Capítulo 4
Gala
Razones por las que nunca jamás en mi vida debería haber venido a este retiro de escritores:
Así que sí, son muchas las razones por las que no debería estar aquí.
También son muchas otras por las que debo y quiero quedarme.
Esta es una oportunidad única en la vida y, con suerte, conseguiré publicar mi libro.
Es todo lo que siempre he soñado y ni siquiera enfrentarme a los demonios del pasado me hará renunciar.
Por frío que sea Kyle ahora —cuando antes era cálido como el verano—, prefiero ahogarme en un mar helado que darle la espalda a mi sueño una vez más.
Con pesar, me tumbo boca arriba sobre mi cama, rezando porque Candy no regrese todavía de su expedición por la casa. Parece encantada de conocerse; parlotea con todos, lanza sonrisas aquí y allá, menea su cabellera como si se tratase de un anuncio de champú. Es una pesadilla.
Trasteo con el móvil y acabo entrando en el perfil de Instagram de la editorial Blissbridge.
Su última publicación es una imagen de la casa donde me encuentro ahora mismo con el siguiente pie de foto: «Ocho personas comienzan su aventura en el #RetiroBlissbridge.
¿Cuál de ellas verá su libro publicado?» Suspiro.
Ahora, además de todo lo que tengo encima, somos un pseudo- reality show .
No quiero mostrar la incomodidad que en el fondo me genera.
Nunca he sido una persona de redes sociales.
Para lo único que me han servido, o al menos antes, era para mantener el contacto con Kyle.
Ver cómo era su día a día en Londres, compararlo con el mío en Madrid y desear que fuera ya verano para reunirnos de nuevo…
Sacudo la cabeza. Por desgracia, las redes forman parte del trato, ya lo dijo Naisha.
La calidad del manuscrito es un factor importante, pero hoy en día saber ganarte al público marca la diferencia en cuanto a ejemplares vendidos.
¿Qué llama la atención sobre mí? Ja, respuesta fácil: nada .
Me devano los sesos pensando en una historia original que subir a Instagram.
Saco foto tras foto al paisaje verde que se vislumbra a través de la ventana, pero por muchos filtros cutres que le ponga, no se parece en nada a las típicas fotos impecables de las influencers .
¿Hasta qué punto estoy dispuesta a renunciar a mi intimidad y obligarme a hacer algo que ni me gusta para conseguir mi sueño?
Lo tengo claro: estoy dispuesta a jugármelo todo, ya no tengo nada que perder.
Subo la estúpida historia de la ventana y pongo el mismo hashtag que la editorial.
Aprovecho para avisar a mis padres de que el retiro no es una farsa para asesinarme y que sigo viva, muy a mi pesar en estos momentos, para después salir de la habitación.
No puedo esconderme del mundo —de Kyle— esperando a que desaparezca de un momento a otro.
«Gala Hughes, eres más fuerte que esto —me digo—.
Vete a por todas y que le den por culo, no te merece».
Me asomo al jardín, pasando por el salón desierto de camino, donde distingo por un lado a Candy y al bigotudo conversando y por otro a la supuesta influencer que lleva pegada al móvil desde que llegamos —«esa sí que debe de subir buenas fotos», pienso— grabando un vídeo.
Parece que a Kyle se lo ha tragado la tierra.
Eso o ha ido a instalarse. Ojalá fuera lo primero.
Doy media vuelta y regreso al salón, donde acaba de entrar la mujer mayor. Se pone a observar las estanterías con interés, así que, intentando hacerme la fuerte, me acerco y la saludo.
—Soy Maude, encantada —se presenta ella.
Hago un pequeño gesto con la cabeza.
—Gala.
Si fuera Candy, seguro que diría algo más.
¿Debo hacerlo? Uf, cómo odio socializar .
Cuando Kyle y yo todavía éramos amigos todo parecía más sencillo.
Íbamos en pack a todos lados; él era el de las sonrisas amables y yo la que decía lo que otros no se atrevían.
Él suavizaba mi carácter y yo sacaba su lado más aventurero.
Él . Un amargor se cuela entre mis huesos y me veo obligada a pensar en otra cosa. En lo que sea.
