Todo aquello que soñamos ser Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Eso la toma por sorpresa, pues forma una pequeña «o» con los labios.

—O sea, no hace falta —me apresuro a añadir—. Si quieres sí, claro…, pero no hace falta. Está bien si te quedas. Y si no también.

«Quédate —quiero decirle en realidad—. Necesito una distracción, lo que sea, para no cometer una locura». Naisha esboza una sonrisa ladeada.

—Creo que probaré esos espaguetis.

…

He terminado cocinando para todos. Por mucho que me pese, eso también incluye a Frank.

Me figuro que la comida debía de estar muy buena, porque me ha felicitado varias veces.

Eso sí, no se ha prestado voluntario a fregar los platos después.

En su lugar, lo han hecho Tom y Dennis, quienes han asegurado que estaban para morirse.

Me he sentido muy orgullosa de mí misma; por lo menos ahora saben que los vegetarianos no solo nos alimentamos de hierba.

Y por lo menos ahora hay un motivo para que les caiga bien .

—Naisha, ¿te parece si me grabas en el jardín? —propone Rebecca mientras estamos de sobremesa—. Se me han ocurrido un par de tomas que podrían quedar bien.

La susodicha asiente con gesto hastiado y ambas abandonan el comedor. Maude se ofrece a hacer té, así que finalmente nos quedamos Frank, Candy, Tom y yo solos.

—Parece que a Naisha no le gusta mucho su trabajo —comenta Candy en voz baja, temerosa de que esta la oiga.

Chasqueo la lengua.

—Es becaria. Deben de estar aprovechándose de ella al máximo y pagándole lo mínimo.

—Que dé gracias por tener un trabajo —refunfuña Frank.

Como sé que es mejor no discutir con el hombre, decido ignorarlo.

—¿Y por qué no hacemos un pícnic en el lago de ayer? —dice Candy—. Antes nos contó que no tiene planes para hoy y seguro que la animaría pasar la tarde con nosotros.

En otro momento objetaría que beber una botella de vino y ver El diario de Bridget Jones es uno de los mejores planes que existen en el mundo. Sin embargo, Candy tiene razón. A Naisha parecía gustarle comer con nosotros, no porque le obligue la empresa, sino porque ella misma aceptó quedarse.

—Me parece una gran idea —accede Maude, quien ha regresado con la tetera llena—. Voy a preparar unos pastelitos para llevar.

—¡Estupendo! —exclama Candy.

Kyle me mira de reojo y sé que está pensando lo mismo que yo: vamos a volver al dichoso lago donde casi…

Se me tensan los músculos. Opto por excusarme con que no me apetece té y que subiré a la habitación un rato.

Bastante tengo con la marabunta de pensamientos y emociones que parecen seguirme a todos lados como una nube negra sobre mi cabeza.

Lo de ayer fue un desliz. Una recaída. Nos dejamos llevar por la magia de un lago de ensueño, la tentación de lo prohibido, los mosquitos, ¡o qué sé yo!

Pero no va a volver a ocurrir. Enfadada o no, lo nuestro no puede ser más que un simple acercamiento.

Amigos, nada más que eso. «Si es que algún día podemos volver a llamarnos así», pienso con amargura.

Me conformaré con eso, ansiar más sería jugar a ser Prometeo desafiando a los dioses.

La chispa, Gala, la chispa… No dejes que te prenda .

Solo tengo que echarle un rápido vistazo a la expresión de Kyle —angustiada, temerosa— para saber que pensamos lo mismo. El silencio es nuestra mejor opción.

Una vez en mi cuarto, medito lo que me voy a poner esta tarde.

Ya que he accedido por segundo día consecutivo a hacer planes en grupo al menos quiero ir decente.

Yo no soy Candy, así que el rango de tonalidades de mi vestimenta va del negro al negro más oscuro.

Me decanto por un top con el logo del club de vóleibol Karasuno de Haikyuu —es decir, mis mejores galas— y unos pantalones cortos.

Me recojo el pelo en un moño y me aplico crema solar en la cara. ¡Lista para una pasarela!

Por primera vez en todo el día, reviso las notificaciones de mi móvil.

Tengo varios mensajes de mi madre, pero no les hago mucho caso.

Lo último que necesito ahora es una de sus frases mordaces.

Todavía siento cierta presión en el pecho al pensar en ella y en sus últimas palabras en el aeropuerto: «Como no vengas con un contrato editorial, ya puedes empezar a enviar currículums para conseguir un trabajo de verdad y olvidarte de esta fantasía».

