Todo aquello que soñamos ser Capítulo 9
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Capítulo 9

Kyle

Me he reído delante de Gala. Repito: me he reído delante de Gala.

¡Me he reído delante de Gala! Y ella lo ha hecho conmigo, que es aún peor.

Mayday. ¡Mayday! Estamos ante un código rojo en toda regla.

¿Cuánto hacía que no escuchaba sus carcajadas?

¿Años o siglos? Bueno, pues ahora solo han pasado unas pocas horas desde la última vez.

No me lo puedo creer, esto es un hito histórico.

Es por eso por lo que la evito durante todo el día.

¿Qué? Nunca dije que mis acciones fueran coherentes.

¿Cómo voy a mirarla a la cara después de que pareciera que hemos retrocedido en el tiempo?

¿Estamos locos? Eso sería lanzarme al abismo sin mirar, correr hacia aquello de lo que llevo huyendo tanto tiempo.

Sería volver a sentirme como lo hice antaño.

Esa atracción, esa fuerza gravitatoria inexplicable que me atrapa y jura acabar conmigo.

No puedo volver a caer en la trampa. No si quiero salir ileso en esta ocasión.

Hoy acabo estampando el ordenador contra la pared.

Cae la tarde y decido que no puedo más. Ya he escuchado las mismas canciones mil veces seguidas y aporreado el teclado sin éxito.

También me he metido en redes sociales después de que mis queridísimos hermanos me dejaran en visto solo para sentir más presión a la hora de publicar mi proceso.

¿Qué se supone que debo compartir? ¿La nada o el estrés que tengo en el cuerpo?

¿Les gustará a los pocos seguidores que tengo cómo se me mueve el dedo gordo como si tuviera vida propia?

Quizá así consigo sumar más y llegar a los tres dígitos.

Bajo al salón para ver si así dejo de agobiarme tanto.

Rodearme de gente me vendrá bien, lo sé en cuanto bajo las escaleras y la primera persona con la que me topo es Candy.

Está sentada en uno de los sofás sin nadie a su alrededor.

Sonríe al percatarse de mi presencia, libreta y boli en mano, y yo imito su gesto.

Me resulta fascinante cómo una persona es capaz de brillar tanto.

De hecho, creo que la lámpara la mira con envidia.

No dudo en sentarme a su lado y subir la tapa de mi portátil con la esperanza de que su mera presencia pueda ayudar a mi pobre y nula inspiración.

—Te veo a tope, ¿eh? —comenta despreocupada, aún con la atención puesta en su poesía.

Si tuviese la suficiente confianza con ella le habría contestado con un irónico «ojalá». Pero no la tengo, y una parte de mí quiere impresionarla. No sé por qué, pero no me gustaría que piense que estoy amargado o algo por el estilo. Aunque lo esté, Candy no tiene que saberlo.

—Se podría decir que sí —contesto en su lugar.

—¡Qué bien! Sabía que lo conseguirías. Este sitio es mágico.

A ver, déjame echarle un vistazo. —Sin darme tiempo a rechistar, agarra el ordenador por la base y se lo coloca encima de las piernas.

La luz blanca le ilumina el rostro cubierto de pecas—.

¿Capítulo 1? —pregunta, confusa. Hasta sacude la cabeza—. ¿Esto es lo que has escrito?

Se me sube el calor a las mejillas.

—Ajá.

Soy un semáforo en rojo.

—Oh, bueno… —Suelta una risita nerviosa. Por cómo empieza a jugar con sus dedos, sé que piensa que ha metido la pata hasta el fondo—. Por algo se empieza, ¿no? Sin epígrafes no habría obra.

Después me devuelve el portátil.

—¿Vas a seguir en la línea de lo policiaco o tienes alguna otra idea en mente? —inquiere a continuación, negándose a que nos quedemos en silencio—. Quizá puedes darle una vuelta y experimentar con otros géneros.

Con la fantasía, por ejemplo. Sería como volver a casa.

Me encojo de hombros y procuro no sacudir la cabeza ante ese pensamiento.

—No sé, no creo que… En fin.

—Cuéntame. —Ensancha su sonrisa y me posa una mano sobre el hombro. Su tacto es dulce, diría que incluso sanador. En otra vida tuvo que ser un hada—. Puedes confiar en mí. Prometo no juzgarte y, si está en mi mano, también ayudarte.

Las palabras se me quedan atascadas en la garganta. No puedes ayudarme. No con lo que necesito que lo hagas. Bajo mi mirada al suelo y me muerdo el interior de la mejilla. ¿Sería capaz de curar un corazón roto?

—Cada uno tiene su proceso —prosigue a pesar de que no he respondido todavía—.

No te preocupes si no has podido empezar aún.

Lo acabarás haciendo, lo sé. Y si no, ¿qué más da?

El premio no lo es todo. Quizá aquí no escribes nada, pero puede que aprendas lecciones más valiosas. Como conocerte a ti mismo, por ejemplo.

Dios me libre de ahondar tanto en mi interior.

Me quedo observándola embelesado. Puede que no solo lo haya sido en otra vida, porque ahora mismo me parece un hada capaz de acabar con el sufrimiento del mundo.

Puede que en esta también lo sea y sepa esconder muy bien sus alas.

