Capítulo 25
Kyle
Sucedió en mi cumpleaños, el día que también se convertiría en el aniversario de la mayor pérdida de mi vida.
Recuerdo los reproches, las lágrimas contenidas.
Recuerdo la culpa, latente y tangible. Y llovía, llovía de tal manera que el cielo parecía estar rompiéndose en dos, igual que mi corazón.
Es como si las nubes sí se hubieran permitido llorar por la forma en que nos destrozamos sin quererlo. Sin siquiera haberlo visto venir.
—Eres tan cobarde —me confesó. Parecía que llevaba sabiéndolo un tiempo, pero aquella fue la primera vez que se atrevió a decirlo en voz alta.
No fue lo único a lo que mi alma le dio la razón en silencio, aunque sí lo que se me quedó grabado en la piel hasta día de hoy.
¡Por supuesto que era un cobarde! El mayor de todos, el que se daba la vuelta y huía cuando las cosas se ponían feas.
No pude cumplir sus sueños, ¿cómo iba a hacerlo si me daba miedo perseguir los míos?
No le confesé lo que sentía por ella, ¿cómo iba a hacerlo si me aterraba un «no» por respuesta?
No luché por lo que teníamos, ¿cómo iba a hacerlo si le tenía pavor a no ser suficiente? Así que no luché. No luché una mierda.
—Y tú tan poco realista —contraataqué.
Ahí fue cuando toqué donde no debía. Di en el clavo, justo en el punto exacto en el que la herida que tenía en el pecho no había cicatrizado. No solo la hice más grande, sino también más duradera. Le dejé una marca de por vida. Al igual que ella a mí.
Aquella fue la llama que acabó provocando el incendio. No fue lo único que bastó para hacerla marchar, pero sí lo que supuso un antes y un después en nuestra relación. No volvió después de esa conversación, y ni soplar las velas ni implorar a las estrellas me sirvió para que volviera.
…
«¿No están demasiado… juntos?», murmuró Dennis por la mañana mientras Gala y yo nos hacíamos el desayuno codo con codo. Tom se encogió de hombros a su lado, cómplice de lo que cree que sabe, pero no reprimió el vistazo que nos echó justo después.
«¿Cómo es que no se están matando?», preguntó Rebecca con retintín, su voz más alta y aguda de lo normal, a mediodía cuando nos sentamos juntos en la mesa dispuestos a comer bajo el yugo de las miradas extrañadas de nuestros compañeros.
Frank entrecerró los ojos, su semblante se tiñó de sospecha.
Nosotros hicimos como si no la hubiéramos escuchado.
«¿Qué mosca les ha picado? ¿Aquí pican moscas, por cierto?
», volvió a insistir Dennis, que no dejaba de prestarnos atención en vez de escribir.
En el porche, bebiendo una taza de té, nos quedamos embobados con el líquido humeante del otro y el leve sonido de los soplidos que escapaban de nuestros labios.
Candy soltó una risita que disipó algunas dudas.
No se dio cuenta, pero se lo agradecí internamente nada más dar el primer sorbo.
Y es que no nos hemos separado el uno del otro después de la crisis que tuve hace dos días.
Solo me falta seguir a Gala hasta el baño, pero es que me hace sentir tan bien que soy incapaz de estar lejos de ella.
Ya nos dan igual las miradas, incluso esos murmullos que llevan nuestros nombres.
Que hablen lo que quieran. Al final, lo único que importa es que estamos juntos sin querer escondernos el uno del otro.
Es ese silencio apacible que me vuelve adicto.
Esa forma tan suya de rescatarme cuando me derrumbo. Como si no hubiera pasado el tiempo.
Sigo sin poder abrir el ordenador y escribir de una vez por todas.
Estamos sentados sobre el sofá, ignorando que nos persigue esa fecha límite para entregar cualquier cosa, una obra o qué sé yo, mientras observamos el techo blanquecino que no tiene nada importante que decirnos.
No me doy cuenta de que nuestras manos se van acercando hasta que noto el roce de su piel.
Se me eriza incluso el último vello del cuerpo.
Me sorprende que mi corazón no empiece a ir a mil por hora, sino que hace todo lo contrario.
Se ralentiza tanto que me siento como en casa.
Es un abrazo, un atisbo de la conexión que siempre ha habido entre los dos.
—¿Crees que volveremos a hacerlo? —me pregunta, divagando.
