Todo aquello que soñamos ser Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

La expresión de Gala se endurece en el mismo instante en que el mundo a mi alrededor desaparece.

Ya no le hablo a Candy, sino a ella. Nunca he dejado de hablarle a ella.

Le susurro todo eso que queda suspendido en el aire como motas de polvo que vuelan hacia ninguna parte.

No sé si leo culpa en sus iris, pero yo la llevo escrita en los míos.

Y duele. Duele mucho. Duele tanto que mi corazón se desangra en tinta y llora por todas esas palabras emborronadas que dejaron de pertenecerme a mí para corresponderle a Gala.

—Me daba vergüenza admitirlo en voz alta, por eso os he engañado antes. No pretendía…

Candy me interrumpe en esta ocasión.

—Podrás.

—¿Cómo dices? —inquiero.

—Que podrás hacerlo, Kyle. ¿Qué es eso de nunca más? Eres escritor, eso no se pierde nunca. Da igual que te tires años, ¡incluso siglos! Sin escribir. Tú sigues siéndolo. Además, para eso estás aquí. Para eso estamos todos aquí.

Pestañeo varias veces para disipar las lágrimas que se agolpan en mis ojos. Asiento lentamente, no solo porque entiendo lo que me quiere decir, sino porque le agradezco que lo haga.

—Siento haberte empujado a sincerarte, pero también me alegro de que lo hayas hecho.

Guardarte las cosas dentro no es… —Sacude la cabeza.

Le cambia la expresión durante una milésima de segundo, pero luego vuelve a sonreír—.

No es la mejor opción, ¿vale? Así que, si necesitas ayuda en cualquier momento o ves que todo esto te sobrepasa, no dudes en contar conmigo.

Si de algo estoy segura es de que dos mentes trabajan mejor que una.

No me da tiempo a reaccionar cuando Gala se levanta de un salto y se mete en la casa sin mirar atrás.

No soy un hombre que se deje llevar por impulsos, pero en esta ocasión soy incapaz de sucumbir a esa parte primitiva que reside en mí.

Voy tras ella. Así, sin anestesia. Ya le contestaré a Candy después.

Y, con respecto a los demás… Bueno, ¿qué más da?

No me importa lo que puedan llegar a opinar de mí.

Ahora solo me importa lo que me ha importado siempre desde que tengo uso de razón.

Al entrar no la encuentro por ninguna parte. Ni por la cocina ni por la entrada, tampoco en el salón. Subo las escaleras de dos en dos en cuanto presupongo que está en su habitación. No me lo pienso antes de abrir la puerta sin permiso. Puestos a sucumbir…

—¿Qué coño haces? —pregunta exaltada. No sé si se refiere a que acabo de irrumpir en su santuario o a lo que he admitido ahí fuera.

—Eso mismo debería preguntarte yo —suelto sin pensar—. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué…?

—Ni se te ocurra terminar esa frase.

Suspiro, claro que suspiro. Reconozco que ayer me comporté como un auténtico idiota. Y no solo eso, sino que admití serlo con todas las letras de la palabra. Lo sorprendente es que todavía quiera mirarme a la cara porque yo no pude hacer lo mismo en su día.

—¿Por qué te has ido de repente? —continúo a pesar de sus advertencias.

Como tiene los mechones delanteros de su pelo escondidos detrás de las orejas, sé que toda ella acaba de enrojecer. No es vergüenza, sino rabia.

—No finjas que te interesa, Kyle. Sé de primera mano que no lo hace.

Ya no me importan las consecuencias porque doy un paso en su dirección. Sus músculos se tensan y ese muro entre nosotros se hace más grande. Da igual que un día nos dé por escalarlo, ninguno sería capaz de llegar a la cima ni en esta ni en cualquier otra vida.

Me cruzo de brazos e intento transmitir una falsa seguridad. Ahora empiezo a preguntarme por qué he ido tras ella sin pensarlo dos veces. Por qué mi enfado ha pasado a un segundo plano.

