Capítulo 26
Gala
Tal vez necesite unas siete u ocho tilas para calmarme, y no me refiero al cuestionario tan incómodo de Frank.
Se trata de los labios de Kyle sobre mi cuello, de mi corazón con ritmo frenético, ansioso de terminar con esta tortura.
Los dos sabemos lo que pasaría si dejáramos de ser cobardes.
Creo que, en el fondo, llevamos sabiéndolo años, desde que tuvimos edad suficiente como para comenzar a entender nuestros sentimientos.
Desde que me di cuenta de que miraba a Kyle como no miraba a nadie más.
Así que, como ya es costumbre, no logro pegar ojo.
Si no es el recuerdo de Kyle atormentándome, es el maldito vídeo de Rebecca.
Los comentarios en redes a causa de este.
«Se ha dado cuenta de lo mucho que gusta #Kandy y quiere su minuto de fama» es el más amable que he leído, de ahí solo van a peor.
Me odian y, si solo fuera eso, quizá podría vivir con ello.
Pero, si me odian, eso significa que no le darán una oportunidad a mis escritos y entonces ¿qué habré conseguido viniendo aquí?
Más que demostrarle a mi madre que puedo vivir de lo que amo habré logrado darle la razón.
Tal vez este no sea mi camino después de todo.
—¿Tú tampoco puedes dormir? —oigo decir a Candy desde su cama.
La oscuridad tan solo me permite distinguir el contorno de su cuerpo. Candy se remueve, inquieta.
—La verdad es que llevo sin dormir bien desde que llegamos —admito.
—Te entiendo. Me resulta muy incómodo dormir en una cama que no es la mía.
Las dos guardamos silencio. La respiración de Candy es pausada, apenas un suspiro.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —suelta entonces.
La Gala de hace unos días habría respondido con un escueto «no» y le habría dado la espalda. La Gala de ahora no sabe muy bien lo que quiere, pero no es aislarse. Lo he hecho demasiadas veces y ninguna ha dado buenos resultados.
—Sí, claro.
—¿Estás así por lo del vídeo de Rebecca o… hay algo más?
Me tenso. No puedo negar que la tontería del vídeo me ha afectado.
Su estridente voz me persigue como una sombra: «Es evidente que Gala quiere acaparar toda la atención posible, ya que no es capaz de juntar más de dos palabras de su manuscrito».
Una piedra más que cargar, como Sísifo. Un peso más que sujetar, como Atlas.
—No lo sé —susurro.
—Está bien, perdona. No debería…
—¿Y si tienen razón? —la interrumpo. Nunca me había invadido una necesidad tan grande de sincerarme, es como abrir una presa de agua. De hecho, es todo lo contrario a prender una mecha—. Los comentarios, Rebecca, mi madre, Kyle…
«Gala se ha olvidado de que va al retiro a escribir y no crear drama», dicen los comentarios.
«Primero se emborracha, ahora se acuesta con otro concursante en el salón. ¿Sería necesario si su prosa fuera tan buena?», dice Rebecca en el vídeo.
«La escritura no te dará de comer», dice mi madre.
«Tus sueños y los míos eran muy diferentes», dice Kyle.
Me va a estallar la cabeza.
—¿A qué te refieres? —indaga Candy.
Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad y soy capaz de distinguir su mirada puesta en mí. Me giro hasta quedar cara a cara, aún separadas por la distancia entre las camas.
—¿Qué hago aquí, Candy?
Ella suelta una risita incómoda.
—Escribir, ¿no?
—Supongo… —musito—. Más que escribir creo drama, como van diciendo por ahí.
—¿Qué sería de un escritor sin un poco de drama?
—Sus palabras consiguen hacerme sonreír—.
Además, ni Rebecca ni la gente de internet han leído tus obras, no saben de lo que hablan.
Tu madre… bueno, no la conozco ni sé lo que dice de ti, pero seguro que habla desde la preocupación. Es lo que hacen las madres. Y Kyle…
—¿Has visto el vídeo? —la corto.
El silencio responde por sí solo. Pues claro que lo ha visto, no debe de quedar persona sobre la faz de la tierra que no lo haya hecho. Resoplo.
—No es cierto.
—No tienes que decirme nada —replica, aunque en su tono de voz hay una pizca de expectación.
—Lo sé, pero quiero que sepas que no es cierto.
O, al menos, no es cierto que nos hayamos acostado. Los sentimientos de por medio son otra cosa .
—Gala…
—Candy —la detengo una vez más—. No es cierto. Necesito que alguien me crea, por favor.
Necesito que alguien me diga que sí estoy aquí para algo más que crear drama, que todavía soy capaz de terminar una novela a pesar de no haberlo hecho en años, que podré vivir de la escritura. Que mis sueños y los de Kyle son compatibles.
—Te creo.
Y, con esas dos palabras, el peso del mundo parece un poco más ligero.
—Gracias —murmuro.
—Entonces… —La chica carraspea—. ¿Naisha?
—Fui una idiota, para variar. Es guapa y divertida y tremendamente ingeniosa, pero no es lo que busco.
No es lo que llevo más de media vida anhelando.
—¿Y qué es lo que buscas? —inquiere—. ¡Lo siento! No me hagas caso, soy una impertinente.
—No te disculpes. De hecho, la que debería hacerlo soy yo.
