Todo aquello que soñamos ser Capítulo 8
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Capítulo 8

Gala

Mentirosa . No hay otra palabra para definirme.

Soy una auténtica mentirosa e inmadura. ¿Cómo que «nunca dejé de hacerlo»?

¿Se puede ser más patética? Creo que, en el fondo, Kyle sabe que no es verdad.

Tiene que saberlo, él siempre ha sabido leerme.

Cuando tenía un mal día él era el primero en darse cuenta.

Notaba cuando contenía las lágrimas y me daba el espacio necesario para desahogarme.

Sabía cuando esbozaba una sonrisa sincera y una falsa.

Lo conocía todo de mí, como yo de él. Pero ¿y si…

? Una sensación ácida me revuelve el estómago.

Ha pasado tanto tiempo que quizá ya no consiga leerme como antes.

Quizá mi mentira se ha convertido en una verdad para él, una hiriente y ponzoñosa.

Veo cómo Kyle regresa al porche, llena de impotencia.

Me considero una persona valiente, pero no cuando se trata de él, mi talón de Aquiles.

Si así fuera, habríamos solucionado esto hace mucho tiempo.

Aquel día habría vuelto sobre mis pasos y me habría comportado como la adulta que soy o, al menos, finjo ser. Habría luchado por nuestra amistad.

—¡Hombre! Si sigues viva.

Resoplo. Mi primo siendo mi primo.

—Podría decir lo mismo de ti, gabacho —replico, a lo que bufa como respuesta—. Has estado desaparecido mil años, no te hagas el digno ahora. Oye, ¿estás ocupado?

—Estoy en el trabajo, guiri salta balcones —me sigue la broma—. Pero no te preocupes, va siendo hora de tomar un café. ¿Qué pasa? ¿Es por lo del retiro?

La historia con mi primo es peculiar. Nos llevamos seis años, lo que, de niños, era una diferencia abismal.

Él es el mayor y siempre hemos estado en etapas diferentes de la vida.

Nunca fuimos los mejores amigos, pero jugábamos juntos cuando coincidíamos en el pueblo.

Él vivía allí permanentemente, mientras que mi madre y yo residíamos en Madrid, así que solo nos veíamos para celebrar reuniones familiares cada cierto tiempo.

Cuando él acabó la carrera, yo aún ni la había empezado, y teníamos prioridades muy distintas.

Básicamente, las mías eran recorrerme todas las discotecas de Madrid y las suyas construir su futuro con su pareja.

Tras el fallecimiento de esta, se mudó a París y no retomamos la relación hasta hace unos meses.

Sé que lo pasó bastante mal y se aisló del mundo, yo me iba enterando de cosas sueltas porque su madre hablaba con la mía muy preocupada.

Sin embargo, unos años después, nos pidió perdón a toda la familia e insistió en recuperar las relaciones que creía perdidas.

Ahora que no somos tan niños nos entendemos bastante mejor y puedo decir que agradezco contar con él.

Creo que es la única persona, además de mis padres, en la que puedo confiar. Mi único amigo.

Me tiro sobre el colchón y trato de ordenar mis pensamientos.

¿Es por lo del retiro? Sí. No. No sé. Es por la escritura que no fluye como antaño, por lo apagada que he estado estos últimos meses, por el reencuentro con mi ex mejor amigo…

Son tantas cosas y todas parten de un mismo punto: Kyle Walker.

El principio y el final de mi historia. Así pues, empiezo por ahí.

—¿Te acuerdas de Kyle?

—Mm…

—Ese que vino una vez al pueblo en verano. Debíamos de tener quince o dieciséis años.

—¡Ah, sí! —exclama—. Vaya veranito me disteis, todo el rato pidiéndome que os llevara en coche a Madrid.

—Oh, perdone, su Majestad, que tuvo que mover el culo dos veces, ¡dos!

—Bueno, que sí, me acuerdo de Kyle —me insta a seguir.

—¿Y te acuerdas de nuestra gran discusión?

—Me suena que mi madre me comentó algo, pero muy por encima —contesta.

Por aquel entonces, hace dos años, todavía estaba en modo ermitaño.

Ni nosotros sabíamos nada de su vida ni probablemente él de la nuestra.

«Ojalá hubieras estado ahí —pienso con cierto amargor—.

Necesitaba un apoyo más que nunca». Sé que él también estaba sufriendo, así que lo más seguro es que no hubiéramos podido cuidarnos el uno al otro como merecíamos.

—Bueno, la cuestión es que discutimos —resumo.

«Nos dijimos de todo, fuimos lo más hirientes que podíamos ser», quiero añadir, aunque prefiero guardármelo para mí.

—No volvimos a hablar en dos años —prosigo. Tengo que tomar aire para mi última frase—. Hasta ahora, porque nos hemos encontrado en el retiro.

—Vaya.

—¿Esa es tu respuesta? Ahora es cuando me tienes que dar un consejo que lo solucione todo.

Escucho su risa al otro lado de la línea, lo que solo consigue aumentar mi exasperación.

