Capítulo 17
Kyle
Ya puedo tachar de mi lista de cosas por hacer perderme en un pueblo de menos de mil habitantes.
Si a Bart ya le ha costado guiarnos a la ida, no sé por qué hemos tenido la esperanza de que supiera llevarnos de vuelta.
No solo se muerde el labio con nerviosismo, sino que también ha empezado a ingerir sus propias uñas.
Las mastica como si fueran un tentempié digno de estrella Michelin mientras camina sin rumbo sin ser consciente de que Tom ya va por su tercer ataque de nervios.
A su lado, Dennis se fuma otro cigarrillo más y le promete que, de venir un asesino en serie a matarnos a todos, él hará todo lo posible por mantenerlo a salvo.
—Siempre y cuando no me despelleje vivo —apunta el susodicho—. O me corte las dos manos.
El rostro de Tom se torna lívido. Solo espero que aún nos queden varias horas de luz.
¿Y qué hablar de los mosquitos? Si el plato preferido de Bart son las uñas, el de estos pequeños cabrones con alas es mi sangre.
Se la beben cual mojito en verano y, aunque me halaga la idea de pensar que soy tan dulce como para parecerles irresistible, ya me está empezando a picar todo el cuerpo.
Y cuando digo todo el cuerpo, es todo el cuerpo.
Me rasco un brazo, después el cuello. Me rasco el abdomen, después la rodilla.
Hambre no han pasado, eso seguro. Debería haberles cobrado, como mínimo, por el servicio.
Luego está Gala, que es evidente que no piensa lo mismo.
Ha evitado acercarse a mí durante todo lo que ha durado la excursión.
Agarrada de la mano de Maude, lidera la marcha junto a Bart en busca de la acogedora casita en la que nos hemos estado hospedando.
A veces se me desvía la mirada. Como va caminando por delante, mis ojos me traicionan y la observan de arriba a abajo.
Vale, puede que más abajo que arriba, pero prefiero no entrar en detalles.
Al menos se me está dando bastante bien esto de ser invisible.
Me lo pidió ayer y no pude decirle que no, por mucho que mi corazón esté deseando preguntarle cómo se encuentra hoy.
Sus redes han seguido ardiendo y mi culpabilidad no hace más que crecer.
Ya ni siquiera me creo con el derecho de estar enfadado.
—Queda poco, ya veréis —asegura Candy al tiempo que da saltitos a cada paso que avanza—. Puedo oler nuestro destino muy cerca. Lo noto.
—La cuestión es si Bart tiene ese sentido del olfato tan desarrollado como tú… —dice Dennis antes de darle otra calada a su cigarro. Uno más y se acaba la caja.
—Bueno, si dejaras de fumar, quizá olería a algo además de humo —responde el aludido—.
Según mis cálculos, y teniendo en cuenta la posición del sol, la casa debe de estar por el oeste.
¿O es el sur? O el norte. Mmm… ¿Alguno tiene la aplicación de brújula en el móvil?
Creo que me estoy perdiendo. —Suelta una risa nerviosa.
Está a punto de hincarle el diente a sus uñas de los pies.
Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas, supongo.
Todos negamos con la cabeza—. En ese caso, ¡que no cunda el pánico! Probaremos por el este y luego…
Estoy por tirarme a la carretera y dejar que me atropelle un coche. Que Candy siga sonriendo me parece un acto digno de admiración. Cualquiera diría que los mosquitos le están cantando al oído.
—¡Eh, mirad! —chilla y me lleva a pensar que no solo le están cantando, sino también dándole caricias y besos en las mejillas—. ¿Eso de ahí no es un lago?
Entonces se pone a correr y a los demás no nos queda otra que seguirla. Ahí es cuando la vegetación se hace más frondosa, incluso más verde. El sol deja reposar su brillo sobre las aguas cristalinas y cualquiera diría que hay estrellas que han bajado a refrescarse.
Es la primera vez que veo uno así de cerca y, si fuera fotógrafo, no habría tardado ni un segundo en inmortalizar semejante imagen.
—Genial —ironiza Bart—. Maravilloso. ¡Fantástico! Ahora no sé cómo seguir desde aquí.
—Pero ¿de dónde ha salido este tío? —se queja Dennis.
Eso mismo me pregunto yo.
—Perdón, ha sido culpa mía —se disculpa Candy con las mejillas arreboladas—. No debería haberme distraído, pero es que lo he visto y…
—No pasa nada —añade Gala, lo que me sorprende. ¿Acaba de darle un apretón en el hombro? Acaba de darle un apretón en el hombro. Me pinchan y no sangro—. Tampoco es que antes estuviéramos yendo por buen camino.
—Ya, pero…
—Pero nada —la interrumpe Maude—. Esto también forma parte de conocer el pueblo. Si no te hubieras dado cuenta, nos habríamos perdido estas vistas tan bonitas.
Gala asiente con efusividad. Creo que el veneno de los mosquitos me ha drogado. Dentro de nada aparece en escena un perro verde.
—Maude tiene toda la razón —continúa.
Veo cómo Candy le da las gracias con esos ojos de cristal.
—¿Alguien con mejor sentido de la orientación puede quedarse con la ubicación de este sitio? —pregunta Tom, ahora mucho más calmado. Me extraña que no piense que el asesino en cuestión pueda estar camuflándose entre tanto arbusto—. Así podemos volver otro día.
