Capítulo 13
Kyle
La palabra «quizás» corre por mis venas desde que tengo uso de razón.
Siento que me define esa cobardía que no se atreve a lanzarse al vacío porque todo le parece demasiado y nada le resulta suficiente.
Es mucho mejor sentirse seguro. Quedarse ahí, en esa zona cómoda a la que ya conoces tanto como a la palma de tu mano, en vez de jugársela y descubrir mundos nuevos, vivir vidas nuevas.
Pero ¿y si no son lo que busco? ¿Y si no me hacen feliz?
Luego recuerdo que ni siquiera lo soy bajo la protección de mis muros y, durante unos instantes en los que me creo otro, me planteo la posibilidad de arriesgar.
El problema es que eso es lo único que hago: pensar.
No pienso para después existir, sino para imaginarme existiendo.
Como si hubiera un mundo paralelo en el que lo hago sin miedo.
Nunca me he dejado llevar por la corriente.
No hay río capaz de arrastrarme por sus aguas.
Pude hacerlo en el pasado, pero ahogarme no estaba entre mis planes.
Prefería quedarme en tierra viendo cómo los demás, cómo Gala , disfrutaban de un caudal que los mecía mientras eran llevados hacia un destino prometedor.
Hubo una vez en la que mi amiga me ofreció su mano con la promesa de que jamás me dejaría hundirme.
Llegaría a ese mundo nuevo con ella, viviría esa vida nueva con ella.
Así que estuve a punto de tomarla y hacer mío su coraje.
Rocé sus dedos y entrelacé el meñique con el suyo jurando lo mismo.
Pero no me atreví. Un paso hacia atrás, después otro.
Fui un cobarde desde el principio hasta el final.
—Quizás… —dejo escapar, a ver si el viento se lleva la palabra bien lejos y me la arrebata para siempre.
Quizás habría saltado. Quizás habría nadado, hasta buceado. Quizás me habría quedado quieto, en mitad de la nada, o quizás habría echado a volar. Quizás habría seguido siendo yo mismo aun creyéndome otro o quizás habría cambiado para no volver a reconocerme frente a mi propio reflejo.
Quizás habría dejado que me rompiera el corazón.
O quizás me lo habría recompuesto.
¿En qué momento me siento más a salvo cuando finjo odiarla que admitiendo quererla?
¿Qué es lo que ha cambiado dentro de mí para que mi zona de confort se haya convertido en esto?
Me paso las manos por el pelo, frustrado, mientras bajo las escaleras sin haber conseguido quitarme el peso de encima.
Es más, creo que ha aumentado. Si no me vuelvo loco en este retiro, es que estoy más cuerdo de lo que pensaba.
También cabe la posibilidad de que ya se me hubiera ido la olla mucho antes.
En realidad da igual. Pase lo que pase, voy a necesitar mil años de terapia para recuperarme.
—Kyle, Kyle, Kyle… —Tom mueve las cejas de manera sugerente en cuanto me ve llegar al salón. No hay nadie además de nosotros dos. Tiene la respiración acelerada, como si acabara de correr una maratón—. ¿Qué hay, tío?
—Hola, pequeñín.
No se molesta en ocultar lo poco que le gusta que le llame así y frunce los labios. Es adorable.
—¿Estás bien? —añado—. Tienes las mejillas coloradas y la frente empapada de sudor. ¿Tienes fiebre o algo?
Casi se le escapa una risa.
—Sí, es que… ¿No hace mucho calor por aquí?
—pregunta al tiempo que se abanica con la mano—.
Hoy tienen que haber subido las temperaturas.
¡Seguro que ahí fuera hace más de cuarenta grados!
Aunque también creo que me he puesto enfermo, ¿eh?
Me he contagiado de… —Su sonrisa maliciosa no augura nada bueno—.
Una cepa bastante potente del virus del chisme.
—El virus del chisme… —repito.
La madre que lo parió.
Ya está, se cancela lo adorable. Se supone que es a Kayden a quien se parece, no a Kevin y a su afán por enterarse de las vidas de los demás como si fuera un periodista del corazón.
Entrecierro los ojos buscando en su expresión qué es lo que sabe exactamente.
Tardo demasiado en darme cuenta porque, aparte de cobarde, soy también un poco lento.
Esa manera de sonrojarse, ese cansancio repentino… Se me disparan los latidos por segundo.
Este nos ha escuchado.
—¿Cuánto? —inquiero.
—¿Cómo?
—Que cuánto has oído. O visto.
Su mueca se transforma en una mucho más pícara y a mí se me cae el mundo a los pies. Lo que me faltaba. ¿Es que no existe la intimidad en esta casa?
—¿Sabías que Candy habla hasta por los codos?
—¿A qué viene esa…?
—Y ayer me contó que le encanta leer libros de romance en los que los protagonistas se llevan fatal antes de enamorarse perdidamente el uno del otro. Pasan de odiarse… — pronuncia con retintín—. A amarse. ¿No es una locura?
Me quiero morir.
—Y de las grandes —le concedo. Vaya audacia tengo—. Pero no es eso lo que te he preguntado, chavalín.
Él asiente.
