Capítulo 7
Kyle
Lo que duelen los recuerdos y lo poderosos que pueden llegar a ser solo lo saben aquellos que viven aferrados a algo que ya pasó.
La nostalgia se materializa en el centro de mi pecho al escuchar un sonido tan insignificante como lo es el que emana del ordenador portátil de Gala.
Se me llena la boca de decir que estoy huyendo de esa época, que he conseguido superarla, pero nada más lejos de la realidad.
Soy tan necio que me creo capaz de controlar tanto lo que me rodea como lo que forma parte de mí.
Hasta que, de repente y sin esperarlo, como un huracán que a lo lejos aún parece brisa, la realidad me golpea con fuerza.
Y el mío tiene nombre, apellidos y se encuentra encogida sobre sí misma mientras su mirada no deja de posarse sobre la mía.
Me pregunto qué se le estará pasando por la cabeza, qué es eso que acaba de molestarle tanto para dedicarme semejante expresión.
Antes solo me bastaba estar a su lado para saberlo.
La conocía incluso más que a mí mismo, pero ahora lo único que puedo hacer es imaginarlo.
Creo que no ha dormido bien. La delatan sus ojeras y esa cara de pocos amigos.
También creo que está haciendo un esfuerzo por estar aquí.
A una parte de mí, esa que es valiente y ansía comerse el mundo, le gustaría preguntarle cualquier cosa.
Un «¿por qué lo hiciste?» o un «¿qué sientes cuando me ves?
¿Es que no te carcome la culpa?». Suena ridículo, ¿verdad?
Eso es lo que me repite la otra parte, esa que prefiere que me trague la tierra antes que volver a dirigirme a ella.
Ya sea para aclarar mis dudas o buscar paz.
—¿Qué os parece si empiezo yo? —Candy sonríe y yo la envidio.
Qué fácil hace que parezca ser feliz—. Bueno, ya sabéis que estoy escribiendo un poemario.
¡Y me están saliendo las palabras como churros!
No puedo parar, es como si estuviera poseída.
Es justo lo que necesitaba para llevar adelante mi proyecto.
Envidia. Envidia. Envidia. La misma que veo en las pupilas de Gala.
—¿Sobre qué van tus poemas? —pregunta Dennis, con el que aún no he hablado mucho.
Candy finge que se lo piensa, pero es evidente que tiene la respuesta bastante clara.
—Sobre muchas cosas, en realidad. —Cuando su sonrisa se ensancha se le forman dos hoyuelos bastante monos en sus mejillas—. Ya llevo varios escritos, ¡es una locura!
—Déjame adivinar —prosigue Gala, que parece haberse animado a participar en la conversación—. La mayoría van sobre el amor.
A Candy se le ilumina la cara.
—¡Bingo! ¿Cómo lo has adivinado? Se nota que ya estamos empezando a conocernos, compi de habitación. —Hace el amago de darle un codazo, pero su brazo se queda colgado en el aire. Gala rueda los ojos y chista por lo bajo.
—Será eso —concluye.
Se nota a leguas que Candy no es santo de su devoción, cosa que no entiendo.
A ver, sí, son bastante dispares, no hay más que verlas.
Pero la pelirroja está haciendo un esfuerzo por llevarse bien con todos y no le veo ningún problema a eso.
La cuestión es que no parece darse cuenta de que a Gala le falta arrancarse los oídos de cuajo con tal de no tener que escucharla.
Es injusto, por lo que continúo antes de que se le ocurra decir algo más al respecto:
—Qué interesante, Candy —la animo—. Seguro que son muy bonitos.
No sé cómo consigue que su boca se curve todavía más, pero lo hace. Pobres mejillas las suyas.
—¡Muchísimas gracias! —Pega un saltito sobre la silla situada justo a mi lado—. He nacido para esto, lo sé. Si algún día quieres leer alguno, estaré encantada de prestarte mi ordenador. A todos, en realidad. Me ayudaría mucho saber vuestra opinión.
Imito su expresión risueña y asiento.
—Me encantaría.
Ahí es cuando escucho otro bufido, uno mucho más evidente.
Gala me reta con la mirada de nuevo. No se cansa, joder.
Y a mí me destroza tenerla tan cerca. No puedo respirar sin sentir su presencia, sin oler ese aroma que me persigue hasta por las noches.
Me cuesta relacionarme con los demás porque solo puedo pensar en ella.
En ella, en ella y en ella. Candy sabe que ha nacido para escribir, al igual que yo estaba convencido de lo mismo incluso antes de venir aquí.
Ahora temo que solo he nacido por y para Gala.
Que no tengo nada más, que no valgo para otra cosa.
Ni para servir en el restaurante de mis padres ni para ser el hijo ejemplar.
Solo para Gala. Gala, Gala y Gala. Creo que me estoy volviendo loco.
Mis hermanos me confirmarían que me estoy volviendo loco.
—Yo acabo de terminar el segundo capítulo de mi novela —comenta Dennis mientras a mí solo me apetece volver a casa y olvidarme de este estúpido sueño que ya no tiene ningún sentido—.
