Todo aquello que soñamos ser Capítulo 16
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Capítulo 16

Gala

Nunca reconoceré en alto que, en efecto, he hecho el ridículo.

Primero, por creerme que mi foto con Kyle se haría tan viral como la suya con Candy.

No sé en qué estaba pensando. Bueno, sí lo sé: tenía sed de sangre.

Tampoco es que hayan ayudado la oleada de comentarios negativos que acompañan a la imagen, mucho menos los mensajes de mi familia como constante recordatorio de la historia entre Kyle y yo.

Un «¿ese no es tu mejor amigo que te dejó tirada?

Te metía demasiados pájaros en la cabeza, si por él fuera no encontrarías un trabajo como Dios manda» de mi madre; otro «¿desde cuándo volvéis a hablar?

» de mi padre; y, no podía faltar, el de mi primo: «¿estás fluyendo entonces? ».

La segunda razón por la que he hecho el ridículo es por haberle soltado semejante perla.

Que necesito olvidarme de su existencia, ¡ja!

Como si fuera tan sencillo. Decirlo es mucho más fácil que hacerlo, porque mis ojos se desvían hacia él inevitablemente cada momento del día.

Cada puto momento del día. Cuando me levanto y lo veo desayunando, su mirada fija en Candy como el girasol que va detrás de su astro favorito.

Cuando escribimos —o lo intentamos— en el porche y él teclea y teclea…

, pero sé que en realidad está avanzando tan poco como yo.

Cuando me lo cruzo en la escalera, él bajando y yo subiendo, y nuestros brazos se rozan; todo mi vello se eriza, cada una de mis células reconoce su tacto. Es agonizante.

Y, sobre todo, cuando la mañana del soleado viernes Candy decide que vamos a hacer la dichosa excursión por el pueblo.

—¡Hace un día perfecto! —señala enérgica—. Estar tanto tiempo encerrados en esta casa no nos viene bien, tenemos que airearnos un poco.

—Yo me aireo en el porche —se queja Dennis—. Con el humo de mi cigarrillo, concretamente.

Estoy tomando una taza de té en silencio en una esquina.

Finjo que me interesa mucho el contenido de mi móvil para que no me dirijan la palabra.

No admitiré que, muy en el fondo, tal vez desee que alguien lo haga.

Necesito con urgencia que me despeguen de este maldito móvil y la toxicidad que encierran las redes sociales.

Kyle se encuentra en la otra punta de la sala leyendo un libro cuyo título no alcanzo a leer.

No creo que sea casualidad que ambos hagamos como que estamos muy concentrados en otra tarea para no participar en la conversación.

Podría haberme llevado el desayuno a la habitación, pero hay cierta parte de mí que desea estar rodeada de mis compañeros.

Al menos eso me otorga cierto control de la situación. Creo.

—Venga ya —replica Candy—. Llevamos una semana en Bibury y lo más lejos que hemos ido es al porche.

—Candy tiene razón —la apoya Maude.

Levanto la vista del móvil y, sin quererlo, mis ojos se cruzan con los de Kyle. Él no tarda en apartarlos, como si no le importara en absoluto. Es lo que me merezco, pues fui yo quien le pidió que actuase así.

—Yo paso —contesta Frank, malhumorado.

A continuación, el bigotudo se pone en pie y abandona la estancia con toda la dignidad que le es posible, la cual no es mucha. Candy suspira.

—Bien, no pasa nada. Maude, tú vienes, ¿no? —La mujer asiente—. ¿Dennis? —El chico se encoge de hombros—. ¿Tom?

—Cuenta conmigo. ¡Y Kyle seguro que se apunta! —Le guiña un ojo al susodicho.

En cierta manera me recuerda a Kayden, el hermano menor de Kyle: risueño, un tanto despreocupado y lleno de vida.

Sonrío sin poder evitarlo. ¿Cómo estará su familia?

No sé nada de ellos desde que…, bueno, desde el incidente.

Han pasado a ser completos desconocidos, cuando antes los felicitaba en sus cumpleaños, compartíamos viajes, incluso me gané una bronca por parte de su hermano mayor cuando nos cogimos un buen pedo a los diecisiete.

Era una más de los Walker. Una punzada me atraviesa el pecho.

Tan solo quedo yo por responder al ofrecimiento de Candy. La chica se gira hacia mí con expresión dubitativa y… algo más. Se trata de algo que no había visto hasta ahora. ¿Miedo? ¿Decepción? La siempre alegre Candy se enfrenta a mi mirada con recelo. Noto un retortijón en el estómago.

—¿Quieres venir, Gala? —Hace una breve pausa antes de añadir—: No es obligatorio.

Entreabro los labios. Tengo el «no» en la punta de la lengua. Los vuelvo a cerrar enseguida. Los observo uno a uno: Maude, con su gesto afectuoso; Tom, con esa expresión curiosa y la alegría de la juventud; Dennis, inalterable; Candy, que no cesa en su empeño de incluirme. Y Kyle. Sobre todo Kyle.

—Vale.

Me imaginaba que Candy lo celebraría por todo lo alto, pero se limita a curvar sus labios en una sonrisa tensa.

Mierda, todo esto es mi culpa. Me he esforzado tanto en demostrarle mi odio —que ni siquiera es fundamentado, solo un signo de lo mucho que me detesto a mí misma— que he hundido a la persona más alegre del planeta.

