Todo aquello que soñamos ser Capítulo 10
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Capítulo 10

Gala

Que si he estado enamorada, dice. ¿Cómo se le ocurren semejantes preguntas?

No he venido a este retiro para conocer a nadie, sino para escribir.

Esto no es un programa del corazón, ni siquiera aunque ese mismo órgano me lata con fuerza al abandonar la estancia.

Y ahí está Candy: radiante como el sol, despampanante con su pelo anaranjado, mostrando una sonrisa de anuncio, llevándose genial con todos.

Y, por encima de todo, escribiendo. ¿Cómo es capaz de hacerlo todo? Me pone de los nervios.

Tomo una de las libretas que metí en la maleta y empiezo a escribir.

No le busco el sentido, solo escribo lo primero que se me pasa por la mente.

Hacía demasiado tiempo que no me dejaba llevar así, casi había olvidado la adrenalina de escribir sin ningún objetivo en mente.

No tiene que ser perfecto, ni siquiera debe tener sentido.

Lo importante es desgarrarme uniendo palabra tras palabra, impregnar el papel de los sentimientos que me acechan para que, con suerte, estos abandonen mi cerebro.

Suelto todo el aire y leo con detenimiento lo que he puesto.

Estoy tan cansada de todo. Harta. Soy demasiado pequeña.

Me oculto tras cada nuevo callejón, sin pensar en ningún momento qué rumbo tomará mi vida.

Serpenteo entre una ciudad abarrotada de gente con prisa.

Todos caminan o corren o conducen y yo no sé qué hacer.

Por qué estoy aquí, qué camino tengo que seguir.

Soy como la niebla: todos me perciben, pero nadie puede abrazarme ni besarme ni arroparme antes de dormir.

Vaya auténtica mierda. No me puedo creer que acabe de escribir eso.

Frustrada, lanzo la libreta sobre la cama y salgo de la habitación.

Me estoy ahogando en esta casa que, si bien es de lo más espaciosa, parece una cárcel.

Kyle. Kyle. Kyle. ¿Él pensará lo mismo? Sus palabras me pesan como piedras en los bolsillos y yo me hundo sin remedio.

Cada día cogía una libreta y lo intentaba.

Me caía y me levantaba. Hasta que dejé de sentir motivación por andar .

Me va a estallar la cabeza. Bajo las escaleras de dos en dos y echo a correr nada más abrir la puerta principal.

«Eres como una chispa en un secarral, en el momento en el que te prendes, el fuego lo consume todo», suele decir mi madre.

¿Qué le voy a hacer? Saqué el dramatismo de la familia de mi padre, por lo que no sé hacer las cosas si no es a lo grande.

Por eso, cuando me marché aquel día, cuando dejé a Kyle atrás, lo hice para siempre.

Así que corro. Corro y corro en dirección al pueblo, a donde sea que me lleve lejos de aquí.

—¡Gala! —escucho que me llaman, pero no miro atrás.

Las lágrimas acuden a mis ojos y, por una vez, no me esfuerzo en contenerlas.

Ruedan libremente por mis mejillas, fundiéndose con el ligero viento que golpea mi rostro.

Dejo atrás el río, las casas de ensueño, la carretera principal, los lugareños que me analizan con el ceño fruncido…

Corro con las rodillas todavía doliéndome y una presión en el pecho que nunca termina de irse.

Tan solo me detengo cuando me doy cuenta de que me he perdido.

Caigo rendida sobre la hierba y me lleva varios minutos recobrar el aliento.

El pelo se me pega a la frente y ya no distingo qué es sudor y qué lágrimas.

Me rodea un verde intenso conformado por árboles elevados y una infinidad de campo.

No tengo ni la más remota idea de dónde me he metido.

—¿Se puede ser más estúpida? —mascullo para mí misma.

Ni siquiera me he traído el móvil, por lo que puedo irme olvidando de usar Google Maps o llamar a alguien.

