Todo aquello que soñamos ser Capítulo 6
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Capítulo 6

Gala

Creo que en total debo de haber dormido unas tres horas. No he parado de dar vueltas en la cama, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera mi antiguo mejor amigo. He soñado que me perseguía un dragón escupefuego con la cabeza de, efectivamente, Kyle. Así que sí, ha sido una noche interesante.

Para cuando me levanto, Candy ya está en pie.

Ha abierto las cortinas florales —que se mecen suavemente al compás del viento como en una película— de par en par, dejando que los rayos de sol se cuelen por la ventana.

«Seguro que, aunque quisiera sacar una foto para subir a Instagram ahora, me saldría fea», pienso con sorna.

Me revuelvo entre las sábanas, todavía adormilada.

Mi peluche de pingüino que me acompaña siempre se ha debido de caer por la noche.

Soy una madre horrible . Escucho varias voces lejanas en el piso abajo, pero no distingo a quiénes pertenecen.

Lo primero que hago es alcanzar el móvil, que descansa sobre la mesilla.

Me gustaría decir que tengo un millón de mensajes, que mis cientos de amigos me echan de menos y todas esas cosas.

Sin embargo, sé que nada de eso va a ocurrir.

Kyle no solo era mi mejor amigo, sino prácticamente mi único amigo.

Cuando nuestra relación se fue a pique, me encerré mucho más en mí misma, si cabe.

Hice que las pocas personas con las que me llevaba de la carrera se fueran alejando hasta quedarme sola.

Es muy diferente tener conocidos que amigos.

Sí, me puedo relacionar más o menos con la gente y no tengo problema para charlar sobre cosas banales de vez en cuando.

No obstante, no consigo que mis relaciones vayan más allá.

Quizá es que estoy rota. Quizá es que este mundo es demasiado grande y yo demasiado pequeña.

En cualquier caso, tengo la sensación de que me lo he buscado, la vida me está mandando un mensaje: «Desiste».

Tengo un mensaje de mi madre preguntándome si como bien, porque siempre que vengo a Reino Unido me suelta una sarta de comentarios sobre lo horrible que es la comida aquí.

Coincido con ella, aunque no se lo diré a papá por eso de que él es cocinero.

En cuanto le respondo, me asalta con otro mensaje: «Pórtate bien y no te dejes llevar.

Esta es una gran oportunidad para orientar tu vida, así que no la desperdicies».

Gracias, mamá. Como siempre, muy alentador .

También tengo una notificación de mi padre que pone: «Hola qué tal has empezado a escribir», sin puntos, ni comas ni nada.

El último que tengo es de mi primo, que me pregunta cómo me va todo, porque se está esforzando en retomar nuestra relación después de varios años en los que apenas hablábamos.

Respondo uno a uno, tomándome mi tiempo para posponer bajar a la cocina todo lo que puedo.

Cuando por fin me animo a desayunar, espero que Kyle ya no esté. Es bastante madrugador, por lo que tengo suerte. Me topo con Rebecca, que parece estar tomando un batido de frutas y compartiéndolo con sus seguidores. El renacuajo la acompaña con un bol rebosante de cereales de chocolate.

—¿De dónde has sacado eso? —pregunto, saltándome los formalismos.

—Mm, del cajón de ahí —responde Tom con la boca llena.

Rebecca me observa de soslayo mientras consigo los ingredientes para mi desayuno. Tom me indica que hay café hecho, pero prefiero hacerme un té. «Lo siento, mamá, te he fallado», pienso mientras le echo leche al té que acompañará a mis cereales.

—Interesante combinación —comenta la influencer .

—Gracias —respondo, a sabiendas de que no es un cumplido.

La mujer abandona la habitación sin decir nada más. Con solo ese gesto queda muy clara su impresión sobre mí.

—Lo de la autobiografía se lo tiene bastante creído —musita Tom.

Me siento a su lado en la barra de la cocina y remuevo los cereales con desgana. ¿Debería subirlos también a Instagram o ya es pasarse? ¿Cuánto contenido es suficiente y cuánto es demasiado poco? Me obligo a mí misma a limitarme a desayunar. Primero necesito fuerzas, luego ya me comeré la cabeza.

