Capítulo 5
Kyle
Una sonrisa transmite más que cualquier frase. Soy escritor, sí, pero ni con esas soy capaz de expresar con palabras lo que significa esa mueca, por mucho que la repita a lo largo del día. Es un gesto bonito, también sincero. Y hace que me coma la cabeza cada vez que intento plasmarla en papel.
Cuando echo la vista atrás, a un pasado tan lejano que temo que llegue un punto en el que se desdibuje en mi cabeza, recuerdo todos esos momentos en los que Gala conseguía hacerme sonreír sin siquiera pretenderlo.
Era como si una fuerza poderosa incidiera sobre mí.
Conseguía hacerlo parecer tan fácil que en ocasiones llegaba a asustarme.
Menuda lástima que ahora no pueda regalarle más que una expresión vacía e inerte.
Una expresión que, si bien sigue pareciendo una sonrisa como tal, no es algo que sienta en realidad. Vaya mentiroso estoy hecho, ¿eh?
—¿Quieres que rellene tu vaso? —Dirijo mi mirada hacia Candy, la cual está sujetando la segunda botella de vino de la noche. Asiento.
Me pregunto en qué estaría pensando Naisha al comprarnos alcohol.
¿Qué somos? ¿Adolescentes? ¿O tal vez un experimento social?
Se supone que esto es un retiro, no una fiesta.
Pero aquí estoy, hipócrita como yo solo, pidiendo más y más alcohol.
Puede que mi capacidad de concentración se ahogue con él.
Lo cierto es que me da igual. A estas alturas, lo único que necesito es dejar de pensar.
Tomo un trago largo de mi bebida, casi vaciando el vaso de una sentada, mientras me siento en la esquina de uno de los sofás junto a los demás.
La pelirroja se sitúa a mi lado izquierdo, consiguiendo que pueda evitar a Gala.
—Una vez estuve en un campamento y jugamos a un juego muy chulo que nos ayudó a conocernos un poquito mejor. ¿Qué os parece si os explico las reglas y lo probamos? Así nos podemos presentar uno a uno —sugiere Candy—. Apuesto a que no todos hemos tenido la ocasión de hacerlo antes.
—¿Y si nos hacemos una foto primero? Tengo que ir empezando a subir contenido a mis redes, que mis seguidores están esperando —responde Rebecca.
Gala casi vomita al escucharla. Yo me pregunto en qué momento he empezado a fijarme en ella.
—Ni de coña —musita la chica, aunque yo la oigo perfectamente. Incluso a distancia, su voz se me clava en las entrañas.
—Podríamos esperar a mañana, para que al menos haya buena luz —propone Dennis.
—¿En serio me vais a hacer esperar por una foto? Una. Maldita. Foto. No me lo puedo creer. —Rebecca se levanta decidida, como si ya no tuviera nada que hacer aquí. O con nosotros—. Buenas noches… supongo. En fin, yo me largo.
No la conozco mucho, pero he de confesar que su reacción no me sorprende.
Sé que gracias a su gran número de seguidores en redes escribió una autobiografía hace un año.
Obtuvo el éxito que esperaba, cómo no, y ahora quiere añadir un par de ceros más a su cuenta millonaria de banco escribiendo un libro de autoayuda.
Tengo la sensación que es de esa clase de personas que nunca tiene suficiente.
Algunos lo llamarían ambición, yo lo llamo inconformismo.
—Empezaré yo, entonces —anuncia Candy, en vista de que nadie más se anima.
Arruga una servilleta de papel mientras sonríe—.
El juego consiste en que, quien tenga esta servilleta en la mano, deberá contar cosas sobre su proyecto.
O sobre lo que quiera, en realidad. La iremos pasando uno a uno para que nadie se quede sin darse a conocer. ¿Bien?
El numerito de Rebecca no le afecta a la hora de volver a relatar lo mismo que llevo escuchando desde que llegué.
A medida que habla, pienso que me alegro de compartir esta experiencia —y esta casa, sobre todo esta casa— con alguien como ella.
Tan risueña, tan… viva. Sí, esa es la palabra.
Candy está tan viva que me recuerda a una versión de mí a la que añoro cada mañana al despertar y cada noche antes de echarme a dormir.
La chica es como un fantasma del pasado, una forma maquiavélica que el universo ha utilizado para echarme en cara lo mucho que he cambiado.
He pasado de ser sol a agujero negro, y eso no se supera nunca.
No cuando sueño con volver a brillar aun sabiendo que es difícil, casi imposible, prender una llama que ya no echa ni humo.
Le pego otro sorbo al vino. Y otro. Y otro.
Repiqueteo los dedos contra el vaso mientras el mareo se incrementa por momentos.
Ya he dejado de prestar atención a mi alrededor.
Ni siquiera sé quién se presenta después de Candy.
Me sumerjo en mis propios pensamientos e, intentando nadar con tal de no ahogarme en ellos, centro mi atención en un punto fijo cercano a Gala.
Demasiado cerca, diría yo. Pero ¿qué más da? El alcohol ya es excusa suficiente.
Es un carraspeo lo que consigue sacarme del trance.
—No os lo toméis a mal, más bien como una crítica constructiva.
