Todo aquello que soñamos ser Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—He dicho que bajes de ahí.

—Y yo he dicho… —intenta replicar, pero la interrumpo antes de que lo consiga.

—Voy a contar hasta tres, ¿vale?

Ella suelta un bufido.

—¿Qué eres? ¿Mi padre?

Tengo que morderme la lengua.

—Uno…

—Piérdete, Kyle.

Solo espero que no me obligue a llegar al tres.

—Dos…

—Eres un muermo. Vete de aquí.

Por favor, no me lo pongas más difícil de lo que ya es.

—Tres…

El mundo entero contiene el aliento. No pensaba tener que llegar a esto, joder.

Ni siquiera estoy preparado para lo que voy a hacer.

Tengo que mantener la mente fría, en blanco.

Ser listo, fuerte y valiente. Por ella. Porque sé que hoy quería huir de mí, pero mañana querrá hacerlo de todo.

Y, por mucho que me pese tenerla cerca, quiero que aproveche esta oportunidad porque Gala sí que ha nacido para las letras.

La cojo por la cintura sin preguntar ni pedir permiso y me la cargo en el hombro como si su contacto no me estuviera quemando por dentro. ¿Fuego? Ni hablar. Gala es ahora una bomba a punto de estallar.

—¡Kyle! —chilla mientras patalea y me da golpes en la espalda. Menos mal que está ebria y apenas tiene fuerzas. De lo contrario, mañana me despertaría lleno de cardenales—. ¡Kyle, suéltame! ¡No pienso repetirlo más! ¡Suéltame! ¡Ahora!

Solo escucho bla, bla, bla.

—No haberme hecho llegar hasta tres.

Los demás nos miran boquiabiertos. Solo les falta un bol de palomitas dulces, pues el asiento en primera fila ya lo tienen.

Me niego a arriesgarme a que Rebecca se digne a decir algo más, sobre todo porque intuyo que tiene intención de hacerlo.

Parece que no le ha bastado con lo de antes.

No miro atrás al subir por las escaleras una a una.

No estoy nada en forma y Gala no ayuda al continuar meneándose como un gusano.

Casi se me cae en más de una ocasión, cosa que no puedo permitirme.

Jamás he respirado tan a gusto como cuando llegamos hasta su habitación y cierro la puerta tras de mí.

En cuanto la dejo en el suelo, recibo un empujón por su parte del que no pienso quejarme.

—¿Qué coño ha sido eso? —me pregunta sin rodeos.

Bonita fue a hablar.

—Eso debería preguntarte yo a ti, ¿no crees?

Estaba claro que no me iba a contestar. En su lugar, Gala se tira a la cama de un salto y se pone a gruñir como si fuera un lobo hambriento. No es comida lo que quiere, sino sangre. La mía.

—Ah, así que ahora me impones la ley del silencio.

—Me cruzo de brazos, quedándome plantado en el sitio.

Ya he traspasado todos los límites y, por el bien de los dos, no pienso volver a hacerlo—.

¿Qué habría ocurrido si yo no hubiera llegado?

¿Eh, Gala? ¿Me puedes explicar por qué te has puesto así?

—¿Me puedes explicar por qué no te callas? —inquiere, frustrada. En vista de cómo cierra los ojos y se agarra el estómago, no está en su mejor momento.

Así que me trago los reproches y opto por cambiar de táctica.

—¿Estás mareada? —le pregunto, preocupado. No lo finjo. De hecho, ojalá lo estuviera fingiendo. Pero mi corazón acelerado y mi boca seca son claros ejemplos de que mi inquietud es verdadera—. ¿Te encuentras muy mal?

—¿Tú qué crees? Estoy en una puta noria.

—Entonces voy a traerte un vaso de agua. —Agarro el pomo de la puerta sin girarlo—.  También deberías comer un poco. Puedo prepararte algo rápido.

Es la primera vez que me mira desde el incidente del salón.

Su mirada me escudriña como si supiera dónde ahondar para acabar con todos mis muros.

Me tiemblan las piernas tanto como a ella le tiembla el labio.

Nos quedamos así más tiempo del que admitiría en un juicio. Creo que acabo de volver a existir.

—No hagas eso —me suplica.

—¿El qué? —murmuro.

—Fingir que te importo. Me haces daño.

—Gala, no…

—No soporto que estés aquí.

Se me instala un nudo en la garganta.

—¿En tu cuarto?

Ella niega con la cabeza.

—Aquí —susurra—. No puedo ni verte.

No puedo ni verte. No puedo ni verte. No puedo ni verte.

Pensaba que ya no podría destrozarme más. Estaba muy equivocado.

—Lo sé.

—Lo sabes… —Gala sopesa mis palabras. Las mastica durante unos instantes que parecen una eternidad—. Ah, claro. Tú te sientes igual, ¿no? Porque me odias.

Trago saliva. ¿Es el rencor lo mismo que el odio?

Porque rencor le tengo, joder, y mucho. Pero no la odio.

Jamás podría hacerlo. A una persona a la que odias no la ves en todas partes aun cuando no está.

En las hojas de otoño, en el título de tu canción favorita…

Incluso en las margaritas, vivas o marchitas.

Me leía un libro y ahí estaba ella, entre sus páginas desgastadas y ese olor sempiterno que podría hacerlo pasar por nuevo.

A una persona a la que odias no la ves en todas partes y deseas que vuelva.

Aunque eso no se lo digo, claro. Es más fácil dejar que la duda se quede en el aire antes que confesarle que ya ni siquiera es rencor, sino el hecho de que la sigo queriendo.