Todo aquello que soñamos ser Capítulo 29
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Capítulo 29

Kyle

— Pero ¿qué mierda de preguntas son estas?

—Naisha lee y relee los folios que tiene unidos mediante un clip mientras lanza cien maldiciones por segundo.

No soy al primero al que entrevista, así que se nota lo hastiada que está—.

En serio, ¿en qué momento pensé que a la gente le interesaría vuestro puto grupo sanguíneo?

Me encojo de hombros.

—Nunca está de más saberlo.

—A esa misma conclusión llegué yo después de dos pares de cervezas.

—Suspira, frustrada. Estoy tan tenso que podría convertirme en piedra en cualquier momento.

Ya no es solo estar frente a la chica con la que Gala se lio en mi cara, también es que, justo detrás de nosotros, ahí donde parece que nadie las ve, Candy y Rebecca mantienen una conversación que bien podría parecer un espejismo.

¿En qué momento…? Agudizo el oído, pero no consigo escuchar nada.

Que Naisha siga resoplando no ayuda en absoluto—.

Pero, claro, ni que vuestros lectores vayan a ser vampiros.

O mosquitos, yo qué sé. En fin, déjame ver…

Con el tapón del bolígrafo entre los dientes, la becaria empieza a tachar frases sin ton ni son al tiempo que gran parte de mí ha dejado de ser piel para ser granito.

Estaría en una nube tras lo que ocurrió anoche si no fuera porque eso puede traernos consecuencias en las que no quiero ni pensar.

¿Que se entere el retiro entero? Fatídico.

¿Que se corra la voz por redes sociales?

Apocalíptico. Ojalá me hubiera dado, no sé, por aprender a leer los labios.

Quizá así habría podido adivinar sobre qué narices están hablando las chicas frente a nosotros.

Desvío la mirada hacia Gala y descubro que ella se ha dado cuenta de lo mismo.

Tiene la tez pálida, esa a la que pude tocar anoche como un pintor a su lienzo vacío.

Sus labios, fruncidos, me transportan a besos dulces y no tan dulces.

La recuerdo gimiendo mi nombre, restregándose en busca de más.

La fricción, el sudor, su piel contra la mía…

Joder . Al final sí que voy a estar en una nube y no me había dado cuenta.

Me sentiría culpable si no fuera porque sigo siendo un hombre de carne y hueso cuyos sueños fueron cumplidos hace tan solo unas horas.

Siento cómo su suavidad sigue acariciando las yemas de mis dedos, ¿cómo voy a estar centrado?

—Mira, ¿sabes qué? Mejor háblame de ti —me pide Naisha, derrotada—. De lo que sea. Estas preguntas son una mierda y a mí siguen sin pagarme lo suficiente.

No puedo evitar seguir mirando a Gala como si su mera presencia fuera capaz de embrujarme.

—Adelante, en cuanto dejes de babear soy toda oídos. No tengo todo el día, pero supongo que puedo esperar unos cuantos segundos más. Aprovéchalos.

Desafío las leyes de la velocidad al limpiarme la barbilla en un abrir y cerrar de ojos. Está seca, pero no he podido evitar comprobarlo. Naisha suelta una risita y me da una palmada en el antebrazo.

—Hombres. —Rueda los ojos, aún divertida—. Siempre pensando en lo mismo.

—¡No! —Hago aspavientos con las manos—. Yo no… —Ahora sacudo la cabeza. Qué convincente, Kyle—. Perdona, me he desconcentrado. ¿Decías?

—Cuéntame algo sobre ti.

Estoy enamorado de mi mejor amiga y ayer me acosté con ella.

Sacudo la cabeza.

—¿Lo que sea? —inquiero.

—Hombre, no me vayas a decir cuál es tu comida favorita. Eso no le interesa a nadie.

—Los rollitos de primavera —respondo—. ¿Sabes que se pueden hacer de muchas maneras? Son súper versátiles. También soy A+, por si nos lee Edward Cullen, ya sabes…

—¡Vaya! Hoy te has despertado gracioso, ¿eh? Me pregunto por qué será. ¿Tendrá algo que ver con que me hayas pedido condones nada más entrar por la puerta? ¿Es que tuviste fiesta anoche, campeón? ¿O estás planeando una?

Se me para el corazón.

—¿C-cómo dices? —titubeo.

—Kyle, cariño. Se te nota muchísimo la resaca de anoche, y no me refiero al alcohol.

Te lo veo en la cara. —Vuelve a darme otra palmadita—.

Bien por ti, pero ahora necesito que me des algo de material si no quieres que la editorial me ponga de patitas en la calle.

Puede que no te importe una mierda que me quede sin trabajo, pero juro que iré a por ti si eso ocurre. Te perseguiré por las noches y…

Y acabo de darme cuenta de que nadie sabe nada sobre la chica que nos mantiene con vida y viene a visitarnos una vez por semana.

Aunque parece que las cosas se la sudan bastante, empiezo a entender que eso es solo parte de la fachada tras la que todos nos escondemos de vez en cuando.

Igual que Candy se fuerza a sonreír, Naisha se mantiene impasible aunque esté perdiendo los papeles por dentro.

Miro sus uñas y sé que estoy en lo cierto.

Están tan mordidas que apenas se ve parte blanca.

—¿Te importa mucho tu trabajo? —me atrevo a preguntar.

—Me importa comer, sí. Y pagar el alquiler, las facturas…

—Eso te lo da cualquier otro empleo. Me refiero a la editorial. Si te pagan una mierda, ¿por qué te esmeras tanto?

