Todo aquello que soñamos ser Capítulo 23
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Capítulo 23

Kyle

Hay una estrella con mi nombre en el paseo de la vergüenza que reluce con descaro.

No solo es que me haya despertado hace escasos minutos para darme cuenta de que todo el mundo en esta casa me ha visto durmiendo en el sofá, es que también saben que no lo he hecho solo.

El codazo sugerente de Frank, las miradas sospechosas de Tom…

Todos tienen pintado en la cara con rotulador permanente: «Hemos visto a Gala y Kyle durmiendo juntos».

¿Se puede ser menos disimulados? O lo que es peor, ¿se puede ser más pringado? ¿Qué he hecho para merecer esto?

No puedo disfrutar ni un segundo de mi tregua con Gala porque ahora, después de lo de anoche, estamos en el punto de mira.

Si me acerco a ella, lo comentan en susurros.

Si la observo más de la cuenta, me arriesgo a que se monten un peliculón de sobremesa sobre nosotros.

La cabeza de un escritor es todo un mundo y, si a eso le sumas que ya llevamos bastantes días encerrados entre estas cuatro paredes, la imaginación deja de tener límites.

Y si no que me lo digan a mí, que ya tengo la secuela pensada.

Devoro una tostada de aguacate mientras intento pasar desapercibido.

Todos los demás ya han desayunado, pero no soy el único que está en la cocina.

No, claro que no. Aquí la privacidad brilla por su ausencia.

Gala ha sido lista y ha huido a su habitación en cuanto ha podido.

Me siento un cervatillo frente a una manada de leones.

Frank no deja de mirarme en ningún momento.

Es como si se hubiera quedado prendado de mi forma de masticar.

¿Será que tiene telepatía y me está leyendo la mente?

En ese caso… Métete en tus asuntos, Frank.

Pero no reacciona, ni siquiera pestañea. Qué mal rollo, colega.

Luego está Rebecca, que no para de deslizar la pantalla de su teléfono con el ceño fruncido. Busca y busca, pero no parece encontrar nada. Suelta un resoplido exasperado. A mí me parece que alguien se ha levantado con mal pie.

—No lo entiendo —dice, más para sí misma que para mí. El problema es que me tiene enfrente y puedo escucharla a la perfección—. Es que no lo entiendo. —Después alza el mentón y me mira. Si las miradas mataran… En fin, yo ya llevaría siglos muerto. Justo al ladito de Shakespeare—. Tú.

Tengo la audacia de girar el cuello, fingiendo que no sé a quién se dirige. Cuando no veo a nadie detrás de mí, no me queda otra que señalarme. Dejo de masticar la tostada, no vaya a ser que me atragante.

—Sí, tú. No te hagas el tonto, Kyle. ¿Me puedes explicar cómo has conseguido esto?

Entonces me enseña su teléfono y doy gracias por haber sido precavido justo en el momento en que empiezo a toser.

Es mi cuenta de Instagram, que ahora tiene más seguidores de los que soy capaz de procesar.

Tres ceros, cuatro dígitos. Lo nunca visto.

Ni siquiera me da tiempo a que se me desencaje la mandíbula porque pasa a mostrarme el perfil de Gala. Ella tiene incluso más.

—Pero… ¿qué? —balbuceo—. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Qué?

Llevo con el móvil en modo avión desde que me agobié con tanto comentario, así que no era consciente de lo mucho que han crecido mis redes sociales desde entonces.

Y ahora quiero morirme.

—Eso mismo me pregunto yo —confiesa. Parece…

¿derrotada?—. ¿Sabes cuántos vídeos subo al día desde que llegué aquí?

Cinco. Ni más ni menos. Cin-co. Y no solo los grabo, también los edito.

Dedico más tiempo a publicar que a escribir.

¿A que no adivinas la cantidad de seguidores que me han subido desde entonces?

Me encojo de hombros. Por saber, tampoco sé por qué me está preguntando esto.

—Quinientos. ¡Solo! —exclama. Tiene pinta de que en cualquier momento se va a poner a chillar y a tirarse del pelo—. Mientras que Gala y tú estáis triunfando sin subir una puta mierda, yo solo he ganado quinientos seguidores. Es que es para llorar.

—¿Lo es?

Sus ojos me acaban de volver a asesinar. Tengo miedo.

—¡Por supuesto que lo es, pedazo de zoquete! ¡Vivo de eso! ¡Soy influencer !

—¿Y yo qué culpa tengo? —No lo pregunto como un reproche, sino con verdadera curiosidad—. ¿Qué es lo que he hecho para que tanta gente…?

La chica me interrumpe.

—Interesar —grazna—. Eso es lo que habéis hecho. A la gente le gusta un buen drama y vosotros se lo habéis dado.

—Solo hemos subido una foto cada uno.

—Las suficientes para que las redes se prendan.

¿Sabes lo que cuesta conseguir eso? Años de trabajo.

¿Me escuchas? ¡Años! Y súmale todo el esfuerzo que hay detrás.

—Por la forma en que sacude la cabeza y sus mejillas se encienden, descubro que no solo está enfadada.

