Todo aquello que soñamos ser Capítulo 19
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Capítulo 19

Kyle

¿Perdón? ¿Qué acaban de ver mis ojos? Ni. De. Coña.

No puedo ni mirar a Gala, aunque a ella tampoco es que parezca importarle.

Se da un beso con otra persona después del momento tan íntimo que vivimos ayer en este mismo puto lago y decide que es ella la que va a ignorarme a mí.

Ella a mí. Bien. Perfecto. ¡Genial! ¿Se puede ser más imbécil e iluso que yo?

Me siento como si me hubiera pasado un camión por encima.

¿Qué digo? Uno no, mil. Mil camiones cisterna marcándome con sus ruedas sin piedad.

He amado a Gala desde el día en que la conocí.

Y, joder, nunca he querido ser esa clase de amigo que no es transparente del todo y oculta sentimientos que van más allá de la amistad, pero es algo que pasó sin que pudiera hacer nada al respecto.

¿Cómo no iba a enamorarme de Gala si cada segundo que pasaba con ella me daba cuenta de la persona tan increíble que era?

Y que es. Gala sigue siendo increíble porque lo lleva en las venas.

Tuve que lidiar con ello de la mejor manera que se me ocurrió: ignorándolo.

Asimilé que lo nuestro era una ecuación sin solución, un amor no correspondido que nada tenía que ver con el que leía en los libros o veía en las películas.

Pero ayer… Ayer pareció que nuestra historia podría cambiar de rumbo.

Solo que ella ha decidido volver a huir.

Me paso el resto del tiempo que nos quedamos en el lago observando a Naisha de reojo.

¿Qué tiene que no tenga yo? Vale, a ver, es guapa.

Guapísima. Tiene ese aura de chica mala que sé que a Gala le vuelve loca.

Y se la ve bastante valiente, mucho más de lo que yo lo seré jamás.

Quizás es justo lo que Gala necesita, una persona dispuesta a volar.

A dejarse llevar por la corriente. Me maldigo a mí mismo porque al final todo acaba siendo culpa mía.

Y es mi culpa no ser suficiente. Creo que nunca seré suficiente.

Lo de ayer fue tan solo un espejismo.

Repiqueteo la hierba en la que permanezco sentado con los dedos. No puedo más. Los demás continúan jugando como si no pasara nada, pero me es imposible ignorar el escozor que se me ha instalado en el pecho. ¿Es rabia? ¿Dolor? Se parece un poco más a la desilusión.

—Si me disculpáis, voy a tomar un poco el aire.

Tiene gracia porque estamos en mitad del campo. Me da igual. No los miro cuando me levanto, no estoy preparado para descubrir que a nadie le importa. Que a Gala no le importa. Como ya ha anochecido, apenas veo por dónde voy. Quizás tengo suerte, me tropiezo con una piedra, y me quedo inconsciente.

O quizás me acaba matando el asesino en serie que empieza a caminar detrás de mí y cuyas pisadas no disimula nada.

—¿Estás bien? —Resulta que el asesino en serie tiene una voz bastante dulce. Eso sí que no me lo esperaba. Lo que tampoco entraba entre mis planes es que tuviera el cabello pelirrojo y una sonrisa comedida. Candy se acaba poniendo a mi altura y comienza a caminar al mismo tiempo.

Me sorprende que haya venido a por mí.

—Perfectamente.

—¿Te has enfadado conmigo? —suelta sin rodeos. La chica es directa.

Está jugando con sus dedos y, aunque sus labios no flaquean en ningún momento, tiene la vista puesta en el suelo.

La luna juraría que está nerviosa y eso que solo puede verla a lo lejos.

Mis ojos, que la tienen tan cerca que podrían llegar a contar sus pecas, descubren que no solo está nerviosa. Está avergonzada.

—¿Yo? —Me coloco la mano en el pecho, incrédulo—. ¿Por qué iba a enfadarme contigo?

—Es que… —titubea. Candy titubea. Esto es nuevo—. Lo que he dicho antes…

Sacude la cabeza y se interrumpe a sí misma.