Y sé que no debería estar pensando en eso, pero lo hago.

Estoy tan enamorada de mi libertad que creo que el resto de las emociones que pueda sentir por otra persona no tendrían cabida para mí .

¿Cómo se me ocurrió soltar eso? «Piensa las cosas antes de hablar», me dice la vocecilla de mi madre en mi cabeza.

Y, maldita sea, cómo odio esa voz. La expresión de Kyle fue…

fue… Aprieto la mandíbula de la rabia que me causa el solo pensarlo.

—Olvídate de él, idiota —me digo en alto—. Déjalo ir, no es nadie. ¡No es nadie! ¡No va a impedirte escribir! ¡No va impedir que te enamo…! —Respiro agitada—. No… No, nada de eso.

—¿Te has perdido?

Casi me da un ataque al corazón. Me llevo la mano al pecho, sobresaltada, para toparme con una cara familiar. Entrecierro los ojos, tratando de ubicar su rostro.

—¿Brad?

Él chasquea la lengua.

—Es Bart.

—¡Bart! —exclamo como si me hubiese topado con un millón de libras—. ¡Cuánto me alegro de verte!

Me levanto y me paso una mano por la frente para intentar secarme el sudor y tener un aspecto presentable. Más o menos.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto.

—Esta es la granja de mis abuelos. —Señala a sus espaldas—. ¿Qué estás haciendo tú aquí?

—Bueno, se suponía que hasta aquí era donde tenías que traerme en coche, pero se ve que no tienes ni idea de dónde viven tus abuelos.

—¡Era la primera vez que venía solo en coche! —se defiende.

—Da igual, te perdono.

—¿Cómo que me…?

—Pasado pisado —lo cual no suena tan increíble en inglés como lo hace en español, así que Bart forma una mueca—. ¿Sabes cómo volver a Bibury desde aquí?

—Vamos, te llevo en coche.

No sé si sentirme feliz o preocupada, viendo cómo se terciaron las cosas la última vez que intentó llevarme al pueblo.

En cualquier caso, a caballo regalado no le mires el diente, ¿no?

Bart me guía hacia su vehículo, el cual sigue oliendo igual de mal.

«No pasa nada, lo importante es tener cómo volver», me digo.

Me abrocho el cinturón, lista para marcharnos.

—Oye, ¿tú eres una de esas escritoras que está de retiro en Bibury? —indaga él mientras mete la llave en el contacto.

Soy un poco reticente a contarle mi vida. A él y a cualquiera, la verdad. Murmuro un escueto «sí» y espero que capte que no me apetece hablar del tema.

—No me digas. —Silba—. Conozco a una famosa.

—Bueno…

—¿Te harías una foto conmigo?

—No. ¿Arrancas?

—Vale, vale.

Por suerte, Bart conduce en silencio y en esta ocasión no tiene problema para encontrar el camino. Además, la casa no tiene pérdida, pues el desvío está casi al final de la carretera principal. Antes de que aparque ya estoy desabrochándome el cinturón.

—Muchas gracias, Bart. Te debo una.

Se le ilumina el rostro.

—¿Quieres que tomemos algo en el bar de…?

—¿Cuántos años tienes, quince? —exagero.

—Diecinueve, pero soy bajito.

—Gracias por traerme, en serio. —Su cara de cordero degollado me hace resoplar—. Cuando termine todo esto te invito a una caña, ¿vale? —Se le ilumina la mirada, pero no me quedo mucho más tiempo para que no se imagine cosas que no son—. Nos vemos.

Me apeo del coche como alma que lleva el diablo.

Para mi sorpresa, Kyle está en la entrada caminando de un lado a otro, con Candy detrás de él y una Maude de gesto preocupado.

Kyle está al teléfono, sin parar de acariciarse la nuca, y muy pocas veces lo he visto así de alterado.

Me planto delante de ellos sin saber qué expresión poner. Espero que todo esto no sea por mí.

