Todo aquello que soñamos ser Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Y no solo de estar enfadada contigo, sino también con el mundo. No puedo más. —Noto la desesperación tanto en su voz como en su rostro—. Así que voy a meterme, contigo o sin ti. Necesito hacer esto por mí.

Así que sigue siendo impulsiva. Padre nuestro que estás en el cielo…

Se está quitando la camiseta. Gala se está quitando la camiseta delante de mí.

¡Delante de mí! Tendría que dejar de mirar, sería lo más sensato.

Pero ¿cómo voy a hacerlo si ella no deja de clavar sus ojos en los míos?

Parece que lo está haciendo a posta, como si quisiera acabar conmigo y este fuera su plan de venganza desde el principio.

¿Enfadada? Lo que está es furiosa. Se me seca la boca y empiezo a sudar.

Cuando se deshace de sus pantalones cortos tengo que recordarme que no es la primera vez que la veo en bikini.

Bueno, técnicamente está en ropa interior, pero viene a ser lo mismo.

Sabes que no es lo mismo.

Mierda. No es lo mismo.

Esas curvas… Joder, esas curvas. Su cintura, su piel bronceada por el sol.

El ombligo con forma de estrella y los lunares que le recorren todo el cuerpo, muestra de cuánto la besaron en una vida pasada.

Me dan ganas de encargarme de que tenga aún más marcas en la próxima.

No puedo dejar de mirarla, y eso que no debo.

Es cuando sientes la tentación de alzar la vista al cielo y posarla en el sol.

Brilla tanto que me paraliza. Creo que me estoy mareando.

Ya no solo he perdido sangre a causa de los mosquitos, sino que la última que me queda amenaza con irse a una parte específica de mi cuerpo.

Por favor, no.

Me veo obligado a meterme en el agua yo también si no quiero avergonzarme delante de ella.

Tiro mi camiseta al suelo, no sin antes refunfuñar, y me sumerjo en el lago como si se me fuera la vida en ello.

Mis músculos se tensan debido a lo fría que está, pero también consigue que la piel deje de picarme tanto. Al final va a tener razón y todo.

—Vaya, si decías que no querías bañarte. —Gala chasquea la lengua. Ella se va introduciendo poco a poco, aclimatándose a esta nueva temperatura—. ¿Tan fácil sigues siendo de enredar?

¿Por ti? Siempre.

Aprieto los labios y pongo los ojos en blanco. Lo que no esperaba es que tuviera que reprimir una sonrisa.

—¿Te acuerdas de cuando jugábamos a las sirenas en la piscina de tus padres?

—¿Te refieres a cuando me obligabas a jugar a las sirenas? —la corrijo—. Sí, claro. Te ponías pesadísima.

No me espero que lo que haga en respuesta sea salpicarme.

—¡Eh! —me quejo, pero en esta ocasión no puedo contener la risa—. ¿Qué mosca te ha picado?

—¿A mí? Ninguna. Qué pena que no puedas decir lo mismo. —Me salpica de nuevo, ya sumergida del todo—. Y no vuelvas a llamarme pesada.

—¿O qué?

—O te salpicaré otra vez.

Levanto las cejas.

—Pesada.

Me entra agua en el ojo. Lo ignoro.

—Pesada —repito.

Esta vez lo hace en el oído.

—Pe…

—Atrévete.

—Sa…

Ambos sonreímos.

—Da.

—Bien. Tú lo has querido.

Entonces volvemos a ser ese par de críos que no tenían ninguna preocupación más que la de hacer feliz al otro.

Empezamos a tirarnos agua en una pelea que nada tiene que ver con las que nos hemos visto envueltos durante todos estos días, incluso la que ocurrió años atrás.

No sabía que podía llegar a ser tan fácil.

Habría jurado que nunca volveríamos a bajar la guardia.

No así. No como si estuviéramos destinados a hacerlo.

Desearía no ser consciente de que este momento es tan efímero como las estrellas fugaces.

Si no lo supiera, quizás podría disfrutarlo más.

—¿Sigues queriendo alcanzar a los otros? —me pregunta Gala casi sin aliento.

—¿Tú qué crees?

—Dímelo.

