Capítulo 12
Gala
Las resacas son una cosa maravillosa. Con maravillosa me refiero a la más grandísima mierda de este planeta, por supuesto.
Lo peor no es que te duela la cabeza o sientas que te vas a morir.
No. Lo peor es recordar lo que has hecho la noche anterior.
Y lo que yo he hecho —el tremendo ridículo delante de todos— es para darme una torta.
O dos. Por suerte no me duele demasiado la cabeza.
Quizá el mundo ha creído conveniente permitirme un poco de paz, pues ya tengo suficiente con enfrentarme a mis compañeros después de la escenita.
La luminosidad del móvil me ciega en cuanto lo enciendo.
Tardo varios segundos en asimilar que tengo…
¿cientos de notificaciones en Instagram?
¿Cincuenta mensajes? ¿Diez llamadas? Me froto los ojos tratando de procesar la información.
No puede ser. Ni siquiera he subido más de tres historias —todas fingiendo que escribo cuando no llevo ni una frase— como para que mis seguidores hayan subido como la espuma.
Sin embargo, lo que me llama la atención son los mensajes.
Mi madre, mi padre y mi primo. Mi madre, tan agradable como siempre, me dedica un: «¿Es que te has vuelto loca?
No te crie para que fueras así, Gala Rodríguez.
Ya veo lo mucho que te dedicas a esa pasión de la que tanto hablas…
». Oh, no. Cuando se salta el apellido de mi padre es que la he cagado de lo lindo.
Intento ignorar lo mucho que me duele su comentario.
Llevo años diciéndole que la escritura es un trabajo de verdad, pero su única respuesta es que no me dará de comer.
Cada conversación desemboca en lo mismo:
—¡Podrías aspirar a más! —Mi madre, potente como un trueno.
—¿Y si no quiero aspirar a más? —Siempre soy yo la que tiene lágrimas en los ojos—. ¿Y si quiero ser una muerta de hambre?
—No seas estúpida.
—¿Por qué lo soy? ¿Por qué saber lo que quieres en la vida es ser estúpida?
—¡No se puede vivir de fantasías!
—¡Me da igual! —Suele ser la parte en la que rompo en llanto—. Trabajaré donde sea, me da igual mientras pueda escribir.
—Con esa cabecita que tienes cuando te centras… —Ahí es cuando niega—. ¿Cómo vas a desaprovechar todo tu potencial de esta forma?
Conozco muy bien todas sus respuestas, por desgracia. Tanto que me imagino la cara que ha puesto al escribir ese mensaje. Cejas prácticamente juntas, labios fruncidos, expresión de completa desolación. Deshonra es mi segundo nombre. Suspiro y me trago todos esos sentimientos una vez más.
Mi padre, bendito sea, solo me pregunta si estoy bien.
Además, tengo llamadas de los tres. Gabriel, en concreto, me ha llamado cinco de las diez veces.
Mierda. ¿Qué he hecho? Decido devolverle la llamada a mi primo porque, seamos honestos, es el que me da menos miedo.
Debe de estar trabajando, por lo que quizá no me atienda, pero vale la pena inten…
—¿Gala? —Tarda exactamente dos segundos en responder. ¿No debería estar ocupadísimo ahora que es el director supremo o algo así? La verdad es que no me he enterado muy bien de su puesto, pero desde luego es importante—. Me pillas en la pausa para el café, aunque mejor, así podemos hablar de…
—Pero ¿cuántas pausas para el café haces al día?
—¿Y tú cuántas pausas para beberte una botella de vino haces? Porque, que yo sepa, has ido al retiro a escribir, no de botellón.
—Ugh…
Parece que mi pequeño festejo de anoche ha llegado hasta París. Rebecca no ha dudado ni un segundo en subir las fotos que me sacó, la muy…
Y de repente me acuerdo de él. Kyle. Se me revuelven las entrañas.
Joder, Kyle. Las mejillas se me encienden al rememorar cómo me alzó en brazos, su piel rozándose con la mía, y me dijo que me odiaba.
¿Me dijo que me odiaba? Sacudo la cabeza.
No, yo le dije que lo odiaba . Él tan solo me miró con esos ojos tan grandes y tan suyos y emitió un débil suspiro.
«No entiendes nada, Gala», fueron sus palabras exactas.
Se marchó y justo cuando pensé que me había dejado sola por completo, regresó con un vaso de agua y una aspirina.
—¿Qué es lo que no entiendo, Kyle? Dímelo —rogué—. Dímelo, porque te juro que ardo en deseos de saberlo.
Dio varios pasos hasta quedar frente a mí, casi nariz con nariz. Respiraba agitado, con los labios entreabiertos y las cejas prácticamente juntas.
—… y me ha dicho que cómo se te ocurre hacer eso. ¿Qué quieres que le diga yo? ¡No soy tu guardaespaldas! Pero, claro, no le cogías el teléfono y estaba preocupadísima —oigo a Gabriel como si estuviera muy lejos.
Cierro los ojos y veo a Kyle tan próximo a mí que distingo las grietas de sus labios resecos. Veo las motas ámbar en sus ojos castaños, el aleteo de sus pestañas. Cuento los lunares diminutos que se dibujan en su mandíbula como una constelación.
—Dímelo, Kyle Walker —le pedí. No, le exigí—. Dímelo y acabemos con esto de una vez por todas.