—Déjalo, no tiene importancia.

Me paro en seco.

—Claro que la tiene —le aseguro—. Dime.

Ella alza la vista.

—Siento que te he incomodado. Te juro que no era mi intención.

¿Incomodarme? ¿A mí? Pero ¿de qué está hablando?

—¿A qué te refieres, Candy? —La escudriño con la mirada, pero su rostro no me da ninguna pista. Odio que sea de noche porque así apenas puedo atisbar sus rasgos—. Tú nunca me incomodas.

—Antes… —vacila—. Cuando Rebecca me hizo esa pregunta al principio del juego…

—¿Ajá?

—Yo… —Carraspea—. No sé qué me ha pasado. Me he dejado llevar por la emoción del momento y no he podido evitar contestar. Lo siento. Lo siento mucho, de verdad.

Frunzo el ceño. No estoy entendiendo nada.

—¿Y por qué te disculpas? —inquiero—. Estabas en todo tu derecho de responder.

Ella me mira con esos ojos grandes y a mí se me cae el mundo a los pies.

No necesito que diga nada más porque mi lento cerebro lo acaba comprendiendo todo.

Se ha sonrojado. Ay, madre. Se ha sonrojado.

Y esta no es la primera vez que lo hace cuando estamos cerca.

Ahora entiendo las insinuaciones de Tom. ¿Habrán hablado del tema?

—¿Candy?

—¿Sí?

No sé cómo tengo el valor de preguntar esto.

—¿Quién es esa persona que te gusta?

Se pone aún más roja y ahí ya tengo la respuesta. Mierda. Mierda, mierda, mierda. La he cagado pero bien. ¿Será que escuchó mi conversación con Tom el otro día? Apareció de la nada y… ¿Cómo pude meter tanto la pata?

—Es un chico —murmura.

—Es un chico —repito.

—Un chico que me trata muy bien.

Se me acaba de romper el corazón.

—Es atento, simpático y se preocupa mucho por los demás. A veces hace cosas raras, pero eso es parte de su encanto. —Su sonrisa flaquea por momentos y me doy cuenta de cómo se esfuerza por mantenerla. Está temblando—. También es muy guapo.

—Seguro que no lo es tanto.

Ella se muerde el labio inferior.

—Oh, sí que lo es, pero no es lo más importante —me asegura—.

Lo que más me gusta de este chico es cómo me hace sentir desde el primer día.

Es como si me viera, ¿sabes? Y como si quisiera hacerlo.

Puede que no lo parezca, pero no todo el mundo me ve.

Hace que me sienta escuchada y presta atención a todo lo que digo, y eso que digo muchas cosas.

—Suelta una risita nerviosa. Yo me quiero morir—. Nunca antes había conocido a nadie así.

—¿Nunca? —susurro, casi con miedo.

—Nunca.

Ahora se me rompe el alma.

—Es que lo que dices es importante. Tú eres importante.

Candy se encoge de hombros y, dubitativa, se acerca un poco más a mí. Lo suficiente como para que, aunque ahora baje la voz, pueda seguir escuchándola.

—¿Crees que es demasiado pronto para confesarle todo esto? —susurra—. ¿Para confesarte que me gustas?

A pesar de la fragilidad de la situación, creo que es lo más valiente que alguien ha hecho nunca.

Aunque al principio le ha costado mirarme, ahora no deja de clavar sus ojos en los míos.

Es como si quisiera leer mi alma a través de ellos, como si ahí estuviera la respuesta que espera.

Ojalá no estuviera callado. Ojalá pueda tener el valor de decirle algo, lo que sea.

Pero yo sigo siendo un cobarde. Cobarde ayer, cobarde hoy y cobarde mañana.

Trago saliva sin dejar de mirarla. No soy capaz de mover ni un músculo.

Me odio por desear que fuera otra persona la que está a punto de declararse ante mí.

Soy un ser detestable cuando rompo el contacto visual y centro la vista en el círculo de personas donde todavía Gala está sentada.

