Todo aquello que soñamos ser Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Qué va. Candy me pidió que leyera algunos de sus poemas.

«Poemas que probablemente vayan sobre él », pienso.

Todavía no he llegado a una conclusión clara sobre mi conversación nocturna con Candy, pero la única explicación lógica es esa.

Lo que se que me hubiera imaginado entre ellos no fue cierto.

¿Significa eso que los labios de Kyle podrían haber llegado más allá de mi cuello? Me estremezco.

—¿Y qué tal? —suelto por inercia.

—Son muy bonitos —responde—. Tienen un aire casi melódico, diría yo.

—Muy del estilo Candy.

—Exacto.

Abro la puerta y hago un gesto con la cabeza para ver si quiere entrar.

—Me voy a hacer un batido de frutas, ¿te apetece?

—Prefiero un café, tengo que espabilarme.

Estoy a punto de preguntarle si él tampoco ha podido pegar ojo, ya sea con sus propias preocupaciones o pensando en mí. Siento un cosquilleo en el vientre.

—Marchando.

Dejo la cafetera al fuego mientras preparo mi batido.

Estoy vertiendo el líquido en un vaso cuando Rebecca hace acto de presencia.

Nos miramos durante unos segundos, pero ninguna dice nada.

Me hierve la sangre y, en cualquier otro momento, ya habría saltado.

Inspiro hondo. Hoy no quiero crear drama, como aseguran todos los comentarios. La chispa se va a apagar ya mismo.

—¿Algún problema? —Hasta que la muy estúpida habla y su irritante voz se convierte en queroseno para mí.

—Pues sí, mi problema se llama Rebecca Johnson, ¿la conoces? —replico, lo que le hace poner los ojos en blanco—. No quiero que vuelvas a subir nada de mi vida privada a tu mierda de redes sociales. Si no tienes nada interesante que contar de tu propio manuscrito, mejor no cuentes nada.

—Oye, menos humos.

—¿Me has entendido o no?

Rebecca chasquea la lengua, hastiada.

—Que sí, que sí. —Alza las manos en son de paz—. De todas formas no eres tan interesante, cariño.

—¿Y entonces por qué necesitas colgar mentiras sobre mí y Kyle? ¿Es que tus seguidores ya no te hacen caso?

A juzgar por cómo se ensombrece su rostro, he dado en el clavo.

Rebecca hace un mohín y se pone a rebuscar algo en la nevera.

No debería sentirme mal —ella no lo hizo cuando subió cosas acerca de mi vida privada—, pero lo hago.

Me prometí a mi misma no arder tan pronto, sea con alguien tan amable como Candy o el mismísimo demonio en versión influencer .

—Rebecca —la llamo, aunque no se da la vuelta.

—Déjame.

Por fin saca un zumo del frigorífico y hace ademán de irse, pero la intercepto antes de que cruce la puerta.

—Es eso, ¿no? —inquiero—. ¿Te preocupa tu alcance en redes sociales?

—No tienes ni idea de nada.

—Pues explícamelo.

Ella suspira, cansada. Apoya la espalda contra la pared y toma un trago de su zumo antes de hablar. Recuerdo levemente el día en que la escuché hablando con su hermana; el tono herido de su voz, el orgullo hablando por ella, ese «¡no te necesito!» desesperado.

—No tengo nada que explicarte, ni siquiera lo entenderías.

—¿Por qué no me pones a prueba? —sugiero.

Por un instante, creo que lo va a hacer. Entreabre los labios, está a punto de formar una palabra, cuando la cafetera llama mi atención. Corro a sacarla del fuego y, para cuando me giro, Rebecca ya no está. No la culpo, yo también terminaría huyendo.

Cojo el batido y el café y regreso al porche junto a Kyle. Me siento frente a él y tomo pequeños sorbos de mi bebida, meditando lo que acaba de suceder.

—He tenido una conversación muy extraña con Rebecca —digo tras un rato.

—No sé si quiero saberlo. Esa chica solo me da dolores de cabeza.

Me muerdo el interior de la mejilla. Casi se me olvida que otro efecto colateral del dichoso vídeo es los comentarios que recibe Kyle.

No son tan malos como los míos, pero tampoco son precisamente buenos.

La mayoría ensalzan a Candy frente a mí, otros aseguran que juega a dos bandas —y muchos de ellos lo llaman campeón por ello, todos provenientes de hombres— y demasiados meten mierda de mí.

Por no hablar de los cuchicheos incesantes del resto de compañeros del retiro…

—Creo que quería confesarme algo —explico—. La he acusado de aprovecharse de nosotros para ganar fama y se ha ofendido muchísimo.

Kyle arquea las cejas, invitándome a proseguir. Cierra el ordenador, lo que me demuestra que tengo toda su atención.

—¿Te acuerdas de aquella vez que tuvimos una conversación con tu hermano Kevin sobre la universidad y el futuro? —Él asiente—. ¿Y recuerdas que luego estuvimos toda la noche hablando del miedo al fracaso?

—Kevin es demasiado filosófico —bromea.

—No te quitaré la razón en eso, pero piénsalo, seguimos teniendo miedo al fracaso, ¿no?

Al final todo se reduce a eso. Soy incapaz de escribir porque tengo miedo a no…

— A que me recuerde demasiado a lo que perdí .

Mejor busco otra justificación, ya he sido demasiado sincera estos días—.

A no terminar mi manuscrito o, peor, a que no guste. ¿Y si a Rebecca le pasa algo parecido?

Kyle se inclina un poco más sobre la mesa aguardando mis palabras. Se me seca la boca y los ojos se me van irremediablemente a sus labios. Céntrate, idiota, no es el momento . Pero hay un gran miedo que me estoy callando, y va más allá de la escritura. Tengo miedo de besarte y volver a perderte .

—Lo entiendo —contesta. Su aliento me roza la cara y todo mi vello se eriza—. No a Rebecca, o no del todo, sino el miedo al fracaso. A mí también me da miedo volver a escribir.

Entrecierro los ojos. Kyle siempre ha sabido leer entre líneas. ¿Estará pensando lo mismo que yo? ¿También tendrá ese otro miedo?

—No he escrito nada desde que…, bueno, desde eso . —Entiende a qué me refiero—. Al menos, nada al completo. Algunos párrafos sueltos, ideas…

—Ni yo —admite él con la cabeza gacha.

—Quizá es que si no escribimos juntos se pierde la magia.

Espero su respuesta con ansias. Quiero que me diga que tengo razón, que tenemos que volver a unir nuestros mundos, los literarios y los reales. En cambio, él tan solo pronuncia una palabra.

—Quizá.