Capítulo 11 #2
No sabía que estaba conteniendo la respiración hasta que vuelvo a dejar el teléfono sobre la mesita de noche y suelto todo el aire de golpe.
Kevin siempre ha sido mi referente. De pequeño no me interesaban lo más mínimo los superhéroes con capa que salían en la tele porque yo ya tenía al mío en casa.
Era listo, fuerte y valiente. Todo lo contrario a mí.
Solo nos llevamos tres años, pero ahora que somos adultos me sigue pareciendo que está a años luz de lo que yo seré jamás.
Y no tiene nada que ver con la edad, sino con la persona.
Porque luego nació Kayden y demostró que él también podía ser listo, fuerte y valiente aun siendo el pequeño de la familia.
El único que desentonaba y desentona a día de hoy sigo siendo yo.
Kevin es el favorito de mi madre y Kayden el de mi padre.
No es que lo vayan pregonando por ahí, pero es bastante evidente.
Mientras que el mayor es un prodigio de las ciencias, el pequeño podría convertirse en una estrella del deporte de un momento a otro.
Y yo, como el mediano, no tengo mucho que ofrecerle al mundo.
Pensé que serían las letras, pero ya veo que no.
Por eso empecé a entregarme en cuerpo y alma al restaurante.
Aunque no tuviese nada destacable que aportar a una familia tan especial, por lo menos podría serles de ayuda y no un estorbo con patas.
Así sería visto entre tanto gigante. Así dejaría de ser el hijo olvidado, el que es gris porque no sabe si es capaz de ser blanco o negro, y pasaría a ser uno más de los Walker. No el escritor, pero sí el ayudante.
Lo gracioso de todo esto es que mi familia nunca me ha pedido ser nada más allá de ese escritor que un día parecía tener un futuro brillante.
A veces pienso que todo está en mi cabeza, que no necesito ser el sol para que los planetas se den cuenta de mi existencia.
Pero entonces llegó Gala, con esos ojos que no dejaban de mirarme y esos labios que pronunciaban mi nombre como una balada que podría confundirse con poema.
Creo que empecé a existir gracias a ella.
Porque si no te ven, no existes. Y por eso dejé de hacerlo en cuanto nuestros caminos tomaron rumbos distintos.
…
No sé en qué momento me he quedado dormido, pero tiene pinta de que lo he hecho más de la cuenta.
Ya no se cuela luz por la ventana y es la luna la que se proclama protagonista en una noche que no ha hecho más que empezar.
Creo que son más de las diez. Genial. Otro día perdido en la oficina.
A este paso me van a dar un premio por ser el mejor procrastinador del retiro.
Me ruge tanto el estómago que podría montar una orquesta sinfónica, así que, mientras me froto los ojos para desperezarme y me voy levantando de la cama, decido que ya va siendo hora de abandonar mi cueva e ir hasta la cocina.
Quiero devorar la nevera entera, incluido el material con el que está hecha.
Se me hace la boca agua al imaginarme comiendo una pizza entera.
Con su queso derretido, su masa crujiente…
—¡Dios, colega! —Tom es la primera persona con la que me topo al bajar las escaleras. Lo he hecho tan rápido que podría haberme dejado los dientes en uno de los escalones, pero no podía esperar más—. Tienes que ver esto. ¡Lo que te estás perdiendo!
El bebé de la casa es la segunda persona que me toma la muñeca durante el día de hoy.
Me guía hasta el salón, ahí donde se me quita el hambre de golpe.
Tengo que pestañear un par de veces para llegar a creerme lo que estoy viendo.
De hecho, también me froto los ojos. Cuando vuelvo a abrirlos, sigo sin dar crédito.
¿Alguien puede decirme qué está haciendo Gala subida a la mesa, sujetando una botella de vino a medio acabar y borracha a más no poder?
¿Quién ha sido el listo que la ha dejado beberse cerca de un litro?
—Mira, niñata. —Le bailan las letras hasta el punto de que las vocales y las consonantes se están marcando una coreografía digna de concurso. Luego señala a Rebecca con el dedo—. Como me vuelvas a hacer una foto te juro que…
Acaba tambaleándose, por lo que no puede terminar la frase. Gracias al cielo.