Y ahí está otra vez. Esa palabra… Dímelo. Dímelo. Dímelo. Me suena a conjuro.

—Sería lo más sensato.

—Pero no lo que quieres —afirma—. Ni lo que quiero yo.

Qué débil es la carne y qué poco me apetece resistirme.

Se acerca a mí y yo solo quiero suplicarle que me arruine de todas las formas posibles.

Que acabe conmigo, que me deje sin nada.

Creo que incluso se lo agradecería. Qué poco me dura el rencor, ya ni siquiera me acuerdo por qué hubo un día en el que me alejé de ella.

Ahora solo puedo pensar en lo jodidamente cerca que está, y en lo jodidamente guapa que es.

Y esos labios. Dios, esos labios. Si ya son bonitos, no me quiero ni imaginar cómo se verían pegados a los míos.

—¿Cómo sabes lo que quiero?

Tiene la indecencia de morderse la boca.

—Me lo puedo imaginar.

Joder. Joder, joder, joder. Me veo obligado a sacudir la cabeza para no mandarlo todo a la mierda.

¿En qué momento Gala ha pasado a mirarme así?

Como si quisiera devorarme, como si viera en mí lo mismo que yo siempre he visto en ella.

¿Seguirá siendo esto un producto de mi mente? ¿Estaré alucinando?

Pero no lo estoy, porque sigue acercándose.

—He sido una imbécil por pensar que podría olvidarme de tu existencia —prosigue—. No puedo.

Suelto aire por la nariz.

—Yo tampoco —confieso con voz áspera—. ¿Cómo cojones podría alguien olvidarse de ti?

Ninguno se da cuenta del poco espacio que queda entre nosotros hasta que nuestras respiraciones se entremezclan para formar un solo suspiro.

—Pregúntamelo otra vez —la tanteo.

Ella no lo duda ni un segundo.

—¿Qué habría pasado?

Llevo las manos a su nuca y enredo su pelo húmedo en una de mis manos. Con cuidado, inclino su cabeza hacia atrás para que pueda mirarme mejor. Gala no se queda atrás y me coloca las piernas alrededor de las caderas. Si se acerca mucho va a acabar descubriendo cuán perdido estoy por ella.

—Justo lo que estás pensando —repito lo que dije anoche.

—¿En qué estoy pensando? —Su susurro me acaricia la boca—. Dímelo.

Casi se me escapa un gemido por escuchar esa palabra una vez más.

Apoyo las manos en su cintura desnuda y acorto todo el espacio sobrante entre nosotros.

Así es como le demuestro que no aguanto más, que me tiene comiendo de la palma de su mano.

Gala se muerde el labio al notar el efecto que provoca en mí.

Si supiera la de veces que he soñado con este momento, la de noches que he pasado sin dormir con tal de no seguir besándola en sueños.

Quería proteger nuestra amistad a toda costa, pero esta ya no existe.

Ya sabemos lo que supone destruirla. No tenemos nada que perder.

—Vas a tener que currártelo más si quieres que me rinda —le advierto.

—¿Más? —Acerca su nariz a la mía y la acaricia. Después menea las caderas en un vaivén que promete llevarme a visitar el infierno—. ¿Así?

Hostia puta.

—No es suficiente —susurro, tan cerca de su boca que un desliz podría provocar el fin del mundo.

Ella sonríe.

—¿Quieres que te lo diga yo?

Sí, joder. ¡Sí!

—¿Estás segura?

—No me importa dejarte ganar esta vez.

Y va a decirlo. Juro que va a decirlo. Veo cómo se aclara la garganta y separa esos labios tan bonitos para acabar con esto de una vez por todas.

La veo tan segura, tan dispuesta a rendirse por mí, que podría reducirme en cenizas en cualquier momento y yo terminaría dándole las gracias.

El problema es que nada nos sale bien y, antes de poder escuchar lo que tiene que decir, es otra voz la que nos interrumpe.

—¡Conque ahí estabais! —exclama Bart, sin aliento. Nos separamos antes de que pueda llegar a conclusiones que para nada serían erróneas—. Ya hemos encontrado la casa. No está muy lejos de aquí.