Capítulo 22
Gala
Me despierto, como tantas otras veces, con el sonido de un trueno.
Me levanto antes de ser plenamente consciente de dónde me encuentro.
Alitas cae a mis pies y es entonces cuando mi mirada se dirige a la figura que yace sobre el sofá.
El sueño de Kyle es imperturbable. Sus labios están ligeramente entreabiertos y varios mechones claros caen sobre su frente.
Extiendo los dedos para apartárselos cuando otro trueno rompe el silencio.
Me estremezco y, acto seguido, me rodeo con los brazos en busca de calor.
Si fueran otros tiempos despertaría a Kyle.
Él me diría que es solo una tormenta, algo tan natural como el aleteo de una mariposa.
Pero no son otros tiempos, no debo confundirme.
Por mucho que Kyle y yo tuviéramos una especie de acercamiento anoche, eso no significa que volvamos a ser mejores amigos.
Fui yo quien besó a Naisha no una, sino dos veces.
Fui yo la que lo estropeó todo hace dos años y la que lo ha vuelto a estropear todo ahora.
Todo lo que toco se derrumba como castillos de arena.
Así pues, a pesar del miedo que me invade, me alejo de Kyle y me enfrento a lo que hay más allá de la ventana.
Dentro de la casa todo está a oscuras, pero el exterior es un espectáculo de luces.
Los relámpagos parten la noche en dos y ya no queda rastro alguno de las constelaciones que me enseñaba Kyle.
Si yo fuera un poco más Andrómeda ya le habría confesado lo que siento a mi propio Perseo.
Ahora el cielo es de una negrura infinita, como un agujero negro donde caen todos los sueños, las esperanzas, lo que sea que nos mueve en esta vida…
Como lo que siento en el centro del pecho.
Tiemblo. No puedo evitarlo. Me alejo de la ventana con el siguiente rayo, trastabillando como una cría ante su peor pesadilla. Solo sé que el sonido es muy fuerte, insoportable, y tengo que salir corriendo. No sé a dónde, no sé cómo. Cierro los ojos.
—¿Gala?
Una mano me roza el brazo. Me giro con brusquedad para toparme con Kyle. Sus ojos se abren y en ellos me encuentro con un mar de posibilidades. Su imagen lo eclipsa todo, aunque no sé qué es peor: la agonía de no encontrar la salida o los remordimientos al saber que te has equivocado.
—Gala —vuelve a repetir, esta vez en un susurro.
—Kyle…
Nos perdemos en la mirada del otro durante lo que pueden ser segundos u horas. Los latidos de mi corazón opacan los truenos, los ojos de Kyle desdibujan los relámpagos.
—Recuerdo que te daban miedo las tormentas —dice pausado.
Asiento. Pase el tiempo que pase, al ver un rayo seguiré convirtiéndome en esa niña asustadiza que, en el fondo, aún habita en mí.
Esa tormenta de verano que azotó Londres cuando solo tenía seis años.
Las lágrimas que se deslizaban por mis mejillas, redondas como uvas, mientras llamaba a mi madre.
Las caricias de mi padre, un «todo irá bien» susurrado al oído.
Yo, abrazando a Alitas porque me había olvidado a mi león en España y necesitaba aferrarme a algo, lo que fuera.
En el fondo, esa chispa que hay en mí no es más que miedo.
Kyle me envuelve en sus brazos. Me siento como una versión diferente de esa niña, como cuando has estado todo el día fuera y al llegar a tu casa te inunda una calma arrolladora.
Apoyo la mejilla en su pecho, tal y como solíamos hacer.
Siento su latido constante, imperturbable, mientras desliza los dedos por mi pelo.
Por un momento solo existimos él y yo, y es todo lo que necesito.
Como cuando era pequeña, Kyle es la única persona que entiende cada una de mis locuras y está dispuesto a vivirlas conmigo.
También es el único que, al caer al vacío, es capaz de volver a darme alas.
La magia se esfuma en cuanto rompe el abrazo.
—Lo siento por causarte tantos problemas —musito derrotada.
Hay palabras que se omiten. Por herirte en el pasado y hurgar en la herida en el presente .
—No me causas ningún problema. —Una sonrisa se extiende por sus labios, como el Kyle que era antes, ese niño que buscó todas las maneras posibles de alegrarme en mi primer verano en Londres—. ¿Estás bien?
Todo lo bien que puedo . Muevo la cabeza a modo de afirmación.
Kyle no responde y, francamente, yo tampoco sé qué decir.
Hemos vivido tanto juntos que solían sobrarnos las palabras para entendernos.
Ahora, en cambio, no consigo descifrar su mirada.
Pienso en Perseo, en el peluche que compartimos, en los labios de Kyle entreabiertos…
—Fue un error. —Kyle arquea las cejas con expresión interrogante—. Para empezar, nunca debimos haber jugado a esa tontería de verdad o atrevimiento, pero el error fue haber besado a Naisha. No sé qué me poseyó.
La ira, como siempre . Él se rasca la nuca con incomodidad, sin saber qué decir.
—Y… —Si no digo esto ahora, no lo diré nunca. Trago saliva—. Nos hemos besado otra vez. Antes. En mi habitación.