—¿La conocías de antes? —indago.

—Claro, es muy famosa.

Lo dice como si fuera la cosa más obvia del mundo. Hago una mueca de desconcierto.

—Rebecca Johnson, ¿en serio? —Me mira anonadado—. Aunque para fama la de su hermana: Aria Johnson. Tiene tropecientos millones de seguidores en Tik Tok. Está en todos lados. ¿No has visto las marquesinas del bus?

Me encojo de hombros.

—Ni idea, la verdad. Es que he llegado hace poco a Reino Unido.

—Anda, ¿no eres de aquí?

—Sí y no. —Le doy un sorbo al té antes de proseguir—. Mi madre es española y mi padre británico.

—¡Hala, qué guay!

No sé si lo definiría como «guay», pero su emoción es casi contagiosa. Le dedico una débil sonrisa.

—Por cierto, ¿dónde están todos? —cambio de tema.

—Escribiendo, supongo. Es para lo que hemos venido.

—Ajá…

Sé que el único propósito de venir aquí es ese: escribir.

Y, sin embargo, cada vez que pienso en ello se me forma un nudo en la garganta.

El documento en blanco, las palabras desapareciendo de mi mente, los sentimientos arremolinándose en mi pecho…

Hubo un tiempo en el que escribir era sinónimo de paz; ahora ni siquiera soy capaz de teclear una palabra sin que me invada la angustia.

¿Por qué?

¿Por qué no puedo ser quien era antes? ¿Por qué Kyle me ha marcado de por vida?

—¿Tú de qué vas a escribir? —pregunta Tom justo en el momento en el que Candy se nos une.

—¡Buenos días! ¿Habéis visto el sol que hace? Así da gusto.

Es asquerosamente agradable. La odio.

—Oye, Gala, ¿te ha molestado que abra las cortinas? Hacía tan buen día que pensé que sería una buena forma de despertarse. Ya sabes, como en las películas de sobremesa en las que una chica de ciudad se despierta en la campiña inglesa.

—Que va, no hay problema —mascullo—. Me he sentido como Blancanieves.

—¡Me alegro!

Pues yo no me alegro de que no pilles la ironía .

—¿Os venís fuera a escribir? —propone entonces Candy, que rebusca algo en la nevera—. Nos hemos puesto en la mesa del porche. Os prometo que es una inspiración enorme.

—¡Me apunto! —exclama Tom.

Candy se hace con un yogur y una cuchara y me mira expectante.

Muy muy en el fondo sé que quiero ir porque Kyle estará ahí.

Noto un cosquilleo en mi cuerpo, esa necesidad imperiosa de estar cerca de él.

Mi parte racional me dice que no lo haga.

Kyle me ha dejado muy claro que me odia y no quiere tener nada que ver conmigo.

Eso despierta una furia desconocida en mí y tal vez es lo que hace que mi lengua se mueva antes de que mi cerebro procese la respuesta.

—Vale. En cuanto termine esto voy.

—¡Genial! —A Candy se le ilumina el rostro y casi me da pena.

La chica abandona la estancia con tal alegría que le falta dar saltitos.

Tom y yo terminamos de desayunar mientras él me cuenta su vida.

Sin pretenderlo, me entero de que su padre es profesor en la Universidad de Cambridge y tiene muchas expectativas puestas en él, cosa que lo inquieta.

Además, siempre ha querido tener un hermano mayor, una especie de mentor, pero en su lugar tiene dos hermanas pequeñas fruto del segundo matrimonio de su padre.

—Y he venido aquí porque adoro escribir, pero nunca me centro. Creo que me sentará bien estar en medio de la nada —explica.

—¿De qué vas a escribir? —repito la pregunta que él me hizo antes.

—Un thriller .

Su sonrisa se ensancha. No lo tomaba por un escritor de ese tipo de novelas, pero nosotros más que nadie deberíamos no juzgar un libro por su portada.

—Bueno, ¿estás lista? —pregunta cuando da por finalizado su desayuno.