—La voz grave del señor que parece tener un gato persa bajo la nariz no tiene pinta de traer nada bueno.
No cuando empieza a acariciarse ese bigote que tiene y nos mira a todos y cada uno de nosotros con un deje de superioridad que incluso consigue que Candy frunza el ceño—.
Es imposible que la gente joven pueda escribir novelas en condiciones.
No hay más que veros, se nota que sois demasiado inmaduros para esto.
¿Qué vais a escribir con menos de cuarenta años? ¡Si apenas habéis vivido!
Pues yo me siento un octogenario, para qué mentirnos.
Nuestras caras son un cuadro ahora mismo. Que tiemble Van Gogh. Y Goya. Y Monet. Que tiemblen todos los artistas que nos preceden. Nos quedamos boquiabiertos. Literalmente. Esto parece un concurso para ver quién tiene la boca más grande.
Gala es la primera en darse por vencida y cerrarla. Solo la abre de nuevo para decir:
—Oh, estupendo. ¿Y tú eres…?
Su tono irónico me sigue poniendo los pelos de punta.
—El gran Frank Bernard —responde el hombre al tiempo que hincha el pecho. El alcohol me hace imaginarlo como si fuera un gallo de corral. Le falta la cresta, eso sí. Menos mal que el bigote lo contrarresta.
A la que un día fue mi mejor amiga se le escapa una risa.
—No te lo tomes a mal, pero a partir de ahora pienso llamarte Bernie . No es por nada, más bien una crítica constructiva, pero tu nombre real no suena tan guay. —Chasquea la lengua. El hombre se une al concurso de bocas abiertas—. Entonces dime, Bernie, ¿qué es lo que te ha llevado a pensar eso?
—No hay más que veros, niña. Me apuesto la mano a que ni siquiera conocéis El Quijote .
Observo la escena como si se tratara de una película.
Siempre he admirado la valentía de Gala.
Nunca se calla nada, es impresionante. Quizá por eso nuestra amistad nunca llegó a funcionar.
Hay veces en las que pensar antes de hablar resulta crucial para salvar una relación, y eso para ella es imposible.
He llegado a preguntarme si ha pensado alguna vez.
Si lo hizo cuando todo se fue al traste.
—¿Derecha o izquierda? —Sonríe ella.
—¿Disculpa?
—Acabas de perder la mano, así que te estoy dando a elegir. A veces puedo ser compasiva. Si me pillas en un buen momento, claro —concreta—. Es tu día de suerte. ¡Enhorabuena!
Juraría que Frank ha empezado a maldecir por lo bajo. Aunque procura que no se le note, es bastante evidente.
—¿Qué sueles escribir? Venga, sorpréndeme. Haz que Cervantes se revuelva en su tumba.
El mundo se detiene en cuanto Gala me mira durante un instante antes de contestar. Es tan efímero que nadie además de mí se da cuenta.
—Un poco de todo —responde. Su seguridad es la de siempre—. A veces me da por la fantasía y otras me inclino por el romance.
Ahí es cuando a Frank le cambia la cara.
— ¡Ja! El romance es un género de segunda.
Hasta Candy tiene que morderse la lengua. Nos miramos los unos a los otros, estupefactos. Menuda manera de terminar el día. Nos quedan cinco semanas maravillosas.
—¿Me permites una última crítica constructiva?
—En otra ocasión, y hace muchos años, habría cogido a Gala del brazo y me la habría llevado de aquí con tal de tranquilizarla.
En esta, sin embargo, ni tengo esa confianza con ella ni quiero que deje de hablar—.
Eres demasiado rancio para tu edad. Un poquito retrógrado también. Menudo cóctel, Bernie .
Estoy a punto de escupir el vino mientras Tom se queda lívido.
Los demás, cansados de la situación o demasiado borrachos como para seguir manteniéndose en pie, siguen los pasos de Rebecca y abandonan el salón para subir hasta sus habitaciones.
Los únicos que quedamos a pie de guerra somos Candy, Tom, los protagonistas de la discusión y yo.
—En realidad, soy bastante moderno. — Lo que me faltaba por escuchar —. Por eso escribo novela erótica. Me gusta innovar, explorar.
Vale, no. Esto sí que es lo que me faltaba por escuchar.
—¿No va eso un tanto ligado al romance? —me atrevo a intervenir, pero rápido me arrepiento. Creo que esta noche va a haber un asesinato. Que nadie se extrañe si las huellas del gran Frank se me quedan marcadas en el cuello antes de morir asfixiado.
—El amor son chiquilladas, chaval. El sexo es arte puro. Y yo solo escribo arte, no cualquier pastelada de esas que os interesan a los jóvenes. Demasiado empalagoso.
El silencio que nos envuelve a continuación es ensordecedor. Ya es difícil dejar a un grupo de escritores sin palabras. Por suerte, Candy tiene de sobra y no permite que nos quedemos callados más de lo necesario.
—¡Qué interesante! —exclama, algo exagerada, con tal de calmar las aguas—. ¡Es maravilloso que cada uno tenga sus gustos! Qué ganas de aprender más sobre vosotros. Tom, ¿tú qué opinas? ¿Verdad que es una pasada?