Capítulo 21
Kyle
Tensión. Esa es una buena palabra para describir lo que ocurre entre nosotros.
Y calma. Otra palabra completamente contraria y distinta a la primera.
Es lo que ocurre antes y después de que se desate una tormenta.
Es el preludio del fin del mundo, ahí cuando asumes que se te va a caer encima y no puedes hacer nada al respecto.
Porque es que la miro y mi mundo se reduce a cenizas.
La miro y me recompongo, me cura todas las heridas que me ha ido dejando con el tiempo.
¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué es tan preciosa?
Estoy enfadado, pero no solo con ella. Estoy enfadado conmigo mismo cuando noto que todavía me flaquean las piernas al tenerla justo delante.
Lato por ella. Una y otra vez. Es como si mi corazón no supiera hacer otra cosa, como si no tuviese otra razón por la que seguir su ritmo.
El silencio lleva a los recuerdos, y los recuerdos me transportan a una época tan lejana que mi mente es incapaz de imaginar a color.
Teníamos seis años, éramos solo unos críos.
Fue el primer verano de Gala en Londres.
Sus padres acababan de divorciarse y no hacía mucho desde que Robert Hughes se mudó a su ciudad natal para trabajar cocinando en el restaurante de mi familia.
Él y mi padre eran mejores amigos de la infancia y, después de años viviendo en países distintos, volvían a encontrarse en el mismo lugar.
Es casi mágico que la siguiente generación estuviera a punto de escribir la misma historia.
Era menuda y morena, con un vestido azul que no parecía gustarle un pelo y una expresión que no debería pertenecerle a una chiquilla como ella.
Se sentó delante de mí en una de las mesas rectangulares del restaurante.
Dos batidos de chocolate. Dos niños mirándose fijamente.
Nuestros padres empezaron a cargar y descargar cajas mientras mis hermanos jugaban al fútbol fuera.
A mí también me gustaba, pero no se me daba bien darle al balón y atinar.
Siempre prefería quedarme dentro con mi cuaderno.
Aún no tenía una letra legible, mucho menos limpia, pero me gustaba escribir de vez en cuando.
Palabras sueltas, sobre todo. Palabras que ningún adulto comprendía pero que para mí tenían todo el sentido del mundo.
—Eres nueva —le dije con voz aguda, como si no fuera obvio. No era un niño especialmente tímido, así que no dudé en dirigirme a ella.
Una mini Gala se encogió de hombros.
—Supongo.
—¿Cómo te llamas? —pregunté mientras le daba vueltas a ese lápiz del mismo color de su vestido. Mi cuaderno estaba cerrado, pero no tardaría en abrirlo para apuntar su nombre.
—Gala.
Todavía soy incapaz de entender cómo conseguí que al escribirlo me saliera perfecto.
—¿Y tú? —inquirió de vuelta, sus grandes ojos marrones fijos en el papel garabateado.
—Kyle.
—Qué nombre más feo.
Me reí. Era la primera vez que me lo decían.
—Es un poco difícil de escribir —expliqué, mostrándole las pruebas al tenderle el cuaderno—. Son letras muy raras. La que mejor me sale es la «a», mira. —Le señalo su nombre—. Pero el mío no tiene ninguna.
No me importó que empezara a pasar las páginas sin pedirme permiso.
Tampoco lo hizo que me cogiera el lápiz y probara a mejorar mi caligrafía como si ella pudiera escribir con más claridad la forma en que me llaman.
He de admitir que le salió perfecto. Mucho mejor de lo que yo lo había hecho después de tanto practicar.
Me abracé a mi peluche favorito al tiempo que la observaba fascinado.
Quería que me enseñara, que me dijera su secreto al oído.
En su lugar, fue ella la que alzó la vista hacia mí y siguió hablando.
—¿Qué es eso?
—Un pingüino. —Lo achuché aún más. Ya casi tenía el pico doblado entre mis dedos—. Se llama Alitas, es mi mejor amigo desde que nací.
—Yo también tengo uno —murmuró—. Es un león.
—¡Oh! ¡Un león, qué guay! ¿Y dónde está? ¿Te lo has traído?
Gala negó con la cabeza.
—Se me ha olvidado en España.
Tardé un segundo en levantarme de mi asiento.
—Pues vamos a por él.
—Es que… —Jugó con sus dedos—. Habría que coger un avión. Mi casa está muy lejos.
—¿Cuánto?
—Un montón. Como a un millón de años de distancia.
No sabía mucho de números, pero eso no sonaba muy bien.
—Puedo decirle a Kevin que nos lleve en avión. Es mi hermano mayor, está jugando ahí fuera. Es súper fuerte, te lo prometo. Y muy listo. Seguro que sabe llevarnos hasta allí. Ven, vamos.