—Oh.
Oh . No sé cómo mirarlo a la cara, no puedo enfrentarme a la decepción. Nunca he podido hacerlo. Aún así, me imagino su rostro. El ceño ligeramente fruncido, los ojos entornados en un intento de ocultar el dolor que le he causado. Que siempre le causo.
En verdad, Kyle siempre ha sido más valiente que yo, porque pregunta:
—¿Te gusta Naisha? —Su tono es apenas un susurro, como si temiera alzar la voz para hacerlo real.
Aprieto los labios. Sigo sin poder mirarlo.
—No. —Es la única certeza que tengo en este mundo.
Es guapa, sí, y en cualquier otro momento me liaría con ella.
¿A quién quiero engañar? Solo me liaría con ella si Kyle no existiera en este mundo —.
No es ella quien me gusta. Yo… —Carraspeo—.
Ya sabes que siempre actúo por impulsos.
No digo que esté bien, ojalá no fuera así…
Me siento tan estúpida, tan perdida, que no puedo hacer otra cosa que dar un paso hacia Kyle.
Él siempre ha sido mi guía, mi norte. No puedo perderlo de nuevo y, para bien o para mal, eso conlleva no cruzar el límite en el que tantas veces hemos danzado.
No soltar ese «bésame» que lleva días atorado en mi garganta.
Hoy la chispa me abandona por completo, no queda ni un ápice de rabia en mi cuerpo, así que me obligo a prender otra mecha. Hoy quiero encender una vela entre tanta oscuridad.
—Me arrepiento de ello —confieso con voz trémula—, pero más me arrepiento de todo lo que ha pasado entre nosotros.
Sé que la culpa siempre ha sido mía, que te he acusado de cosas de las que no estoy orgullosa solo para ocultar mis mayores miedos.
La más cobarde de los dos soy yo, no tiene sentido negarlo.
El rostro del chico se congela. Supongo que no se lo esperaba, como tampoco lo hacía yo. Parece que es una noche de confesiones.
—Y entiendo que no vamos a volver a ser los que éramos.
Ni en un millón de años, ¿verdad? —Me sorbo la nariz.
A este ritmo, soy más agua que fuego. Más cercana de lo que nunca habría imaginado a esa tormenta que nos rodea—.
Pero… pero quiero estar en tu vida y que tú estés en la mía, de la forma que sea.
Un escalofrío me recorre el cuerpo. Cuando me mira con esos ojos tan abiertos quiero besarlo más de lo que quería con Naisha.
Llevo años deseándolo. Si Kyle conoce tanto acerca del universo tiene que saber la fuerza de la gravedad que su cuerpo ejerce sobre el mío.
Sin embargo, no me cabe duda de que es imposible.
El daño ya está hecho y el rencor no se olvida fácilmente.
Entonces, para mi sorpresa, el gesto de Kyle se suaviza. No es del todo aquel chico que me regaló su peluche, pero tampoco la persona gris que llegó a Bibury. Leo la esperanza en su mirada.
—De acuerdo.
Le tiendo la mano y me la estrecha. «Esto es lo mejor para todos», intento convencerme.
—Parece que la tormenta ya ha amainado —anuncia él.
Miro hacia la ventana, donde se concentran multitud de gotitas formando un mosaico. Una vez más, Kyle ha sabido calmarme. Esbozo una sonrisa triste. Tal vez no sea lo que siempre he soñado, pero esta nueva amistad es mejor que no tenerlo en absoluto.
…
Esta vez me despiertan unas voces. Al principio no abro los ojos, tan solo me limito a escuchar los susurros.
—¡Atención, atención! —Creo distinguir la voz de Tom—. ¡Venid todos, urgente!
—¿Creéis que…? —Me parece que habla Rebecca.
—Que va, para nada —responde el chico—. No tiene pinta. Además, a Kyle le gusta otra persona de la casa.
Si no me equivoco, esa tos angustiada debe de ser de Candy. Me la imagino roja como un tomate, esquivando las miradas de los demás. Pero ¿qué…?
Mis manos caen sobre algo duro: el pecho de Kyle.
Mis piernas están enredadas con las suyas, mi cara enterrada en su cuello.
Si alguno de los presentes se acerca un poco más escuchará los latidos acelerados de mi corazón.
No sé cuánto tiempo llevamos durmiendo, pero ha sido la noche en la que más he descansado desde que estoy aquí. Todo por él .
Y ahora este momento mágico se ha resquebrajado. No quiero ni pensar la cara que debe de tener Candy. Justo ahora que comenzábamos una amistad, o eso creo, me descubre enredada con el chico que le gusta. Un día tranquilo, tan solo pido eso .
—Puede que ambos se hayan desmayado casualmente en el sofá juntos —sugiere Candy y, por su tono de voz, sé que ni ella se lo cree.
—Sí, no te jode —interviene Dennis—. Lo que les ha pasado es que se han fumado un porro del tamaño de la casa. Seguro que se lo ha pasado el Bart ese.
—¿Y por qué no les dejamos dormir? Parecen cansados —Esa tiene que ser Maude.
—¡Ya sé! —Tom da una palmada y todos le mandan bajar la voz—. Les ha caído un rayo.