Sé que he dado en el clavo en cuanto sus ojos se abren con sorpresa. Es un gesto casi imperceptible, pero estoy lo suficientemente cerca como para haberme percatado de ello. Naisha sacude la cabeza.

—Espera, que me he perdido. ¿Aquí haces las preguntas tú o las hago yo? Menuda manera de desviar la atención, donjuán. En fin, ¿qué más te da? Solo soy la becaria, como podría serlo cualquier otra.

—Pero eres Naisha. —Le dedico una sonrisa comedida.

—¿Acaso importa?

—Sí. Claro que sí.

Porque todos tenemos una historia. Somos los párrafos de un mundo en papel que van sumando más y más capítulos con el paso de los años.

Tenemos un principio y un final, un sinfín de nudos y desenlaces.

Si ella está intentando leernos a todos y cada uno de nosotros, ¿por qué no adentrarnos en su propio relato? ¿Por qué no conocerla mejor?

—Ya, bueno. No creo que sea el momento.

—¿Por qué una editorial? —insisto, pasando olímpicamente de sus ojos suplicantes—. ¿Eres lectora? ¿Escribes, tal vez?

Considero como una victoria que suelte aire por la nariz y se encoja de hombros.

—Supongo que la primera.

—¿Qué te gusta leer?

—De todo un poco. —Se muerde el labio—. Disfruto descubriendo autores emergentes y leyendo historias que aún no han dado el gran salto.

Hay tantos libros buenos ahí fuera que me da rabia que nadie los lea.

Es como si el mercado se hubiera quedado estancado en los mismos de siempre.

Es agotador. Por eso busco. Busco, busco y busco.

Cuanto menos conozco el título, más me llama la atención.

Siento una punzada justo en el centro del pecho.

—¿Por eso estás aquí?

Ella asiente.

—En parte —me confiesa—. Y porque no me queda otra. Me estoy esforzando para que me asciendan y me hagan fija, pero mi verdadero objetivo es montar una editorial y poder publicar todos esos libros por mí misma. Pero…

—Pero te pagan una mierda —añado.

—Exacto. La cosa es que una tiene que vivir.

—Dirás sobrevivir.

—¿No viene a ser lo mismo?

En absoluto.

—¿Crees que conseguirías ese ascenso si te soy completamente sincero y te cuento por qué me gusta tanto escribir?

—Ni siquiera comprendo la razón por la que me ofrezco.

Odio hablar de mí mismo, mucho menos sabiendo que de esto también se enterará más gente.

Pero quiero ayudarla, al igual que he descubierto que ella está aquí para ayudarnos a nosotros.

Para descubrir nuestras voces—. Así te doy una buena entrevista.

—Prueba a ver.

Solo necesito que sonría para hablar. Le cuento que la escritura forma parte de mí, que todo lo que soy se lo debo a ella y que todo lo que anhelo se reduce a tinta y papel.

Le cuento que me gusta dejarme llevar, fingir que soy un pájaro cantando las notas exactas de su canción favorita y volar.

Omito que llevaba mucho tiempo sin volar, en realidad.

Que me refugio en creerme escritor porque no soy suficiente siendo Kyle.

Tengo que ser algo, ¿no? Ponerme un nombre, una etiqueta.

Quizá así una huella con mi nombre deja un legado en el mundo.

Así que le soy sincero, pero solo a medias.

Porque tampoco le cuento que me da miedo no ser suficiente.

Si se leyera mis historias, ¿le gustarían?

¿Pensaría que son dignas de publicar? Puede que sí, pero porque no son solo mías.

Puede que solo le gusten porque Gala es la que pone el talento.

Sacudo la cabeza y, con voz temblorosa, concluyo:

—Y me gusta porque me ayuda a evadirme del mundo real. ¿Qué seríamos sin los libros?

—Nada —afirma.

—Exacto.

Nos quedamos mirando como si ya estuviera todo dicho, pero tanto ella como yo sabemos que ninguno se ha abierto del todo.

Tampoco es que haya hecho falta. Siento alivio en el alma a pesar del peso que sigo llevando sobre los hombros.

Mis miedos son los mismos, pero no soy el único que los tiene.

Me consuela no estar solo en esto. No estar solo, en general.

—Ahora lo entiendo —dice a continuación.

—¿El qué?

—Lo que Gala ha visto en ti.

Pestañeo con rapidez.

—¿Cómo?

—Que está coladita por ti. No la dejes escapar —me pide. Ambos dirigimos la atención hacia la chica—. Y, la próxima vez, intenta que no se note tanto que le has comido el cuello como si llevaras días ayunando.

—Yo… eh…

—Tranquilo. Vuestro secreto está a salvo conmigo. Esto se queda fuera de la entrevista.

Suelto una risa nerviosa.

—¿Te lo ha dicho ella? —Señalo a Rebecca, que ya no está hablando con Candy. De hecho, ni rastro de la pelirroja.

—No hace falta ser un lince para darse cuenta de lo mucho que os gustáis.

Me paso las manos por la cara.

—Joder, Naisha, lo siento mucho. Tú…

—Eso fue un juego, nada más. No lo sientas.

—Es que me gusta tanto… —Se me escapa.

—Lo sé. —Sonríe—. Lo entiendo.

Imito su gesto, pero no soy el único que lo hace.

Me doy la vuelta y Candy está ahí, tan cerca que las puntas de su cabello casi me rozan la frente.

Iba a levantarme, pero me quedo petrificado en el sitio.

¿Y si…? Mierda, ¿y si nos ha escuchado? Ni siquiera sé por qué me lo planteo cuando es evidente que lo ha hecho.

Sus labios, tirantes e inexpresivos, responden a mi pregunta sin necesidad de palabras.