Es una distopía donde un grupo de personas se ve obligado a participar en unos juegos mortales donde tienen que matarse los unos a los otros.
No hay premio, solo gana el único que queda vivo.
Creo que voy a llamarlo Hambrientos: El Juego.
—¿Ese libro no existe ya? —pregunta el parvulito.
—¿A qué te refieres?
—A que le hicieron hasta una película, tío.
El rostro de Dennis palidece en respuesta. Se queda unos segundos en trance, pero no tarda en volver al mundo real. Hace un gesto con la mano para restarle importancia.
—Bah, hoy en día ya está todo inventado. Es tan fácil coincidir en algunas cosas…
—Sí, igual de fácil que te denuncien por plagio —replica Tom.
Dennis se torna aún más pálido.
—No creo que sea para tanto —afirma, más para sí mismo que para los demás.
—Bueno, tú verás.
Dejo de prestarles atención cuando siento un pequeño toque en mi hombro.
El dedo índice de Candy repiquetea contra la tela de mi camiseta para llamarme la atención.
Giro la cabeza hacia ella y sonrío. Es fácil replicar su gesto cuando la estás mirando.
Su alegría es tan contagiosa que ya deberían estar investigando una vacuna.
O mejor que no. Me gusta que sea capaz de transmitirla con tanta facilidad.
—¿Cómo vas con tu novela? ¿Policiaca, verdad?
Solo dos preguntas bastan para que Gala me juzgue en la distancia.
Menudo dilema. ¡Vaya marrón! Si ni siquiera he empezado a escribir, por el amor de Dios.
¡Y tampoco estoy familiarizado con el género!
¿Quién me manda a mí a mentir? ¿Qué se supone que tengo que decir?
Encima todos me están mirando a pesar de que el posible delito de plagio de Dennis es mucho más interesante que mi respuesta.
—Estupendamente —miento otra vez. Al final va a ser cierto que el hombre es el único animal capaz de tropezarse con la misma piedra—. Las palabras me salen como churros.
Candy suelta una risita al escucharme repetir su expresión.
—¿Y de qué trata? —inquiere. Gala es incapaz de disimular su creciente sonrisa. Creo que sabe que me he metido en un berenjenal y lo está disfrutando de lo lindo. A partir de ahora Candy se proclama como su nueva mejor amiga—. No nos dejes con las ganas, venga. Queremos saber más.
Bien, Kyle. Piensa. No es tan difícil. Tú puedes, campeón.
Pero la realidad es que no puedo. No se me ocurre nada. ¿Acaso merezco estar aquí?
—Eso —secunda Dennis—. A ver si no soy el único con ideas poco originales.
Tom se siente aludido y frunce el ceño.
—¡Oye! ¡No me refería a eso!
—Pues a ver si medimos mejor las palabras, don Perfecto.
Es evidente que a Candy le da igual lo que está ocurriendo a su alrededor porque sigue centrada en mí. Gala más de lo mismo.
—¡Vamos! —me anima a contestar—. No sabes la curiosidad que me da.
Me acaricio la nuca en señal de nerviosismo.
Siempre lo hago cuando la situación se me empieza a escapar de las manos.
Gala se centra en el movimiento de mi brazo porque sabe perfectamente lo que eso significa.
Bien. Genial. Acabo de delatarme yo solito.
Estas son las consecuencias de permitir que una persona sepa más de ti que tú mismo.
—¿Y bien…? —insiste Candy.
¿Cómo de mal quedaría si me levanto y me voy?
No peor que admitir que les he mentido a todos, ¿verdad?
¿O sí? Joder. Haga lo que haga, es imposible salir de esta encrucijada.
¿Mentir o huir? Uf, cualquiera es tentadora.
Pero no. Yo no soy así. No puedo seguir escondiéndome.
No esta vez, al menos. Así que escojo la única opción correcta, siendo también la más aterradora.
—En realidad… —Sacudo la cabeza. Puedes con esto.
Ánimo. No es para tanto. Sí que lo es, pero bueno.
Ya es demasiado tarde para echarse atrás—.
No me va estupendamente —suelto. La mochila sobre mis hombros deja de tener tanto peso.
A veces da gusto ser sincero—. Ni siquiera me va bien.
No sé por dónde empezar y estoy tan bloqueado que me da miedo no ser capaz de escribir nada nunca más.
Juro que se lo estoy diciendo a Candy. A Candy y solo a Candy.
Pero no sé a quién pretendo engañar si por el rabillo del ojo solo puedo centrarme en Gala.
Mientras los demás pensarán que esto es algo que me ocurre aquí y ahora, ella sabrá que me pasa desde hace mucho más.
Desde hace dos años para ser exactos, justo cuando la eché de mi vida.
Siento algo dentro de mí que crece por momentos.
Es rígido y me triplica en peso. Creo que lo llaman verdad.
—Si me apunté al retiro es porque llevo mucho tiempo sin poder escribir. Estoy sumido en una especie de bloqueo que no me deja en paz. Es horrible.