¿Cómo de podrida estoy por dentro? Carraspeo.

—¿Qué planes tenéis, entonces? Conozco a alguien que puede enseñarnos la zona.

…

Tal vez exageré con eso de que «conozco» a alguien y que puede «enseñarnos» la zona. Ni lo uno ni lo otro. Bart nos ha metido por un camino en el que la hierba nos llega a la cintura y no se ve la salida. Pero, siendo optimistas, hemos ido más allá del porche. ¿No es lo que querían?

—¿Seguro que sabes por dónde vamos? —repite Dennis por millonésima vez.

—No sé por qué no me crees —se lamenta Bart, quien lidera la marcha.

—Quizá porque te pedimos ver el pueblo y nos has metido en una jungla.

El chico se enciende un cigarrillo y continúa la marcha.

Yo voy a la cola del grupo, apartando las ramas y resoplando.

Mis ojos, una vez más, no se despegan de Kyle.

Camina junto a Candy y se inclina hacia ella para cuchichear sobre vete a saber qué cosas.

«La gente tiene razón, nosotros hacemos buenísima pareja», me imagino que dice Kyle, y creo que podría incendiar el bosque entero.

—¿Desde cuándo te gusta?

La pregunta me hace dar un respingo. A mi lado, Maude se ríe y me da unos golpecitos en el hombro.

—¿Perdón? —Creo haber oído mal, tiene que ser eso.

—¿Desde cuándo te gusta Kyle? —Mi mirada vuela hacia el susodicho y ralentizo el paso para evitar que nos oigan, aunque están lo bastante lejos ya—. Se te nota en esa carita. Créeme, tengo experiencia en el tema.

Le tiendo la mano a Maude para ayudarla a saltar por encima de una rama caída, lo que me gana tiempo para meditar mi respuesta. ¿Gustar? Se nota que es escritora, porque menuda imaginación que tiene . Sacudo la cabeza.

—¿No estarás proyectando tus romances de época en nosotros? —Enseguida me arrepiento del tono mordaz que he usado, así que carraspeo—. Lo siento, yo… Creo que te has equivocado.

Maude frunce los labios.

—Y yo creo que no. Mi Edmund me miraba así también. —Entrecierro los ojos y me invade la curiosidad—. ¿Sabes que cuando me propuso matrimonio le dije que no?

—¿En serio?

—¡Pues claro! Ese muchacho necesitaba un poco de disciplina, era un cabeza loca.

—Me río. Puedo imaginármelo. De hecho, puedo hasta identificarme con él—.

Así que se puso las pilas y empezó a hacerse cargo del negocio de su familia.

Era panadero. Por la mañana, venía a recogerme con una barra de pan bajo el brazo, ¡ni te imaginas lo bien que olía!

—Cierra los ojos, aspirando como si recordara el aroma exacto del pan.

—¿Y te volvió a pedir matrimonio?

Nos quedamos un poco atrás. Las conversaciones de los demás no son más que un zumbido y ya solo distingo el humo del cigarrillo de Dennis. Puede que mi llama interior cause un incendio, pero como el chico no tenga cuidado va a provocar uno de verdad. La voz de Maude vuelve a captar mi atención.

—Y le dije que no.

—¡¿Cómo?!

—Lo que oyes. —Su tono está teñido de cariño, similar a la brisa veraniega que nos rodea—.

Yo soñaba con ser periodista, ¡ningún hombre me lo iba a impedir!

Le pedí que me esperase, pues primero quería hacerme un hueco en el mundillo.

Me dijo que esperaría lo que hiciese falta y lo cumplió.

La tercera vez que me pidió matrimonio le dije que sí.

Sonrío de forma inconsciente. Tal vez haya estado equivocada. Maude no está proyectando el romance de sus novelas en Kyle y en mí. Al contrario, está reflejando su amor en la escritura, porque lo suyo sí que es una historia digna de contar.

—¿Cumpliste tu sueño? —inquiero.

—Oh, ya lo creo que sí. —Una sensación cálida se extiende por todo mi pecho. Como aún voy de la mano de Maude, se la aprieto —. No es que haya sido Christiane Amanpour, pero tampoco deseaba serlo. Quería vivir de escribir y lo conseguí. En realidad, sigo haciéndolo, ¿no?

Asiento convencida. Ha tomado aquello que siempre soñó —el periodismo— y lo ha trasladado a la literatura, donde puede seguir haciendo magia con las letras.

—¿Fuiste feliz con Edmund?

Su sonrisa se vuelve triste y me arrepiento al instante de haber preguntado. Sin embargo, todavía hay un brillo en su expresión que me indica que los buenos recuerdos prevalecen sobre el dolor.

—Mucho. —Nos detenemos entre la espesura del bosque.

Maude me agarra la otra mano, forzándome a mirarla.

Las arrugas en torno a sus ojos son años de sabiduría—.

A veces es la persona correcta y el momento equivocado, ¿sabes?

Si le hubiera dicho que sí a Edmund esa primera vez, por mucho que lo amara, habría firmado una sentencia de muerte para la relación.

—El corazón me late con fuerza ante sus palabras—.

Y si lo hubiera hecho esa segunda vez, yo estaría muerta en vida.

Decidimos esperar, porque era lo correcto para nosotros.