Capítulo 5 #2
El chico la mira como si se hubiera vuelto loca, pero la que de verdad le dedica una mirada horrorizada es Gala.
Si antes iba a vomitar con el comentario de Rebecca, ahora está a punto de echar hasta la bilis.
Se nota que está intentando morderse la lengua, lo sé porque una de sus mejillas se hunde más que la otra.
Debería dejar de centrarme en ella, ¿verdad?
Venga, voy a intentarlo. Ya no voy a observarla más. Lo tengo terminantemente prohibido.
No te lo crees ni tú.
Candy bosteza, ni siquiera me he dado cuenta de que había dejado de hablar.
—Ya va siendo hora de que me vaya a dormir. —Se estira, todavía engrandeciendo sus movimientos—. Gala, ¿te vienes?
No la mires. No la mires. No la mires.
Prohibido. No. Ahí no, Kyle.
La miro. Gala niega con la cabeza mientras se levanta del sofá.
—No me esperes despierta, voy a servirme más vino.
Así que Candy sube a su habitación, pero no lo hace sola.
Tom la sigue para dirigirse a la nuestra.
Él ni siquiera me pregunta como ha hecho la chica, pues asume que voy a quedarme un poco más.
O puede que lo haya hecho y yo esté tan metido en mi mundo que no me he dado cuenta.
La marcha de ambos acaba convirtiéndose en un efecto dominó.
Frank, que ya no tiene con quién meterse desde que Gala se ha escondido en la cocina, sube las escaleras de dos en dos como el gigante que piensa que es.
¿Será esta una invitación para que yo me vaya también?
Teniendo en cuenta que tengo más vino que sangre en el cuerpo, sería lo más sensato.
El problema es que tengo más vino que sangre en el cuerpo, así que es imposible que actúe con sensatez. Quiero quedarme. Decido quedarme.
La consecuencia es que Gala se sienta frente a mí y volvemos a estar solos.
Cara a cara. Sus ojos oscuros ahondan en los míos y por un momento temo que pueda escudriñar mi alma.
Deja de hacerlo para beber de su vaso sin parar, un sorbo detrás de otro, y ahora soy yo quien se fija en el movimiento de su garganta al tragar.
Sube y baja, sube y baja. Es hipnótico. Diría que hechizante, incluso.
Menudo poeta estoy hecho cuando me emborracho.
—¿Dónde se ha metido todo el mundo? —dice por fin.
Me encojo de hombros, restándole importancia a cómo mi corazón se salta un latido.
—Se han ido a dormir.
Cosa que debería plantearme ahora que el salón parece más pequeño que antes.
Ella asiente lentamente, procesando la información. No sé si es la situación, el alcohol o mi propio nerviosismo, pero la habitación parece haberse empequeñecido y el calor que siento por todo el cuerpo me resulta abrasador.
—¿Un traguito? —me ofrece.
No voy a negarme. Agarro la botella de vino que me tiende sin decir nada.
Sí me fijo en el tic de mi dedo gordo, ese que consigue que se mueva involuntariamente como si tuviera vida propia.
Genial, ahora mi dedo quiere salir huyendo.
Debe de ser una señal para que yo también lo haga. O que lo desee, para variar.
Vuelvo a escoger el camino contrario.
Agarro la botella de vino que me ofrece sin decir nada.
No sé hasta qué punto es buena idea ahogar mis miedos como si no tuvieran la capacidad de salir a flote.
La tensión puede palparse en el ambiente.
Ninguno rompe este silencio ensordecedor.
Miento, nuestros ojos sí que lo hacen, hablando sin necesidad de palabras.
Los míos le aseguran que no ha cambiado en absoluto, fijándose hasta en ese lunar que tiene tan cerca del labio.
Qué bonitos me parecen sus labios. Parecían , quiero decir.
Qué bonitos me parecían sus labios. Una pena que de ellos saliera la gota que colmó nuestro vaso.
—Recuerdo que no solías beber —apunta despreocupada. O estar frente a mí no le afecta en absoluto o sabe fingir de puta madre.