—¿Tengo pinta de estar fingiendo?

—¿Tengo pinta de querer hablar contigo?

Pero tendrá cara.

—Te he hecho una pregunta —insisto.

—Y yo he decidido no contestarla.

Sigue siendo tan cabezota como ella sola, pero yo puedo serlo aún más.

—Bueno, pues yo decido volver a hacértela. —Doy otro paso hacia ella—. ¿Por qué te has ido del porche, Gala?

Gruñe y alza el mentón para intentar quedar por encima.

—¿Por qué me atosigas, Kyle?

Touché.

—¿Prefieres que responda por ti? —le sugiero, el aroma de su perfume dándome una bofetada cuando inspiro hondo.

—Adelante, inténtalo. Te deseo suerte, la vas a necesitar.

Vuelvo a coger aire porque, además de que soy un ser humano y no puedo aguantar la respiración sin desmayarme, quiero que su olor me marque la otra mejilla.

—Estás aterrada.

—¿Cómo dices?

—Te ha acojonado escuchar la verdad.

Suelta una risa incrédula por la nariz.

—Y con eso te refieres a…

—A que dejé de escribir justo después de dejar de ser amigos. A que no pude seguir haciéndolo sin ti.

Una nube opaca se cierne sobre nosotros, sobre todo cuando sus ojos me reconocen que estoy en lo cierto y mi mandíbula se tensa casi tanto como el ambiente. Si he dejado de mentir ahí fuera es porque no voy a seguir haciéndolo. Ni a ella ni a mí. Ambos merecemos una dosis de realidad.

—Pero me niego a que pienses que no lo intenté. Porque lo hice, Dios, vaya si lo intenté. Cada día cogía una libreta y lo intentaba. Me caía y me levantaba. Hasta que dejé de sentir motivación por andar. ¿Para qué avanzar por algo inútil? ¿Para qué ahogarme en páginas en blanco?

Si ya ni siquiera me interesaba expresarme. Si ya no tenía nada que expresar.

Nada que no tuviese que ver contigo.

Gala cierra los ojos, tan dolida que ya no quiere ni mirarme.

—Cállate, Kyle, por favor.

No es la reacción que esperaba, pero me consuela que sea la real. Me deja ver un poco a través del muro, aunque este siga igual de imponente.

—Lo siento, pero…

No me deja continuar.

—¿Qué te crees, que no soy consciente del año que te hice? —escupe, lo que me insta a dar un paso atrás—. ¿Piensas que soy estúpida, que no sé de lo que soy capaz? ¡Joder! ¡Si hasta deseé que tu dolor fuera el mío! ¡Deseé sufrir yo sola!

Y entonces desconecto. Ni sus gritos ni sus lágrimas incipientes consiguen sacarme de mi cabeza.

Y pienso. Pienso mucho. Nos imagino felices en un mundo paralelo donde jamás ocurrió el desastre.

Uno en el que seguimos siendo nosotros dos.

Gala y Kyle. Kyle y Gala. Uno en el que las almas gemelas existen y ella sigue siendo la mía.

—¿Acaso sabes cuánto me afectabas? — ¿Cuánto me sigues afectando aunque no quiera?

—Siempre supiste que aquello podría pasar. Cuando empezamos…

—Sabes que creía en nosotros por encima de todo —la corto—. Creía en ti.

Ella se limita a negar con la cabeza.

—Y te equivocaste conmigo.

—Gala…

—Y con nosotros.

—Gala…

—Estábamos destinados al fracaso, ¿no? —prosigue. Sus palabras duelen tanto como antes. Joder, si duelen—. A convertirnos en esto que somos ahora. A dejar de escribir.

Mi corazón se salta un latido.

—¿Lo dejaste tú también?

No dice nada. Nada. Absolutamente nada.

—Gala, contéstame.

Y creo que jamás he estado preparado para escuchar lo que confiesa a continuación:

—Nunca dejé de hacerlo. Tú y yo no somos lo mismo.