Todo aquello que soñamos ser Capítulo 27
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Capítulo 27

Kyle

Es viernes, pero ni mi cuerpo ni mi mente lo saben.

Vivo en un lunes constante, perseguido por mis responsabilidades sin descanso y, encima, no pudiendo hacer nada al respecto.

Procrastino. Una y otra vez. ¿Que enciendo el ordenador?

Tengo sed y voy a la cocina a por un vaso de agua.

¿Que abro el documento en blanco de mi historia?

Tengo que ir al baño. Incluso respirar se ha convertido en una distracción.

Inhalo y exhalo. Exhalo e inhalo. Quizá es que Gala tiene razón y mi magia se fue con ella.

—Qué guapa es —dice Tom nada más sentarse a mi lado.

Señala a Candy con la cabeza, que está inmersa en su poesía mientras escucha música en los auriculares—.

Y qué mal se te da disimular lo mucho que te gusta.

¿Cuánto llevas mirándola? ¿Minutos? ¿Horas?

Deberías limpiarte la baba antes de que se dé cuenta.

—¿Qué? Yo no… —Niego con la cabeza, pero no tengo pruebas que demuestren que solo estaba mirando a un punto fijo, ahogándome entre mis propios pensamientos—. ¿Por qué no bajas un poco la voz? Te va a escuchar.

—No lo creo. —Hace un gesto con la mano para restarle importancia—. Oigo la voz de Niall Horan desde aquí. ¡Eh, Candy! —exclama. La chica no reacciona—. ¿Ves? Completamente en su mundo.

Y es que lleva así desde hace unos días.

No hemos dejado de hablar, ni siquiera he visto su sonrisa flaquear ni un segundo.

Pero es como si se hubiera anulado, como si se sintiera culpable por algo.

Podría haber tomado distancias conmigo después de la conversación que mantuvimos el otro día.

No lo ha hecho. A veces parece que se avergüenza de sus sentimientos.

Que, si deja de ser la chica risueña a la que nos tiene acostumbrados, estaría cometiendo un delito.

Me gustaría sacarle el tema algún día, pero también quiero dejarle su espacio.

Solo espero que los demás la respeten de la misma manera.

—¿Cuándo piensas decírselo? —Tom vuelve a captar toda mi atención—. Porque el retiro no durará para siempre.

—¿El qué?

—¡Pues que te gusta! ¿Qué va a ser?

Se me escapa un gruñido. No. Miento. Gruño aposta.

No es su culpa, lo sé. Al final fui yo el que se inventó todo esto, pero eso no quita que me moleste haberme permitido llegar hasta este punto.

Fui capaz de engañar a las dos personas con las que mejor me llevo en esta casa, cosa que no creo poder perdonarme en mucho tiempo.

Pero nunca es tarde, ¿no? O, al menos, eso espero.

Uno siempre puede rectificar. Uno siempre debe rectificar. Es lo que nos hace humanos.

—Tom…

—Estoy siendo pesado otra vez, ¿verdad? —inquiere con voz trémula—. Joder, lo siento. No quería… Es que yo… Y Candy… Y tú…

—Tom. —Lo interrumpo—. Ya está, déjalo. El que debe disculparse soy yo.

—¿Qué? ¿Por qué?

Allá voy.

—El otro día te mentí. —Es como si acabara de quitarme una tonelada de encima—. No me gusta Candy.

El chaval abre los ojos como platos. Parece que acabo de insultarla.

—¡No! —Sacudo las manos con rapidez—. No me malinterpretes, por favor. Ya sería lo que me faltaba. Me refiero a que no me gusta de esa manera. Por supuesto que Candy es increíble.

—Pero me dijiste que…

—Te dije que me gustaba Candy porque no tuve el valor de confesarte la verdad —admito.

Ni siquiera puedo mirar de reojo al sofá donde la pelirroja sigue sin enterarse de nada—.

Fui un cobarde. En realidad, lo llevo siendo toda la vida.

Así que perdóname. Puedes enfadarte conmigo, dejarme de hablar por un tiempo o lo que necesites. Lo entenderé.

Tom sopesa mis palabras. Las mastica, pero no le cuesta tragarlas. Supongo que la verdad se digiere mucho mejor aunque te deje un sabor amargo en el paladar.