—¿El qué?
—Escribir —me aclara. No me ha costado darme cuenta de que a ella le ocurre lo mismo que a mí. Estamos igual de perdidos en un lugar en el que se suponía que habíamos venido a encontrarnos—. ¿Cuánto tiempo hará falta?
—No sé. —Resoplo—. Supongo que un millón de años.
Gala me dedica una sonrisa contenida.
—No deberíamos dejar que pase tanto.
Me encojo de hombros y le sigo prestando toda mi atención a algo que carece de importancia.
No lo dice como un reproche, más bien suena a promesa.
Solo le falta alzar el meñique y entrelazarlo con el mío.
Ambos nos quedamos quietos, entre lo que parece un suspiro y un cántico, y volvemos a guardar silencio.
Tiene gracia, porque nuestros dedos continúan rozándose en un quiero y no puedo.
Pero todo mi cuerpo quiere tocarla, en eso mi cabeza y corazón por fin están de acuerdo.
Muevo la mano un poco más.
Nuestros índices entran en contacto, con el resto ocurre igual.
No nos atrevemos a mirarnos porque esto es un secreto que los ojos podrían desvelar después.
Le acaricio los nudillos como quien tiene una pluma dispuesta a quedarse sin tinta sobre un trozo de papel.
Mi piel escribe sobre su piel. Es íntimo, de la misma forma que los grandes poetas se deshacían en sus propias obras.
Subo las caricias hacia su muñeca y ejerzo presión sobre ese punto que late con fuerza.
Bum. Bum. Bum. Es como leer mi libro favorito.
—Tu corazón late tan deprisa… —murmuro, perdido en el contacto.
—Es que aún no me acostumbro a… —Nos señala con la mano libre—. A esto.
—¿Quieres que pare?
Ella niega con la cabeza.
—No, Gala. Así no. ¿Quieres que pare de tocarte? Dímelo y lo haré.
—No.
Bien.
Trazo un recorrido invisible a lo largo de su brazo.
Su piel se eriza y a mí se me seca la boca.
¿Quién dice que tengo que ponerme a escribir ahora mismo?
Si así tengo las manos libres. Tan libres que ya se han cansado de su brazo y van a por la pierna.
Dibujo círculos sobre su rodilla y recibo un suspiro como premio.
Ya no puedo evitarlo más y permito que mis ojos se encuentren con los suyos.
Sus pupilas me cuentan una historia, una que parezco estar escribiendo yo.
Con solo rozarla ya me siento el mejor escritor del mundo. El Nobel aguarda en el oro de su piel.
Es tan perfecta que no puedo evitar sentirme atraído hacia ella.
Me convierto en un satélite orbitando alrededor de su planeta favorito.
Me la imagino siendo Venus, pero todavía hay un astro que le hace aún más justicia.
Júpiter. El más grande del sistema solar.
No me cabe otra explicación a esa fuerza gravitatoria tan inmensa que emana de su ser.
Y es que me toca y pierdo la cabeza. Sus dedos exploran mi cuello y se paran en el punto exacto en el que habla mi corazón. No voy tan acelerado como ella, pero sí lato con fuerza. Bum. Bum. Bum. Le confieso que es mi libro favorito.
No sé si es la primera vez que me mira así, pero espero que no sea la última.
—¿Qué pasaría? —inquiere—. Si dejáramos de ser cobardes ahora mismo.
—Gala…
—¿Qué pasaría? —insiste.
—Joder, Gala. Pues pasaría esto.
Suelto aire por la nariz y me aproximo a ella aún sentado sobre el sofá.
Los pocos centímetros que quedan entre nosotros la obligan a recostarse un poco.
No dudo en inclinarme todo lo que puedo.
Si huele así de bien, ¿a qué tipo de afrodisíaco sabrá?
Llevo imaginándolo años. Siglos, en realidad.
Seguro que en vidas pasadas ya estaba pensando en ello.
Respiro cada vez más rápido, como si me faltara el aire.
Pero no es oxígeno lo que necesito, sino su aliento.
Aliento que me roza el mentón cuando me acerco.
Llevo mis caricias a su rostro, ahí donde sus labios se entreabren pidiendo más.
Queriendo más. Más, más, más. Siento que me han poseído.
¿Quién? Probablemente ella. Con esa magia negra está a punto de arder en la hoguera.
Le acaricio la boca con el pulgar. Ya está, ya no hay vuelta atrás.