—Y yo no recuerdo haberte pedido opinión al respecto —suelto, mi lengua más afilada que nunca.
—Ni yo te la he dado. Solo estaba comentando…
La interrumpo antes de que pueda continuar.
—Me da igual.
Ella chasquea la lengua.
—Qué maduro por tu parte, Kyle.
Hasta mi saliva sabe a alcohol al tragar.
—No es lo que pretendo.
En sus ojos se esconde la misma ira que nos destrozó hace años. La reconozco porque brilla casi tanto como las estrellas. O más. De hecho, brilla más. Acaba de destronar a la Osa Mayor y solo ha necesitado mirarme a la cara.
—Veo que sigues anclado al pasado —continúa.
Y yo veo que sigues teniendo menos tacto que un robot.
—Mucha importancia le estás dando. No te lo tomes a lo personal, pero el pasado, pasado está.
Primer dardo directo al pecho. Ella lo esquiva con precisión.
—¿Es que se te ha olvidado…?
—Conseguí enterrarlo, sí.
Mentiroso
—Y… —Ojalá supiera descifrar la expresión de Gala en estos momentos. En ese pasado lo habría hecho sin problemas, estoy seguro—. ¿Llegaste a enterrarme a mí con todo lo demás?
Esa pregunta no es un dardo, pero a mí se me ha clavado en el alma.
Tomo una gran bocanada de aire para prepararme acerca de lo que estoy a punto de soltar sin miramientos.
Mañana querré culpar al vino. Desearé culpar al vino.
El problema es que el único responsable soy yo y mi incapacidad a la hora de controlar mi rencor.
—Fuiste la más fácil de sepultar.
Me arrepiento al instante. Joder, ¿qué he hecho?
Mi dedo gordo empieza a moverse con más ansia en cuanto su rostro se contrae en una mueca que rezuma dolor.
¿Le he abierto una herida que no tenía? ¿He pisoteado una cicatriz?
Joder, ¡joder! ¿Qué narices me pasa? ¿Qué es esto en lo que me he convertido?
No me reconozco, pero no es eso lo que más me duele. Gala tampoco lo hace.
Cuando se cruza de brazos, pegándoselos al pecho como un escudo que la protege de mí, solo quiero acercarme a ella y darle un abrazo.
Sonreír, esta vez de verdad, y suplicarle que vuelva a mi vida una, dos y mil veces.
Las que hagan falta. Pero el rencor pesa más.
El rencor es una roca que ni mis lágrimas han conseguido erosionar.
¡Claro que nunca dejé de pensar en ella!
¿Cómo podría alguien olvidar a Gala Hughes?
Si es el recuerdo más bonito al que poder atenerse.
Esos siete minutos antes de morir, ese cántico el instante después de nacer.
Los primeros meses tuve que detenerme a mí mismo con tal de no ir a buscarla a España y pedirle un perdón que me pertenecía más que a ella.
Después caí en un agujero negro y me convertí en esta oscuridad que soy ahora.
En este sol muerto que ya no es ni estrella.
Perdí a Gala y me perdí a mí mismo. Fue rápido, pero no indoloro. Y ahora estoy vacío.
—Entonces ¿por qué no te creo? —objeta con la voz entrecortada.
Mi corazón quiere algo que mi cabeza niega. Prima el cerebro porque no quiere oír más quejas.
—Porque no eres capaz de ver más allá de tus propias narices.
Igual que tú. Por eso estáis donde estáis.
—¿Sabes qué, Walker?
—Sorpréndeme —replico arrastrando cada sílaba.
Se relame los labios. Es su forma de esparcir el veneno que contiene en la lengua. Sé que lo que va a decir a continuación no va a ser dulce. De hecho, es amargo como el café:
—Menos mal que te conocí en esa época porque, de haberlo hecho en esta, jamás habríamos sido amigos. No eres más que un imbécil.
Subimos de nivel. Esto es una bala en toda regla. Y me atraviesa. Me atraviesa y acaba conmigo.
—Siempre lo fui, Hughes —confieso. No es cierto, pero qué más da—. Lo que pasa es que nunca supiste verlo.