—Primita, no funciona así. Si hubiera un consejo mágico para arreglar la vida, créeme que lo habría usado hace tiempo.

—¿Y cómo funciona entonces? ¿Cómo te las apañaste tú?

—Fluye.

—¿Qué mierda de consejo es ese? —Gruño para remarcar mi enfado. Quizá lo de apoyarme en él no ha sido tan buena idea—. Suenas a gurú espiritual. Los franceses te han comido la cabeza. No, me corrijo: tener novia te ha dejado tonto perdido.

—Veo que sigues tan hater del amor como siempre —Ríe—. De hecho, Taylor Swift tiene una canción que…

—¡Gabriel! No me interesa Taylor Swift, me interesa encontrar una solución a mis problemas.

—¿Que vienen siendo…?

En efecto, este tío es imbécil, no sé ni por qué le he llamado .

—¿Cómo lidio con Kyle? No puedo ni mirarle a la cara.

—Yo qué sé, pues mírale el culo.

Poca gente consigue dejarme sin respuesta, pero desde luego que Gabriel Rodríguez es una de ellas. Estoy a punto de colgar y renegar de todos mis lazos de sangre cuando vuelve a hablar:

—Gala, en serio. —Su voz adquiere un matiz de seriedad—. Sé que parece una tontería, pero hazme caso. Déjate llevar y la vida encauzará tu camino. Si el mundo os ha puesto juntos en el retiro es por algo. Tal vez sea la ocasión perfecta para retomar vuestra amistad o lo que surja…

—Eres la persona más insufrible del planeta.

—Gracias.

Unos golpes en la puerta me devuelven a la realidad. ¿Y si es él? El corazón me martillea en el pecho.

—Te tengo que dejar. Piénsate un consejo de verdad y me lo dices. Por ejemplo, cómo enterrar un cadáver.

—¿El de Kyle o…?

Cuelgo sin darle una respuesta y me giro hacia la puerta

—Adelante.

Para mi desgracia, no es Kyle quien aparece, sino Candy. Trae mi portátil en la mano y esboza una sonrisa un poco tirante, lo que me pone en alerta.

—He llamado porque te escuché hablando y no quería molestar, espero que…

—Está bien —la corto—. Gracias por el ordenador.

Se lo arrebato de las manos y lo coloco sobre la mesilla. Candy no añade nada más —curioso, porque siempre tiene algo que decir— y se dirige a su maleta. De ella saca un ladrón y me lo enseña como prueba de que no ha venido hasta aquí con intención de espiarme o algo parecido.

—Con tantos que somos tenemos que cargar muchos ordenadores. —Se ríe en bajito a pesar de que no tiene ninguna gracia—. Oye, eh… ¿estás bien?

—Ajá.

—Ya…

Candy se dispone a abandonar el dormitorio, pero se detiene en el umbral.

—Ya sé que no nos conocemos mucho y eso…, pero puedes desahogarte conmigo si lo necesitas. Ser compañeras de habitación une mucho. —Esta vez su sonrisa es más sincera—. Podemos hacer fiestas de pijama y ver películas ñoñas y…

—Estoy bien, gracias —replico tajante.

—Vale, sí, perdón.

Al fin me deja sola con mis pensamientos. No sé por qué insisto tanto en aislarme si en cuanto todos se van el ruido de mi cabeza se hace ensordecedor.

…

Este retiro debería llamarse «A ver cuánto tiempo puede pasar Gala sin escribir cuando se supone que ha venido aquí a hacerlo challenge ».

Aunque solo han pasado dos días, siento que las horas se desvanecen, llevándose consigo mis posibilidades de empezar a escribir una novela.

Cuanto más tarde, peor será. Todos tienen algo por pequeño que sea.

Rebecca está escribiendo un libro de autoayuda —mejor no comento—, Dennis continúa con su novela para nada plagiada, Maude tiene ya tres capítulos…

Mi contador de palabras está a cero. De hecho, si pudiera estar a menos uno seguro que lo estaría.

Le he dado muchas vueltas a la temática de mi inexistente novela.

En un principio quise escribir ciencia ficción, pero hay que documentarse tanto que se me quitaron las ganas.

Luego opté por la fantasía, pero soy escritora brújula y de solo pensar en todo el worldbuilding que tendría que hacer me mareo.

Normalmente Kyle me ayudaba con todo ese tema.

Crear un mundo desde cero era mucho más sencillo cuando trabajábamos juntos, pues lo que no se le ocurría a uno se le ocurría al otro.

Soy la única que no tiene ni idea de qué hacer.

Los demás ya venían con algo: una idea general, la escaleta o incluso varios capítulos.

Yo parto de la nada absoluta, así que tengo que buscar algo rápido de escribir, una historia que no me suponga demasiada complicación.

«Fluye», recuerdo el estúpido consejo de Gabriel.

¿Qué pasa cuando tratas de fluir y no surge nada?

Mientras el resto escriben me dedico a cualquier otra cosa.

Me encierro en mi habitación, salgo a correr o me sumerjo en las profundidades de Archive of Our Own leyendo fanfics .

