Todo aquello que soñamos ser Capítulo 15
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Capítulo 15

Kyle

Nunca antes había recibido tantos mensajes de mis hermanos.

De Kevin me lo esperaba, pero es que ahora Kayden también está metido en el ajo.

Vale que nunca he estado muy activo en redes sociales y que esta es la primera foto que subo en mucho tiempo —con una chica desconocida, además—, y vale que se ha viralizado tanto hasta el punto de que no tendría vida suficiente como para leer todos los comentarios y reacciones.

¡Pero eso no les da derecho a mandarme un millón de mensajes!

Aunque desearía que eso fuera lo peor. Ay, madre mía.

Lo peor es que también han podido ver el selfie que Gala se empeñó en sacarse conmigo y ya no es Candy la que les interesa, sino la que un día fue mi mejor amiga.

El móvil me tiene absorto durante todo un día.

Veinticuatro horas dedicadas a perder el tiempo comparando ambas fotografías como si fuese a llegar a conclusiones distintas de las que ya sé desde hace mucho.

Me he retado a mí mismo a encontrar las diferencias entre ellas, a ver qué es eso que a la gente le ha gustado tanto de la primera y cuáles son los motivos por los que la publicación más reciente no ha tenido tan buen recibimiento.

No me reconozco en ninguna de ellas. Al menos, no al Kyle que fui en su día.

Pero he de admitir que mi sonrisa forzada parece un poco más real en la última.

Hay algo que se enciende dentro de mí cuando tengo a Gala cerca.

Puede que la gente que no me conoce sea incapaz de verlo, pero yo me miro todos los días y sé que los ojos no mienten.

Es su fuego, capaz de iluminarme hasta las entrañas.

Una chispa. Está en mis pupilas que suplican que se aleje al mismo tiempo que la ansían cerca.

No era consciente de lo mucho que me sigue afectando hasta que me he visto a su lado.

Me sudan las manos a medida que leo los comentarios negativos en el perfil de Gala al mismo tiempo que desvío la mirada para seguir ignorando las llamadas de atención de mis hermanos.

Los desconocidos la tachan de entrometida, incluso la comparan físicamente con la pelirroja.

Solo hablan de ellas, cosa que me parece de lo más injusta.

A mí no me están diciendo nada porque el foco está puesto, para bien o para mal, en ambas.

Parezco el trofeo y ellas las que deben competir por mí.

Juro que me hierve la sangre y aprieto tanto la mandíbula que me rechinan los dientes.

Estoy a punto de lanzar el teléfono contra la pared y disfrutar de cómo se rompe en mil pedazos.

Tendría que haberme negado a esta mierda de las redes sociales.

Al final acabo poniéndolo en modo avión, no sin antes avisar a mi familia de que voy a estar desconectado unos días por motivos de inspiración. Así mato a dos pájaros de un tiro.

Como me niego a seguir comprando papeletas para que me toque el premio de interpretar a Pinocho en los teatros, enciendo el ordenador portátil a ver si es verdad que sin recibir ningún mensaje soy capaz de trabajar en mi historia.

Estoy enfadado, tan enfadado que podría ponerme a gritar en cualquier momento.

Justo por eso sé que es el mejor momento para ponerme a teclear.

Cuando mis sentimientos se desbordan no hay nada ni nadie que pueda pararme, siendo la escritura el único calmante que me funciona.

Cierro los ojos y me obligo a pensar en ideas para mi historia.

Solo pido una, nada más. Una que consiga hacer que se me erice el vello y que olvide que existe vida ahí fuera.

Estoy tan acostumbrado a escribir fantasía que lo primero que se me viene a la cabeza es un mundo mágico.

Uno en el que nada duele y todo es posible.

Como un refugio en el que los finales solo pueden ser felices y los protagonistas no comen más que perdices. Sería chasquear los dedos y… voilà .

Ridículo.

Acabo justo como empecé: sin escribir nada.

Y ya no es rabia lo que se apodera de mí, sino angustia.

Creo que no voy a ser capaz de formar una frase nunca más.

Es más, creo que debería volver a hacer la maleta, pillarme unos billetes de vuelta a casa y…

Y no hago nada de eso porque mis dedos empiezan a moverse solos.

Navego por mis documentos como un experto bucanero que no tarda mucho en encontrar ese tesoro que lleva toda la vida buscando.

«Proyecto Cinco Reinos». Releo la historia escrita a cuatro manos hasta quedarme dormido.

Después sueño con un mundo, bastante parecido a este, en el que por fin he conseguido terminar una nueva historia.

Con Gala a mi lado.

…

Lo único que se escucha en la cocina este jueves por la mañana es la forma en que algunos de mis compañeros mastican el desayuno.

Todo lo demás es silencio. Ni siquiera los pájaros se atreven a cantar ahí fuera.

Repiqueteo con los dedos de la mano izquierda la mesa de madera mientras, con la derecha, me meto un buen puñado de cereales secos en la boca.

Tom y Dennis, cada uno sujetando una tostada de pan integral, hacen uso de una libreta para jugar al tres en raya.

