Todo aquello que soñamos ser Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Nos rodea el gorjeo de los pájaros, el frufrú de las hojas rozándose, un olor dulzón a tierra, y aún así toda mi atención está puesta en Maude.

Por primera vez en mucho tiempo me siento parte de algo.

Sus manos entre las mías son un cobijo, un ancla aferrándome a la realidad.

Me susurran que me quedan años y años, que lo que ahora parece una montaña imposible de escalar pronto se convertirá en un suave valle.

«Respira», parece decirme su mirada. Así que lo hago.

—Gracias —murmuro cohibida.

—No las des. —Lleva el índice a mi sien y le da unos golpecitos—. A ver si mi historia te sirve para aprender un par de cosas. No seas tan dura contigo misma. Ni con los demás, ellos no tienen la culpa.

Un sentimiento ácido me sube por la garganta.

Tiene toda la razón, en el fondo lo sé. La envuelvo en un abrazo fuerte, de esos que te curan por dentro aunque sea durante una milésima de segundo, hasta que unas voces nos interrumpen.

Candy, Kyle y Bart vienen hacia nosotros, muy seguidos de Tom y Dennis.

Al principio, pienso que se han preocupado al ver que Maude y yo no estábamos detrás de ellos.

No es hasta que escucho a Candy hablar que entiendo lo que sucede.

—Oye, Bart. ¿Estamos muy lejos de Bibury?

—Mm…

—No me gusta cómo suena eso —protesta Kyle.

—¿Esas no son Gala y Maude? —Tom se gira hacia atrás y comprende al fin que no les seguíamos.

—¿Acabamos de dar la vuelta más absurda del mundo? —gime Dennis—. Todo esto es culpa de Gala. ¡Dijiste que conocías a alguien de aquí!

Me encojo de hombros.

—Y fuiste tú quien decidiste creerme.

—¡Nos van a asesinar! —proclama Tom con los brazos en alto como en una plegaria—. ¡Nos van a comer los leones!

—Dudo mucho que haya leones aquí, chavalín… —interviene Kyle, a quien ignora.

—¡Frank va a ganar el concurso!

Pongo los ojos en blanco.

—Va a ser que no, me niego —replico, echando a andar hacia Dios sabe dónde—. Antes me peleo con una oveja… o cerdo… o lo que sea que haya por aquí que permitir que Frank se convierta en el prodigio de la editorial Blissbridge.

Por suerte, tan solo tardo un par de zancadas en dar con una salida, lo que Bart se toma como una victoria personal.

—¡Veis! —exclama—. Estábamos cerca.

Señala el paisaje frente a él. Hemos llegado a lo que parece el centro del pueblo.

En realidad, es un puñado de casas de piedra que rodean a una pequeña iglesia.

Prefiero no mencionar el hecho de que podríamos haber seguido la carretera principal en vez de meternos por el campo y habríamos tardado menos.

—Gracias, Bart —dice Candy, y parece que es completamente en serio. ¿Cómo puede ser tan amable con todo el mundo y que no le dé una embolia? No me vendrían mal un par de consejos por su parte.

—¿Y aquí no hay donde tomar algo? —pregunta Dennis.

Doy unos pasos hacia la iglesia. Hay un par de vecinos paseando por la zona, pero lo único que se escucha es el suave silbido del viento entre las ramas de los árboles.

Inspiro y huelo el frescor del verano, la naturaleza en su estado más puro.

El sol, cuyos rayos se ocultan tras alguna que otra nube, acaricia con delicadeza mi tez.

Siempre me he considerado una persona de ciudad.

Me gustaba ir al pueblo de vez en cuando, pero acababa aburriéndome a la semana por falta de estímulos.

Sin embargo, este es el momento exacto en el que descubro que me podría acostumbrar a esto.

La quietud de Bibury consigue apagar el incesante zumbido de mis pensamientos.

—Bonito, ¿verdad?

Doy un respingo al reparar en Candy a mi lado.

—Sí, sí lo es.

Ella mira por encima del hombro y, cuando comprueba que los demás se han alejado, me encara.

—¿Te pasa algo conmigo?

Clara y concisa, sin rodeos. Tardo unos segundos en asimilar sus palabras.

No tengo respuesta para ella, esa es la realidad.

Candy es la personificación de la primavera: la mezcla de colores cálidos de los árboles en flor.

Es radiante, con un brillo equiparable al sol.

Candy es la persona que me gustaría ser.

Es la persona que Kyle se merece. Quizá por eso me empeñe en odiarla cuando, en realidad, es lo último que se merece. Suspiro avergonzada.

—No —contesto.

Ella se muerde el labio, no muy contenta con mi respuesta.

