Todo aquello que soñamos ser Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Mira, chavalín, te digo lo que ha ocurrido. — Oh, no. Alerta, Frank, ¡que alguien lo detenga! Aprieto los párpados—. Clara y Ken se han sentido inspirados por mis escritos, lógicamente, y han caído presos de sus deseos carnales. No se puede controlar la pasión.

—Se llaman Gala y Kyle… —musita Candy—. Además, ¡seguro que no es eso! Menuda tontería, ¿eh? —Suelta una risita nerviosa—. Seamos racionales, es evidente que es lo del desmayo.

Oigo un bufido seguido de unos pasos apresurados. Segundos después, la puerta se cierra.

—Joder, vaya humos con la becaria —suelta Rebecca.

Mierda, Naisha. ¿Es que no puedo mantener una amistad durante más de cinco minutos?

Me levanto del sofá prácticamente volando sin que les dé tiempo a los demás a decir palabra.

Salgo a la parte delantera de la casa descalza, pero por suerte Naisha todavía no se ha subido al coche.

Viste la misma ropa que ayer y se ha recogido el cabello en un moño, como quien padece una resaca.

Corro a su encuentro, interponiendo mi mano entre ella y la puerta del vehículo.

—Espera.

Me mira de arriba abajo con gesto adusto. Bien, me lo merezco.

—¿Querías algo?

—Yo solo…

Su expresión inescrutable nos aleja la una de la otra, como si nada de lo que ocurrió anoche hubiese sucedido de verdad.

Todo es culpa mía. Por dejarme llevar, por jugar con ella.

Lo menos que puedo hacer es disculparme, aunque dudo que solucione algo.

Pero no importa, porque no busco su perdón, sino hacerle saber a las personas que me han tratado bien que me arrepiento.

Aunque mis actos nos alejen de por vida, necesito que entiendan que, en el fondo, nunca pretendí hacerles daño.

—Lo siento. Lo que hice estuvo mal. Luego decimos de los hombres y su responsabilidad afectiva.

—Suelto una risita que, al menos, consigue que Naisha curve los labios—.

No hace falta que me perdones, yo no lo haría.

Voy por la vida dando tumbos y no me paro a pensar en las consecuencias de mis actos.

Soy egoísta, descerebrada e impulsiva. Solo espero que encuentres a una persona mejor que yo, porque te la mereces.

Naisha termina de formar una sonrisa con la que se desvanece la tensión del ambiente.

—Suenas al chico peligroso de una película mala.

«No te putopilles , estoy roto por dentro» y esas mierdas —bromea, imitando una voz grave—.

No pasa nada, no es el fin del mundo. ¿Que me apetecía liarme con alguien?

Sí. ¿Que me parece que estás buenísima y, además, eres la persona más divertida que conozco?

También. Puede que me vaya un poco el riesgo, pero me van las chicas egoístas, descerebradas e impulsivas.

Pero acepto tu disculpa, creo que necesitaba oír algo así. —Se encoge de hombros—. Es Kyle, ¿no?

Permanezco inmóvil, pues no sé si he entendido la pregunta. O si quiero entenderla.

—La otra persona, ya sabes. ¿Es Kyle?

—Sí.

Naisha asiente, resolutiva, y de pronto me siento más ligera. No me hace ninguna pregunta más, sino que se abre paso para entrar en el coche y arranca el motor. Cuando baja la ventanilla para despedirse suena una canción de Ateez, así que sonrío.

—Siempre puedes intentarlo con Hong Joong —propongo.

—No sé si es más difícil por el hecho de que yo sea lesbiana o porque probablemente no lo vaya a conocer en mi vida.

—Está claro que lo segundo.

—Desde luego —coincide divertida.

Me observa una última vez con la sonrisa todavía pintada en sus labios.

—Nos vemos la semana que viene. Y, Gala, una cosa más… —Me inclino hacia ella, expectante. ¿Es ahora cuando me expulsa del retiro?—. Qué ciega estás.

En cuanto pronuncia esas palabras el coche empieza a moverse y en cuestión de segundos lo veo perderse entre los árboles.

Repito su última frase una y otra vez, llena de dudas.

¿Ciega? Que yo sepa, la última vez que fui al oculista me dijo que tenía una vista excelente.

¡Y vaya si la tengo! No hace falta ser un lince para ver lo evidente en esta casa: Candy está pilladísima de Kyle y él le corresponde, ese es el único romance que se cocerá en Bibury.

En cuanto pongo un pie dentro recuerdo la situación con la que me desperté. Candy, Tom y Rebecca todavía siguen en el salón, contemplando a un Kyle dormido, mientras que los demás ya no están. Rebecca es la primera en fijarse en mí.

—Vaya, vaya —dice con picardía—. ¿Cómo habéis acabado Kyle y tú durmiendo en el sofá?

Mis ojos se detienen en Candy, quien se muerde el labio aguardando una explicación.

La veo tan inocente, tan pura, que se me parte el alma de siquiera pensar en hacerle daño.

Pienso en nuestra sesión de manicura de anoche y en lo feliz que parecía al ser por fin amigas. ¿De verdad quiero perder eso?

—Me dan miedo las tormentas —admito, a lo que Rebecca arruga la frente—. Kyle tampoco podía dormir y me estuvo tranquilizando.

En realidad, no es ninguna mentira. No pasó nada entre Kyle y yo ni lo hará en un futuro.

—Ya…

—Si Gala dice que fue eso, es que fue eso —me defiende Candy y el brillo en su mirada, esa esperanza que solo posee ella, me estruja el corazón—. No tiene ningún motivo para mentirnos.

Juraría que la chica está a punto de añadir un «¿no?» al final de la frase, pero no lo hace.

—Pero ¿entonces os alcanzó un rayo? —inquiere Tom, a lo que no puedo hacer otra cosa que observarle de hito en hito.

—¿Y qué pasó con Naisha? —insiste Rebecca, ansiosa por tener algún cotilleo del que hablar.

—Nada y punto —zanjo—. ¿Desayunamos?

A pesar de su evidente disgusto, Rebecca acepta. Nos dirigimos a la cocina, pero antes de entrar le echo un vistazo rápido a Kyle. No he mentido —no con esto— y, sin embargo, me siento tan culpable como si lo hubiera hecho.