Todo aquello que soñamos ser Capítulo 3
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Capítulo 3

Kyle

Según mis cálculos, tardaría aproximadamente unas veintisiete horas en volver a Londres andando.

Eso si consigo hacerlo sin realizar ninguna parada o descanso durante el trayecto, claro.

Algunos pensarían que es una locura. Es decir, ¿quién en su sano juicio querría caminar ininterrumpidamente durante tanto tiempo?

Pues yo, por supuesto. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.

Me muerdo las uñas con nerviosismo en cuanto me siento en una de las dos camas situadas una al lado de la otra en la primera habitación a la que he entrado.

Sigo dándole vueltas a mi plan de huida a la par que los demás se ponen de acuerdo a la hora de escoger la suya.

¿A quién voy a engañar? Realmente no tiene mucho sentido que abandone ahora.

Da lo mismo aquí, en Londres o en cualquier lugar del mundo: Gala va a estar presente de una forma u otra. Siempre lo ha estado.

Lo más fácil sería permanecer ajeno a su presencia, centrarme en mi futura novela y disfrutar del retiro sin complicaciones. Lo difícil, sin embargo, será fingir que soy capaz de hacerlo.

—¡Eh, chavalín! —exclamo al divisar a Tom tras el umbral de la puerta—. ¿Por qué no compartes habitación conmigo? He escogido la que me parece que tiene mejores vistas.

El chiquillo sopesa mi oferta con una expresión indescifrable. Cruzo los dedos con disimulo para que, por lo menos, asienta con la cabeza. Además de caerme bien y parecerse a mi hermano menor, me estaría haciendo un favor enorme.

—Está bien. —Se encoge de hombros para adentrarse en el lugar y dejar su maleta a los pies de la cama—. Aunque, ya que vamos a compartir esta experiencia juntos, te agradecería que dejaras de llamarme chavalín.

—¿Prefieres que te llame Tommy? —Alzo una ceja con diversión.

—Puestos a elegir, preferiría ser atropellado.

Suelto una carcajada que no puedo evitar.

—Creo que me decanto por Tommy, es un apodo brillante.

—Muy creativo por tu parte —ironiza—. No me extraña que seas escritor.

—Oh, vamos. No te enfades. —Le sonrío—. Si quieres puedes elegir la cama que prefieras, es lo justo.

Tom se encoge de hombros en respuesta.

—Me quedo con esta. —Señala la que se encuentra justo al lado de la puerta—. Así, si entra algún animal salvaje por la ventana podré salir corriendo mientras se ceban contigo.

—Para ser tan pequeño tienes una mente bastante retorcida.

Tras una risita de lo más perturbadora por su parte, me dispongo a deshacer la maleta para instalarme lo antes posible.

Ordeno la ropa que he traído en el gran armario de madera que decora la habitación y dejo mi ordenador portátil encima de la cama.

He traído lo justo y necesario, por lo que no tardo mucho tiempo en ordenarlo todo.

Cuando acabo, me permito a mí mismo deleitarme con el paisaje que puede verse a través de la ventana.

Bibury rezuma tranquilidad. No son solo los rayos del sol que se cuelan por la ventana como si estuvieran destinados a ello, ni siquiera los pájaros que parecen formar una orquesta sinfónica ahí fuera.

Es una sensación similar a estar en casa, a saber que no hay otro sitio igual.

Que podría estar en cualquier parte, pero que aquí es donde debo quedarme.

No me extraña que hayan elegido este lugar para promover la creatividad de unas mentes dispuestas a darlo todo por la literatura.

Resulta curioso que, a pesar de la calma a mi alrededor, en mi interior la tormenta no sea capaz de mermar.

Un portazo proveniente del piso de abajo me saca del trance. Bajo las escaleras con rapidez para encontrarme con una Naisha exhausta sujetando varias bolsas de plástico del supermercado. Me acerco a ella sin dudarlo y me hago con unas cuantas para ayudarla.

—No me pagan lo suficiente… —murmura, no sé si pretendiendo que la escuche o no.

Ambos nos dirigimos a la cocina para dejar las bolsas sobre la encimera. La madera y las luces cálidas, tanto provenientes de fuera como las interiores, decoran el lugar que sigue en sintonía con las demás instalaciones de la casa.

—Dejad que os ayude.

Se me revuelve el estómago en cuanto Gala se acerca a nosotros y se dispone a guardar la comida.

Puede que en otra vida haya sido el mismísimo demonio y ahora este sea mi castigo.

Intento no mirarla demasiado, pero se me hace imposible.

Está preciosa, joder. No ha cambiado en absoluto.

Su olor sigue siendo el mismo, tal y como imaginaba.

Dulce, pero no demasiado. Ácido, pero no tanto como sus palabras.

Tengo que contenerme para no cerrar los ojos y aspirar con fuerza.

Toda ella me transporta a un pasado al que no debería querer volver. De hecho, no quiero. Me niego.

Deberían darme un premio por haber conseguido ordenar la compra sin interactuar ni una sola vez.