Está desesperada, como si toda su carrera estuviera pendiendo de un hilo.

Después baja la voz, pero sigo escuchándola.

Lo que dice a continuación me hace sentir una pizca de remordimiento por ella.

Como si esto también fuera mi culpa—: Mi hermana me va a matar.

Me muerdo el interior de la mejilla. Es la primera vez que tengo una conversación a solas con esta chica —quitando el hecho de que Frank sigue mirándome como un pasmarote—, así que no sé muy bien cómo dirigirme a ella.

Además, tampoco es que sea una persona muy accesible.

Desde que llegamos al retiro, no ha querido estrechar lazos con ninguno, y ya ni hablar de la forma en que ha tratado a Gala.

Pero ahora… Ahora parece frágil. Alguien que esconde algo más allá de lo que muestra.

Creo que puedo verme reflejado en ella y su coraza.

—Rebecca…

—¿Qué?

—Lo siento —le digo. No se me ocurre nada más—. Por haber acaparado la atención. No era lo que pretendíamos. Si necesitas ayuda con algo…

Juraría que su expresión se ablanda. No dura mucho.

—No. Ya habéis hecho suficiente. —Dicho pues, desaparece al cruzar el umbral de la puerta, dejándonos solos al bigotudo y a mí.

¿Y tú qué miras tanto?

No. Definitivamente no tiene telepatía.

…

Rebecca tenía razón. He recibido un sinfín de mensajes de desconocidos, tantos que mi teléfono casi explota al quitar el modo avión.

El aparato, que arde entre mis manos, no da a basto con todos los comentarios.

Me abruman. Por supuesto que me abruman.

Sobre todo cuando descubro que son los únicos que se han acordado de mí.

Mi familia no ha intentado contactar conmigo.

Ni una llamada, ni siquiera un WhatsApp.

Lo último que les dije es que necesitaba concentrarme para escribir, pero esperaba que se acordaran de mí.

Aunque sea un poquito. Sentado en mi cama, navego por el chat que comparto con mis hermanos como si me fueran a mandar un mensaje por arte de magia. No lo hacen.

Ahí es cuando empieza el agobio.

Enciendo el ordenador y me pongo los auriculares.

Busco la canción perfecta en mi lista de música antigua y coloco los dedos sobre el teclado.

Venga, Kyle. Demuéstrales que estás aquí por algo.

Asiento, decidido, y carraspeo como lo hace un cantante a punto de dar su mejor concierto.

Pero no puedo. No puedo hacerlo. Creo que hay algo que me da más miedo que las páginas en blanco, y son las páginas escritas. Las que están escritas por mí.

No tengo ni un ápice de inspiración. Estoy vacío por dentro, tan vacío que ya no puedo controlarlo.

Pienso, pero no se me ocurre nada. Escribo, pero no son palabras.

Aporreo las teclas con rabia. ¿Por qué? , me pregunto.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué no puedo ser tan listo como Kevin?

¿Por qué no puedo ser tan valiente como Kayden?

¿Por qué paso tan desapercibido? ¿Por qué lo único que interesa de mí es a quién tengo a mi lado?

Empiezo a hiperventilar cuando caigo en la cuenta de que, en realidad, ese es justo el problema.

Nunca he sido escritor por mí mismo, al igual que nunca he sido nada más que el hijo de en medio.

Siempre dependiendo de alguien, siempre a la sombra.

El chico olvidado, el que nunca sobresale.

Y es que jamás he sido Kyle a secas. Siempre he sido Kyle, el hijo de los Walker.

Kyle, el mejor amigo de Gala. Kyle, el hermano menor de Kevin.

Kyle, el hermano mayor de Kayden. Kyle, el que sale en esa foto con Candy.

¿Cómo es que aún no he olvidado mi nombre?

Cierro el ordenador de un golpe. Ya está.

He llegado a mi límite. Entierro la cabeza en mis rodillas y me dejo llevar.

Lloro. Lloro de rabia, también de pena. Lloro por lo que podría haber sido y por lo que nunca seré.

Lloro porque no sé estar solo. Lloro porque no me conozco.

Lloro hasta que me escuece la garganta y se me emborrona la vista.

Lloro porque no puedo escribir. Lloro porque no me han escrito.

Lloro porque otros sí lo han hecho. Lloro, lloro y lloro.

Es lo único que estoy consiguiendo hacer sin ayuda.

—¡Se han enterado! —Gala irrumpe en mi habitación como un huracán—. ¡La gente se ha enterado de que hemos dormido juntos!

Me seco las lágrimas con rapidez, casi como si el mundo fuera a acabarse en cualquier momento. El problema es que es demasiado tarde. Gala repara en mis mejillas sonrojadas, pero sobre todo en la irritación de mis ojos.

—Kyle… —pronuncia mi nombre y siento que estoy roto—. Kyle, ¿qué ha pasado? —No duda en acercarse—. ¿Estás bien?

Niego con la cabeza. Me he cansado de ocultarlo.

—No puedo… No puedo seguir con esto.