—¡Qué buena idea! —exclama Candy, emocionada. Su tez vuelve a estar del mismo color de siempre—. ¡Sí, sí! ¡Podríamos incluso hacer un pícnic!
Me encantaría formar parte de la conversación, pero es que las picaduras me están matando.
Dejo de prestar atención porque no puedo parar de rascarme.
Y sé que no debería, que las ronchas van a empeorar, pero me cuesta evitarlo.
Siseo, tan desesperado que no me doy cuenta de que alguien se coloca a mi lado.
—Naisha dejó un botiquín completamente equipado en la casa —me informa una voz que tiene que ser producto de mi imaginación—. Y me traje esto por si acaso.
Pestañeo un par de veces cuando Gala me enseña una pomada antimosquitos.
—Siempre has sido un imán para los insectos.
Vuelvo a abrir y a cerrar los ojos, esta vez más lento.
No me puedo creer que tenga a Gala delante.
Después de lo de hoy, después de lo de ayer .
¿Le habrán drogado a ella también? Se suponía que yo iba a ser invisible, pero no lo parezco tanto ahora que me escudriña con la mirada. Soy más visible que nunca.
—¿Y el perro?
—¿Cómo dices? —Enarca una ceja.
¿Dónde está el perro verde?
Sacudo la cabeza.
—Gracias —digo al tiempo que me hago con el bote. Nuestros dedos se rozan unos instantes y a mí se me va a ir la cabeza. Dímelo —. No tenías por qué.
Ella se encoge de hombros.
—Es que me he cansado de estar tan enfadada.
Esas palabras son como un dardo tranquilizante directo al corazón.
Escucho cómo los demás reanudan la marcha cuando pisan la hierba húmeda, pero yo me quedo en el sitio, tan paralizado como si acabara de convertirme en la estatua principal de un museo.
Gala se da la vuelta, deja de mirarme para seguir al grupo. No puedo permitir que se vaya otra vez.
—Yo también —musito, utilizando un tono de voz tan bajo que nadie más puede escucharlo. Al menos es suficiente para que ella lo haga. Mis pulmones se vacían de aire cuando la chica vuelve a encararme—. Es agotador.
—Lo es.
Asiento.
—Mucho.
—Muchísimo —confiesa.
Nos quedamos en silencio. Solos y en silencio.
No es incómodo como el de todo este tiempo atrás.
Es uno que no pesa, que no estorba. La brisa de verano le revuelve el pelo, a mí me acaricia la piel haciéndome imaginar que es ella.
Trago saliva para aliviar el nudo que se me ha instalado en la garganta.
Aprieta y escuece. Apenas me deja respirar con normalidad.
Nunca la he visto tan… vulnerable. Tan abierta a compartir espacio conmigo.
¿Me lo merezco? Es bastante probable que no.
Pero a veces no puedo evitar ser egoísta y no pregunto nada al respecto.
Quizá así pueda alargar un poco más el momento.
—Siento mucho lo que te dije ayer.
Si esto es un sueño juro no volver a despertar jamás.
—Siento mucho haberme convertido en esto —suelto.
Y luego más silencio.
Los segundos pasan, también los minutos, pero para nosotros el tiempo parece haberse detenido.
¿Cuánto hacía que no la miraba así? Con auténtica devoción, como si siguiera admirando a la persona que más daño me ha hecho en el poco tiempo que llevo en este mundo.
Y es que la cuestión es que nunca he dejado de hacerlo.
Pudo haber roto muchas partes de mí, pero esa parte que aún la quiere siempre ha permanecido intacta. Supongo que es la más resistente.
—Kyle…
—Gala…
—Todavía no te has echado la pomada. —Se me encienden las mejillas ante su comentario. Joder, es verdad. ¿Tan embobado estoy?—. ¿Te pica mucho?
Asiento.
—Por todas partes.
Incluso en la espalda, ahí donde no llego a rascarme.
—Nunca llegaste a hacerte las pruebas de la alergia —asegura.
A mí se me salta un latido por el hecho de saber que se acuerda—.
Pero creo que es bastante evidente. Una vez leí que darse un baño con agua fría puede calmar el picor.
—Su mirada se dirige al lago. Estoy a punto de replicar cuando se atreve a decir—: ¿Y si nos metemos?
¿Y si me muero, mejor?
—Pero los demás… —vacilo.
—Ya los hemos perdido de vista.
Alerta infarto. Repito: ¡alerta infarto!
Se me va a salir el corazón del pecho para darse un chapuzón antes de que yo me niegue a hacerlo.
Está deseando nadar con Gala, el muy cabrón traicionero.
Mientras que mi mente me recuerda el sinfín de razones por las que esto está mal, el órgano palpitante solo quiere dejarse llevar.
—Gala…
—Kyle…
Estoy a puntito de decirle que sí. Una picadura más y el veneno no dejará ni rastro de cobardía. Será como si me bebiera cinco botellas de tequila enteras mientras como magdalenas con ingredientes sorpresa. Una lástima seguir tan sobrio como para pensar con claridad.
—Ni siquiera tenemos bañador. Y está a punto de anochecer. No es buena idea.
—Ya te he dicho que estoy cansada —replica.
—Sí, pero…