Es como si estuviera en España, solo que rodeada de casi desconocidos.

A mamá le desespera y honestamente no la culpo.

Tras terminar la carrera me metí a un máster por no quedarme estancada, lo que compaginaba con dar clases particulares de inglés.

En el último año mi madre ha insistido todos y cada uno de los días en me forme para ser profesora, pero no es lo que de verdad quiero.

He aguantado comentarios desde «eres una inmadura que no sabe lo que quiere» hasta «podrías aspirar a más».

Sabe que mi única pasión es la escritura, pero no puedo vivir de ello.

En especial, cuando le di la espalda a la razón por la que escribía.

Estoy volviendo de mi carrera matutina por la arboleda cercana cuando tropiezo con una piedra y caigo de bruces contra el suelo.

Me quito los cascos, en los que suena «HOME;RUN» de Seventeen a todo volumen.

Maldigo entre dientes antes de volver a ponerme en pie.

Un hilo de sangre me resbala por la pierna, aunque no tiene mala pinta ni me duele demasiado.

Menos mal que ha sido justo frente al jardín de la casa.

Lo primero que hago es dirigirme al baño en busca de agua oxigenada, tiritas o cualquier cosa que me pueda servir.

No encuentro nada ni en el baño de abajo ni en el de arriba.

Subo la pierna al lavabo y le echo agua como puedo, provocando una estampa bastante curiosa.

La rodilla no para de sangrar, parece una auténtica matanza.

Aún encima, la puerta está abierta de par en par, dando pie a que un Kyle muy oportuno pase en ese momento.

Lleva su mirada de mi rostro a la pierna contorsionada, perplejo.

—¿Qué ocurre?

Una vez se le pasa el estupor, entra y me agarra del brazo con preocupación.

En cuanto repara en la sangre se vuelve completamente pálido.

Y entonces lo recuerdo, es como un resorte.

Cuando conoces a una persona tanto empiezas a guardar conocimientos sobre sus hábitos, gustos o preocupaciones.

Sabes lo que le gusta desayunar cada mañana, su sabor de helado favorito o el hecho de que le da pavor la sangre.

Los recuerdos de Kyle mareado cuando me sangraba la nariz de pequeña me inundan.

Nunca lo había olvidado, solo había quedado relegado a un rincón polvoriento de mi mente.

—Nada, estoy bien, vete —respondo mientras lo intento empujar a duras penas.

Por una vez no pretendo ser soberbia, sino que sé la angustia que le provoca la situación. Me froto con más ansia la pierna, pero el rojo sigue saliendo a borbotones.

—No es nada —repito—. Ahora mismo se me pasa.

—Creo que me estoy mareando.

—No jodas.

Kyle coloca una mano en la pared para estabilizarse, cada vez más lívido.

Trato de estirarme para llegar a él sin resultado alguno.

En su lugar, me resbalo y me estampo contra el suelo, lo que hace que ya no solo me sangre una rodilla, sino las dos.

Kyle se agacha para ayudarme a ponerme en pie.

Sin embargo, su buen gesto se ve truncado, ya que de repente él mismo se cae a mi lado.

—No te desmayes, por favor. —Lo sujeto por los hombros—. Mírame. No te desmayes, Kyle.

—Estoy bien.

Contengo la respiración unos instantes. Cuando me aseguro de que no se va a desmayar suelto todo el aire.

Entonces una risa se me escapa de los labios, como si siempre hubiera estado destinada a ello.

A esa le siguen otra y otra hasta que las carcajadas se vuelven incontrolables.

Kyle empieza con una simple sonrisa, intentando esquivar mi mirada pero dándose por vencido segundos después.

Su risa se entremezcla con la mía y es como si viajáramos en el tiempo.

Solo somos él y yo, nosotros contra el mundo.

Solo que no es verdad. Esto no ha sido más que una burbuja que de un modo u otro tenía que explotar. La razón tiene nombre y apellidos: Rebecca Johnson.

—¿Qué se supone que es esto?

Kyle y yo intercambiamos una mirada y seguimos riendo. Rebecca frunce tanto el ceño que se le va a formar una uniceja y esa idea provoca que mi risa se intensifique.

—Lo que hay que ver —musita antes de dar media vuelta.

Estoy a punto de contarle lo de la uniceja a Kyle cuando recuerdo que ya no es mi amigo. De hecho, me lo ha dejado muy claro desde que pusimos un pie en esta casa. Carraspeo para llamar su atención.

—Debería darme una ducha. Estoy sudada de correr y tal.

—Claro, sí. Mejor te dejo a solas. —Se ruboriza ligeramente.

En otro momento habría respondido de forma divertida. «Pues sí, no acostumbro a ducharme con mi mejor amigo», diría. Sería una tontería, nada más allá de un chiste. Pero Kyle y yo ya no somos esas personas por mucho que me cueste aceptarlo.

—Gracias por, eh…, la ayuda —comento.

Kyle hace un gesto con la cabeza y sale del baño sin mediar palabra. Si creía que podíamos volver al pasado estaba muy equivocada.