—Ya. Lo que pasa es que no quiero ir al grano tan rápido, no vaya a ser que te pienses que soy un cotilla o algo por el estilo.
—Se muerde el interior de la mejilla, pensando en cómo proseguir para hacerme creer que una persona que asegura haberse contagiado de chisme no es cotilla en absoluto—.
La cuestión es que no me ha dado tiempo a oírlo todo, pero casi.
No os he visto, tranquilo, tampoco es que me haya hecho falta, habéis dejado poco a la imaginación. Y he llegado a la conclusión de que…
Por favor, no lo digas. No lo digas. No lo digas. No. Lo. Digas.
— Gala y tú estáis liados.
Pues ya está. Ya lo ha dicho.
Ojalá fuera actor, porque entonces habría soltado la mejor de mis carcajadas y no una tos nerviosa después de atragantarme con mi saliva en el intento.
Hay un momento, entre espasmo y espasmo, que deseo quedarme sin aire para no tener que volver a escuchar esa frase nunca más.
Lo que pasa es que el mundo me odia casi tanto como mis pulmones y ambos me quieren vivito y coleando.
¿Para qué? Para sufrir. No encuentro otra razón.
—Sí, hombre —me obligo a decir antes de que el chico llame a una ambulancia.
Ya se estaba levantando del sillón para hacerme primeros auxilios, pero se relaja en cuanto hablo y ve que sigo siendo capaz de respirar—.
Esa imaginación tuya… ¿Te acuerdas de que el primer día pensabas que nos iban a asesinar a todos?
Pues eso tiene más sentido que lo que acabas de soltar.
De hecho, ya podría alguien cometer ese crimen conmigo.
—Todavía no he atisbado instintos homicidas en ninguno de vosotros —replica—. Bueno, puede que tu querida Gala… —Sacude la cabeza—. Nah . Creo que Rebecca o Frank tienen más papeletas. A ella solo le cuesta canalizar su ira, ¿no es así?
Menos mal que descubro que es una trampa antes de contestar.
—Tom… —le advierto.
—Pero lo que sí he visto es cómo os vais a hablar a solas de vez en cuando. O cómo te acojonaste vivo cuando se escapó de la casa. O cómo la cuidaste anoche después de que…
El chico sigue insistiendo, pero mis oídos ya han empezado a pitar y no escuchan ni una palabra más.
A mi dedo pulgar parece encantarle la melodía estridente y empieza a moverse como a él le gusta.
Pum. Pum. Pum . La ansiedad toca a mi puerta.
No pienso abrirle, pero seguro que se le ocurre una manera de entrar. Siempre lo hace.
—Dios me perdone por ser amable y relacionarme con mis compañeros. —Bufo.
—Pero ella no es solo una compañera, ¿no? —insinúa—. Me ha parecido escuchar que la conoces de antes o algo así, aunque no estoy seguro. ¿Es que os habéis peleado? ¿Ha pasado algo que…? —Sacude la cabeza—. Puedo ayudarte, si lo necesitas.
Joder, es tan astuto que me da hasta rabia.
¿Quién ha diseñado las paredes de esta casa que parecen papel de fumar?
Ni siquiera hemos hablado tan alto. Podría levantarme e irme, decirle que se meta en sus asuntos y que nunca más se le ocurra escuchar conversaciones ajenas como si tuviera el derecho a ello.
Pero entonces me percato del brillo en su mirada y ya no solo me recuerda a mis hermanos.
También me recuerda a mí. Quiere que seamos amigos, y lo quiere de verdad.
No nos llevamos tanto tiempo como le hago creer, pero sí el suficiente como para que piense que relacionarse conmigo lo hace parecer más adulto.
Más especial, incluso. Igual que me pasaba a mí con Kevin.
No lo está haciendo con maldad, solo quiere conocerme más.
Y, con dieciocho años, ¿qué puedo esperar?
Es normal que un tema así le interese. A mí también me habría interesado.
Pero no puedo darle el gusto de serle sincero. Si lo hago, estaré admitiendo aquello de lo que llevo huyendo toda la vida.
—La conozco de vista —le regalo una confesión a medias. Porque omitir la verdad no es igual que mentir… ¿no?—. Hemos coincidido en algunas ocasiones porque vivía por temporadas en mi ciudad, pero nada más. Y no, no ha pasado nada por lo que debas preocuparte. Pero gracias, de verdad.
Tom chasquea la lengua, todavía incrédulo.
—Es que sonaba tan enfadada contigo… —murmura.
Parece que no quiere que sus palabras me hagan daño a pesar de lo evidente—.
Dijo que eres un cobarde, pero a mí no me lo pareces.
—Ya no queda ni rastro del Tom cotilla, sino de ese Tom que solo quiere ser mi amigo—.
Si estás aquí es imposible que lo seas. Quiero decir, ¿quién en su sano juicio se metería en una casa en medio de la nada con unos cuantos desconocidos? Podrían…
—¿Asesinarnos en cualquier momento?
—¡Exacto!
Ambos reímos al unísono.
—Kyle… —prosigue al calmarnos—. Siento si he sonado muy mal, no pretendía… Es que eres mi compañero de cuarto y me caes muy bien. Yo no me he liado con nadie todavía y no soy quién para darte consejos, pero si os gustáis…