Gala no ha roto el pacto de silencio que hemos hecho sin necesidad de palabras.

Quizá ella tampoco quiera alterar las leyes del universo.

O quizá es que se me nota demasiado en la cara lo poco que me apetece estar a su lado.

—Bien —dice Naisha a la par que se frota las manos—. Ya está todo, ¿verdad?

—Ajá —contestamos al unísono.

—Muchas gracias a los dos. Volveré la semana que viene para comprobar que todo sigue en orden. Ah, y aquí os dejo mi número de teléfono por si alguno me necesita. —Saca un trozo de papel de su bolsillo y nos lo tiende.

—Seguramente no nos haga falta —le aseguro, aunque no las tengo todas conmigo.

Gala me mira de reojo. Es un gesto tan disimulado que juraría haberlo imaginado.

—Yo no prometo nada —apunta ella —. Nunca se sabe lo que puede pasar.

Si nos mantenemos alejados el uno del otro, entonces no tiene por qué pasar nada.

—Espero que no sea necesario. —Suspira ella—.

De todas formas, estaría bien que tampoco seáis unos muermos.

No estáis aquí solo para escribir. Esto es un concurso, al fin y al cabo, y la gente quiere saber todo lo que ocurre entre estas cuatro paredes.

Usad vuestras redes porque la editorial también lo hará.

Así conseguiréis más visibilidad, lo que se traduce en más futuros lectores.

Vendeos, sed espontáneos y, sobre todo, no os tiréis de los pelos si no es estrictamente necesario.

Deseadle suerte a los demás y ojalá que este lugar os inspire para escribir una buena historia y bla bla bla … Lo típico.

Naisha se marcha sin que podamos decir nada más.

Es evidente lo poco que le apetece estar aquí, ya sea por el sueldo escaso del que ya se ha quejado unas cuantas veces o por tener que encargarse de un grupo de personas a las que ni siquiera conoce.

Ojalá no se hubiera ido tan pronto. Es decir, ojalá no se hubiera ido dejándonos a Gala y a mí a solas.

¿Es que no hay nadie más en esta casa? Esto tiene que ser una broma.

Parece que el destino se ha puesto en mi contra incluso antes de empezar.

Estoy a punto de girar sobre mis talones y regresar a la parte de arriba cuando la chica se atreve a hablar:

—Kyle.

Ahí está, lo tenía que decir. Es extraño volver a escuchar mi nombre en sus labios.

Es como si el tiempo se hubiera congelado de repente, como si no hubieran pasado los años.

Se me eriza el vello y se me quiebra el corazón una vez más.

Porque su voz, esa voz que ahora suena más grave, incluso más íntima, lleva llamándome por mi nombre incluso antes de que aprendiera a escribirlo correctamente.

Aprieto la mandíbula antes de contestar.

Me rechinan tanto los dientes que temo perder las muelas.

—¿Qué? —grazno.

—Te veo… —Sacude la cabeza. Está nerviosa, casi tanto como yo—. Te veo bien.

—Lo estoy.

—Me alegro.

Desvío la mirada hacia las escaleras. Siento una presión en el pecho que me impide respirar con normalidad. Gala no aparta sus ojos de mí. Me observa como quien observa a un extraño. Yo la miro como quien se mira a sí mismo al espejo y no se reconoce.

—¿Y tu familia?

—Bien también.

—Genial… —Juega con sus dedos a medida que continúa hablando—. ¿Qué has estado haciendo durante este tiempo? Parece que has seguido escribiendo… ¿te ha ido bien?

Me ha ido como el culo, gracias por preguntar.

—¿Qué más te da, Gala?

—Solo preguntaba.

—No te interesa.

—¡Por supuesto que lo hace! Mira, sé que hace mucho que perdimos el contacto, pero ahora estamos aquí. Y si nos vamos a tirar más de un mes encerrados en esta casa, será mejor que empecemos a tolerarnos otra vez. No te estoy pidiendo tanto.

Gala y su superioridad moral. Estoy a punto de replicar, de explicarle que no quiero tener nada que ver con ella y que solo bastará con ignorarnos para que las cosas no se tuerzan, pero es en ese momento cuando diviso una cabellera pelirroja acercándose a nosotros.

Candy vuelve a sonreír. Sonríe, sonríe y sonríe.

No me quiero ni imaginar lo mucho que le deben de doler las mejillas.

Si pudiera, me pondría de rodillas ante ella para agradecerle su oportuna aparición, pero soy consciente de que no sería lo más apropiado. No me conoce de nada.

—Dios, esta casa es perfecta. Es justo donde imagino que viven los duendes. O las hadas. O cualquier ser mitológico, en realidad. —Ensancha su sonrisa, lo que me hace volver a apiadarme de sus músculos faciales—. ¿De qué hablabais, por cierto? ¿He interrumpido algo?

Me pregunto si dejaría de sonreír justo después de escuchar una respuesta sincera. Pero su sonrisa es demasiado bonita y nuestra historia demasiado trágica. Será mejor mantenerla en secreto. Cuanto menos sepan sobre nosotros y nuestro pasado, mejor.