquier caso, yo no quiero escribir si no es contigo.

Una sonrisa se extiende por todo mi rostro y tardo apenas unos segundos en lanzarme a sus brazos. Contengo las lágrimas, pensando en lo afortunada que soy. Esta es una nueva oportunidad para nosotros y no puedo desperdiciarla. No lo haré.

—Chicos, ¿hay noticias de Candy? Estoy preocupado.

Nos separamos para observar a Tom. Compruebo la hora, que me indica que son pasadas las nueve.

—¿Todavía no ha vuelto? —inquiere Kyle—. Lleva toda la tarde fuera.

—He mirado en su habitación, pero no está. Los demás tampoco la han visto.

—Probaré a llamarla —resuelve Kyle.

Aguardamos mientras busca a Candy en sus contactos. Suena pitido tras pitido, pero nadie lo coge.

—Quizá se ha quedado sin batería —sugiero.

—No sé yo… —replica Tom, no muy convencido—. ¿Por qué se iría tanto tiempo sola? Normalmente nos propondría a todos ir con ella.

Kyle suelta un suspiro de derrota. Tom saca su propio móvil, supongo que para intentar contactar con la chica, pero tras unos segundos nos enseña la pantalla. Es una historia de Instagram de Rebecca, compartiendo la última publicación de Candy. Frunzo el ceño.

—¿Eso es un poema?

—Lo es —responde el chavalín.

No me hace falta entrar a la publicación, puedo imaginarme los comentarios. Si algo despierta Rebecca Johnson en las multitudes, es caos. Supongo que hoy la influencer tenía cosas más importantes que fijarse en mi chupetón.