Capítulo 11
Kyle
Soy como la niebla: todos me perciben, pero nadie puede abrazarme ni besarme ni arroparme antes de dormir .
Las palabras de Gala se me clavan una a una como puñales.
Los trazos fuertes y seguros de sus letras escritas a mano ahondan en mi piel de manera insoportable.
Si supiera que de niebla tiene poco… Porque Gala es puro fuego.
Quema, arde e ilumina las pupilas de aquel que se atreve a mirar.
Podría reducirte a cenizas con tan solo chasquear los dedos, pero lo que no sabe es que yo me tiré gran parte de mi vida arriesgándome a ello con tal de sentir el calor de su llama.
Y, aunque ahora estoy convencido de que he aprendido la lección y ya no me acerco ni un mínimo a los incendios, he de confesar que echo de menos esa sensación que te abrasa y enciende por dentro.
Me meto las manos en los bolsillos del pantalón mientras la observo marchar.
Porque iría tras ella, pero no soy imbécil.
Mi corazón no me lo perdonaría si vuelvo a permitir que lo marque con quemaduras de tercer grado que aún duelen y dudo que dejen de hacerlo algún día.
Aún así, opto por seguir sus pasos. Comienzo a caminar en dirección a las escaleras cuando alguien me tira del brazo. Es un gesto suave a la par que firme.
—¿Todo bien…? —pregunta Candy. No es solo su voz la que denota preocupación, sino también esos ojos azules que me escudriñan como si el mar me quisiera para él y sus profundidades.
Procuro mantener la compostura y me yergo.
—Sí, sí —respondo con rapidez. Sueno demasiado alterado para mi propio bien, así que respiro hondo y me obligo a relajar los hombros—. Es que ya estoy mayor para estos sustos y…
Y esa es la excusa menos creíble que he soltado nunca.
Al menos, Candy parece no darse cuenta de que estoy a punto de sufrir un infarto y se ríe.
Le ofrezco mi alma a todos los dioses que puedan estar ahí arriba con tal de que siga ajena a todo esto que estoy sintiendo. No quiero que nadie se entere.
—¿Necesitas que te prepare una tila? —me ofrece con retintín. Su sonrisa traviesa la delata—. También puedo decirle a Naisha que la próxima vez nos encierre con llave para que ninguno de nosotros sea capaz de salir de aquí hasta que ella misma lo decida. Lo que prefieras.
—Vale. —Alzo las manos, derrotado. A mí también se me escapa la risa—. Es bastante probable que haya dramatizado un poquito…
—¿Solo un poquito?
Me rindo.
—Bastante.
—Eso está mucho mejor. —Me da una palmadita en el hombro—.
Piensa que Bibury es un pueblo pequeño, así que es imposible que nos perdamos si decidimos dar una vuelta por ahí.
Tampoco tiene pinta de ser muy peligroso.
La próxima vez, si alguno de nosotros sale a dar un paseo, intenta no preocuparte tanto, ¿vale?
Mi cabeza se mueve de arriba a abajo con lentitud.
Lo hago distraído, casi como si fuera un robot.
Agradezco su preocupación y, en el fondo, me encantaría confesarle que no se me ha ido la olla por lo que ella piensa.
Sé que Gala tiene un sentido de la orientación excepcional, sobre todo cuando se trata de huir lejos de mí.
Me preocupaba que hubiera optado por abandonar el retiro solo para dejar de verme el careto de amargado que llevo día tras día, que se hubiera ido para siempre.
Otra vez. A veces me da la sensación de que el universo nos separó porque, cuanto más lejos está Gala de mí, más cerca está de encontrarse a sí misma.
Y soy un egoísta de manual por haber deseado su vuelta con tanto fervor.
Candy y yo nos despedimos poco después. Ella se mete en su cuarto y yo en el mío.
El pequeño Tom no está por ninguna parte, lo cual agradezco.
Así puedo hundirme en mi miseria yo solito.
Me tumbo en la cama y, aunque hace un calor insoportable, me tapo con las sábanas hasta la coronilla.
Esta era mi manera de refugiarme del mundo cuando era pequeño, como si un simple trozo de tela pudiera protegerme de esos miedos que no están fuera, sino dentro de mí.
Suena ridículo, pero consigue darme una falsa sensación de paz.
Cierro los ojos y respiro hondo. No me importa que el aire se haya vuelto pesado, solo quiero descansar.
Entonces me suena el teléfono.
Juro que no voy a cogerlo, que tardo demasiado en salir de mi escondite. Es solo cuando leo el nombre que aparece en pantalla que asumo que no puedo dejar pasar esta oportunidad de oro. Es Kevin, mi hermano mayor. ¡Todavía se acuerda de mi existencia!
—Joder, Kyle. Tardas un poco más y cuelgo. —Su voz suena más grave que la mía.
—¿Kevin? —inquiero. Ni siquiera sé por qué lo pregunto si es evidente. Solo quiero cerciorarme de que esto es real. No estoy acostumbrado a que me presten atención en casa. Mucho menos él, que siempre está ocupado entre unas cosas y otras y apenas tenemos tiempo para vernos como antes.