—¿Qué tipo de novelas escribe usted? —le pregunto.
—De romance.
—¿Ah, sí? ¿Lleva mucho tiempo escribiendo?
Maude señala el sofá para que nos acomodemos.
—Digamos que he escrito toda mi vida, pero no literatura —explica—. Mi marido murió hace seis años.
—Oh, lo siento mucho.
¿Qué debo decir en casos así? Recuerdo las palabras de mi madre, las mismas que lleva entonando desde que tengo uso de razón: «Se te va la fuerza por la boca, eres demasiado brusca». Empiezo a juguetear con mis dedos, nerviosa.
—No te preocupes, corazón. —Me dedica una sonrisa tierna—.
Siempre he leído muchas novelas de romance, las de época son mis favoritas.
Me he dedicado a escribir toda la vida, aunque de una manera diferente.
Artículos, crónicas… Trabajaba para un pequeño periódico de Norwich.
Cuando Edmund murió me volqué en los foros online y descubrí a mucha gente que compartía mis mismos gustos.
Incluso me animé a publicar alguna cosilla que escribía.
Me inclino un poco más hacia ella, sumamente interesada con su historia.
—He escrito varios relatos, pero en cuanto vi el anuncio del retiro supe que era mi momento. Quiero intentar escribir una novela entera, de principio a fin.
Esbozo una sonrisa sincera.
—Seguro que lo consigue, Maude.
—¿Y tú, niña? ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Por casualidad. Yo no tengo una historia épica que contar, mi vida se basa en saltar de un lado a otro, cambiar de rumbo, probar suerte. Quizá ni me merezco estar aquí. Me encojo de hombros.
—Venga ya, seguro que hay algo —insiste ella—. ¿Cómo empezaste a escribir?
Con él . Pero no puedo admitirlo en voz alta.
—Ya sabe, de pequeña. Lo típico. No es nada del otro mundo, en serio.
Hace una mueca que deja claro que no se cree nada, pero agradezco que no replique.
—¿Te puedo ser sincera? —dice en su lugar—. Estoy un poco nerviosa. Os veo a todos tan jóvenes, con tanto que aportar…
—¡Tonterías! —me apresuro a contestar—. No hay edad para escribir.
Chasquea la lengua. Las canas que se salen de su coleta no hacen más que acentuar su edad. Varias arrugas adornan su rostro, pero no por eso es menos bello. Unos ojos grises, brillantes como dos piedras preciosas, iluminan su cara.
—¿Le puedo ser sincera? —pregunto yo ahora.
—Por supuesto. Y ya basta de tanto «usted», tutéame.
Asiento, complacida con esta aliada que estoy haciendo.
—Yo también estoy asustada. No tengo ideas para escribir. Llevo… meses… años, en realidad, sin hacerlo.
—Entonces has hecho bien en venir aquí. Un cambio de aires te sentará de lujo.
Si Maude supiera que llevo cambiando de aires desde que tengo uso de razón y no me ha servido de nada.
…
Todos vamos como pollos sin cabeza. Se trata de un entorno nuevo con gente desconocida.
¿Y si hay un asesino en serie entre nosotros?
Incluso a mí, que llevo años de un lado para otro, me cuesta acostumbrarme.
La tensión se palpa en el ambiente, no solo con Kyle.
Todavía tenemos que dar con el sitio adecuado, ese rincón de escritura donde surgirá la magia.
Aún nos falta conocernos en profundidad, saber qué podemos hacer y qué no, hasta dónde llega la confianza.
Mi solución es encerrarme en mi cuarto, rezar siete Ave Marías —los de Bisbal— para que no regrese Candy y observar la página en blanco del Word durante horas.
Siendo sincera, no esperaba llegar y triunfar.
Tenía claro que hacía falta mucho más que eso para recuperar la inspiración.
Sin embargo, es inevitable sentirme decepcionada conmigo misma.
He estado dos años sin escribir más que un par de líneas, unas dos o tres páginas como muchísimo.
Si vengo aquí es para acabar con mi bloqueo de una vez por todas, pero ni los pajaritos piando ni el olor envolvente de la tierra parecen surtir efecto. Sigo igual de estancada que en mi casa.
