Capítulo 13 #3
Sigo sin poder escribir al mediodía. Tampoco lo hago por la tarde, ni siquiera lo consigo al caer la noche.
Solo trazo garabatos en una libreta y espero a que el tiempo pase.
He apagado el teléfono móvil desde la emboscada que me han tendido esta mañana.
No quiero tener nada que ver aunque sepa que a Candy y a Tom les ha hecho mucha ilusión.
Tanta, que hasta la chica ha resubido la foto que nos hemos hecho juntos a su propia cuenta.
Al tener más seguidores, temo que así sea más fácil que los fanáticos de la editorial la hagan tan viral como al vídeo de Gala borracha.
Me muerdo el interior de la mejilla con fuerza mientras continúo deslizando el lápiz por el papel como si un par de dibujos sin sentido tuvieran algo que decir.
Podría jurar que estoy tan ensimismado en la hoja en blanco que no me percato de su presencia, pero entonces estaría mintiendo y hoy ya he cubierto ese cupo.
Es mi corazón el que se da cuenta primero.
Mis latidos, hasta ahora pausados, se desbocan de tal manera que parecen decir su nombre en código morse.
Gala no me mira, así como yo tampoco la miro a ella.
Se limita a sentarse a mi lado en silencio como si el cielo en calma pudiera contagiarnos la misma sensación a pesar de estar juntos en un mismo espacio.
Es la segunda vez que la veo en todo el día.
—Vas a seguir evitando decírmelo, ¿verdad?
Y ahí está otra vez.
—¿Cuánto tiempo piensas seguir con esto? —le pregunto.
—¿Y tú?
—Mira, Gala. No estoy de humor, así que, si me disculpas…
Hago el amago de levantarme y salir del porche lo antes posible. Estoy cansado de esto.
—Yo tampoco estaba de humor esta mañana para recibir la noticia de que tú y yo solo nos conocemos de vista, pero no siempre podemos huir de las cosas cuando no nos apetece enfrentarnos a ellas.
Golpe bajo. Tan bajo que no soy consciente de que eso significa que nos ha escuchado antes y… Hostia puta.
Mierda.
Mierda. Mierda. Mierda.
—Y no es que me parezca bien que me niegues frente a los demás, pero hay una cosa que me parece aún peor, y es que obvies el hecho de que para mí sí que fuiste importante.
No sé en qué momento has dejado de ser el Kyle que conozco para ser…
—Me señala de arriba a abajo, disgustada—.
Esto. ¿Por qué has permitido que te ocurra algo así?
Porque el Kyle que conoces no soportaba tu pérdida. Y este tampoco, pero al menos sabe fingir que lo ha superado.
—¿Y para mí no lo fuiste o cómo va la cosa? —suelto, mis ojos fijos en ella—. Porque es tan fácil para ti, Gala. Tan pero que tan puto fácil, que todavía no te das cuenta del sacrificio que hice al dejarte ir.
Escucho cómo se rompe algo dentro de ella. Respira hondo, pero no le sirve de nada.
—Lo dices como si yo hubiera necesitado que lo hicieras. ¡Como si te lo hubiera pedido! Menuda cara tienes, Walker.
—Ah, ¿sí? ¿Es que tú querías otra cosa distinta?
Vaya por Dios, qué ciego fui —contraataco.
No sé hacer otra cosa. Un día le curo las heridas y al otro les echo limón por encima—.
Es eso, ¿no? Fue mi culpa por no captar las señales.
¿Por qué no contestas tú a tu pregunta, entonces?
Tanto que detestas mi cobardía… Cuéntame, ¿qué habría pasado, Gala?
Si no hubieras sido cobarde tú también, porque aquello fue cosa de dos. Dímelo —le pido en tan solo un susurro.
No sabría decir el momento exacto en el que ambos nos levantamos de los asientos del porche y nos colocamos uno frente al otro.
Es fuego lo que emana de nosotros, una tormenta eléctrica que se niega a dejar a nadie indiferente.
No hay palabras que describan lo que siento al tenerla tan cerca una vez más.
Es como si el cielo se partiera en dos, como si las estrellas hubieran cambiado de color.
Gala traga saliva, lo veo en la forma en que su cuello sube y baja.
Es un movimiento tan sutil, tan lento, que no debería dejarme con la boca seca.
Pero lo hace. Porque estoy enfadado con ella, pero esa parte de mí que me traiciona y que es tan primitiva como las cuevas se imagina besando cada parte de su cuerpo que también reacciona a la ausencia de espacio entre nosotros.
Gala tampoco debería fiarse de sus ojos porque van por libre y me miran los labios.
—Dímelo —repito.
Su olor me está volviendo loco.
—Tú primero.
Su tozudez ya lo consiguió hace mucho.
—Dí-me-lo —le ordeno.
Y creo que está a punto de hacerlo, pero el universo tiene otros planes.
Siempre tiene otros malditos planes. La escuchamos llegar a lo lejos, lo suficientemente pronto como para separarnos y ser conscientes de que no quedaba ni un milímetro capaz de protegernos el uno del otro. La voz de Candy nos sobresalta a ambos:
—¡Kyle! ¡Kyle, Kyle! —chilla, moviendo las manos con rapidez—.
¡Tom tenía razón! La gente nos adora, ¡mira!
—No doy crédito cuando me enseña la foto que publicamos esta mañana.
Abro los ojos de par en par al leer algunos de los comentarios—.
Dicen que hacemos buena pareja. —Suelta una risita nerviosa—. Es de locos, ¿no os parece?