Capítulo 24
Gala
Tomo aire ante las palabras de Kyle, tan pesadas como la piedra que Sísifo estaba condenado a subir por la montaña por toda la eternidad.
—¿Qué es «esto» exactamente? —pregunto, aunque omito las dudas que me arañan la garganta: ¿No puedes conmigo? Ahora que por fin parece que hemos llegado a una tregua, ¿quieres volver a convertirnos en tormenta? Hago acopio de todo mi valor para añadir—: Dímelo.
Pero, por supuesto, sigo callándome demasiadas cosas: Dime que lo de anoche significó tanto para ti como para mí. Dime que en el lago tenías tantas ganas de besarte como yo. Dime que puedes seguir a mi lado, porque perderte de nuevo terminaría de arruinarme . Sin embargo, Kyle me toma por sorpresa.
—¿Y si no sirvo para esto, Gala? —Se le corta la voz.
—¿Para escribir?
¿O para darnos otra oportunidad? Se seca las lágrimas, lo que me hace reparar en las marcadas ojeras que adornan su mirada.
Con cuidado, rodeo su muñeca con la mano para apartársela y poder ver su expresión sin obstáculos.
Está agotado, tanto física como psicológicamente.
¿Dónde está mi Kyle de sonrisas amables?
¿El Kyle que siempre tenía una idea para solucionarlo todo?
—No lo sé. ¿Qué hago aquí? —Cuando clava los ojos en mí, mi corazón grita su nombre.
Quiero decirle que sé perfectamente lo que hace: dedicarse a su pasión.
Buscar cualquier resquicio de amor por la escritura para insistir un poco más, porque no puede vivir sin ella, como yo tampoco puedo.
Seguir escalando la montaña con esa piedra a sabiendas de que, una vez en la cima, esta rodará ladera abajo—.
No llevo ni una página escrita, pero ahora todo el mundo parece estar pendiente de mí.
Todos menos los que de verdad importan. —Aparta la mirada, compungido—.
Si llego al último día del retiro y no tengo novela, ¿en qué me convierte eso?
¿Un escritor fracasado? ¿Un camarero al que ni siquiera necesitan?
¿Un hijo insuficiente? ¿Un hermano que no tiene demasiado que ofrecer? ¿Un amigo con el que nadie se quedaría?
Sus miedos, tan parecidos a los míos, se me clavan como puñales en las entrañas.
El adjetivo «insuficiente» parece un collar pendiendo de mi cuello.
Por mucho que me obstine en llegar a la cima de esa montaña, siempre regreso al punto de inicio.
He aprendido a aceptar que ese será mi destino.
Cuando regrese a España, enviaré currículums a todos los trabajos que desee mi madre.
Ganaré un sueldo que me sirva para sobrevivir, me olvidaré de lo que de verdad me llena.
Pero ¿Kyle? ¿El chico de mirada soñadora e ideas mágicas?
No puede sucumbir también a eso. Si uno de los dos debe prosperar, ese es él.
Sus hombros suben y bajan muy despacio. Mi mano todavía aprieta su muñeca y, a pesar de los nervios, decido entrelazar nuestros dedos como solíamos hacer. Es un gesto sumamente sencillo que, sin embargo, encierra un profundo significado para ambos. Un «estoy aquí, no me voy a ir».
—Kyle, mírame. —Como no lo hace, acuno sus mejillas con las manos.
La ligera barba de varios días me hace cosquillas en las yemas.
Su mirada me recuerda al sonido de los truenos, al fulgor de los rayos—.
Pues claro que puedes, pero no siempre vas a estar al cien por cien.
Vas a tener altibajos, porque eres humano.
«Díselo a la Gala de veintidós años que volvió a España sin esperanza alguna —me recuerdo con pesar—. Esa que no se permitía ni un solo fallo porque, sin su mayor pilar al lado, tenía que demostrarse que podía sola».
—Si estás en el retiro es porque algo en ti ansiaba retomar tu sueño. — Y algo en mí también . Aunque no crea en el destino, siento que nuestra pasión nos ha traído hasta aquí por algo. Deslizo la mano hasta colocarla justo sobre su corazón. Bum, bum. Bum, bum —. No puedes dejarlo ir.
En realidad, desearía pronunciar otras palabras: «No quiero que me dejes ir». Porque decirle adiós a Kyle significó abandonar la escritura. Porque, de abandonar ahora la escritura, significaría volver a decirle adiós a Kyle. Bum, bum . Nuestros corazones laten al compás.
—¿Te acuerdas de cuando empezamos a escribir juntos? —susurro.
Deja escapar una risa. Cubre mi mano con la suya, que parece arder, pero no puedo alejarme de él. En el fondo, nunca he sabido hacerlo.
