Capítulo 28
Gala
Estoy ardiendo. Todas las partes de mi cuerpo tiemblan, amenazando con deshacerse en cenizas.
Todo vuelve a tener sentido, o quizá nunca lo tuvo hasta ahora, porque por fin lo estoy besando.
A mi mejor amigo. A mi Kyle. Y es mucho mejor de lo que me imaginaba, tanto que mis labios parecen haberse pegado a los suyos, mi lengua se enreda con la suya, nuestros jadeos siguen un mismo compás.
Apenas me detengo para tomar aire, solo puedo pensar en besarlo, besarlo, besarlo.
Me invade una urgencia que se extiende a todas mis terminaciones nerviosas
Kyle deja escapar un suspiro y, joder, podría perderme en ese sonido por el resto de mi vida.
Sus manos exploran mi cuerpo como si fuera un mapa que conoce a la perfección, uno que podría trazar con los ojos cerrados.
Él ha puesto nombre a todos los accidentes geográficos que me conforman, ha alcanzado la cima de las montañas más altas y nadado en las fosas más profundas de mi ser.
Jadeo en cuanto siento su tacto bajo mi camiseta del pijama, piel con piel, y lo atraigo más sujetándolo por la nuca.
Sus labios se han convertido en un oasis en medio del desierto.
—Gala —pronuncia mi nombre con suavidad, con miedo a que la fantasía se rompa—. Gala…
Beso sus mejillas, su mandíbula, su cuello.
Nada puede saciar mi sed. Trazo un sendero hacia su clavícula mientras me muevo ligeramente sobre él en busca de esa fricción placentera, lo que provoca un gruñido por su parte.
Lo noto ansioso, no solo por la dureza debajo de mí, sino por cómo sus manos me aprietan contra él pidiendo más.
Había pensado en besar a Kyle más de una vez, en especial desde que nos reencontramos en el retiro: en cómo sabrían sus labios, si sería un momento dulce o intenso, en dónde sucedería.
Sin embargo, jamás me había imaginado a este Kyle, uno que me demuestra tal anhelo con sus pupilas dilatadas que me hace pensar que no existe nada ni nadie más en el universo.
Si yo fuera papel en blanco, desearía que él trazara en tinta cada recoveco.
—¿Quieres esto tanto como yo? —murmura como puede entre besos.
Me detengo un momento para contemplar su rostro.
Él me aparta algunos mechones de la cara con lentitud, recreándose.
Su pecho sube y baja, acelerado como el mío.
Quiero recordar este momento justo así: Kyle más guapo de lo que ha estado nunca, con sus labios entreabiertos y ligeramente hinchados, su mirada conteniendo todo el firmamento.
Somos un relámpago a punto de partir el cielo en dos. Un antes y un después en la tormenta.
—Claro que lo quiero —respondo, guardándome las palabras que tengo en la punta de la lengua: Te quiero, siempre te he querido .
Eso es suficiente para continuar nuestro juego.
Tantos años de espera explotan en roces eléctricos y besos profundos.
Esta vez, cuando sus manos se cuelan bajo mi camiseta, lo hacen para acariciar mis senos, al principio con timidez, y luego con la decisión de quien ha dejado de tener miedo.
Atrapa un pezón entre los dedos y yo gimo, acelerando el ritmo de mis movimientos sobre él.
Podría olvidarme de mi nombre ahora mismo si sigue tocándome así, y él seguiría recordándomelo con sus jadeantes «Gala» entre beso y beso.
Kyle deja varios besos húmedos en mi cuello y creo que voy a estallar en pedazos como una estrella. Noto sus dedos a la altura de mi ombligo, pidiendo permiso.
—¿Seguro que…?
—Kyle —le corto—. Que le jodan al miedo.
Y lo hace. Se cuela bajo mi ropa interior, haciéndose de rogar con suaves caricias.
Kyle no aparta su mirada de la mía ni un segundo y, al contrario de lo que podría pensar, no siento ningún miedo.
Lo único que habita en mí es una seguridad absoluta, la certeza de que el destino sí existe y nos ha atado a Kyle y a mí de por vida.
—Dime lo que quieres, Gala —pide con un tono burlón. Me muerdo el labio—. Quiero oírlo.
Sus pupilas se han tragado por completo el castaño de sus iris. Es un hombre hambriento y yo quiero que me devore.
—Kyle…
—No, Gala, dímelo.
Su mano se desliza fuera de mi ropa. Tiemblo, de repente envuelta en un frío gélido.
Lo agarro del brazo, insatisfecha, para aproximarlo de nuevo a la zona de mi bajo vientre.
Kyle se limita a reír sacudiendo la cabeza.
Me besa la clavícula despacio y, cuando llega a la tela de mi camiseta, se deshace de ella con una facilidad experta.
Cualquiera diría que llevamos años haciendo esto. Puede que en mis sueños…
Ahogo una exclamación cuando me roza el pezón con la lengua. Mi cuerpo se arquea de forma involuntaria, reaccionando a sus labios alrededor de mis senos. Juguetea entre mis piernas, muy consiente de que está a punto de llevarme al borde de la locura.
—Kyle —insisto.