No seas tan dura contigo misma. Ni con los demás, ellos no tienen la culpa .

Me quedo callada. Contemplo las lápidas del cementerio, las hojas bailando con el piar de los pájaros, el verdor que lo une todo.

Por desgracia, no hallo respuesta en ninguna de esas cosas.

Durante toda mi vida he huido de los problemas.

Sé que el cambio viene desde dentro de mí, pero es tan difícil y estoy tan agotada.

—Si he hecho algo que te haya molestado puedes decírmelo —susurra Candy.

Un «no eres tú, soy yo» sonaría demasiado cliché. Pero es cierto: yo soy el problema. Una revelación me atraviesa como un flechazo. La historia de Maude se entremezcla con mis propios recuerdos y todo parece cobrar sentido. Se me seca la garganta.

Tenemos diez años. Estamos en el restaurante de los padres de Kyle.

Su madre se ríe y las arrugas se marcan alrededor de sus ojos.

Estamos apurando las últimas patatas fritas que quedan en el plato.

No hay nadie más, todo el local está vacío.

Es el cumpleaños de Kevin. Y entonces Kyle, con la mejor de sus sonrisas, dice:

—¿No es un día estupendo? ¡Estoy muy contento de que estemos todos juntos!

Mi padre saca la tarta y todos somos tan felices que no existe nada más. Los Walker y los Hughes, dos fuerzas imparables.

Tenemos quince años. Estamos en mi pueblo y no quepo en mí de la alegría porque mi mejor amigo ha venido a España.

Mi primo Gabriel nos lleva en coche a Madrid y nos creemos muy adultos por ir a tomar un café en la Plaza Mayor.

Kyle me mira como si fuera la única estrella de todo el firmamento y dice:

—¡Hay tanto por hacer! Vamos a explorar, a perdernos por ahí.

Tenemos veintiún años, toda la vida por delante.

Hay un futuro lleno de posibilidades ante nosotros.

Tenemos miedo, nadie es inmune a esa sensación.

Pero estamos juntos, eso es lo que importa.

Quedo con Kyle en Hyde Park, en nuestro rincón de siempre.

Me dedica la más brillante de todas las sonrisas antes de decir:

—Siempre voy a estar para ti.

No soy capaz de mirar a Candy. La realidad es que me recuerda al Kyle que un día quise, con el que vivía cada día como si fuera el último.

Kyle y yo éramos dos caras de una misma moneda.

Él era el día y yo la noche. Cuando nos alejamos todo mi mundo se tornó oscuro y desde entonces nadie ha sabido penetrar esta negrura.

Candy y Kyle comparten esa pasión por la vida, esa risa que es como un cálido abrazo.

Un sentimiento amargo me paraliza al pensar en lo mucho que se parecen.

De hecho, se asemejan tanto que formarían una pareja preciosa.

Pero yo no quiero que lo sean, yo quiero que Kyle me siga mirando como lo hacía antes.

Quiero guardarlo para mí, aunque sé que no es justo.

Este no es nuestro momento, sino el suyo con Candy.

Aprieto los labios. No puedo demostrarle a Candy lo rota que estoy por dentro. Lo mucho que la envidio. La forma en la que sigo queriendo a Kyle después de todo. Nadie puede saberlo.

—Candy, yo… —Me atraganto con mis propias palabras—. Lo siento.

No parece satisfecha, pero lo oculta bien. Algún día debería estallar. Soltar aunque sea un poquito de su rabia y dejar de complacer tanto a los demás. Hoy no es ese día. Esboza una sonrisa que no le llega a los ojos y sacude la cabeza.

—No lo sientas. Todo está bien entre nosotras, ¿no?

Dudo unos instantes.

—Sí.

—¡Menos mal! Pensaba que me odiabas —responde y yo me resquebrajo otro poquito más—. Lo siento mucho por todos los comentarios que has recibido, ninguna debería pasar por esto. La gente se inventa muchas historias, ¿eh?

Deduzco que se refiere a su shippeo con Kyle y casi me la creo. Casi. Sus mejillas arreboladas parecen decir todo lo contrario.

—No les presto demasiada atención a las redes sociales.

—Haces bien. Me alegro de que lo hayamos hablado —contesta—. Cambiando de tema, ese Bart es muy mono, ¿no? Parece que le gustas.

—¿Qué? —grazno, escandalizada.

Candy se echa a reír.

—Es broma, es broma. Además, sé que le pones ojitos a alguien… —dice con aire misterioso.

—¿Qué? —repito, como si no conociera más palabras en inglés.

Candy me guiña un ojo antes de darme la espalda para dirigirse junto al resto del grupo. No muevo ni un músculo. ¿Maude le ha contado algo? ¿Se estaba refiriendo a Kyle?