—Se me daba fatal escribir la «k». —Sonrío al recordar esa libreta azul que llevaba a todos lados—. Y a ti se te daba tan bien escribir.
Ruedo los ojos.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es —protesta como si todavía fuera ese niño.
Me muerdo el interior de la mejilla. A día de hoy sigo sin entender cómo Kyle veía tantas cosas buenas en mí cuando no le he dado más que razones para huir.
Él siempre encuentra el lado bueno de todas las situaciones, incluso las más oscuras.
Quizá es por eso que me descubrió la escritura como forma de lidiar con las emociones.
—¿Recuerdas nuestras primeras obras «serias»? —Hago comillas con los dedos.
—Tú estabas escribiendo un fanfic de BTS —explica con una sonrisa ladeada—. Yo estaba escribiendo una novela terrible que era sospechosamente parecida a Crepúsculo , como si fuera Dennis.
—La originalidad es lo nuestro —bromeo.
—Y entonces me dijiste que te gustaba, que podrías dedicarte a ello.
—Contengo la respiración, rememorando aquel instante tan preciado—.
Pero no sabías cómo crear una historia de cero, así que yo te di una idea.
Esa idea se convirtió en una servilleta llena de personajes y tramas y, más tarde, en un borrador.
Sé que esa novela no era una maravilla, pero fue lo primero que llamamos «nuestro».
Lo primero que escribimos a cuatro manos, pasando noches en vela leyendo el capítulo de la otra persona y chillando de emoción.
Fue lo que me enseñó que había mucho más dentro de mí de lo que podía imaginar.
Pero, sobre todo, fue un punto de inflexión en nuestra amistad, porque hasta entonces habíamos sido mejores amigos, pero a partir de ese momento nos convertimos en algo mucho más sagrado, inexplicable.
— La canción de primavera —digo el nombre de aquel manuscrito.
Él no se mueve. Pronunciar ese título es como romper una norma no escrita. Me estremezco y Kyle aprieta mi mano.
—Y después de esa vinieron muchas otras —prosigo—. Historias llenas de magia y fantasía, pero sobre todo de sueños.
La mirada de Kyle se ensombrece. Trato de comprender qué he dicho mal, pero para cuando lo hago ya es demasiado tarde.
—Tus sueños y los míos eran muy diferentes —replica él.
Sé que ahora mismo estoy sobre un campo de minas. Tengo que medir muy bien mis palabras para conservar al Kyle que se encuentra frente a mí, ya que, de no hacerlo, explotará en mil pedazos.
—Yo sigo creyendo que son iguales.
Bum, bum . De nuevo, encuentro la manera de regresar a aquel día en el que llovía en Londres.
…
Recuerdo que llovía. Piccadilly Circus era una mezcla borrosa de luces, los cláxones de los vehículos superponiéndose unos a otros.
El ajetreo londinense seguía tan vivo como siempre: sus habitantes se deslizaban entre la densa lluvia como si no supusiese ningún inconveniente.
Lo observaba todo a través de la cristalera de una acogedora cafetería.
El té hirviendo me calentaba las manos mientras esperaba a Kyle.
Vi pasar varios autobuses rojos hasta que mi mejor amigo bajó de uno de ellos.
Sonreí en el mismo instante en el que Kyle abrió la puerta del local. Una bufanda rodeaba su cuello, acompañada de un gorro que le había regalado hacía un par de Navidades. Sus ojos se iluminaron en cuanto me vio.
—¡Felicidades! —dije a la vez que se sentaba.
—¿No deberías estar en España?
Hice un gesto con la mano para restarle importancia.
—La universidad es lo de menos —repliqué—. ¡Es el cumpleaños de mi mejor amigo!
Kyle sacudió la cabeza sin dar crédito, pero su expresión risueña me demostraba lo feliz que le hacía esto. Cubrió mis manos con las suyas y dejé de tener frío de forma automática. Tal vez fuera él quien emanaba esa sensación cálida, de pertenencia. De hogar.
—Te quiero. Lo sabes, ¿verdad? —dijo en apenas un susurro, como si fuera un secreto entre nosotros.
—Yo más, idiota.
Rio y apretó un poco más mi mano.
—¿Cuánto tiempo estarás aquí?
—Me voy esta noche. —Me mordí el labio, desilusionada—. Era una oferta, así que cogí el vuelo de ida a las seis de la mañana y el de vuelta a las nueve. De hecho, mi madre no sabe que estoy aquí.
—¿Que no sabe…? Mira, mejor no me lo digas. Eres de lo que no hay.
—Pero te alegras de que esté aquí. —Le guiñé un ojo.
—No sabes cuánto.
Recuerdo que llovía, así como recuerdo que ese preciso momento fue el principio del fin.