Capítulo 9 #2
Una sensación agridulce me invade el pecho.
Recuerdo el visto que me han clavado esta mañana y pienso que debería volver a hablarles para que no se olviden de mí.
Sé que me desearon suerte en esta nueva aventura y que me pidieron, en más de una ocasión, que dejara de comerme tanto la cabeza.
Me conocen de tal manera que es aterrador.
Así que no puedo evitar sentirme culpable por haberles dejado a cargo de todo el trabajo en el restaurante.
Pero lo he hecho, al fin y al cabo, y no sé si podré perdonármelo algún día. No si sigo así.
—También soy de Londres, por cierto. Vivo con mi madre y mi conejo Pumpkin a las afueras —me cuenta—. Ya te enseñaré fotos de él. ¡Tengo millones! No le gusta que se las haga, pero es tan mono…
Asiento para hacerle saber que la estoy escuchando. Parece satisfecha con su vida, todo lo contrario a mí.
—¿Tú lo haces?
—¿El qué? —pregunta.
—Basarte en tus experiencias para crear. ¿Es por ello que escribes poemas sobre el amor?
A pesar de que está sonriendo, algo en su mirada me dice que no siente lo mismo que lo que expresa la curvatura de sus labios. Se enreda un mechón de pelo rizado en el dedo y comienza a juguetear con él.
—En realidad, no. Suelo inclinarme más por escribir sobre aquello que me gustaría vivir.
—¿Nunca te has enamorado?
—¿De una persona? —Niega con la cabeza—.
Pero eso no significa que no lo haya hecho de otras cosas.
Por ejemplo, de los rayos de sol que se cuelan por mi ventana cada vez que descorro las cortinas o de los abrazos de mi madre.
Creo que el amor puede encontrarse en muchos sitios, ¿sabes? Lo importante es prestar atención.
Sus palabras retumban en mi cabeza como una melodía agradable. La luz tenue de la sala me hace sentir en paz, tranquilo. Puede que tenga razón y sí que sirva estar aquí. Quizá el destino haya querido decidir por mí y me haya puesto justo donde tengo que estar.
—¿Y tú? Si tienes alguna anécdota que compartir conmigo puede que te sorprenda escribiendo un poema sobre ella.
¿Yo? ¿He llegado a sentir el revoloteo de las mariposas en mi estómago?
¿Ha llegado mi corazón a latir única y exclusivamente por alguien?
No lo sé. O quizá es que no quiero responder.
Hace mucho que mi cerebro tomó las riendas.
Tanto que he llegado al punto de desconocer a ese órgano que late justo en mitad de mi pecho.
Sin embargo, y como si de una señal se tratase, Gala aparece en escena con una lentitud digna de película.
Su expresión es indescifrable. Nos observa a Candy y a mí como si estuviera analizando la situación. De repente, deja de caminar y se queda quieta justo enfrente de nosotros. Diviso una botella de agua en su mano izquierda, por lo que deduzco que ha bajado a rellenarla.
—¡Gala! —Candy exclama su nombre—. Otra que ha estado desaparecida durante todo el día. ¿Qué os pasa con encerraros en las habitaciones? ¿Acaso las aves pueden volar cuando están enjauladas? ¡Con la imaginación pasa lo mismo! Entre cuatro paredes es imposible que florezca.
La morena no contesta. Permanece en el lugar sin mover ni un solo músculo. No nos hemos visto desde esta mañana y la tensión es palpable. Puede que incluso Candy lo note, pues vuelve a jugar con sus dedos. Ya lo ha repetido en varias ocasiones, así que supongo que hace eso cuando se pone nerviosa.
—Hay hueco para uno más —la invita—. Estábamos manteniendo una conversación de lo más interesante.
—¿Ah, sí?
Gala reacciona por fin y se sienta justo al lado de la pelirroja, alejada de mí. Puedo asegurar por su cara que no está nada convencida de lo que acaba de hacer. Pero ¿quién le dice que no a Candy? Tiene una capacidad de persuasión increíble. Ese debe de ser su otro poder.
—Acababa de preguntarle a Kyle si había llegado a enamorarse alguna vez.
Casi me atraganto con mi propia saliva. ¿En qué momento estoy a punto de contestar a una pregunta propia de revista del corazón justo delante de la persona que lo sabía todo sobre mí? Mi vida es un chiste, eso sin duda.
—¿Lo has hecho? —Candy insiste y a mí me falta tirarme por la ventana. Lástima que estemos en la planta baja.
—Creo que no.
Ninguna comenta nada al respecto. Están esperando a que continúe hablando, por lo que me obligo a hacerlo.
—He llegado a salir con varias chicas a lo largo de mi vida, pero nunca he sentido más allá de una simple atracción.
Mentiroso .
Mentiroso. Mentiroso. Mentiroso.
—¿Cómo lo sabes?
Porque lo he sentido, solo que no con ellas .
—Simplemente lo sé.
—¿Y tú, Gala? Espero que no pienses que soy una entrometida, simplemente me da curiosidad. ¿Para qué estamos aquí si no es para conocernos?
—Para escribir, ¿quizás? —responde ella, tan simpática como siempre.
Candy agacha la cabeza. Es el primer gesto triste que hace en lo que llevamos aquí, lo que pone a mi ex mejor amiga en alerta.
No tiene pinta de ser la típica que se calla cuando siempre tiene algo que decir.
Esto es nuevo para nosotros. Luego empieza a morderse las uñas.
Parece que quiere devorarse la mano entera, porque lo hace con un ansia que se transmite con la misma facilidad que sus sonrisas.
No pasa mucho tiempo hasta que Gala vuelve a hablar.
—No, ¿contenta? Estoy tan enamorada de mi libertad que creo que el resto de las emociones que pueda sentir por otra persona no tendrían cabida para mí.
Me muerdo el labio inferior procurando sustituir el inentendible dolor emocional que me provoca su confesión por uno meramente físico.
Siempre he sabido que Gala es un alma libre, de esas que migran a lugares exóticos y no tienen tiempo para los demás.
Ella se alzaría en vuelo y yo la admiraría desde abajo.
Triste pero orgulloso. Nunca me gustaron las medias tintas.
—Ya tienes a tu Jo, Kyle. —Candy sonríe de nuevo, pero esta vez su expresión rezuma algo muy distinto. Melancolía, quizás. No sabría decirlo—. La idea de Mujercitas no era tan mala al fin y al cabo.
Entonces eso me convierte inevitablemente en Laurie.