—¿Y que la gente se pierda el espectáculo que te estás montando? —replica la otra chica—. ¡La de seguidores que voy a ganar después de esto!
A Gala se le ensombrece la expresión.
—¡La madre que te parió! ¡Atrévete a subirlo a tus redes sociales y…!
Otra vez, su amenaza se queda en saco roto.
Debería hacer algo, ¿verdad? Cualquier cosa.
Pero ella te odia, ya te lo ha dejado bastante claro.
Hace tiempo que dejaste de tener el derecho a inmiscuirte en su vida.
Aprieto la mandíbula ante ese último pensamiento.
Mi cabeza puede llegar a ser mi peor enemiga, pero reconozco que también está intentando prevenirme.
Gala tiene mucho temperamento, sobre todo cuando la ira se le va de las manos.
Hace tiempo que no la veía de esta forma, tan fuera de sí.
Me muerdo el labio con fuerza, frustrado, mientras continúo observando cómo sigue peleándose con la influencer sin poder hacer una mierda al respecto.
—Casi se bebe la botella entera —me informa Candy, justo a mi lado—. No nos ha dejado probarla y, cuando le hemos dicho que debería relajarse, ha decidido beber más rápido. Luego se ha puesto a bailotear encima de la mesa y el resto ya es historia.
Trago saliva y niego con la cabeza. Si permito que vea lo mucho que me está afectando esto, me habré cavado mi propia tumba. Solo pregunto:
—¿Y a nadie se le ha ocurrido quitársela?
—A mí me ha pegado un bufido cuando lo he intentado —confiesa Dennis—. Casi me muerde la mano. Está endemoniada.
—Va a matarnos a todos —se lamenta Tom, con un deje de diversión que no me hace ninguna gracia ahora mismo.
Creo que esto es culpa mía. En realidad, no lo creo, lo sé.
Sigo mordiéndome el labio hasta el punto de que la boca me empieza a saber a hierro.
Mi corazón se acelera y no puedo evitar darle toques al suelo con el pie.
Gala sigue en sus trece y yo me siento un maldito imbécil.
Esto ha sido fruto de la conversación que hemos tenido antes.
O de las otras muchas que han surgido a lo largo de estos días.
Hemos removido el pasado de tal manera que se ha acabado viendo obligada a ahogarlo en una botella de vino de supermercado.
Como si eso pudiera borrar el rastro de lo que vivimos.
Ocurre cuando la escucho gritar una vez más.
Mis piernas empiezan a moverse solas sin prestar atención a las advertencias de mi cerebro.
Dejo de ser racional cuando se trata de ella y me da miedo que eso no haya cambiado todavía.
Pero ¿a quién le importa a estas alturas?
Solo quiero que dejen de mirarla como si se le hubiera ido la cabeza, que dejen de comentar cosas sobre ella como si tuvieran el más mínimo derecho. No la conocen una mierda. No como yo.
—Gala.
Podría haber dicho cualquier otra cosa, pero es su nombre el que se me escapa.
La chica se tambalea al escuchar mi voz y, a pesar de no estar en su mejor momento, consigue evitar hacer contacto visual conmigo.
La que sí me observa es Rebecca, que ahora tiene los brazos apoyados en las caderas y ha tenido la decencia de mantener la boca cerrada.
Porque si vuelve a decir algo más, si se le ocurre sacarle otra foto, esta vez seré yo el que le deje las cosas bien claras.
—Baja de ahí —añado.
—En tus sueños me das órdenes.
Enarco una ceja. Pues sí, solo en mis mejores sueños podría domar a un alma tan libre como ella.
Pero no es eso lo que quiero hacer, solo busco ayudarla.
Me acerco y descubro que se le ha corrido todo el rímel.
Espero que el culpable haya sido el sudor y no las lágrimas.
Sigue sin mirarme, pero no necesito ahondar en sus pupilas para ser consciente de lo rota que está.