Alza la cabeza con una sonrisa endiablada pendiendo de su boca. Se señala la oreja, inocente.
—¿Qué quieres?
Gruño y me muevo hacia adelante, arrancándole un gemido que reverbera en su garganta.
A esto podemos jugar los dos. Apoyo la mano sobre su dureza y, aunque nunca he sido una persona precisamente vergonzosa, se me encienden las mejillas.
Necesito sentir a Kyle dentro de mí, convertirnos en uno solo.
Sin embargo, el chico es más rápido y me sujeta con la mano libre.
—No, cariño. —Sacude la cabeza—. Quiero que me digas lo que deseas, Gala. Necesito oírlo de tus labios. Dime todo lo que quieres que te haga y te daré el doble de lo que pidas.
Toda mi vida he tachado los incendios de algo negativo.
Debo controlar la chispa, no puedo extender el fuego allá por donde voy, es mejor apagar las llamas cuanto antes.
Hoy, sin embargo, quiero que las paredes de esta casa ardan con el incendio que estamos a punto de encender. Esta noche me quemaré hasta los huesos.
—Kyle —repito. Su índice traza círculos sobre mi monte de Venus—. Tócame. Hazme arder.
Sus labios se curvan en cuanto desliza el dedo entre mis pliegues.
Agua y fuego convergen en uno. Kyle sabe jugar con pericia, aumentando el ritmo por momentos para después regodearse en la lentitud; usa mis latidos como metrónomo.
Nunca he estado tan excitada, ni todo el hidrógeno del Sol podría alcanzar el calor que ahora emana de mi cuerpo. Ansío más, más, más.
—Más —suplico.
—¿Más, qué?
Gimo desesperada, moviendo las caderas al ritmo de sus dedos sobre mi clítoris. Se aproxima a mi entrada, aunque se deleita unos segundos en los que no despega la mirada de la mía.
—¿Esto? —Asiento. Comienza a introducir un dedo muy despacio, apenas un poco—. ¿Esto es lo que quieres, Gala? No me lo estás diciendo, no lo puedo saber.
Aprieto los labios para evitar que nos escuche toda la casa. Kyle se percata del poco control que poseo ahora mismo sobre mí misma y, divertido, lleva una mano a mi boca.
— Shhh . —Se introduce un poco más, apretando la mano.
Mis jadeos se incrementan a la vez que termina de entrar en mí—.
Supongo que no estás en capacidad de pedirlo…
—Empieza a deslizarse de dentro hacia fuera, primero agonizantemente lento y luego ganando velocidad—.
Así que tendrás que recordarme lo que deseas en cada rincón de esta casa para que pueda seguir haciéndote arder una y otra vez.
Kyle suma un segundo dedo, acelerando el ritmo, y yo lo acompaño meneando las caderas. Cierro los párpados y veo mil colores, soy una supernova. Él quita me quita la mano de la boca para agarrar mi mandíbula.
—Mírame —ordena con impaciencia, así que abro los ojos—.
Eres preciosa. Llevo tanto tiempo esperando esto, no te haces una idea.
—Kyle alterna la velocidad. Le gusta sentirme en lo más profundo durante unos segundos, provocando un hormigueo desde la punta de mis pies hasta la coronilla, para después notarme empapada por fuera—. Tenerte así… Gala, eres mi perdición.
Apenas soy capaz de decir nada, pues todos mis sentidos están puestos en su roce.
Me siento al borde del abismo, pero estoy dispuesta a saltar junto a él.
Es entonces cuando termino de estallar, con mi frente perlada de sudor y el revuelo de mil mariposas en mi estómago.
Apoyo mi frente en la suya para darme tiempo a recuperar el aliento.
El destello de su mirada lo envuelve todo, su sonrisa eclipsa a la luna.
Mi corazón late desbocado, todavía sin creerse que esto acaba de suceder, es real .
—Más —exigo—. Haz todo lo que me has prometido, Kyle Walker.
Se muerde el labio, de repente inseguro.
—No tenemos condones. Dudo que vengan incluidos en la compra semanal, ¿sabes?
La información me sienta como un jarro de agua fría. No obstante, eso no significa que tengamos que cerrarnos a todas las posibilidades. Lo agarro del cuello de su camiseta, volviendo a unir nuestros labios en un beso hambriento. La noche todavía es joven.
—No creo que eso nos impida seguir disfrutando —le susurro en el oído.
Kyle se estremece. Seguimos besándonos mientras mis manos trazan pinceladas por todo su cuerpo y se detienen en la cremallera de sus vaqueros.
La desabrocho a toda prisa, demasiado ansiosa para mi propio bien.
Me tiemblan los dedos al rodear su miembro y soy plenamente consciente que, después de esto, los límites de nuestra amistad se difuminarán para siempre.
Que les jodan, lo nuestro siempre estuvo destinado a más.
A pesar de las ganas, imito la lentitud de sus movimientos. Me recreo en la melodía de sus labios, cómo aprieta los párpados cuando subo y suelta el aire entre dientes cuando bajo. No hay nada que anhele más que probarlo, pero decido pagarle con la misma moneda.
—Ruégame, Kyle —pronuncio con voz ronca.