—No estoy enfadado contigo —dice por fin—. No justifico lo que hiciste, pero creo que lo entiendo. Insistí mucho, ¿verdad?

Asiento lentamente.

—Pero no pasa nada —le aseguro—. Aún eres un crío, ya aprenderás a no sobrepasar ciertos límites.

Ambos reímos. El ambiente se torna ligero.

—Entonces, si no es Candy…

Trago saliva. Lo dice con cautela. No quiere volver a presionarme. La cuestión es que no necesito que insista para soltarlo.

—Es Gala —susurro en su oído. Creo que es la primera vez que lo digo en voz alta y, a pesar de que me da miedo que las paredes de esta casa escuchen mi secreto y lo vayan esparciendo por ahí, necesitaba que alguien lo supiera—. Siempre ha sido Gala.

Tom no se sorprende ni lo más mínimo esta vez.

Aunque percibo un brillo especial en su mirada, sus ojos no se abren y su boca ni siquiera se mueve para formar la vocal redonda.

Mi confesión suena tan natural que asusta, como si tuviera que ser así.

Como si su nombre fuera la única palabra que soy capaz de pronunciar.

Gala… ¿qué me llevas haciendo todo este tiempo?

—Lo sabía.

Es lo único que dice antes de darme un abrazo.

…

Solo puedo pensar en ella. Ya es de noche y todo el mundo se ha ido a dormir, pero yo sigo en el porche con el portátil sobre mis piernas y la misma página vacía.

Creo que tengo ganas de escribir, pero no me atrevo a hacerlo.

Solo quiero escribir sobre ella. Confesárselo a Tom no me ha servido para más que para sentirme libre durante unos instantes.

Sigo estando tan condenado como siempre, a pesar de que ahora alguien más comparte el secreto que llevo guardando desde que tengo uso de razón.

No pesa menos. De hecho, se ha hecho más tangible.

Ahora está en el aire, prácticamente en todas partes.

Acechándome, esperando. Empiezo a pensar que le he puesto cara y nombre.

—¿Aún nada? —Y ahí está, cansado de esperar y pasando a la acción. Gala titubea antes de sentarse a mi lado.

Me encojo de hombros.

—Dudo mucho que se me ocurra algo a estas alturas.

—Ya somos dos.

Entonces se hace el silencio, tan blanco como la pantalla de mi ordenador y tan vacío como me siento.

Suenan cigarras a lo lejos que parecen cantarle a la luna.

O tal vez le estén pidiendo un deseo. Me giro hacia la chica que evita mirarme a toda costa.

Con la vista fija en el firmamento, descubro que sus ojos brillan incluso más que el cielo estrellado que pende sobre nosotros.

Solo puedo pensar en ella. Solo quiero escribir sobre ella.

Sería tan fácil poner las manos sobre el teclado y dejarme llevar.

Se me ocurre un poema sobre ese lunar que tiene cerca del labio.

Su piel me inspira para crear una trilogía entera.

Hay romance en sus labios, misterio en su expresión.

La literatura podría llamarse Gala y a mí me dan miedo las dos.

—Quizá…

Otra vez esa palabra.

—Quizá… —la insto a continuar.

—Quizá tenga una idea.

Sonrío. ¿Cómo no voy a hacerlo?

—Vaya, eso es nuevo.

—Lo sé. —Ella imita mi gesto—. Pero es que he estado pensando y… Y estoy cansada de que nos paralice el miedo. Quizá pueda con nosotros por separado, pero ¿juntos? Juntos podríamos ser invencibles.

Que alguien me pellizque porque es probable que esté soñando.

—Invencibles —repito.

—Invencibles —me asegura—. Fíjate en Rebecca.

Se ha puesto en contra de todo el mundo para conseguir más visibilidad.

¿Y de qué le ha servido eso? De nada. Sigue teniendo el mismo miedo, pero no tiene a nadie que la ayude a combatirlo.

En cambio… —Sacude la cabeza. Tiene la idea en la punta de la lengua, pero no tarda en arrepentirse.

No me pasa desapercibido el momento en que el pánico vuelve a apoderarse de ella—. ¿Sabes qué? Olvídalo. No tiene sentido.

No sé cómo reúno el valor para posar una mano sobre la suya.

—En cambio ¿qué?

Ella aprieta los labios.

—Nada, nada. Debería irme a dormir. Ya es tarde y empiezo a delirar.