Me he vuelto loco, estoy fuera de mí. No sé ni cómo me llamo cuando trazo una línea desde la comisura hasta la mitad de su labio inferior y consigo robarle un gemido.
—Sigues sin decírmelo —me recuerda.
—¿Esto no te es suficiente? —Le dejo un beso en el cuello—. ¿O quizás necesitas algo más de…? —Solo tengo que subir de nuevo a sus labios para que el universo vuelva a jugar en mi contra.
Y esta vez tengo todas las de perder.
—Por mí no os cortéis —dice Frank después del carraspeo que ha conseguido que tanto Gala como yo nos peguemos un susto de muerte—. Seguid, seguid. A ver si así recupero la inspiración, que hoy estoy un tanto espeso.
La madre que me parió.
—Sí, hombre— bufa Gala—. ¿Quieres palomitas también?
—Al punto de sal, si puede ser.
A mí me están grabando.
—¿Por qué no vuelves un poco más tarde, Frank? —inquiero con ganas de que me trague la tierra. A mí y al bulto que tengo bajo los pantalones—. Estábamos en medio de una conversación importante.
—¿A un milímetro de distancia?
Touché.
—¿Qué quieres? —insiste Gala. Está hiperventilando tanto como yo.
—Os estaba buscando. —Nos señala a ambos—. Como ya he dicho, hoy no está siendo mi mejor día. Dadas las circunstancias, creo que podéis ayudarme. —Vuelve a señalarnos, esta vez con una expresión sugerente—. ¿Y si me contestáis a un par de preguntas?
Creo que esa es la forma más educada que se le ha ocurrido para pedirnos un favor y que no salgamos corriendo.
—Depende —contestamos al unísono—. ¿Qué tipo de…?
—¿Qué posturas os resultan más placenteras a la hora de realizar el acto del coito?
Me atraganto con mi propia saliva. ¿Coito? ¿En serio? ¿Así de exquisito se pone después de lo que acaba de preguntarnos? Niego con la cabeza en repetidas ocasiones. Incluso Gala tiene que darme palmaditas porque soy incapaz de parar de toser. Ella no está mucho mejor. Tiene la cara descompuesta.
—… preguntas —termina ella, los ojos como platos.
—¿Encima? ¿O tal vez debajo? —El tío tiene la osadía de sacar una libreta y un bolígrafo. No me lo puedo creer—. No es que el sofá parezca muy cómodo, pero supongo que la otra noche tuvisteis que apañaros bastante bien. Sobre todo teniendo en cuenta que estabais a punto de repetirlo.
—¿Cómo que la otra noche? —pregunto después de casi morir atragantado—. ¿Te refieres a cuando dormimos juntos?
—Y a cuando follasteis. — Vaya, adiós formalismos—. Rebecca asegura que os estuvo escuchando durante toda la noche y que no la dejasteis dormir.
—¿Perdón? —grazna Gala.
Yo me he quedado sin palabras.
—Conmigo no te tienes que disculpar, mujer. —Hace un gesto con la mano para restarle importancia—. Hazlo con ella. La vi bastante enfadada en ese vídeo que subió hablando de vosotros. Tenía unas ojeras como una catedral.
—¿Has dicho vídeo? —prosigue la chica. Creo que me estoy mareando.
—Claro, ¿es que no lo habéis visto? Tanto beso que al final no os enteráis de nada.
Las mejillas de Gala se tornan rojas, pero sé que esta vez no se debe a la vergüenza.
Ambos sacamos nuestro teléfono móvil y nos metemos en el perfil de Rebecca para ver de qué cojones está hablando.
La chica es tan astuta que solo lo publicó durante veinticuatro horas, por lo que ninguno podemos verlo.
Lo que sí tenemos es un sinfín de comentarios en nuestras respectivas cuentas que hablan sobre el tema como si hubieran estado ahí.
Como si Rebecca hubiera sido sincera. Ahora entiendo lo que ha hecho.
Ha acaparado el interés para ganar seguidores.
Será…
—Así que fue ella —Gala piensa en voz alta—. Ha engañado a todo el mundo.
Asiento con la mandíbula tan apretada que temo romperme una muela. Nos quedamos mirándonos en silencio, sin dar crédito.
—¿Pensáis contestarme o no? —insiste Frank—. No tengo todo el día.
—¡No! —exclamamos, de nuevo, a la par.