Le tendí mi mano, pero ella no me la cogió.
Descubrí que estaba triste desde el momento en que se mordió el labio para reprimir un puchero.
No la había visto sonreír desde que llegó, pero no quise darle mucha importancia.
Yo siempre estaba sonriendo, o al menos eso decía mi madre, pero entendía que no todo el mundo era así.
Me pregunté cuál sería la razón para que estuviera a punto de echarse a llorar.
Por aquel entonces nadie me explicó lo que supuso la separación de sus padres.
Era un crío, al fin y al cabo. Tampoco podría haber hecho nada al respecto.
Pero ahora Gala tendría que estar lejos de su madre durante todo un verano y, después, dejaría de ver a su padre.
Su vida estaba patas arriba, pero a mí me pareció la oportunidad perfecta para hacer una amiga nueva.
Una que se quedara conmigo en el interior del restaurante y no se fuera a jugar sin esperarme.
Gala se sentía sola. No fue esa la conclusión a la que llegué de primeras, pero sí se me ocurrió que tener a un amigo a su lado le sería de gran ayuda.
Seguro que estaba triste por su león. De hecho, mi cabeza infantil e inmadura se convenció de que aquel debía ser el único motivo.
Si a mí se me hubiera olvidado Alitas a un millón de años de distancia, no sé qué habría hecho. Llorar mucho, seguramente.
Entonces se me encendió la bombilla.
—Se me ha ocurrido una idea.
—¿Cuál? —La pequeña se sorbió la nariz.
—Te prestaré a Alitas hasta que recuperes a tu león.
—Nada me daba tanto miedo como separarme de mi mejor amigo, pero hubo algo dentro de mí, una chispa que se encendió al verla, que no pudo evitar preferir su sufrimiento al de ella.
La vi titubear, así que proseguí—: Yo ya soy muy mayor. Lo quiero, pero no lo necesito. Toma.
Tuve que insistir un par de veces más para que lo cogiera. Terca desde pequeña.
—Gracias.
Su agradecimiento vino acompañado de una sonrisa tímida. Fue ahí donde descubrí que todo sacrificio merecería la pena con tal de sacarle más de esas.
Gala se aferró al peluche con tanta fuerza que temí que lo fuera a estrangular.
Tuve que poner mucho de mi parte con tal de no decir nada al respecto.
Luego le acarició la cabeza y comprendí que ella lo cuidaría mejor que nadie, incluso mejor que yo.
Mi compañero de aventuras pasaría a manos de la que se convertiría en la persona más importante de mi vida.
—Tengo otra idea.
—¿Otra?
Asentí con la cabeza.
—Podemos ser mejores amigos —le solté sin rodeos—. A veces me aburre que Alitas no sepa hablar y tú eres muy divertida.
—¿Lo soy?
—¡Mucho!
Gala le dio un sorbo a su batido sin contestar. Nuestros pies chocaban constantemente al balancear debajo de la mesa y mi corazón se desbocó a la espera de una respuesta que nunca llegó en realidad.
—Nunca he tenido un mejor amigo —admitió.
—Yo tampoco.
Volvió a callarse, pero no hizo falta que dijera nada más.
Había algo en ella, algo oculto que relucía en sus pupilas y que se materializó en esa sonrisa menos comedida que me dedicó justo después.
No estaba acostumbrado a esa forma de brillar, pero me resultó tan atrayente que, aun siendo un renacuajo que ni siquiera sabía escribir la «k», me hizo ser consciente de que nunca volvería a ser el mismo.
Luego hicimos historia.
…
El presente me desborda como un cubo de agua fría.
A veces no es un lugar lo que te provoca nostalgia, sino una persona.
Y Gala siempre me ha provocado añoranza incluso estando delante de ella.
La echo de menos. La echo tanto de menos que siento cómo el hueco que ha dejado vacío en mi interior escuece al respirar.
Me muerdo el labio para reprimir un puchero y pestañeo un par de veces para disipar las lágrimas que amenazan con dar la cara en cuestión de segundos.
No me mires así, por favor. No me mires como si no hubiera pasado el tiempo .
Pero Gala no aparta sus ojos de mí. No me da ese gusto.
Así que soy yo el que acaba rompiendo el contacto visual y vuelvo a centrar mi atención en el cielo.
Las estrellas no lloran, ni siquiera tienen sentimientos, pero noto que tragan saliva.
A la Osa Mayor se le escapa un quejido y Casiopea busca una nube tras la que esconderse.
—¿Tú puedes dormir? —me pregunta rompiendo el silencio.
Niego con la cabeza.
—Yo tampoco.
Me encojo de hombros. Gala vacila antes de acercarse un poco más a mí.
—Es por mi culpa, ¿verdad? —Así, sin rodeos. Sin anestesia—. Por eso estás aquí.