Aún no la conozco lo suficiente, pero algo me dice que Candy guarda cosas maravillosas en su interior. Cosas que merece la pena descubrir.

—¿Sabes qué fue lo primero que escribí?

Ella niega con la cabeza, aunque eso no quita que empiece a mirarme con atención.

—Un poema —confieso—. Uno un tanto ilegible, si te soy sincero. Tampoco se le puede pedir más a un niño de cinco años.

—¿Sobre qué iba?

—Sobre mi peluche favorito.

Pensar en él me produce un pinchazo en el corazón.

—Qué monada —responde al tiempo que me dedica un puchero—. Deberías hacer eso.

—¿El qué?

—Pensar en cosas que te gustan para escribir.

No quiero hacerle daño, así que me niego a admitirle que no creo que eso me vaya a ser de ayuda.

Quiero decir, ¿qué se supone que me gusta?

Vale, sí, me interesa bastante todo el tema este del universo y cómo las estrellas forman constelaciones a las que me quedaría la vida observando.

También disfruto de la música antigua y de la comida china.

Pero nada de eso me parece lo suficientemente trascendental.

Así que me encojo de hombros una vez más.

—No sé.

Veo cómo los engranajes de su cabeza funcionan a toda velocidad.

—No sabes… —repite para sí misma—. ¡Sin problema!

Es difícil enumerarlas todas, así que lo entiendo.

No te preocupes. También se me ha ocurrido que puedes escribir sobre tu propia vida.

Muchos escritores se basan en sus propias experiencias para crear historias.

No tiene que ser una autobiografía como la de Rebecca, pero sí un punto de partida al que aferrarte.

Vale, sí. Esa opción es bastante inteligente.

Veamos… Podría escribir sobre mi jornada en el trabajo de mis padres, pero entonces acabaría destripando mis traumas uno a uno.

Plasmaría en papel que me da pánico no serles de ayuda y que se olviden de mi existencia.

O aún peor: que me recuerden como alguien incapaz de hacer algo de provecho.

Podría escribir sobre Gala, pero eso sería cavar mi propia tumba.

De todas las cosas que me gustan, ella era la que más.

Y de todas las experiencias que he vivido, ella ha sido la que más me ha marcado.

El problema es que es bastante evidente lo pésima que es esa idea.

—¿Y si no tengo nada que contar?

—Entonces te diré que eso es imposible. —No puedo evitar romper el contacto visual. Si sigue ahondando en mí, se va a topar de bruces con un vacío que ni ella sería capaz de solucionar—. Háblame de ti.

—¿Perdón?

—¿Es que ahora no entiendes el inglés? —bromea, soltando una risita a la par—. Vamos, inténtalo. Cuéntame lo primero que se te venga a la cabeza, igual que lo has hecho al hablarme de tu primer poema. Seguro que hay algo con lo que podamos empezar a trabajar.

Vuelvo a pensar en Gala, joder. ¿Por qué no puedo parar de pensar en ella?

Es lo primero y único que encuentro si ahondo en mi interior.

Gala y esa capacidad para hacer míos sus logros.

Gala y esa necesidad imperiosa de hacerme disfrutar de la vida sin remordimiento alguno.

Gala y su coraje. Gala y ese brillo en sus ojos que junto con el mío hacían explotar puros fuegos artificiales.

Sacudo la cabeza. No puedo hablar sobre ello con Candy. Ni con nadie, en realidad.

—Veamos… —Finjo que pienso, dándome toquecitos en la barbilla—. Nací en Londres, trabajo en el restaurante de mis padres desde que terminé la carrera y soy el mediano de tres hermanos.

Y ahora que estoy separado de ellos temo que vayan a dejar de quererme porque no soy suficiente.

—¡Eso es fascinante, Kyle!

—¿Qué? ¿Lo es?

Como si tuviera que corroborarlo, Candy asiente rápidamente con la cabeza.

—Podrías inspirarte en tus hermanos para escribir una novela como Mujercitas . —Hace una pausa—. ¡No me mires con esa cara! Te lo estoy diciendo en serio. Es más, apuesto a que triunfarías sin duda.

—¿Pretendes que plagie una historia al estilo de Dennis? —Enarco una ceja—. Te he subestimado.

—¡No! Siempre he pensado que tener hermanos es un privilegio. Podrías basarte en ellos para crear personajes.

No puedo evitar sonreír porque sé exactamente lo que está haciendo.

Candy no busca ser mi mentora, ni siquiera tiene como objetivo darme lecciones de nada.

Solo quiere hacerme saber que, en el caso de que lo necesite, cuento con su apoyo.

Es posible que se me note en la cara que necesitaba un respiro.

Ella me lo está dando a base de intentar conocerme un poco más.

—¿Eres hija única? —le cambio de tema, no quiero seguir hablando de mí.

—Sí, pero no pasa nada. —Hace un gesto con la mano para quitarle importancia—. También tiene sus ventajas.

—Y que lo digas. No puedes ni imaginarte lo que es compartir habitación con un chaval tres años mayor que tú cuyo único propósito en la vida es entrometerse en la tuya. Aunque, pensándolo mejor, incluso lo prefiero antes que al pequeño.

—¿Muy travieso?

—Es el mismísimo demonio.