Capítulo 15 #2
Una risa incrédula me pega un puñetazo en el centro del pecho. Se cruza de brazos, protegiéndose a sí misma, no sé si del mundo o de mí, y luego niega con la cabeza.
—«¿De dónde ha salido esta tía? Primero la borrachera y después esto.
¿Dónde se cree que está?», «Kandy es insuperable, ubícate», «Espero que el chico se quede con la pelirroja, la otra parece que tiene un palo metido por el culo» —relata algunos de los comentarios que ha recibido a lo largo de estas últimas horas.
Se me parte el alma al escucharlos salir de su boca.
—Sabes que no son verdad.
—¿Lo sé?
Eso me duele aún más.
Saco la valentía de donde no la tengo y me acerco un poco a ella.
En otras circunstancias esa falta de espacio me habría hecho suspirar, en estas no tengo tiempo para pensar en eso.
Dejo de ver a la Gala de veinticuatro años y me topo cara a cara con esa niña que no tuvo muchos amigos en el colegio y a la que los comentarios de los demás le afectaban lo suficiente como para no poder pegar ojo por las noches.
Justo como la de ayer. Gala siempre se ha visto a sí misma como un lobo solitario, alguien que no necesitaba a nadie para sentirse plena.
El problema es que nunca ha dejado de buscar un sitio al que pertenecer.
Un día fue la escritura, yo lo fui durante muchos años.
Y, si ahora es igual de incapaz de escribir que un servidor y a mí la cobardía me alejó de ella, entonces ¿qué le queda?
—¿Lo sé, Kyle? —repite una vez más—. Porque lo que yo creo es que no puedo quitarles razón.
No hay más que ver a Candy y… —baja la voz justo antes de decir—: No hay más que verme a mí.
Tú mismo se lo dijiste a Tom, no soy tu tipo.
Y lo entiendo, ¿eh? Es normal que te atraigan las chicas como ella.
Chicas que no tienen un puto palo por el culo, y que sonríen, y que son alegres, y que…
Y no puedes estar más equivocada.
—Gala…
—No. —Levanta una mano, pidiéndome que no continúe—.
No me mires así. Te juro que me da igual.
Me importa una mierda. Lo único que me molesta es el haber estado tan equivocada contigo.
Porque creía… — ¿Se le está rompiendo la voz?
Joder, sí. Se le está rompiendo la voz —.
Creía que podríamos llegar a llevarnos bien otra vez, pero está claro que no somos compatibles, ni como amigos, ni como…
—Sacude la cabeza—. Al final, fingir que nos odiamos sí que va a ser la mejor opción para ambos.
Puede que algún día consigamos hacerlo de verdad para que todo sea mucho más fácil.
Niego con la cabeza, incrédulo.
—¿Qué estás diciendo?
—Digo que deberíamos dejarnos en paz. Quedan tan solo unas semanas para que esto se acabe y podamos regresar a nuestras vidas como si nada hubiera ocurrido.
Ignoraremos que hemos vuelto a vernos y…
—Toma aire. Yo me he quedado sin respiración—.
¿Sabes qué? Esta noche he estado pensando y creo que fuimos amigos porque no nos quedó otra opción.
—Suelta otra risa más falsa que la anterior—.
¿Tú y yo? Ni en un millón de años. Eso es que estábamos demasiado solos.
—No lo dices en serio.
—Oh, créeme que sí.
Ahora entiendo por qué huí. Esas palabras que parecen puñales, ese veneno que tiene en la lengua…
Pero es mi cuerpo el que no mueve un músculo aunque mi mente me esté pidiendo a gritos que haga lo mismo que hace dos años.
No sé si se debe a que me niego a aceptar que está siendo sincera o al hecho de que necesito comprobar que no es cierto.
No solo creo en el universo, sino también en el destino.
Y, joder, el destino la puso ahí para mí.
Si no, ¿cuál es la razón para que volvamos a estar aquí?
—Mentirosa. —Me cruzo de brazos, a la defensiva.
—Cállate.
—Eres una mentirosa, Gala. —Un paso más. Solo uno y la tengo alzando el mentón con tal de seguir mirándome a los ojos—. Pero no pienso caer en tu trampa. Pregúntamelo otra vez.
Su confusión la insta a ladear la cabeza.
—¿El qué?
—Sabes muy bien el qué —le aseguro, mi pecho subiendo y bajando con rapidez. Casi puedo grabar su aroma en mi mente—. Pregúntamelo. Pregúntame qué es lo que habría pasado.
Gala se queda tan quieta que temo haberme convertido en Medusa y haberla condenado para siempre. Lo único en lo que puedo pensar es en cuánto necesita un abrazo. También en cuánto lo necesito yo. Sería tan fácil estirar los brazos y enterrar la cabeza en su cuello…
—¿Qué habría pasado? —inquiere con voz temblorosa.
Bajo la mirada a sus labios. No es un movimiento sutil, sino una declaración de intenciones en toda regla.
Echo de menos su calor. Echo de menos que arda, que escueza.
Que su risa inunde mis silencios y que mi nombre en sus labios suene como un pájaro en la bruma.
Mira que el universo es grande, pero todo lo que siento por Gala va mucho más allá.
Desde el rencor hasta un amor que podría convertirse en supernova y explotar.
Porque cuando la miro, tan cerca y lejos a la par, me reafirmo en que jamás podré escapar de ella.
Noto cómo sus ojos se posan en el mismo punto que los míos.
—Justo lo que estás pensando.
El planeta deja de girar. La luna contiene el aliento y el sol se apaga para dejarnos brillar.
Todos los dioses del mundo se hacen devotos de la chica de muros altos y carácter peligroso.
Yo ya le rezo desde el primer día en que la conocí.
Me pregunto qué pasaría. Qué coño pasaría si fuéramos un eclipse y pudiéramos fingir que no es el odio lo que nos conviene, sino algo mucho más poderoso.
Algo que ningún escritor se ha atrevido a describir todavía.
Ninguno estamos a la altura de plasmar en papel lo que se crea en el espacio entre nosotros.
Es el todo y la nada, el bien y el mal. Un ente tan abstracto que no se materializa nunca porque Gala se separa de mí.
—Solo estoy pensando en irme —murmura, su pupilas clavadas en la puerta. Mis labios añoran la atención de sus ojos—. Hazte un favor y deja de intentarlo. Ya es demasiado tarde. Y yo lo que necesito es olvidarme de tu existencia.