Suelto aire por la nariz y me guardo las manos en los bolsillos.
No hace frío, pero estoy temblando. No quiero que note que estoy temblando.
Cierro los ojos y veo azul. El azul oscuro del cielo, el azul claro del lago.
El azul de su vestido el primer día que nos conocimos.
Azul. Azul. Azul. Qué color tan bonito y cuánto me ha cambiado la vida.
—¿Ves esas estrellas de allí? Las que están tan cerca de aquella nube.
—Señalo al firmamento con el dedo en vez de ser valiente y contestar a su pregunta.
Ella alza la mirada al cielo y, aturdida, asiente—.
Forman una constelación. Casiopea. Nunca antes la había visto tan nítida como ahora y eso que está nublado.
—No la conocía.
—Dicen que representa al amor —explico. No sé si le importa o no, pero no quiero parar de hablar—. Y ahí están la Osa Mayor, Orión y Andrómeda. ¿Conoces esas?
—No.
Se me escapa una sonrisa.
—Según la mitología, Andrómeda se enamoró de Perseo, que era un jinete que estaba a punto de salvarla de una maldición, nada más mirarlo a los ojos. ¿Sabes cuánto tuvieron que luchar para estar juntos? Mucho. Muchísimo tiempo.
—¿Como un millón de años?
Contengo el aliento.
—Como un millón de años —le confirmo con un nudo en el pecho—. Aunque lo importante es que lo consiguieron. Les costó, pero lo consiguieron. Fue Atenea quien los colocó ahí, en el cielo, para que no tuvieran que separarse nunca más.
Gala deja de mirar a las constelaciones para observarme.
—¿Antes sabías tanto sobre estrellas?
No hasta que perdí a la mía.
Me encojo de hombros en vez de ser sincero.
Un paso más por su parte y estoy perdido.
Mis ojos me traicionan y se centran en la chica a cuyo pelo lo mece la brisa.
El viento la acaricia como a mí me gustaría, el cielo la mira sin miedo.
No hay estrella, constelación o galaxia que brille tanto.
Aun siendo infinito, el universo no guarda nada que pueda compararse con ella.
Si Gala fuera Andrómeda y yo Perseo nos faltaría firmamento para que el destino pudiera pagar su deuda. Jamás podrá hacerse justicia.
—Deberíamos volver dentro —digo por fin. Sé que no es la respuesta que esperaba, pero Gala asiente de todas formas.
Estamos cansados de llevarnos la contraria.
La casa yace en silencio cuando todos sus habitantes duermen. Intento caminar con sigilo hacia las escaleras, con cuidado de no tropezar con ningún mueble, cuando Gala se queda quieta frente al sofá y opta por no seguirme.
—¿Qué haces? —susurro.
—Naisha está durmiendo en mi cama. —Oír su nombre me estremece—. Así que me quedaré en el sofá.
Eso sí que no me lo esperaba.
—Tengo una idea.
—¿Cuál? —Se muerde el interior de la mejilla.
—¿Por qué no subes a mi habitación? Deja que yo me quede aquí.
—Pero, Kyle…
—No creo que pueda conciliar el sueño. Es mejor que lo intentes tú.
Tengo que insistir un par de veces más para que acepte mi oferta y se vaya. Terca incluso ahora.
Me acomodo en el sofá con los músculos tensos y la idea de que esta va a ser una noche larga.
Cierro los párpados, pero no sirve de mucho.
Estoy tan cansado que incluso intentar dormir me supone un esfuerzo.
Me remuevo entre los cojines sin éxito. Entonces creo escuchar unos pasos.
Abro un ojo, después el otro. ¿Me he dormido y estoy sonámbulo?
Porque Gala ha vuelto y me está mirando.
—¿Gala? —pronuncio su nombre como si fuera un espejismo—. ¿Qué haces? ¿Por qué no…?
—Ya te he dicho que voy a dormir aquí. No puedo hacerlo sin esto.
Alitas. Está abrazando a Alitas. Mierda, me voy a poner a llorar. Pestañeo, pero esta vez no puedo controlarlo. Una lágrima se oculta entre la oscuridad mientras me recorre la mejilla.
—Lo sigues teniendo…
No es una pregunta, sino una afirmación.
—Todavía no soy lo suficiente mayor como para deshacerme de él —murmura—. No creo que lo sea nunca.
Y no respondo, pero no hace falta que diga nada más.
Sigue habiendo algo en ella, algo que reluce en sus pupilas y que se materializa en esa sonrisa que me dedica justo después.
Llevaba demasiado tiempo sin ver esa forma tan suya de brillar que me hizo consciente de que nunca volvería a ser el mismo. De hecho, nunca he vuelto a serlo.
Después la abrazo y reescribimos la historia.