En su lugar, escribo a mi padre para informarle de que he hecho una de sus recetas.

Es una forma de sentirme más unida a él, cosa que hace tiempo que no me pasa.

Todavía con una sensación amarga, me dirijo a la planta baja.

Ayudo a Maude y Candy a preparar pasteles —Candy me mira como si me hubiera poseído el demonio— y les doy algunas de las recomendaciones de mi primo, que hace unos postres para chuparse los dedos.

Llegada la media tarde, hacemos acopio de todas nuestras provisiones y nos encaminamos al lago.

Por suerte, Candy tiene muy buena memoria y sabe cómo regresar.

Colocamos una manta sobre el césped y nos sentamos alrededor.

Sacamos limonada, refrescos, pasteles y fruta.

A Naisha se le ha ocurrido traer el vino «por si queremos darle algo de emoción».

A pesar de que el alcohol no me trae ningún buen recuerdo, tal vez lo necesite para enfrentarme a las constantes miradas de Kyle.

Eso sí, Naisha ha amenazado a Rebecca de muerte si se plantea por un solo segundo subir algo de eso a sus redes sociales.

Honestamente, no se me pasaría por la cabeza enfadarla, porque puede dar mucho miedo. Es decir, enfadarla otra vez .

—Cuéntanos sobre ti, Naisha —la incita Candy—. Apenas sabemos nada de tu vida y te encargas de abastecernos con comida y bebida. No parece muy justo.

La chica se encoge de hombros y le da un trago a una lata de refresco.

—No es tan emocionante como piensas.

—¡Venga ya! —replica Rebecca—. Trabajas para la editorial Blissbridge.

—Y tú eres influencer , no creo que tengas mucho que envidiarme. —Se ríe con sorna—. Además, solo soy la becaria.

—Eso es trabajar —apunto con seriedad—. Aunque te exploten y te paguen una mierda.

—Bah.

—Los jóvenes de ahora tenéis un vicio por quejaros… —interviene Frank.

Todos lo callamos con la mirada. Dennis propone darse un baño y Rebecca, Tom y Naisha aceptan.

Al principio, Kyle se niega y sé por qué.

Si los recuerdos de ayer le acechan una mínima parte de lo que a mí, yo tampoco me metería en ese lago.

Se me encienden las mejillas de solo pensar en mis manos sobre sus brazos, su pecho, su espalda.

El roce de su cintura con la mía. Su cabello mojado, las gotas de agua cayéndole con lentitud sobre su tez, tan calculadas como si hubieran estado talladas en piedra.

Me obligo a centrarme en… en… ¡en esa mariquita que se me ha posado sobre la rodilla!

De repente, ardo en deseos de convertirme en entomóloga.

Tom tira del brazo de Kyle para que se bañe con él, porque cree que habrá tiburones o medusas o algo así en el lago.

Debe de sonar convincente, porque parece que el chico acepta a regañadientes.

No le hago mucho caso a la conversación en sí, mis ojos están posados en la facilidad con la que Kyle se deshace de su camiseta. Jo-der. Que alguien me abanique ya.

Casi que es mejor quedarme a la sombra de un árbol en compañía de Maude y Candy, bien lejos de Kyle. Eso sí, mi estúpida mirada traicionera no le abandona ni un segundo. Soy incapaz de centrarme en cualquier cosa que no sea él. Mi carrera en entomología ha sido breve.

—Entonces, ¿te gusta? —pregunta Candy.

Doy un respingo. ¡Menuda pillada! Empiezo a sacudir la cabeza, pero la pelirroja posa una mano en mi antebrazo.

—Se te nota —dice con una sonrisa pícara.

—No, no, te estás equivocando. —Hago aspavientos para darle énfasis.

Maude sonríe de medio lado, sin intervenir.

—No tiene sentido negarlo. No hay más que ver cómo se te cae la baba con ella.

—No, yo…

Espera un momento. ¿Ha dicho «con ella »?

Miro a la chica de hito en hito. Su expresión es risueña, como de costumbre, con cierto tinte de astucia.

Me vuelvo hacia el lago, donde Kyle está hablando con Naisha.

Espera, ¿en qué momento se han puesto a hablar estos dos?

Candy debe de preocuparse entonces, porque se apresura a hablar.

—Oye, lo siento si he asumido tu sexualidad. Ahora que lo pienso no está nada bien y…

—No —interrumpo—. Es decir, soy bisexual. No pasa nada.