—¡Gala, estás bien! —grita Candy al reparar en mí.

Oh, mierda, es por mí . Corre a mi encuentro y me abraza como si llevara siglos sin verme.

Le doy un par de palmaditas en la espalda y finjo que no me enternece.

Porque lo hace, cosa que no admitiré en alto.

¿Realmente han estado tan preocupados por que me fuera?

¿De verdad les importo tanto? Detrás de ella, Kyle me observa con atención.

—No te preocupes, Naisha, está todo bien ya. Nos vemos el sábado —dice antes de colgar la llamada—. ¿A dónde ibas corriendo así? ¿Dónde te habías metido? ¡¿Estás mal de la cabeza?!

—Kyle… —le previene Candy.

Maude es la última en acercarse a nosotros.

Su mirada va desde el chico a mí, pensativa.

No dice nada, pero creo que con solo fijarse en nosotros lo ha entendido todo.

Todo . Es como si viera a través de mí, como si vislumbrara ese día lluvioso con la misma claridad con la que yo lo recuerdo todas las noches.

Por un momento, creo que llega a comprender lo que ni siquiera yo entiendo, ese sentimiento que ruge en mi pecho al ver a Kyle.

—No la defiendas, Candy —le espeta él—. No puede simplemente echar a correr y dejarnos aquí muertos de preocupación solo porque…

No lo pienso dos veces. Mis piernas se mueven solas y, para cuando me quiero dar cuenta, mis brazos ya lo han rodeado.

«Abrázame como antes —quiero gritar—. Hasta que se me olvide todo el dolor.

Solo tú sabes hacerlo». Kyle se tensa y no corresponde a mi gesto, lo que termina de romperme por dentro.

Si creía que su preocupación por mí iba más allá de la pura educación, se ve que no.

Seremos un eterno tira y afloja; siempre demasiado cerca pero demasiado lejos. Me separo y carraspeo.

—Lo siento mucho por preocuparos, no era mi intención. Tan solo necesitaba aclarar mis ideas.

Candy me frota el brazo de manera tranquilizadora.

—No pasa nada, pero avísanos la próxima vez, ¿vale?

Asiento, aunque lo dudo mucho. Mis ojos no abandonan los de Kyle en ningún momento.

—¿Puedo hablar contigo a solas? —pide él.

Un cosquilleo recorre mi cuerpo, pero lo atribuyo a que el aire me ha erizado el vello. Trago saliva antes de responder.

—Claro.

Candy y Maude nos dedican una última mirada. No se me pasa por alto la expresión de Maude. Es la de una persona que ya ha vivido mucho, alguien que sabe perfectamente lo que me está pasando porque tal vez lo haya vivido en sus propias carnes. Una vez se marchan, Kyle vuelve a hablar.

—¿Qué creías que hacías?

Elevo la barbilla con orgullo.

—Nada de tu incumbencia.

—¡Lo es cuando mi mejor amiga sale corriendo de la casa sin decir nada!

El silencio se instala entre nosotros. Lo ha dicho, esas dos palabras que lo significan todo: «mejor amiga».

Contengo el aliento, incapaz de pensar con claridad.

Tira y afloja. Eternamente cerca, trágicamente lejos.

Creo que él también se ha percatado, porque se echa un poco hacia atrás y su rostro se ensombrece. Se me hace un nudo en la garganta.

—Fui a tu cuarto y vi la libreta —prosigue cambiando de tema—. Sé que no debería haberla leído, pero estaba abierta y pensé que quizá tenía algo que ver con tu huida.

—No deberías haberla leído, punto.

—Gala…

—¿Querías distancia? —Doy varios pasos atrás—. ¿Querías alejarte de mí? Esto es lo que querías, ¿no? Ahora no me vengas con que estás preocupado por mí. Me odias. —Se me quiebra la voz—. Y hace mucho tiempo que dejé de ser tu mejor amiga.

La distancia entre los dos se hace cada vez más amplia en cuanto echo a andar.