No se pican cuando gana el otro, tan solo se limitan a garabatear un nuevo tablero y volver a empezar.

Frank y Maude están sentados en el sofá, leyendo.

Rebecca… a Rebecca no la veo por ninguna parte, así como Gala tampoco ha hecho acto de presencia.

Se respira un ambiente un tanto tenso, lo que no es de extrañar después del auge que hemos tenido en redes sociales.

Sí que es raro que Candy, situada frente a mí, todavía no haya dicho ni una palabra.

Tiene la mirada puesta en su taza de té y toda su atención recae en la cuchara con la que le está dando vueltas a su bebida.

—¿Todo bien? —se me escapa y, por un momento, me siento culpable por haber interrumpido esta falsa sensación de calma que se ha instaurado entre todos.

Sus ojos se abren con sorpresa. No tarda en detener lo que está haciendo.

—Eso creo. —Sonríe, pero noto cómo le cuesta.

A Candy no debería costarle sonreír. Frunzo el ceño.

—Eso no ha sonado muy convincente.

—Ya, bueno… —Carraspea. Es la primera vez que la veo así—. ¿Has leído los comentarios de…? —No dice su nombre, pero mi mente ya se encarga de repetírmelo sin parar. Gala. Gala. Gala. ¿Cómo estará Gala?—. Son horribles.

—Lo son.

No soy consciente del momento en que aprieto el puño bajo la mesa.

—A veces… —murmura—. A veces la gente puede ser cruel, ¿verdad?

—Mucho.

Ahora lo que aprieto es la mandíbula.

—No se ha levantado de la cama, pero yo sabía que estaba despierta. Lo ha estado toda la noche. Si no se movía, miraba el móvil y seguía leyendo comentarios. Sé que debería haber hablado con ella, pero…

Por la manera en la que juguetea con sus dedos, sé que no se ha visto capaz de hacerlo.

—Pero es difícil —termino por ella. Me dedica una mirada de reconocimiento. Yo asiento—. No pasa nada. Hay momentos en los que está bien mantenerse al margen y dejarle su espacio a la otra persona.

—Ya…

—No te tortures por ello, Candy. No es culpa nuestra que la gente no entienda que detrás de una pantalla hay seres humanos de carne y hueso.

Lo mejor será que no les hagamos caso y nos centremos en lo que hay aquí y ahora.

En la vida real. Y, con respecto a Gala, seguro que en cuanto pasen unos días verá las cosas con una perspectiva diferente.

Ella siempre ha sido una chica fuerte.

No sé si estoy intentando convencer a la pelirroja o a mí.

Casi como si la magia existiera de verdad, Gala entra en la cocina.

Su cara de pocos amigos no augura nada bueno, pero ¿quién puede culparla?

Sus ojeras le dan la razón a Candy y son la prueba de lo mal que ha dormido esta noche.

Siento una punzada de remordimiento, un ligero escozor en el corazón que me mata por dentro.

Como la primera pieza de un dominó colocado en fila, aquella mentira que solté por la boca ha provocado que todo se derrumbe.

Si no le hubiera dicho a Tom que me gusta Candy… Otro gallo cantaría.

Todo esto es por mi culpa.

Sigo a Gala con la mirada al tiempo que el nudo en mi garganta se hace cada vez más fuerte.

Aprieta tanto que apenas puedo respirar, pero ha dejado de importarme.

Ahora solo me importa ella. Candy hace el amago de decirle algo, pero la chica es mucho más rápida y, tras llenarse un vaso de agua, regresa a su habitación con rapidez.

Está dolida, tan dolida que me resulta insoportable.

Primero es mi corazón el que corre, después lo hacen mis piernas.

No me lo pienso dos veces porque para mí ir en busca de Gala siempre ha sido un acto reflejo, una especie de instinto primitivo.

La he apoyado en un sinfín de ocasiones, al igual que ella a mí, y me niego a que un par de años y más de una pelea vayan a arrebatarnos eso también.

No ha terminado de cerrar su puerta cuando entro en su cuarto sin permiso ni vergüenza y me planto frente a ella.

Si le sorprende que haya venido hasta aquí es que es verdad que ya no me conoce.

Porque esto es justo lo que habría hecho el Kyle que la quería, pero también el que la sigue queriendo porque le es inevitable.

Lo primero que hago es observarla, cerciorarme de que no está tan mal como parece.

Pero lo está, por supuesto que lo está. Me recuerda a esa Gala triste, un poco más pequeña, que se refugiaba entre mis brazos en esos veranos en los que el calor pasaba a un segundo plano.

Yo dejaba de ser persona para convertirme en cura.

Estuviera triste, me sintiera frustrado…

¿qué más daba? Su sonrisa estaba por encima de cualquier otra cosa y, si ella estaba bien, todo lo demás carecía de importancia.

—No les hagas caso —le suplico sin preámbulos.

—¿Cómo dices?

—A los comentarios, Gala. A esa gente… No les hagas caso.