Hago acopio de todo mi valor y me levanto de la cama para acercarme a la de Candy. Al sentarme sobre su colchón, percibo cómo se yergue. Agradezco a la oscuridad, porque si no no podría posar mi mano sobre la suya.
—Creo que te debo mil disculpas y también creo…
, no, sé que ninguna de esas mil disculpas será suficiente.
Desde que puse un pie en el retiro he sido como…
como… ¿sabes cuando a los burros les ponen anteojeras para que solo vean el camino frente a ellos?
—Candy responde con un tímido «sí»—. Eso mismo me pasa.
Camino y camino sin ver nada a mi alrededor, solo mi propio objetivo.
Llevo días tratándote fatal y tú no has hecho más que seguir intentando ser amigas, y no me lo merezco.
Si fuera tú me estaría gritando y tirando de los pelos.
Esta vez, la risa de la chica es genuina.
—No soy ese tipo de persona —contesta.
—Lo sé, por eso te admiro tanto.
—¿Me… admiras?
Me encojo de hombros aunque no pueda verme bien.
—Me gustaría ser un poco más como tú: sociable, alegre, imperturbable —confieso.
—No creo que sea ninguna de esas cosas.
—Por supuesto que sí. —Le aprieto la mano—. Es por eso que, al principio, te tenía una manía que no podía con ella. Mírate, encandilas a todo el mundo con una simple sonrisa.
—No a todos…
Habla tan bajito que creo habérmelo imaginado.
—¿A quién no has conseguido encandilar?
—Da igual —se apresura a responder para después soltar mi mano—. Deberíamos ir a dormir, ¡estoy cansadísima!
Aprieto los labios. ¿Qué he dicho ahora? Ni siquiera cuando intento hacer una amiga yendo de frente lo consigo. Comienzo a levantarme de la cama cuando la mano de Candy se cierra en torno a mi brazo.
—¿Y a ti, Gala?
—¿A mí qué?
—¿A ti te he encandilado?
Frunzo el ceño. ¿Lo decía por mí o hay alguien más? Dudo mucho que exista una persona en esta casa que no haya caído rendida a los pies de Candy, ni siquiera Frank.
—Me has encandilado tanto como una buena novela con enemies-to-lovers —bromeo—. Ya sabes, pasamos de enemigas a amantes. Deberíamos crear nuestro propio shippeo . ¿Cómo sería? ¿Galandy? ¿Cala? Madre mía, son horribles.
De repente, Candy hace lo que menos me espero: termina de erguirse y me envuelve en un abrazo corto, pero sincero.
—Es curioso cómo los demás ven cosas de nosotros que no vemos —admite con voz queda—. Siento que llevo toda la vida en busca de algo que no encuentro. Escribo, pero ninguna editorial me quiere publicar. Todos los comentarios de mi Instagram son sobre Kyle, no de mis poemas.
Sé cómo se siente eso . La oigo tomar aire, una inspiración tan profunda que parece acabarse todo el oxígeno de la habitación.
—Y siempre les caigo bien a todos, pero nadie me quiere como algo más.
«No habla de mí —pienso—. Pero entonces ¿de quién se trata?
». Una vocecita parece susurrarme al oído: Kyle.
Porque, de nuevo, es como si llevara las anteojeras.
Solo veo las críticas hacia mí, las palabras de mi mejor amigo hacia mí, primero hirientes y luego cargadas de deseo, las páginas en blanco que yo no consigo rellenar.
Lo que no veo son los comentarios incentivando que Candy y Kyle terminen juntos, lo que ambos han hablado sobre sus sentimientos —y si estos son correspondidos o si solo me ha cegado la rabia—, los poemas en los que la chica debe de volcar sus frustraciones.
—¿Crees en el destino? ¿Crees que hay alguien para cada persona? —pregunta ella.
Por primera vez, veo a Candy de verdad. No es la chica de constantes sonrisas, sino la de miedos tan grandes como los míos. La que carga con su propia roca subiendo la montaña, pero a escondidas.
—No, no creo en el destino —admito—, pero, en cualquier caso, tu valor no se mide en encontrar tu media naranja. Tú eres el frutero entero.
Candy deja escapar una risa mezclada con un sollozo. La atraigo hacia mí para darle otro abrazo.
—No te voy a decir la tontería esa de «ya encontrarás a alguien» —continúo—. No quiero que encuentres a alguien. Quiero que te conviertas en una gran escritora y, si por el camino te cruzas con ese alguien especial, genial, y si no, también.
Candy me aprieta con fuerza. No dice nada, pero tampoco hace falta. Nos dormidos abrazadas, con el pecho lleno de orgullo y el alma colmada de alegría.
…
Después de la intensa noche de ayer, salgo a correr para despejarme, aunque me sirve de poco.
Me siguen lloviendo los comentarios negativos gracias al vídeo de Rebecca y soy incapaz de despegarme del móvil.
Es un bucle de toxicidad del que solo consigo escapar cuando, de regreso, me topo con Kyle en el porche.
Parece inmerso en la escritura, pues tarda un par de segundos en reparar en mi presencia.
Aunque en los últimos días haya habido un acercamiento, me siguen temblando las rodillas a su lado.
Pienso en Candy, en mi madre, en Rebecca, en mi primo Gabriel pidiéndome que fluya.
Pienso demasiado para lo fuerte que me late el corazón.
—¿Has conseguido escribir algo? —me atrevo a preguntar.