—Voy a subir a lavarme los dientes, vete yendo.

—Nos vemos ahora.

Le doy un último sorbo a mi té y coloco las tazas en el lavavajillas.

He de reconocer que tardo más tiempo del necesario en lavarme los dientes, ya que intento retrasar el momento todo lo posible.

Me quedo frente al espejo, analizando a esa persona a la que casi no reconozco.

Tengo el pelo corto, sobre los hombros, el cual ni siquiera me he peinado por pereza.

El flequillo apunta en todas direcciones y los mechones se enredan en las puntas.

Aprieto los labios. Todo mi cuerpo se tensa y las arrugas se instalan en mi frente.

Vivo constantemente a la espera de una amenaza que nunca llega.

«Fuiste la más fácil de sepultar», esas fueron las palabras de Kyle. Como si fuera un papel que alguien tira a la basura, como si no valiera nada… Eso fui para él. Si hay algo que duele más que eso es el hecho de que no puedo culparlo. Yo hice que todo se fuera a pique por mi egoísmo.

«Espabila, Gala —me digo—. No vas a estar así por un tío».

Me lavo la cara y me recojo el pelo en una diminuta coleta.

Cambio el pijama por unos pantalones cortos de deporte y una sudadera fina y me dispongo a enfrentarme de una vez por todas a la situación.

En el porche están Candy, Kyle, Tom y Dennis.

Por suerte, queda un hueco libre al lado de este último, así que me apresuro a sentarme ahí.

Excepto él, todos están con los ordenadores.

Saco el mío de la funda y espero a que se encienda, lo que le cuesta bastante porque es viejo.

Aún encima, hace un ruido de mil demonios.

Mis ojos vuelan irremediablemente a los de Kyle.

Su rostro es un muro inquebrantable, no deja pasar ninguna emoción.

El corazón se me encoge al recordar su expresión alegre, sumada a esa risa cantarina que tanto le cuesta mostrar ahora.

Tomo aire y me vuelvo a concentrar en mi ordenador. Ya está, desde ahora se acabó Kyle .

—Tu ordenador sigue pareciendo que va a estallar.

Hasta que dice eso y me vengo abajo. La mirada de Candy viaja del chico a mí. Noto la boca seca y no puedo articular las palabras. Qué frase más tonta ha soltado y, sin embargo, cuánto daño me ha hecho. No soy capaz de responder.

—¿Os conocíais? —inquiere Tom, quien levanta la vista de su pantalla.

Kyle carraspea con incomodidad. En sus ojos leo el arrepentimiento, pero también algo diferente.

Algo que me aterra: el pasado. La frase le ha salido como por inercia, un comentario más de los que podríamos dirigirnos cualquier verano.

Un «siempre se te sale un mechón de pelo de la coleta» o «todavía duermes con el peluche de pingüino».

—Es que ayer la escuché encendiendo el ordenador —resuelve Kyle, pasándose la mano por el cabello, nervioso—. Me llamó la atención y bromeamos sobre que parecía que iba a estallar.

No quiere que nadie sepa que nos conocemos, se avergüenza de lo que un día fuimos.

De mí . Se me revuelve el estómago. Le sostengo la mirada.

Quiero gritarle todo lo que me pasa por la cabeza: «¿De qué tienes miedo?

Cuéntales nuestra historia, diles que me odias».

La tensión es tan palpable en el ambiente que Candy interviene.

—¡Lo importante es que el ordenador funcione!

— Ante la falta de respuesta, prueba con otro tema de conversación.

Es insaciable—: ¿Por qué no hacemos una cosa?

Hablemos un poco más de nuestros proyectos.

De qué van, si están empezados, si los estamos planeando…

Así nos podemos ayudar los unos a los otros.

Al final, anoche apenas descubrimos nada nuevo.

La única razón por la que nadie pone pegas —y creedme, sé que las tienen— es porque quieren huir de esta absurda tensión entre Kyle y yo. Lo peor es que yo misma acepto a hablar del tema cuando ni siquiera tengo un proyecto entre manos.