—Lo que estás diciendo no es ninguna locura —la tranquilizo—. Y quiero escucharte. Déjame escucharte.

Le tiemblan los dedos, así que los acaricio. Y si le tiembla la voz… Ahí ya no sé lo que haría.

—Tú y yo… —Mierda, sí que le tiembla. Le pasaría las manos por la garganta para que deje de hacerlo. Es evidente que me quedo quieto—. Podríamos vencer al miedo.

—¿Cómo?

—Volviendo a intentarlo. —Mi corazón se salta un latido—. Escribiendo juntos.

Me quedo mudo. Tan mudo que empiezo a dudar que un día fui escritor. Vuelvo al pasado durante unos instantes, al momento preciso en el que nos propusimos trabajar en una historia a cuatro manos. No soy el Kyle de entonces, pero ambos sentimos lo mismo al escuchar esas palabras.

«Es Gala. Siempre ha sido Gala».

«Lo sabía».

Me pregunto si ella también lo sabrá.

Me quedo mudo. Tan mudo que empiezo a fijarme en sus labios.

Están ligeramente entreabiertos, casi de manera inconsciente.

¿Y si tiene razón? ¿Y si con ella el miedo pesa menos?

Llevo toda la vida acarreando con esto que me aprieta el pecho y estruja el alma yo solo, pero quizá ya vaya siendo hora de compartirlo con la única persona capaz de ayudarme.

Puede que lo alivie o lo haga más grande, pero merece la pena arriesgarse.

Qué guapa es y qué poca justicia le hacen las estrellas. Me mira y existo. No sé si está esperando una respuesta o algo muy diferente, pero lo que sí sé es que debo hacer cualquier cosa al respecto. Lo que sea.

«Dímelo», pronuncian sus labios. Pero no voy a decirle nada, solo voy a mostrárselo.

Me inclino en su dirección. No es un gesto sutil, para nada imperceptible.

Es una declaración de intenciones en toda regla y ella lo sabe.

Ambos nos humedecemos la boca al mismo tiempo.

Quiero que el miedo nos vea y arda de rabia.

Aunque puede que también quiera que arda por motivos muy diferentes.

Poso la mano sobre su mandíbula y trazo una línea invisible en su piel.

El miedo aún no sé, pero Gala sí que está ardiendo.

Los centímetros desaparecen poco a poco mientras mi corazón quiere ganar el récord de latidos por segundo.

Me pregunto si el suyo se ha propuesto a hacerme la competencia, así que no dudo a la hora de posar mi pulgar sobre su pulso.

Su cuello yace en el hueco entre mis dedos y yo ya empiezo a sentir cómo me voy quedando sin sangre ahí donde se supone que debería pensar con claridad.

—Que le jodan al miedo —suelto con voz ronca—. Juntos.

—Que le jodan. —Gala le hace la peineta al aire.

Entonces me olvido de todo y me dejo llevar.

Nos lanzamos al mismo tiempo. Ni ella comienza el beso ni tampoco lo hago yo.

Ocurre solo, propiciado por los dos. Juntos.

Juntos, juntos, juntos. Solo puedo pensar en eso cuando me pierdo en su sabor.

No nos besamos con paciencia, sino con un hambre voraz que nos convierte en animales que se dejan guiar por puro instinto.

Deslizo la mano hacia su nuca para atraerla más a mí.

Ella enreda las suyas en mi pelo y se sienta a horcajadas sobre mí.

El gemido que se le escapa al notar lo duro que estoy por su culpa promete hacerme enloquecer.

Nunca me he sentido tan pleno.

Gala parece conocer mi cuerpo casi tanto como conoce mi alma.

Se mueve, hacia delante y hacia atrás, lo que consigue que le muerda el labio en forma de plegaria para que no se le ocurra parar jamás.

El cielo tiene la forma de su cintura y las estrellas tintinean al son de cada suspiro que emana de nosotros.

Sé que si volviese a tener seis años la elegiría de nuevo.

Si naciera una y otra vez, si me reencarnara sin cesar, volvería a buscarla en cualquier parte y lugar.

Podrían quedarnos un sinfín de vidas por experimentar que yo daría los mismos pasos con tal de volver hasta ella.

—¿Sigues necesitando que te lo diga?

Gala asiente sin aire.

—Sí, Gala. Intentémoslo de nuevo.