—No, la abuela —se mofa—. ¡Pues claro que soy yo!
¿Quién voy a ser? —Estoy a punto de responder, pero se me adelanta—.
Llamaba para ver qué tal te van las cosas.
El otro día no pudimos responderte a los mensajes porque estábamos hasta arriba de trabajo.
Que también te digo, para esos memes tan malos, podrías habértelos ahorrado.
No consigue hacerme reír porque solo puedo centrarme en una de las cosas que ha dicho: tienen muchísimo trabajo. Siento una punzada en el corazón. Creo que se llama culpabilidad.
—Mierda, Kevin…
—A ver, no te lo tomes a mal, pero es que tu humor… ¿Qué eres? ¿Un cuñado en la cena de Navidad?
Más bien un pobre desgraciado que ha dejado a su familia para irse a escribir a una casa en mitad del campo y, ¡sorpresa! No está escribiendo en absoluto.
—¿Cómo que estáis hasta arriba? —le pregunto, ignorando completamente sus comentarios de hermano mayor frustrado porque no es igual de gracioso que yo—. Ya sabía que estamos en temporada alta, pero…
Pero llevaba tanto tiempo intentando ignorar lo culpable que eso me hace sentir que he acabado obviándolo.
—¿Me prometes que no te vas a desmayar si te digo que tenemos más clientes que el año pasado por estas fechas?
Ya tengo la vista nublada.
—Ay, no…
Soy el peor hijo del mundo. Y el peor hermano.
Y el peor amigo. Y el peor ex amigo. Y el peor escritor.
Y el peor… ¡Soy lo peor! ¿En qué momento se me ocurrió que sería buena idea hacer esto?
¿Y en qué momento pensé en dejar a mi familia a su suerte?
Seguro que ahora me odian. Si no mis padres, mis hermanos.
Ninguno tendría que estar trabajando en verano.
Ellos sí habían hecho planes mucho más interesantes e importantes que los míos.
—Kyle. —Creo que Kevin acaba de decir mi nombre por quinta vez, pero no estoy seguro—. Kyle, ¿sigues ahí? Dime que no te has desmayado de verdad.
—Yo… —balbuceo—. ¿Necesitáis que vuelva? Puedo hacerlo. Solo tengo que comprar los billetes y…
—Y una mierda —replica—. Llevas tres días fuera, campeón.
¡No es para tanto! Sabía que no tendría que haberte dicho nada.
Estamos bien. Sin parar, pero bien. ¿Qué se te está pasando por la cabeza, eh?
¿Que no nos están dando propinas en tu ausencia?
¿Que la cocina se ha roto y ahora tenemos que servir los platos crudos?
—Pues sí.
Juraría poder sentir su suspiro en la mejilla más próxima al teléfono.
—Qué poco te fías de nosotros… —murmura—. ¿Te quedas tranquilo si te digo que está todo perfecto y que no nos hace falta tu ayuda?
Auch. Dardo directo a ese huequito de mi corazón que necesita validación constante y pensar que no es tan prescindible como parece.
—Bueno…
—Porque lo está —añade—. Kayden y yo lo estamos llevando de maravilla. Poco más y podríamos protagonizar el live action de Ratatouille.
—Os pega el papel de rata, sí.
—Serás… —se queja, pero luego no puede evitar reírse.
Yo tampoco, para qué engañarnos—. En fin, ¿cómo estás tú?
Que eres experto en escabullirte y no contestar a mis preguntas, así que hoy no me la cuelas.
¿Es bonita la casa donde te hospedas? ¿O resulta que el retiro era solo una tapadera y ahora estás metido en una secta?
Ruedo los ojos a pesar de que no puede verme.
—Es… acogedora, supongo.
Si no fuera por un detallito de nada que duerme en la habitación de al lado.
—¿La secta o la casa?
—Ambas —contesto, siguiéndole el rollo.
—Ya veo… Justo lo que necesitabas, ¿no? No sé nada de escribir, pero supongo que el silencio siempre ayuda a concentrarse mejor. ¿Has escrito algo ya?
Sí, mi testamento por si Gala me mata una noche de estas.
— No puedo decírtelo —miento, más que nada porque solo llevo dos palabras. Puro talento—. Nos advirtieron sobre el plagio y los peligros de hablar sobre nuestros proyectos.
—¿Y también tenéis que rendirle culto a Shakespeare y honrarle con sacrificios para que no os quite la inspiración?
Pero será sádico.
—Eso solo una vez por semana.
No se ríe en esta ocasión, cosa que me inquieta. Escucho una voz a lo lejos que se dirige a él y creo que es mi otro hermano. Lo echo tanto de menos que estoy a punto de pedirle a Kevin que me lo pase. El problema es que no me da tiempo a hacerlo antes de que me suelte:
—Oye, acaban de llegar más clientes y no puedo seguir hablando. Ya te llamaré otro día. Disfruta, ¿vale? Y escribe mucho, ¡a ver si nos haces millonarios a todos!