Candy no se merece esto. Yo no me la merezco.

—¿Kyle?

—¿S-sí?

—Es demasiado pronto, ¿verdad? —Vuelvo a ser incapaz de pronunciar palabra.

Ella asiente con lentitud y vuelve a sonreír como si nada.

Empiezo a darme cuenta de que no todas sus sonrisas son sinceras.

De hecho, es probable que la mayoría no lo sean—.

Y encima acabo de pasarme tres pueblos. Ay, qué vergüenza.

Es que Tom me dijo que tú… Y yo pensé que…

—Sacude la cabeza—. Lo siento. Lo siento muchísimo. Perdóname.

Nunca me ha dado tanta rabia que alguien sienta la obligación de disculparse tanto.

—Candy. —La chica baja la mirada al suelo—.

Eh, Candy. Mírame. —No lo hace. Joder. Acabo posando las manos sobre sus hombros para que vuelva a prestarme atención.

Todo su cuerpo se sacude ante el contacto—.

Está bien, ¿vale? Todo lo que has dicho está bien y me alegra mucho que hayas tenido el valor de venir hasta aquí y contármelo.

Es algo que yo no habría hecho ni en un millón de años.

Y por eso te admiro tanto. Porque desearía ser como tú.

—Eres una chica increíble —le digo, aunque más bien suena a promesa.

Espero que se la crea. Candy traga saliva—.

Y ojalá no haber sido el único que te ha escuchado o visto en todo este tiempo.

Pero es que yo… —Es que yo soy un imbécil—.

Le dije algo a Tom que no era cierto —confieso por fin.

Después de lo sincera que ha sido conmigo, lo último que quiero es mentirle—.

Hubo un día en el que escuchó una conversación que no debía.

Me puse nervioso y le solté lo primero que se me pasó por la cabeza. Le dije que me gustabas.

Noto cómo se desinfla a medida que hablo.

—Y no es que no me gustes. — Mierda, ¿por qué he dicho eso? —. Es solo que… no así.

—No así —repite, sopesando mis palabras.

—No como mereces gustarle a alguien.

Porque Candy merece a alguien que no tenga ojos para nadie más.

Que, frente a una gran multitud de personas, solo sea capaz de mirarla a ella.

Y yo no soy esa persona porque llevo toda la vida mirando a la misma chica.

A Gala. Incluso ahora, en una de las noches más oscuras desde que estamos en Bibury, soy incapaz de no buscarla a lo lejos.

Solo puedo pensar en ella. Cuando me levanto, cuando me acuesto.

Pienso tanto en ella que me consume. Es la persona que más daño me ha hecho, pero también la persona a la que más quiero.

La quiero con fervor, como si hubiera nacido para ello.

La quiero con todo lo que soy y con lo que quedará de mí cuando suelte mi último aliento.

Y ahora, aunque se haya besado con otra persona y se vea incapaz de mirarme, sigo queriéndola como si fuera el primer día. Así de perdido estoy.

La luz tenue de la luna se refleja en los ojos azules de la chica que no sonríen como lo hace su boca.

Brilla tanto y es tan guapa que me maldigo a mí mismo por no poder darle lo que necesita, por ser incapaz de sentir nada más por nadie que no sea la chica que me robó el aliento cuando era tan solo un crío que no conocía ni la mitad de los sentimientos que iba a experimentar a lo largo de su vida.

Debería aprender a abrirme a más gente, a olvidarme de lo imposible.

Pero me temo que Gala me ha calado tan profundo que ya ha echado raíces en mi interior.

—¿Y si no ocurre nunca? —pregunta con voz trémula—. ¿Y si no me lo merezco?

La acerco a mi pecho y le doy un abrazo. Es uno que ambos necesitamos.

—¿Y si ocurre porque te lo mereces más que nadie en este mundo?

Solo se separa unos pocos centímetros para poder verme.

—¿Tú crees?

Le sonrío.

—Estoy seguro de ello.

A Candy se le ilumina el rostro y vuelve a abrazarme con fuerza.