Unos golpes en la puerta me sacan del ensimismamiento. Me sobresalto y tiro el móvil sobre la cama como si estuviese viendo algo prohibido. En realidad, eran Tik Toks de gatitos. Maude se asoma por la puerta con su dulce sonrisa.
—¿Tienes hambre?
No me había dado cuenta hasta ahora, pero me ruge el estómago, así que asiento.
Mientras me encamino con Maude a la planta baja, esta me pone al día de lo sucedido durante mi reclusión.
Al parecer, ya se ha formado un grupito de amigos entre los que están Candy, ese otro niño al que todavía le están saliendo los dientes de leche y Kyle.
El resto —Maude, la influencer Rebecca, el bigotudo Frank, el pobre de Dennis, al que le han puesto nombre de octogenario, y yo— hemos decidido ir un poco por libre.
—Dennis ha traído un táper de lasaña para todos, así que nuestra primera cena pinta bien.
Se me hace la boca agua de solo pensarlo.
Lo que no me gusta tanto es la idea de compartir mesa con todos ellos.
Cuando piensas en un retiro, te imaginas un remanso de paz, un oasis de calma alejado de la vida urbana.
Y lo es. Puedo imaginarme en esta misma casa, completamente sola, disfrutando del paisaje con un iced tea y rellenando páginas y páginas de mi novela sin cesar.
He ahí el problema: tener que lidiar con siete desconocidos de golpe.
Digo siete porque, aunque me cueste admitirlo, a estas alturas Kyle también es un completo desconocido para mí
Cuando llegamos, ya se han instalado alrededor de la amplia mesa del comedor.
Dennis está sirviendo la lasaña y es entonces cuando reparo en lo más básico: la carne de dicho alimento.
Justo en ese preciso instante, como para reírse de mí, me suenan las tripas con un ruido ensordecedor.
Varios de los comensales se vuelven en mi dirección.
—¡Sentaos! —indica Dennis—. Hay de sobra para todos. Me pasé la tarde de ayer cocinando.
Esbozo una sonrisa tensa mientras veo que Maude ocupa uno de los asientos.
El único que queda libre, cómo no, es el de al lado de Kyle.
Él se fija en mí durante unos segundos que se me hacen eternos.
Luego, con lentitud, me enseña un bol de ensalada.
Noto un tirón en el estómago, pero esta vez no es debido al hambre.
Todavía estoy de pie cuando señala un plato.
Se me cae el mundo encima al ver el tofu marinado justo como lo hacía su padre para mí en el restaurante.
—Sé que es pobre, pero ha sido algo de última hora —explica Kyle.
Ya no sé si tengo hambre o se me ha cerrado el estómago por la oleada de recuerdos que me ha invadido.
—Gracias —musito cohibida.
Me siento junto a él y trato por todos los medios de borrar su imagen de mi cabeza.
Él siendo un crío que volvía siempre con las rodillas raspadas a casa; él llorando de la risa porque me había resbalando en el suelo fregado; él guiñándome un ojo mientras pasaba a mi lado cuando servía las mesas del restaurante; él soltándome las palabras más hirientes que me ha dicho nadie jamás.
No, Kyle Walker, en realidad, no ha cambiado. En el fondo sigue siendo ese chico atento y amable de antaño. Incluso odiándome, se ha acordado de mí. Eso dice mucho de la persona que es él y de la que soy yo. Las lágrimas se arremolinan en mis ojos y parpadeo rápidamente para que se vayan.
—¡Un brindis! —Candy se pone en pie y alza su copa de vino—. ¡Que todos escribamos nuestra mejor novela!
Maude me sirve la bebida e imito el gesto de la pelirroja a regañadientes. No se me pasa por alto cómo Kyle no hace chocar nuestras copas.
—Que todos escribamos nuestra mejor novela —repito en voz baja.
Doy un gran trago al vino —que sabe a rayos y centellas, pero con algo habrá que combatir esta tortura— y miro de reojo a Kyle. Ahora que vuelvo a estar con él después de dos años, sé que mi deseo no es escribir mi mejor novela. Mi deseo es recuperarlo.