Movió ligeramente la cabeza y varios mechones le cayeron sobre la frente. Inhaló y exhaló, manteniendo la tensión. Alcé una mano y la coloqué sobre su hombro, justo donde yo había estado minutos antes. Se le erizó la piel, lo supieron mis yemas al recorrer la distancia hasta su cuello.
—… como si no fuera bastante. ¿Te puedes creer que me ha llamado Mateo? Al parecer, todo el pueblo sabe ya lo del numerito —continúa Gabriel, aunque no proceso ni una sola de sus palabras.
Kyle no contestó, al menos, no con palabras. Su mano se posó sobre la mía y, tras una descarga eléctrica, me forzó a apartarla. Me quedé completamente hueca por dentro, apenas más que una cáscara de nuez. Al final, todo se reducía a eso.
—Sí, Gala, también te odio.
Sí lo dijo. Sí me odia . Ni todo el alcohol del mundo podría borrar el efecto que esas palabras produjeron en mí. ¿Qué esperaba acaso, si fui yo quien lo inició?
—… se ha hecho Instagram solo para verlo. ¡Mi santa madre! Ni siquiera lo entiende. Quería enviarle una foto a su amiga Puri y la ha subido a historias. Y dirás: «no es para tanto». ¡Es una foto de los callos que le han salido en los pies!
Parpadeo, consciente de la luz que se cuela por la ventana. Consciente de las palabras de mi primo. Consciente de lo que me espera una vez me reúna con los demás en el piso de abajo.
—¿O sea que todo el pueblo lo sabe? —replico.
—¿Has escuchado algo de lo que te he dicho?
—Francamente no.
—Tu numerito se ha hecho viral. Viral, viral .
Me paso una mano por el rostro. ¡Estupendo! ¿No quería la editorial que nos hiciéramos famosos? De nada, supongo . Me fuerzo a levantarme de la cama y pongo el altavoz para seguir hablando con Gabriel.
—Eso me pasa por seguir tu estúpido consejo de fluir —me lamento.
—¡Sí, hombre!
—Mira, necesito desesperadamente otro consejo. Uno bueno, a poder ser.
Bufa, pero parece pensárselo con detenimiento. Mientras, me arreglo un poco, porque ya que la lie parda anoche, al menos hoy llevaré un aspecto presentable.
—¿Todo esto es por Kyle? —inquiere al cabo de un rato.
—Eso no es un consejo.
—Gala…
—¡Yo qué sé! —exclamo exasperada—. Sí, no, puede. ¿Qué más da? —Me froto el puente de la nariz—. ¿Debería desapuntarme del retiro?
—¡No! Ni de broma. Si has llegado tan lejos no te puedes echar atrás.
—¿Y qué hago?
El silencio que sucede a mi pregunta es tan pesado como el plomo. Estoy a punto de decirle que se olvide, que ya lo solucionaré de alguna manera. O, que si no lo soluciono, me hundiré más en la mierda yo solita, sin arrastrar a nadie conmigo.
—Tú espera un poco más, ¿vale? —suelta de golpe. Me detengo en el acto—. No puedo decir nada, pero espera. No estás tan sola como crees.
—¿Qué…?
—Y, Gala, la próxima vez que vayas a cometer una locura no te bebas una botella de vino o, yo qué sé, te cuelgues de un árbol.
Llámame, ¿quieres? A la hora que sea, no importa.
No busques consuelo en chorradas como esa, porque no lo vas a encontrar.
Apóyate en los demás. El simple hecho de saber que hay una persona dispuesta a escucharte ayuda.
—Eso es… —Cojo aire—. Eso es un gran consejo, en verdad. Gracias, creo que necesitaba escucharlo.
—No las des, solo recuerda lo que te he dicho. Espero tus llamadas. A la hora que sea, no lo olvides.
No estoy tan vacía como creía, todavía hay algo en mí capaz de sentir.
Se me empañan los ojos de lágrimas y, más que una chispa en un secarral, me vuelvo el aguacero que le devuelve la vida a un terreno árido.
Me despido de Gabriel motivada. Salir corriendo de la casa fue un error, al igual que emborracharme con el vino, pero se acabó.
Esto es un punto y aparte en mi paso por el retiro.
¿Que Kyle me odia? ¡Que me odie! Yo lo detesto más, o eso me obligo a creer. No lo necesito.
La motivación me dura hasta que bajo las escaleras y me enfrento a la realidad. Candy me recibe con una de sus sonrisas en la cocina. Me tiende un vaso de agua.
—Toma, dormilona. ¿Cómo lo llevas?
Mi primer instinto es gruñir hastiada. De hecho, estoy a punto de soltar un «¿a ti qué te importa?» cuando mi cabeza decide rememorar otra de las perlitas de anoche. La mano de Candy tirando de mí, su voz dulce como la miel.
—¿Por qué no me das la botella, Gala? Creo que ya has bebido suficiente.
—¡No! ¡No, estoy de puta madre! —añadí en español, para su mayor desconcierto—. ¡Piérdete, Blancanieves, no te necesito!
Contrajo el rostro. Nunca había visto a Candy tan apagada. Incluso el naranja de su cabello parecía haber perdido color.
—No te entiendo, pero solo quiero ayudarte. —Me cogió del brazo, aunque me zafé como si su tacto quemara—. Gala…
Trato de bloquear el recuerdo. Si me esfuerzo lo suficiente tal vez consiga enterrarlo en lo más profundo de mi memoria, como hago con todas mis cagadas. Una tras otra. La Candy actual no me mira tan apagada como anoche, pero distingo un tinte de preocupación en su cara.